de Eduardo Casanova
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POR QUÉ MATARON A BRITO

por Eduardo Casanova
Franklin Brito

No creo que a Franklin Brito lo hayan asesinado Chávez y los suyos por el sádico placer de matar. Creo que el costo de la muerte de Brito es enorme, no sólo nacional sino internacionalmente. Es muy posible que esa muerte sea el elemento catalizador que signifique una derrota radical del PSUV en las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre de 2010. Como lo que le pasó al Partido Popular español cuando los atentados de septiembre los llevaron a una sorpresiva derrota en momentos en que las encuestas anunciaban todo lo contrario. La inhumana, fría y brutal actitud de Chávez, de la Fiscal Ortega, de la Defensora del Pueblo, del inconsciente Izarrita, del torpe Isea, de Jaua, les está costando que una gran mayoría de los indecisos, de los mal llamados “Ni-ni” hayan cambiado de posición frente a las elecciones y hayan decidido votar por los candidatos de la oposición. Franklin Brito no era adeco ni copeyano ni estaba cerca de ninguno de los grupos de la oposición. Fue un firme partidario del “Proceso” y de Chávez. Contra él se cebaron de manera irresponsable personajes menores del chavismo, al extremo de llevarlo a tomar la decisión que le costó la vida. Por mucho tiempo estuvo convencido de que Chávez y los altos jefes del chavismo lo rescatarían de la situación en la que lo sumieron los pequeños chavistas que le quitaron lo suyo. Pero la irresponsabilidad y, sobre todo, la incompetencia de los chavistas, lo mataron. La Fiscal lo calificó de loco y lo condenó al final que se lo llevó del reino de este mundo. Pero, ¿quién es la Fiscal Ortega Díaz? Una oscura abogada que en Maracay trabajaba con otro oscuro abogado, Isaías Rodríguez Díaz, cuyo único mérito era el ser jefecito del MEP en Aragua. La incompetencia del chavismo los llevó a posiciones para las que no están preparados y el resultado está a la vista: la mirada profunda que enamoró a Isaías de un mitómano colombiano que inventó a más y mejor y se convirtió en el hazmerreír del mundo. Y la sospecha creciente de que es mucho lo que se quiso ocultar con esa mirada. Y los méritos de la Defensora del Pueblo no superan los de los dos Fiscales. Pero lo grave es que los del que ocupa la presidencia de la república tampoco. Ni los de ningún chavista. Son personas que han tenido la inmensa suerte de llegar a la política sobre los cráneos de otros tan incapaces como ellos, que son los que se “pusieron” en las cabezas de AD y Copei en la década de 1980, cuando la edad (y luego de muerte) apartaron del camino a Gonzalo Barrios, y la edad (y después la vida) separaron a Caldera de Copei. AD y Copei fueron quedándose escuálidos y todos vimos cómo terminaron en 1998. Esos adecos pequeños y copeyanos mínimos, a los que se sumaron los masistas currutacos que desplazaron a Teodoro y Pompeyo de donde nunca debieron salir, fueron la escalera de huesos que usaron los chavistas para llegar al poder, no por méritos propios sino por deméritos ajenos. Y ¿qué puede esperarse de esos microbios políticos? ¡Enfermedades! Creyeron que Franklin Brito, porque alguna vez se manifestó fidelista y chavista, era como ellos y no tendría el valor de llegar a las últimas consecuencias en defensa de sus derechos. Y se equivocaron. Apostaron a que sería cobarde, como ellos, y perdieron la apuesta. No es la único que van a perder. Pero no se diga que lo que pasó, pasó simplemente porque son asesinos. Son incapaces, son cobardes, son incompetentes y no deben estar donde están. Por eso hay que sacarlos a punta de votos. Y rogar a la Providencia que los otros entiendan que los errores se pagan. Y se pagan con creces.


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FRANKLIN BRITO

por Alberto Lossada Sardi

No puede ser que en pleno siglo XXI, por la inclemente furia y desvergonzada cobardía de un energúmeno, una vida humana termine de esta manera. Llamarlo asesinato sería decir lo menos. Matar por omisión es algo que solo una mente desquiciada, en los últimos momentos de su enfermedad congénita, podría llevar a cabo alguien que pretende usar el adjetivo “humano”. Matar por omisión es la forma más cobarde y alevosa de matar… Es decirle a esa persona que no merece ni la hombría de una bala ni de una muerte digna. Pero, ¿qué podemos esperar de esta vil canalla que dicta los ucases que rigen nuestras desvalorizadas vidas?
No conformes con el robo de lo que le era legítimamente suyo, le obligaron a recurrir a métodos que, en países “no progresistas”, han usado los “próceres” del progresismo para enfrentarlos creando matrices de opinión a favor de la causa sostenida por los huelguistas. En Cuba existe esta lápida:

Testo de la placa: “La tozudez, la intransigencia, la crueldad, la insensibilidad ante la comunidad internacional del Gobierno Británico frente al problema de los patriotas irlandeses en huelga de hambre hasta la muerte, recuerdan a Torquemada y la barbarie de la inquisición en plena edad media. ¡Tiemblen los tiranos ante hombres que son capaces de morir por sus ideas tras 60 días de huelga de hambre! Al lado de este ejemplo, ¿qué fueron los tres días de Cristo en el calvario, símbolo durante siglos del sacrificio humano? ¡Es hora de poner fin, mediante la denuncia y la presión de la comunidad mundial, a esa repugnante atrocidad!”

¿Menos atroz es el caso de Brito? ¿La “tozudez, la intransigencia, la crueldad, la insensibilidad ante la comunidad internacional” es menor tan solo porque Brito se oponía a los designios autoritarios de este régimen? ¿O es que las palabras de un Fidel momia carecen de valor a estas alturas de su vida?: ¡¡¡ Recuerdan a Torquemada y la barbarie de la Inquisición en plena Edad Media !Tiemblen los tiranos ante hombres que son capaces de morir por sus ideas tras 60 días de Huelga de Hambre!!!… ¡¡¡Es hora de poner fin mediante la denuncia y la presión de la comunidad mundial a esa repugnante atrocidad!!!” Estas mismas palabras tampoco valieron para Zapata Tamayo…
No tardarán, como es de esperar, los lacayos del régimen denunciando a Brito como suicida e irrespetando la dignidad que desconocen. Solo sus muertos valen. Aparte de arrastrarse ante cualquier orden canallesca, ignoran que sí hay hombres dispuestos a vivir con honor y dignidad o morir en el intento. Más cómodo resulta huir sin batirse o abandonar lo que un hombre defiende con la vida…
Ya la cobardía y el irrespeto a los derechos humanos de este régimen es evidente a los ojos del mundo. No es el primer ni el último muerto que mancha de sangre esta “robolución bonita”, que debe serlo por su color, el mismo de la sangre que ha hecho brotar en el alma venezolana. Hoy comienza el ocaso del latrocinio generalizado, de la desvergüenza pública, del gobierno de los atorrantes, de la desidia y el desequilibrio mental en el poder. ¿Cómo terminaremos? Solo se podrá hacer alguna idea de ello el 27 de septiembre, pero, independientemente de eso, estoy seguro que esta muerte marcará la vida de muchos venezolanos que hasta ahora perdonaban los excesos del energúmeno.
Y este ocaso, debidamente anunciado, traerá algo de paz al martirio de FRANKLIN BRITO…
Para ti, honorable ciudadano, ejemplo de principios, mi respeto total y una flor en tu tumba…


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¿Comunistas o Payasos?

por Eduardo Casanova

Hace ya mucho tiempo, cuando se alzaron los estudiantes del 28, ser comunista en Venezuela empezó a tener hasta algún prestigio. Para mucha gente eran el Diablo, pero también para mucha gente eran los buscadores de utopías, los soñadores, los que aspiraban a un mundo mejor. Comunistas fueron Rómulo Betancourt, Miguel Otero Silva, Kotepa Delgado y muchos de esos muchachos que tanto le darían a Venezuela. Pero poco a poco eso fue cambiando. Llegó un momento en que alguien, con mucho ingenio, dijo que no podía ser comunista porque no tenía suficiente dinero. Y, para colmo, la brutal crueldad de Stalin y los suyos convirtió el comunismo en algo muy lejano a la Utopía, más cerca del pragmatismo y la corrupción que de los sueños. La realidad del mundo, cuando se disolvió la Unión Soviética y cayó el Muro de Berlín, terminó por desacreditar del todo al comunismo, que se vio como era, lleno de feas manchas y corrompido, cuando perdió la protección de Moscú. Ya lo de Hungría y Checoslovaquia los había demolido, pero lo de Polonia y las otras colonias rusas terminó por matarlo. Hoy, en Venezuela, ser comunista es un anacronismo poblado de malas señales y peores efluvios. Y eso se refuerza cuando vemos ridiculeces como la que informa El Universal al comenzar la semana del 30 de agosto de 2010: “PCV estudia demandar a la Mesa de Unidad Democrática: Caracas.- El Partido Comunista anunció hoy que estudia la posibilidad de tomar ‘acciones jurídicas’ contra la oposición, a la que acusa de irrespetar sus símbolos y utilizarlos para lanzar una ‘campaña anticomunista’. El portavoz del PCV, Carolus Wimmer, acusó a la Mesa de la Unidad Democrática de mancillar la dignidad y el programa de su organización. Como prueba de esos supuestos abusos, Wimmer señaló que en la marcha del sábado, convocada por la MUD contra la inseguridad, se levantaron consignas anticomunistas.” Realmente parece una noticia chusca, y parte de lo grotesco está hasta en el nombre del “portavoz”, Carolus Wimmer. ¿De dónde sacaron a ese criollazo? Pero lo más importante: ¿desde cuándo un partido de combate, de calle, se “ofende” porque los malucos de la MUD “levantaron consignas anticomunistas”? “¡Me saco una ceja y te pincho!”, parecen decir. ¿Mancillar la dignidad? ¡Cáspita! Lenín en pantaletas. Realmente, ¿dónde quedaron los tiempos de aguerridas luchas? ¿Es eso lo mejor que puede ofrecer el chavismo? ¡Mala cosa! Pero eso sí, buen material para un novelista.

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Los primeros vuelos de un canario criollo

por Eduardo Casanova

A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.

EN LOS DÍAS DE MIRANDA

Los primeros vuelos de un canario criollo

La capacidad del joven Miranda para conquistar mujeres quedaba pálida al lado de su facilidad para conseguirse enemigos. Creo que se quedó corto don Gálvez en aquello de que algunos le envidian y sueñan con verle arruinado en su carrera y en su honor. Nada hay que cause más envidia que el talento, y si el hombre talentoso es, además, brillante, como lo era Francisco de Miranda, está fatalmente condenado a recibir los golpes de los envidiosos a cada paso, con cada nuevo día, con cada cambio de brisa y de sol.
Según los admiradores de Miranda, ese podría haber el caso del tal Juan Roca, que después de haber sido amigo del joven caraqueño se convirtió en su enemigo implacable, y para colmo fue nombrado jefe del regimiento donde servía Miranda, y justo cuando don Juan Manuel Cagigal, amigo y protector del joven capitán, estaba por otros paisajes. Desde luego, los biógrafos de Francisco de Miranda, por lo general, no cuestionan su versión de los hechos, según la cual un flautista napolitano le robó diez mil reales de vellón de una gaveta, cuando Miranda lo invitó a su habitación para hacer música y compartir un rato de diversión. Lo cierto es que Roca, coronel y jefe del regimiento, prácticamente acusó al joven capitán de haberse robado el dinero e inventar la historia del flautista, y aunque el acusado finalmente repuso el faltante, aquello, además de generar su enemistad ya declarada con su jefe, le causó mil incomodidades y problemas. Luego vendrían otras acusaciones relacionadas con malos tratos de Miranda a un soldado y otros asuntos de poca monta. Como para complicarle las cosas al caraqueño, en el lío intervino O’Reilly, que no debía estar muy satisfecho con aquello de que un inferior lo hubiese acusado de incompetente, y debe haberse frotado las manos por la oportunidad de vengarse del audaz subalterno. Para hacer el cuento corto, el joven capitán, preso en Madrid, terminó defendiéndose por escrito, y por vez primera se demostró su habilidad para razonar en blanco y negro. El resultado fue que, tras la intervención del propio ministro de guerra, y hasta del rey, el capitán caraqueño, hijo de canarios, fue trasladado a otro batallón, ahora en Cádiz, hacia donde salió, después de recibir un regaño por su tardanza, el primer día de abril de 1780. Desafortunadamente, siempre queda en el aire una posibilidad: ¿y si Roca tenía razón?
Lo único de lo que hay constancia oficial es que el ayudante de Roca no encontró indicio alguno del supuesto robo de que fue objeto Miranda, y, peor aún, ante los hechos cumplidos, el venezolano quedó prácticamente confeso cuando accedió a pagar la cantidad desaparecida, para lo cual tuvo que pedir un préstamo. Luego se sentó, como vimos, a escribir un memorial, actividad en la que se destacó como una verdadera estrella a lo largo de toda su vida, y sólo así consiguió salirse de la suerte… con mucha suerte.
Hizo entonces otra de las suyas, pues el viaje a su nuevo destino lo realizó con toda la calma del mundo, al extremo de molestar a su nuevo jefe, el mariscal Victoriano de Navia, que seguramente ya había sido informado de sus antecedentes y lo acusó nada menos que de querer “subvertir las leyes del reino” (Manuel Gálvez), no obstante lo cual, muy posiblemente con la ayuda de Cagigal, poco después Pancho de Miranda emprenderá su segunda navegación para cruzar el océano Atlántico, esta vez en sentido este-oeste y como parte de una fuerza enviada por el gobierno español, y casi al término de la distancia estará instalado en La Habana, en la hermosa isla de Cuba que debe haberle recordado por más de una razón la tierra en donde nació, y, para su gran fortuna como edecán de su protector y amigo Cagigal, que había sido ascendido y nombrado capitán general y gobernador de la isla.
Y en realidad fue en La Habana, y en el comienzo de la década de 1780, cuando empezó la verdadera aventura de don Francisco de Miranda. Y cuando se iniciaron de verdad sus tribulaciones. Aun cuando en su paso por la Península no sólo fue acusado por los militares, sino que nada menos que la Santa Inquisición le abrió una causa por posesión de libros e imágenes prohibidos. Nadaba ya en un mar de tiburones.
Desde luego, es en esos días cuando Miranda se hizo liberal y republicano, y es muy posible, como también afirma Manuel Gálvez, que la idea de la independencia de la América española haya aparecido en su mente en esos días habaneros, aun cuando de ello no hay ni siquiera un indicio. Pero no es insensato pensar que Pancho Miranda, tal como ocurrirá con Simón Bolívar un tiempo después, se haya sentido a disgusto en Madrid, al sufrir en huesos propios los abusos de las autoridades. Allá en la Caracas que dejó atrás, los mantuanos parecían afianzar la autoridad española en ultramar, y Miranda tenía que estar resentido contra los mantuanos (y por lo tanto contra las autoridades españolas) por lo de su padre. El ejemplo de las colonias inglesas en América del norte, que en 1776 habían proclamado la república y su derecho a la independencia, así como los derechos del hombre, y que ya tenían casi cinco años guerreando contra los británicos cuando Miranda llegó a La Habana, no debe haber dejado indiferente al joven capitán caraqueño, cuya imaginación no necesitaba mucho estímulo para echar a volar por sobre los mares y los cerros y los valles de la vida cotidiana.
Como parte del complicado juego de ajedrez de las potencias europeas, España favorecía a los patriotas estadounidenses porque estaban peleando contra los ingleses, que eran enemigos de los franceses, que a su vez eran amigos de los españoles. Don Bernardo Gálvez, el joven gobernador de Luisiana (tenía apenas veintidós años, pero era sobrino del poderoso ministro de Indias, don José Gálvez), participaba desde 1779 en la contienda norteamericana, y a mediados de 1780 planeaba atacar a los ingleses en Pensacola, acción que de inmediato contó con el apoyo de don José Solano y Bote, que era el jefe de la flota en la que viajó Miranda a Cuba (Solano y Bote, en tiempos de Carlos III, fue gobernador y capitán general de Venezuela; asumió el cargo en 1763 y lo entregó en 1771; fue un gran propulsor de la militarización del gobierno local y, por cierto, fue durante su gestión que se produjo el enfrentamiento entre los mantuanos de Caracas y don Sebastián de Miranda, el padre del capitán. Varios de los hijos de Solano nacieron en Caracas).
El 20 de abril el capitán Miranda, como segundo ayudante del gobernador y mariscal de campo Juan Manuel de Cagigal tocaba tierra norteamericana en las afueras de Pensacola. El 9 de mayo el comandante inglés, general John Campbell, rindió la plaza y se entregó a los españoles, que lo llevaron a La Habana con ánimos de repatriarlo después. El caraqueño, sociable como era, de inmediato se acercó al inglés, que también era un hombre de mundo y hablaba bastante bien el francés. Muy lejos estaba Miranda de imaginarse que aquel general, con el que apenas mantuvo una relación superficial, le causaría un problema de tal magnitud que lo obligaría convertirse en prófugo de la muy dudosa justicia de la madre España, dudosa aun en tiempos de uno de los mejores reyes españoles: Carlos III.
Francisco de Miranda, a raíz de su desempeño en aquel sitio, fue ascendido a teniente coronel por el propio Cagigal. Todo parecía sonreírle, pero los hados malignos le estaban preparando varias trampas que pronto le complicarían la vida hasta convertirlo en personaje histórico.
Entretanto, en su nativa Venezuela y en sus tierras vecinas, ocurrían hechos graves que, a la larga, tendrían serias consecuencias sobre su vida. En el Nuevo Reino de Granada se producía una auténtica rebelión contra la legislación fiscal impuesta por el gobierno de Carlos III, que encontró un claro eco en Venezuela, quizá a causa de la eficiencia y frialdad del intendente de la provincia, don José de Ábalos, que era capaz de sacarle jugo a un limón que ya había sido exprimido por diez personas. Ábalos estableció el estanco de los naipes, el del aguardiente y el del tabaco, tres de los vicios socialmente aceptados, y con ello tocó intereses poderosos que desembocaron en la rebelión abierta de los afectados, que tenían poder y, sobre todo, dinero. Lo cierto es que la rebelión de los Comuneros, cuando pasó de Nueva Granada a Venezuela, adoptó, tal como ocurriría en la revolución de Caracas de 1810, con una consigna ambigua: “Viva el Rey y muera el mal gobierno”. Ese fue el grito que se escuchó por vez primera en el Táchira y pronto se expandió hacia el resto de los Andes venezolanos. Juan José García de Hevia, Alcalde de la Santa Hermandad y arrendatario del estanco de Aguardiente, fue designado capitán general de los alzados en mayo de 1771. El movimiento se generalizó en lo que hoy es Táchira y Mérida, que así se unían a los pobladores de Cúcuta y Pamplona. Los alzados aspiraban a llegar en armas hasta Caracas, con lo cual aquello se habría convertido en una auténtica revolución independentista. Pronto se desviaron por el camino de la demagogia, repartieron el tabaco de La Grita entre el pueblo y arrestaron a los españoles. A mediados de julio llegaron a Bailadores, y el 25 ocuparon Ejido, el pueblo que está casi llegando a Mérida desde el suroeste. Formaron un gobierno rebelde, integrado en su mayoría no por campesinos y pequeños cultivadores. El 27 de julio ocuparon Mérida, y el merideño Francisco Javier Uzcátegui encabezó políticamente el movimiento que en lo militar estaba a cargo de García de Hevia. El 5 de agosto, el gobernador de Maracaibo, Manuel de Ayala, envió tropas para contenerlos y evitar que llegaran a Trujillo. Pero inmediatamente, alertado por el alcalde de Ejido, Antonio Ignacio Dávila, el gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, Luis Unzaga y Amézaga (que algún tiempo después tendría mucho que ver con Francisco de Miranda, o para decirlo mejor, con las desgracias de Francisco de Miranda en Cuba), envió una fuerza de 130 hombres, cien de ellos de caballería, hacia Barinas, para así envolver a los rebeldes, que el 8 de agosto de 1781 ocuparon Timotes, al noreste de Mérida. Los habitantes de Trujillo, hoy capital del primero de los estados andinos de Venezuela (primero por ser el más cercano a la capital), no se sumaron a la rebelión, y en septiembre Caracas envió un verdadero ejército de más de mil hombres a aplastar la insurrección. No había la más mínima unidad entre los sublevados, en tanto que sí la había entre los defensores de la corona española, que terminaron por imponerse en octubre de 1781. Los llamados Comuneros fueron juzgados y condenados a diversas penas, hasta que el 31 de enero de 1783 el rey Carlos III concedió un indulto a casi todos los implicados, con excepción de García de Hevia (que consiguió evadir la justicia por mucho tiempo y murió cerca de Bailadores, en un accidente, en 1809) y otros tres. En aquellos hechos se anunciaron, a la vez, la independencia de la América española y la unión de Venezuela y Nueva Granada, la Colombia que crearía Bolívar con un nombre imaginado por Miranda. Y es lógico pensar que Miranda, que ya había echado a volar su imaginación inventando el porvenir, se enterara de todo lo que había pasado. Pronto estaría escrito y pronto tendría que ser.

Capítulos Publicados de “En los días de Miranda":

Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
Un canario que cantaba los versos del Niño Dios
El canario enjaulado
El joven canario que dejó su nido
Cambio de nombre, cambio de rumbo
Los primeros vuelos de un canario criollo


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LA RABOLUCIÓN - Capítulo 5

por Eduardo Casanova

A partir del sábado (19 de junio de 2010) Literanova publicará, semanalmente, el Ensayo titulado “Cómo hacer una novela”, de Eduardo Casanova, en el que ofrecerá a los lectores no sólo un método para escribir novelas, sino varias informaciones literarias sobre ese género literario.

Nota de LITERANOVA: A partir del sábado 31 de julio se publicará, capítulo por capítulo, la novela “La Rabolución”.

Eduardo Casanova

LA RABOLUCIÓN

Capítulo 5

La vida en Guayacuy, desde que se convirtió en un verdadero pueblo, se hizo lenta y sin ningún tipo de accidentes, más o menos como lo era en lo topográfico. Siete días de calor a la semana. Seis de trabajo y uno de misa. Siempre igual. Siempre lo mismo. A veces un nacimiento, a veces una muerte. No muchos más nacimientos que muertes ni muchas más muertes que nacimientos. A veces la llegada de alguien de afuera. A veces alguien de afuera que se quedaba adentro. A veces algún chisme que todos comentaban y que si era muy importante se recordaría siempre. Siempre igual. Siempre lo mismo. Era como avanzar poco a poco, muy poco a poco, en una llanura envuelta del todo por un solo horizonte circular sin accidentes geográficos, y sin accidentes, en la que cada pedacito de tierra era idéntico a todos los demás pedacitos de tierra, cubiertos todos por un monte que no variaba, salvo que dos veces al año se quemaba y dejaba el verde para hacerse negro. Y aunque el agua estaba allí mismo, a la vista, casi no había agua en la llanura. En la llanura del tiempo, del amanecer cada día en la misma forma en que se había amanecido el día anterior, salvo porque se había amanecido un día más viejo, o más vieja. Y esta última regla como que era ignorada únicamente por Alelí, la mujer de Olegario, que aunque paría una vez al año, cada año se veía más joven y encantadora. El vientre se le secó veinte años después del matrimonio, cuando había parido veinte veces. Y de los veinte niños que tuvo, cuatro llegaron a ser adultos y se casaron y le dieron nietos. El mayor de los cuatro, llamado Eleuterio, fue criado por su padre como un auténtico príncipe heredero, y hasta fue enviado a Guanoco para que estudiara, primero la primaria, después el bachillerato y por último la universidad, de donde salió abogado. Pero le gustó aquello de ser capitalino y nunca regresó a su pueblo, ni siquiera de visita. En Guanoco se casó con un joven de familia acomodada y abrió así en la capital la rama de los Langley capitalinos, que no siempre reconocían del todo su vínculo directísimo con los Langley de Guayacuy, aun cuando los Langley de Guayacuy llegaron a ser gente rica por el negocio del cacao. Y por la renuencia de Eleuterio, fue el segundo varón, Liborio Andrés Langley, el que tuvo que encargarse en Guayacuy de los negocios de la familia cuando Olegario murió, que fue en los días en que salió el Decreto que ordenaba la libertad de los esclavos. Sin ceremonia alguna, Liborio Andrés se instaló en la oficina de su padre e hizo saber a todo el mundo que desde ese día era él, y sólo él, el jefe, aunque todo el mundo se daba cuenta de que su madre ejercía sobre él una indiscutible autoritas que la convertía, por lo menos, en co-regente del reino a pesar de que no había príncipe en espera de la mayoría de edad, y el príncipe Liborio Andrés se había colocado él mismo la corona sobre la testa. Desde muy niño se había aficionado a visitar la hacienda y a ayudar a los esclavos en las tareas más duras relacionadas con el cacao, lo que lo hizo un buen conocedor de todo lo relacionado con el negocio de la familia. Aprendió a leer y escribir solo, y cuando entró a la escuela que su padre había abierto en el pueblo, estaba muy por delante de sus compañeros de aula, que eran apenas cuatro, pero también llevaba en sus talegas un mundo de malas mañas del que nunca pudo desprenderse. Escribía sin acentos y en muchos casos las palabras las fijaba al papel tal como le sonaban, y como en tierras americanas no se diferencia la “ese” de la “ce” o de la “zeta”, Liborio Andrés todo lo escribía con “ese”: “Pasiensia”, “toleransia”, “asertar”, “bosal” y muchas otras palabras. La “be” y la “ve corta” o “uve” para él era siempre “be” o “be larga”, de modo que siempre que llegaba “benía” de algún lado, y para él Venezuela era “Benesuela” y Bolivia era “Bolibia” y los pájaros “bolaban”, la avena era “abena” y cualquier actividad se convertía en “actibidad”. Y como la “hache” es áfona, también la sacó de por vida de su mundo, por lo que “asía” en vez de “hacía”, tenía “umor” en vez de “humor”, y “oi” sustituían al “hoy”, porque también la “ye” o “Y griega” jamás consiguió colarse en su grafía. Fue por eso por lo que, cuando debió encargarse de los negocios familiares, que para él eran “negosios”, debió contratar como secretario a uno de los Coqueto, que había estudiado comercio en Naranjia y había vuelto por nostalgia a su pequeño valle. Y fue a Liborio Andrés al que le tocó enfrentar en Guayacuy todo lo relativo a la Guerra Federal, la guerra civil que arruinó el país a partir de 1859, y por la cual el pueblo de Guayacuy se encontró francamente dividido, porque en general los Coqueto fueron partidarios del gobierno y los Langley de la revolución, y como Liborio Andrés, al empezar la Guerra Federal acababa de casarse con la menor de las hijas de Coqueto, resolvió que no tomaría partido y trataría de servir de árbitro entre los militantes de cada uno de los bandos. Aunque, en honor a la verdad, la guerra civil nunca se manifestó del todo en el pueblo, salvo por las simpatías o antipatías de sus habitantes, que para Liborio Andrés eran “abitantes”. Siempre se cuidaron de evitar que las cosas llegaran al extremo. Y ni los godos ni los liberales de afuera entraron jamás al pequeño territorio de Guayacuy. Lo que sí ocurrió es que varios de los antiguos esclavos se fueron del pueblo y se enrolaron en alguno de los ejércitos, o más bien de las bandas, que allá afuera peleaban entre sí. La mayoría de ellos, que habían sido “libertados” cuando se promulgó la ley que le aportó a los Langley un buen ingreso monetario y los liberó de la obligación de mantener y cuidar a los esclavos, prefirió ubicarse en el lado de los godos, sin que en realidad hubiese una razón para eso ni nadie estuviera en capacidad de entenderlo o explicarlo. Y casi ninguno de ellos regresó a Guayacuy, pero con los que se quedaron, que vivían todos en las chozas de sus antepasados, en la orilla derecha del riachuelo, fue más que suficiente para mantener el negocio del cacao, que cada día se le hacía más productivo a Liborio Andrés, especialmente desde que viajó a Europa y firmó varios contratos con casas inglesas y belgas productoras de chocolate, y lo que debía ser un viaje de luna de miel se le convirtió en viaje de negocios, o “negosios”, a pesar de las protestas de Ernestina Coqueto, su mujer, que era muy bella y tenía fama de tonta y murió un año justo después del casorio. Y el día en que Alelí Bonadíes, su madre, murió de repente mientras cantaba un viejo villancico, que para su hijo era “biiansico”, Liborio Andrés de convirtió definitivamente en el jefe de Guayacuy, pues nadie tendría desde entonces autoridad sobre él. Fue entonces cuando inmediatamente después de enviudar de su primera esposa, se casó con Micaela Langley, que era su sobrina y sobrina de su difunta, para lo cual debió viajar varias veces a Guanoco para conseguir la debida autorización del Papa, por el parentesco múltiple, gestión en la cual lo ayudó mucho su hermano Eleuterio, que se había casado, también en segundas nupcias, con una sobrina de un sacerdote muy influyente y se había convertido en un beato rezandero con muchos amigos de sotana. Pronto volvió al pueblo con el debido permiso y un obispo, Monseñor García, que los casó en una ceremonia que siempre sería recordada, no sólo porque fue la primera vez que Guayacuy vio a un obispo, sino porque la fiesta fue realmente suntuosa y contó con la asistencia de todos los habitantes del pueblo, unos dentro de la casa primera y otros afuera, como “barra”. Los de piel más blanca, que eran todos parientes entre sí, adentro y los de piel más oscura afuera, pero todos disfrutaron por igual a pesar de que hubo seis muertos –todos afuera– por la borrachera de ron que se convirtió en la dueña de la fiesta y de las almas de todos los de afuera, mientras los de adentro bailaban cuadrilla y suspiraban de amor.

Capítulos publicados de CÓMO HACER UNA NOVELA

1.- Antemateria
2.- ¿Qué es una novela?
3.- Clasificación o Tipología de la novela
4.- Para escribir una novela
5.- La división y subdivisión del proyecto
6.- La redacción de la novela
LA RABOLUCIÓN
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5

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El Cáncer de Chávez

por Eduardo Casanova

Manuel Isidro Molina, periodista independiente, muy responsable y acreditado, publicó en “La Razón” que el teniente coronel Chávez Frías tiene cáncer en los pólipos paranasales. Todo cáncer ubicado en el cuello o en la cabeza es grave, y el de los pólipos paranasales, si ha llegado a interesar el hueso, es gravísimo. Personalmente rechazo cualquier manifestación de alegría por esa noticia, y lo hago con plena autoritas. No acepto que nadie le desee el mal a nadie, y mucho menos cuando ese mal tiene que ver con cáncer, pues hace siete años padecí un cáncer de colon y debí someterme a un duro tratamiento, quimioterapia y radioterapia, durante un larguísimo semestre. Y por tanto, a nadie le deseo que pase por un semestre como el mío, o que sufra la tensión nerviosa y las muchas incomodidades que tuve que soportar. A nadie se lo deseo. A nadie. Hay en la nota de Manuel Isidro algo que es, a mi juicio, lo que realmente debe interesarnos. Dice: “Lo informo sin ánimo de escándalo, con el reclamo público de que la Presidencia de la República nos informe a los venezolanos y venezolanas, el real estado de salud del Jefe del Estado”. Y agrega, con muy buen criterio: “Lo mejor es informar a tiempo, y así evitar que por los caminos verdes corran rumores y ánimos morbosos. La experiencia que vive Paraguay, con la dolencia el cáncer del presidente Fernando Lugo, tratado en Brasil, es el más reciente ejemplo a la vista del público nacional e internacional”, lo que remata con la referencia a la información que se dio en Colombia sobre la salud del Vicepresidente recién electo. Tiene razón. Nada hay peor que la falta de transparencia informativa que se ha impuesto el actual gobierno, y si se trata de la salud del hombre que pretende ser un dictador omnipotente, que se mete en todo, que quiere manejarlo todo, la información clara y precisa es absolutamente indispensable, no sólo para evitar que corran rumores que no le harán ningún bien al país y hasta pueden paralizarlo más de lo que está, sino para evitar también que la pelea a cuchillo entre los aspirantes a herederos le haga más daño al país que los propios disparates del gobierno. En un acto de masas para “graduar” a los muy mal formados médicos producidos por la política errada del gobierno, que vendrán a dañar la salud de los venezolanos, el teniente coronel Chávez dijo que no es cierto que tenga cáncer, que “lo están matando”, pero el problema es que es muy difícil creerle a un hombre que ha mentido tanto y con tanto descaro. Ojalá no esté mintiendo y las fuentes de Molina estén erradas, pero, de no ser así, es algo que a la larga no puede ocultársele a la opinión pública, como se le esconden las cifras de muertos por la violencia, o se maquilla la de desempleados, o se tapa la verdad de la venta de petróleo y tantas otras cosas que los autoridades ocultan quién sabe con qué intenciones.

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Deslatarium

por Alberto Lossada Sardi

Confieso que en mis años de vida, nunca encontré algo más difícil que ubicar al coba andante en algún tipo de clasificación posible. Cada vez que pienso que he encontrado algún nicho en el cual ubicarlo, me sorprende con algún nuevo arranque y debo comenzar desde cero. Es poco menos que imposible descifrar su lógica (si es que tiene alguna) y mucho menos anticipar decisiones o pronunciamientos sobre cualquier cosa que fuera. Cuando nos imaginamos que planteará alguna solución a alguno de los miles de retos que se le presentan, nos ofrece una “ilustrada” versión de sus problemas intestinales. Cuando pareciera que va a tocar algún tema clave (p. ej. la inseguridad, Pudreval, los niños de la calle), nos regala un par de canciones perfectamente desafinadas. Cuando esperamos algún comentario sobre algún tema del momento, sale con otra descarga a los “burgueses” (los de la IV. Los intocables de la V son burgueses “revolucionarios”).

Esta impredecibilidad es algo que verdaderamente hace sufrir a cualquier analista político que se precie, acostumbrado a analizar los temas políticos a la luz de una lógica racional. Sus constantes desvaríos (porque eso y nada más que eso son) son dignos de un análisis sí, pero psiquiátrico. No puede ser una mente equilibrada la que produce tantos dislates o la que pretende que los tomemos en serio. Lo grave del asunto es que, al tomarse él mismo en serio, descuadra el esquema mental de aquellos que guardan cierta cordura. Basta repasar sus boutades para darse cuenta de ello…

Tras el paro, en cadena nacional, se alegró de que le habían jugado en las manos (“me la pusieron bombita”) para implantar el control de cambio. El 19 de agosto de este año, también en cadena, señala que “no quería el control, pero me obligaron a ello” (como no hayan sido sus burgueses “revolucionarios”…); existen, en youtube, por lo menos cuatro versiones diferentes de lo ocurrido en La Orchila en abril de 2002. ¿Cuál de ellas es la verdadera?¿O no será ninguna de ellas?. Los insultos graves a Santos (“no lo recibiré en Miraflores”) se convirtieron, por arte de magia, en halagos y en un Camino de Santiago a Santa Marta a expiar sus injurias al presidente que se estrenaba; lo de los “niños de la calle” ni siquiera merece un solo comentario más; cuando, arrogante, ordena el desplazamiento de diez batallones a la frontera, queda desarmado al ver que ni siquiera tienen cómo desplazarse hasta allí y calla o cambia de tema: lo dicho por no dicho; acusa a los “ricos” por la escasez de agua (“llenan sus piscinas”), pero no mira hacía Barinas donde su propia familia disfruta una vida no muy limitada que digamos; la crisis de la electricidad es causada por El Niño, y ni una palabra sobre la falta de mantenimiento de las centrales eléctricas; después de 11 años de desgobierno, ante la pérdida de paciencia del venezolano de a pie con la inseguridad, anuncia que “en 20 años no habrá delincuencia” (como si en efecto alguien le augurara –o aguantara- 20 años más de gobierno) y olvida que Su Beatitud, el Guerrero Crístico, Fidel, anunció hace 51 años algo similar (“en 20 años todos los problemas de Cuba estarán resueltos”) y lo único hecho hasta hora es agravarlos; insiste en su versión de “magnicidio”, pero jamás ha presentado una sola prueba, limitándose a decir “tenemos las pruebas”, y su palabra vaya por delante; el empeño manifiesto en seguir nombrando a fracasados en cualquier puesto vacante por la única razón de su “lealtad al proceso” y, al sobrevenir el nuevo fracaso, plenamente anunciado, acusar de ello a quien cruce por su mente en el momento, a escoger: CIA, Mossad, complot mediático, Hermanitas de la Caridad, los organizadores de Bar Mitzvahs, el Jubileo Vaticano, la “burguesía apátrida”, en fin, escoja a su gusto, lo que se le ocurra sirve.

No hay ni soluciones, ni compromisos, ni deseos de hacer. El poder por lo que implica es la única meta de su vida. Y su ineptitud es tal que ni siquiera se molesta en pensar que para ejercer el poder debe haber algo sobre lo cual ejercerlo. Va directo al país arrasado, y luego, ¿poder sobre qué? ¿sobre la desolación, el hambre, la miseria? Hasta Papá Doc, en un país bastante atrasado, se cuidó de llegar a ésos extremos… Parece incapaz de comprender que no se puede jugar con estas cosas; un pueblo con hambre (pero hambre de verdad, no ésta engañada con limosnas y disfraces electoreros) se convierte en una masa amorfa e impredecible que va a por la yugular del causante de su miseria y que no oye razones cuando le desbaratan sus sueños. Unos cuantos jefes de gobiernos o de estados cayeron en cuenta demasiado tarde y sufrieron daños irreversibles de salud por ello (por nombrar tres: Villarroel en Bolivia, Ceausescu en Rumania y Benito en Italia).

Me pregunto aquí, ¿hasta dónde le acompañará su banda de genuflexos?. ¿Creerá, en serio, que lo acompañarán en sus días aciagos? No, mi coba andante, serán los primeros en volar en busca de regiones menos azarosas (aunque La Haya se ocupará de encontrarlos) creyendo, como ha sido siempre, que sus latrocinios serán olvidados o que algún hada mágica los hará invisibles con su varita para poder disfrutar de su botín. Y, peor aún, serán los primeros en denunciarlo para salvar sus propios e inmundos pellejos a la hora de la verdad, convirtiéndose (o pretendiendo hacerlo) en “testigos clave” con inmunidad garantizada… Claro, es que con los angelitos con que se ha rodeado, no sería para menos. ¿Cree, sinceramente, que alguno de ellos moverá un dedo por usted? Allí verá que dejarlos robar para “comprarlos” para lo único que sirvió fue para agravar su propio caso. Pero es lógico, ¿cómo pueden explicarle estas cosas los picapleitos y leguleyos fracasados que le hacen los mandados? Imagínese usted que la Presidente del TSJ pareciera no conocer la figura de la usucapión (materia de segundo año de derecho) cuando se ha tratado sobre las expropiaciones de tierras y propiedades, ¿qué podrán saber abogaduchos oficialistas de menor importancia…?

En todo este tinglado, se mueve, en la parte trasera, la hoy triste figura de Su Beatitud, en quien los estragos de la senilidad son salvajemente obvios. En medio de su total y absoluta incapacidad o ineptitud, sigue recurriendo a los consejos de alguien para quien el mundo se detuvo hace ya algunos años. Dentro de su prodigiosa ignorancia, no es capaz de darse cuenta de que el mundo deja atrás a quienes no se acoplan a su marcha (algo que es demasiado pedir a una momia obsoleta y física y mentalmente destruída) y pretende que los demás le acompañen en un suicidio colectivo (del cual seguramente se escapará en el último minuto; no le creo capaz de grandes hazañas y menos cuando el pellejo propio está en juego, 4F dixit y 11A confirmat). De no ser lo que vivimos algo tan dolorosamente trágico, con toda seguridad su historia novelada sería digna competidora en cualquier concurso literario; pero no creo que haya nacido aún el novelista cuyo ingenio pudiese haber inventado esta trama…

Alberto Lossada SardiAlberto Lossada Sardi, diplomático y escritor, nació en Caracas en 1950, en el seno de una familia de diplomáticos e intelectuales. Como diplomático ha servido en Estados Unidos, la Unión Soviética, Portugal, Ecuador, Nicaragua, Libia y Francia. Su más reciente cargo fue el de Ministro-Consejero Encargado de Negocios en Portugal. También ha ejercido varias funciones en el Servicio Interno del Ministerio de Relaciones Exteriores.

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La profecía de Pérez Alfonso

por Eduardo Casanova

En 1973, antes de la famosa crisis del petróleo que llevó los precios del crudo a niveles que nadie esperaba, Juan Pablo Pérez Alfonso, en una de las reuniones semanales que se hacían en su casa los martes en las tardes, y a las que yo asistía junto con Reinaldo Figueredo, Francisco Álvarez Chacín, Pompeyo Márquez, Anselmo Natale y otros que iban y venían, anunció al estilo Casandra lo que iba a suceder y sucedió. Digo estilo Casandra porque tal como a la hija de Hécuba y Príamo parecería que nadie le creyó. Nos habló de que pronto, dada la necesidad desmedida que tenía Occidente de petróleo, y visto que los países productores recortarían la producción, los precios subirían en proporción geométrica, y sostuvo que era indispensable evitar que ese flujo de dinero entrara de repente a Venezuela, porque si no se evitaba se produciría lo que llamaba Indigestión económica, que tendría efectos letales no sólo sobre la economía, sino sobre la política del país. Recomendaba enérgicamente que se creara un muro de contención en forma de un fondo que recibiera los ingresos extraordinarios y los colara selectivamente. Cuando llegó Carlos Andrés Pérez al poder pareció que le iban a hacer caso, puesto que se creó un Fondo de Inversiones que oficialmente tenía ese propósito. Pero pronto se vio que no se respetaba la idea, y lejos de colar, se inundaba el país de dinero proveniente de los altísimos precios del petróleo. El resultado, tal como lo previó Pérez Alfonso, cuyos últimos días de vida fueron tan trágicos como los de cualquier personaje de tragedia griega, fue una terrible indigestión económica. Herrera Campíns, lejos de corregir el problema, lo agravó, y Lusinchi más todavía. Cuando volvió Carlos Andrés Pérez al poder, trató de enmendar la plana, quiso hacer lo que había que hacer, lo que tendría que haber hecho en su primera presidencia y lo que deberían haber hecho sus sucesores, y el mundo se le vino encima: el “Caracazo”, dos intentos de golpe y su destitución fue el precio que pagó por tratar de hacer las cosas bien. Caldera, en su segunda presidencia, no se atrevió a intentar lo que intentó Pérez, y la profecía de Pérez Alfonso se cumplió plenamente: la indigestión económica se comió a Venezuela y le generó, en lo político, el peor gobierno de su historia, un gobierno ineficiente, corrompido, incapaz, que está acabando con todo, con la decencia, con el porvenir, con las instituciones, con el país. Ojalá que antes de que todo termine, el propio país pueda apartar del poder a los bárbaros del teniente coronel Chávez Frías y entienda, por fin, que había que seguir por el camino que recomendaba Pérez Alfonso, que es el que ha permitido que Noruega sea, hoy por hoy, el único país petrolero que no ha caído en manos de la corrupción, que todo lo daña, como Chávez y los suyos.

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PUDREVAL es el Chavismo

por Eduardo Casanova

Las miles de toneladas de alimentos que el gobierno de Chávez dejó podrir son la imagen pura y perfecta del gobiernito militar que desde hace doce años ha venido dañando a Venezuela y a su pueblo. Todo está allí: la corrupción, la ineficiencia, la mentira, el engaño, el desprecio por la gente. Por eso les molesta tanto que se los recuerden. Vanguardia Popular montó un conteiner en la Plaza Brión de Chacaíto para recordarle a la gente la verdad de Pudreval, y de inmediato se presentaron los fascistas del PSUV a destruirla y a agredir a los jóvenes de Voluntad Popular. Una nueva demostración de que son fascistas, violentos, intransigentes y no quieren que nadie utilice la verdad para sacarlos de un poder que nunca deberían haber alcanzado, y que alcanzaron porque en buena parte el país está podrido, tan podrido como el gobierno. Ojalá que la parte que está sana sí sea, como se sospecha, la mayoría, y con los votos obligue a los podridos a retirarse después del 26 de septiembre. El país no resiste mucho, no puede aguantar mucho más tiempo de podredumbre, de incapacidad, de corrupción. De Chávez, que es Pudreval.

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Enlace permanente 23/08/2010 09:45:18 am Correo electrónico , Categorías Opinión, Política, Venezuela, Etiquetas: eduardo casanova, opinión, política, pudreval, venezuela, • 2 comentarios »

Cambio de nombre, cambio de rumbo

por Eduardo Casanova

A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.

EN LOS DÍAS DE MIRANDA

Cambio de nombre, cambio de rumbo

No es cierto, como han dicho algunos autores, que el joven Sebastián Francisco de Miranda decidió no utilizar su primer nombre, Sebastián, a raíz de la muerte del pequeño hermano Francisco Antonio, nacido en 1756 y muerto en 1758. El cambio de nombre definitivo se produjo catorce años después de la muerte de aquel Francisco, y en cierta forma puede haberse debido a su decisión de dejar atrás su pasado. De hecho, desde sus primeros años fuera de Venezuela apenas unas pocas veces se comunicó con su cuñado, Francisco Antonio Arrieta, y hacia el final de su vida, cuando regresó a Caracas, sus relaciones con sus parientes no fueron nada ejemplares. Cerca de la muerte todos sus pensamientos se dirigieron al porvenir, a sus hijos, y no al pasado.
En Madrid, en los días en que ingresó formalmente al ejército, el joven que de allí en adelante se llamaría Francisco de Miranda, además de estudiar matemáticas y artes militares, obtuvo (a pedido de su padre) del rey de armas de Madrid, un informe de hidalguía, en el que consta que proviene de familia noble de Asturias y describe el escudo nobiliario de la familia. Y el 28 de noviembre de 1772 se emite un decreto por medio del cual se le designa capitán de infantería de los Reales Ejércitos de Su Majestad. Nueve días después el capitán Francisco de Miranda, que ha conseguido en Madrid el éxito que en Caracas quiso negársele a su padre, ingresa al regimiento de la Princesa. Un mes después pagó los ochenta y cinco mil reales convenidos a Thurriegel y se preparó a atravesar el Estrecho de Gibraltar para iniciarse, en Marruecos, en la carrera militar. Y, a la chita callando, el joven Francisco de Miranda iba a conocer, además de América y Europa, el África.
Pero el soldado de aburre. En Melilla se siente encerrado. Encuentra poco que ver y poco que hacer. Se le ocurre que puede volver al otro lado del océano y aprovechar la oferta de ascenso para los oficiales que sirvan en territorio americano. Se ofrece, elogiándose a sí mismo, y afirma que en América puede ser más útil al rey. Su carta al conde de O’Reilly deja ver que es ambicioso y está decidido a avanzar, como sea.
Y pronto se le presenta la oportunidad de demostrar su valía cuando España entra en guerra contra el emperador marroquí Abdul Ahmid, que se opone a la presencia de cristianos en la zona. El 23 de octubre de 1774 el rey español declara la guerra y Miranda se entusiasma. El capitán, que había vuelto a España con su regimiento, va a entrar en acción y va a destacarse para ascender como lo prometen sus sueños y sus ambiciones. Parte de Málaga hacia el otro continente en diciembre, sólo para regresar a causa de una tormenta luego de que Miranda, en absoluta minoría, insistiera en que no había que rendirse ante la naturaleza. Por fin llega de nuevo a Melilla, que estaba sitiada desde varias semanas antes por los moros. La guerra debe ser su territorio, una guerra que vuelve a ser, como poco antes del descubrimiento del Nuevo Continente, entre moros y cristianos. Hay en su diario algo extraño, que es la repetición de párrafos enteros, como si se tratara de borradores de un libro que piensa publicar. Narra varias veces el mismo hecho, cambiando los énfasis y los enfoques, y, sobre todo, la redacción, que sigue siendo imperfecta. El 20 de enero de 1775 el ambicioso, petulante y joven capitán presentó a sus superiores un proyecto detallado, un plan de acción para romper el sitio mediante la acción sorpresiva, en la madrugada, de doscientos treinta españoles. Treinta, comandados por el capitán Miranda en acción casi suicida de comando, se encargarían de los guardias moros, y otros treinta destruirían los cañones enemigos. A los jefes, aquel plan que hoy tendría mucho de cinematográfico, les pareció demasiado fantasioso y lo archivaron sin mayores comentarios. Unos días después terminó el sitio y el capitán volvía a la inacción militar, ahora acompañada por una seria ofensiva epistolar que buscaba salir del estancamiento que suponía negativo para su carrera. No sólo pedía un cambio, sino que se atrevió a solicitar para sí una condecoración por sus servicios. Más de uno debe haber torcido el gesto en las alturas del poder. Se hacía notar demasiado y se dejaba ver la ambición, que en un noble madrileño o de provincia importante podría anunciar algo bueno, pero en aquel joven recién llegado de un rincón paupérrimo y desconocido de ultramar, no podía ser augurio sino de serios problemas. Para el joven.
En junio 1775 participó en una nueva acción, una expedición a Argel dirigida por el general O’Reilly. Fracasaron y debieron regresar a España, en donde Miranda escribió una memoria en la que constaba que había sido herido en el intento y había visto de cerca cómo los moros decapitaban cristianos. Poco después, aunque aseguraba que se iría a América, estaba de nuevo encerrado en el aburrimiento en el norte de África. Hasta que ocurrió algo que tendría una importancia que su propio protagonista no intuyó en el momento: Francisco de Miranda visitó durante un par de meses el Peñón de Gibraltar. Allí entró en contacto por vez primera con los ingleses, y entre ellos estaba un hombre de dinero que se haría su gran amigo: John Turnbull.
El capitán Miranda comete en esos tiempos la primera de sus muchas indiscreciones graves. Es un joven demasiado inteligente, demasiado ávido de gloria, demasiado codicioso, como para poder pasar inadvertido. Algo lo impulsa a buscar la notoriedad, a templarle a la fama los faldones, y no tiene mejor idea que criticar públicamente al general O’Reilly, que no era español sino irlandés, por el fracaso de su expedición argelina.
No es esa su única indiscreción. Se habla mucho de su afición por las mujeres, que más bien parecería en aquellos tiempos la afición de las mujeres por el joven y apuesto capitán indiano. Alguna vez tuvo que sufrir arresto por desobedecer las órdenes de sus superiores de usar únicamente el uniforme militar. Además ya se había hecho notar demasiado por su insistencia en irse de Cádiz o de donde quiera que estuviera, sobre todo en busca de un ascenso. Era un chaval osado, curioso, inquieto y demasiado vistoso. Y a la vez, ya era el grafómano que todo lo anotaba, que todo lo observaba. Y mucho criticaba.
En noviembre de 1778, en un servicio de rutina, el oficial Francisco de Miranda se topó por vez primera con una realidad que luego marcaría su vida: la fría espada de la injusticia. En una misión de escolta de la reina tuvo un incidente con el capitán Manuel Tarsis, que lo arrestó y lo denunció ante los superiores, y si nada le ocurrió a Miranda entonces, cuando más de una mano enemiga se frotó con otra, fue por la influencia del coronel Juan Manuel Cagigal, que poco antes había asumido el mando del regimiento y a lo largo de toda su vida dio muestras de gran simpatía por el caraqueño. Aquel no fue sino el primero de varios incidentes que acabaron con la carrera militar de Miranda en España.
Para Mariano Picón Salas, Miranda es víctima de la “jetta”, que es como llaman en el Cono Sur lo que en el norte de Sudamérica llamamos “pava” o “mabita”, y en general se conoce como mala suerte. Para Manuel Gálvez la explicación tiene que ver más bien con la personalidad del caraqueño: Los hombres se sienten atraídos por la brillantez de su talento, y las mujeres se enamoran de él. Mas, por esto mismo, algunos le envidian y sueñan con verle arruinado en su carrera y en su honor. Mientras Cagigal comande el regimiento, nada le pasará. Pero esta seguridad no va a durarle mucho al joven criollo.

Capítulos Publicados de “En los días de Miranda":

Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
Un canario que cantaba los versos del Niño Dios
El canario enjaulado
El joven canario que dejó su nido
Cambio de nombre, cambio de rumbo


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LA RABOLUCIÓN - Capítulo 4

por Eduardo Casanova

A partir del sábado (19 de junio de 2010) Literanova publicará, semanalmente, el Ensayo titulado “Cómo hacer una novela”, de Eduardo Casanova, en el que ofrecerá a los lectores no sólo un método para escribir novelas, sino varias informaciones literarias sobre ese género literario.

Nota de LITERANOVA: A partir del sábado 31 de julio se publicará, capítulo por capítulo, la novela “La Rabolución”.

Eduardo Casanova

LA RABOLUCIÓN

Capítulo 4

Siempre se dijo que el general José Antonio Zafio era un gran conocedor de los hombres, y en ese caso lo demostró plenamente: En apenas tres meses el secretario Coqueto se resignó del todo a su situación y no sólo aceptó colocarse por debajo de Langley, sino que le vendió al Jefe Civil las tierras que el presidente le había otorgado en el vallecito de Guayacuy. En realidad no se las vendió, se las permutó, pelo a pelo, por la paz duradera y una casa con corredores, una casa cómoda y amplia, que el Cunaguaro había hecho construir para su suegro, el padre de Alelí Bonadíes, la niña que Langley se sacó luego de una fiesta en Caracay. Fue un noviazgo de apenas unas horas, solía contar después el Cunaguaro, que al principio creó que el padre de ella, que también era general, lo obligaría a enfrentársele por el honor de la familia, pero en realidad el general Bonadíes, que era viudo y cargaba un poco a regañadientes con su hija, terminó aceptando de buen grado que la niña se casara in artículo mortis, que fue la solución leguleya que encontró su vecino y amigo cura en cuanto se supo que Alelí llevaba ya ocho meses de estar levemente preñadísima. In articulo mortis a pesar de que nadie murió en aquel lance en el que no salió a relucir espada alguna, a no ser la de carne del feliz Cunaguaro Langley. Extraño personaje el general Eulalio Bonadíes, nativo de un pueblecito del piedemonte andino, y a quien le decían El Blanco Bonadíes, no por su piel, que era más bien morena, sino porque por el tamaño exagerado de su humanidad recibió varios balazos el día de la única batalla en la que se atrevió a participar, lo que hizo que los soldados dijera que los enemigos habían practicado tiro al blanco esa única vez que El Blanco se presentó a un campo de batalla. Y El Blanco Bonadíes quedó para toda su vida. Como era de la clase de los pardos, El Blanco Bonadíes entró a la guerra como defensor del rey, enrolado en el ejército de uno de los bárbaros más bárbaros que conocieron esas tierras: el general Hugo Rafael Bubas. Pero, la dura realidad de que Bubas decidió matarlo luego de acusarlo de flojo, apático y abúlico, y el hecho de que quien lo salvó del fusilamiento fue el general Fernando Améndola, jefe de los patriotas en San Cayetano, lo hicieron cambiarse de bando y enrolarse, siempre acompañado de su abulia y su enorme pereza, pero también de su buen humor, en las fuerzas del general Gabriel Fuenmayor, razón por la cual, al separarse El Dorado de Colombia, Bonadíes estaba radicado en Bogotá. Volvió a El Dorado cuando le quitaron la pensión que tenía en Bogotá, y se radicó en Caracay para rogarle al general Zafio que se la repusieron, cosa que había ocurrido un par de meses antes de la fiesta que causó la fuga de su hija Alelí y la posterior boda con el general Cunaguaro Langley, boda a la que inicialmente pensó en oponerse con todas sus fuerzas, que no eran muchas, pero que debió aceptar finalmente, cuando se enteró por boca de su vecino, un cura al que la niña envió una carta en la que se confesaba y le confesaba que pariría un par de meses después de escribirla, lo que en realidad ocurrió un mes después de la ceremonia eclesiástica, que no fue tal por aquella del articulo mortis. Como era un hombre demasiado voluminoso para ser violento y las cosas se le complicaron en Caracay, terminó por aceptar la oferta que le hizo su recién estrenado yerno y se trasladó con toda parsimonia de la pequeña ciudad a Cañamare de la Mar, en donde se quedó descansando con la intención de viajar por fin a Guayacuy, pero no llegó nunca a su destino final: los dueños de la casa donde se alojaba, en Cañamare, lo encontraron muerto una mañana y lo enterraron esa tarde, porque ya empezaba a oler mal. A Coqueto, en definitiva, no le importó que aquella casa se hubiera iniciado con la trágica historia de una muerte. Era una casa grande, cómoda y fresca, y su frustrada vocación de terrateniente no sobrevivió a la primera pedida. En la casa y en el pueblo tenía la comodidad asegurada, y sin dudarlo hizo viajar a toda su familia, su mujer y sus cinco hijas –la menor recién nacida– y todos se instalaron pacíficamente en el pueblo de Guayacuy, en la que llamaban la casa segunda, a vivir con comodidad, sin saber que a la larga don Coqueto, tal como don Langley, sería el antepasado de casi todos los que nacieron en aquel pueblo, salvo los de origen claramente africano. Esos de origen africano fueron importados por el Cunaguaro para que se ocuparan de la siembra y cultivo del cacao en la hacienda que fundó en las tierras que habían sido de Coqueto, en la mitad del pequeño valle. Usó para conseguir brazos a un antiguo combatiente de las fuerzas del Taita, un tal Melquíades Páez, nacido en Venezuela, que había sido esclavo de la familia Bolívar y que al recibir la libertad no quiso llamarse Bolívar sino Páez, cosa que el Taita llanero de Venezuela recibió con alegría y hasta con agradecimiento. En su país se sintió mal porque había cierto rechazo hacia su forma de vida, tanto de los negros, que sentían que los había traicionado, como de los blancos, que nunca lo aceptaron del todo. Don Melquíades, como terminaron llamándolo hacia el final de su vida, cuando ya no había legislación que prohibiera el uso del Don por parte de quienes no habían nacido en cuna de oro, tuvo la suerte de que un cura liberal se empeñara en educarlo, por lo que a los veinte años, cuando fue manumitido por orden expresa del Libertador, tenía una cierta educación y unos modales que ningún negro tenía en su entorno. Hablaba a veces hasta con afectación, pronunciando cada letra, modulando con exquisitez y utilizando siempre términos domingueros que muchas veces lo convertían en objeto de burlas de quienes lo escuchaban. Vivió un tiempo en Haití, único país en el que no llamaba demasiado la atención su condición de negro fino, pero nunca pudo acostumbrarse a hablar otro idioma que no fuera el español. Vio el cielo abierto cuando, de visita en El Dorado, conoció al señor Langley, que lo contrató para que le buscara personal para su aventura cacaotera. Buscó entre los esclavos de varias familias ricas que no estuvieran boyantes y compró doce machos y quince hembras, todos fuertes y con buena dentadura. Arbitrariamente armó doce parejas y las instaló en doce ranchos con techos de paja en la orilla derecha del riachuelo, con lo que Guayacuy adquirió otra mitad que a la larga crecería más que la mitad blanca. A las tres hembras que sobraron en el reparto las ubicó en la casa del general Cunaguaro. Él mismo se consiguió una mujer blanca, de familia pelucona muy venida a menos, y se instaló en el pueblo blanco a pesar de las protestas de algunos de sus habitantes, que pensaban que debía estar en la mitad negra del pueblo. El general Langley, con un manotón sobre la mesa, hizo saber que en ningún caso obligaría a Melquíades a vivir en la mitad negra, puesto que además de ser su amigo era nada menos que ahijado del presidente de Venezuela, la república vecina, lo cual no era cierto, pero obligó a callarse a los que pretendían alzar sus voces contra aquel desaguisado. No se trataba únicamente de estima personal, sino de que Melquíades le era especialmente útil a Langley. No sólo porque le consiguió el personal para su aventura agrícola, sino porque también le consiguió el material indispensable para iniciarla, no precisamente como comprador, sino porque, acompañado por seis de los esclavos que había llevado al sitio, se embarcó rumbo al este y se robó, en la Obra Pía de Catuchuao, todos los frutos de cacao que le cupieron en la embarcación que los llevaba, y con las semillas que después obtuvieron de aquellos frutos mal habidos sembraron todas las plantas que pronto empezaron a dar sus frutos para engrosar las arcas del Cunaguaro, que se dio el lujo de ampliar la iglesia del pueblo y contratar a un cura en propiedad, que hasta entonces había vivido en Naranjia, luego de vérselas muy mal porque nunca había ocultado su condición de enemigo de la república, y un enemigo muy hablachento, por lo demás. Hablachento y mujeriego, pero eso es harina de otro talego.

Capítulos publicados de CÓMO HACER UNA NOVELA

1.- Antemateria
2.- ¿Qué es una novela?
3.- Clasificación o Tipología de la novela
4.- Para escribir una novela
5.- La división y subdivisión del proyecto
6.- La redacción de la novela
LA RABOLUCIÓN
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4

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Petróleo y corrupción

por Eduardo Casanova

Negar que el petróleo genera corrupción es negar que el sol existe. No hablo sólo del robo de dineros, sino de los abusos de poder, la ineficiencia, la descomposición social y un largo etcétera que no cabría en un artículo de prensa. En la actualidad, con la excepción de Noruega, país en el que el pasado se ha impuesto al presente y al porvenir (o habría que decir “la tradición”), todos los países petroleros son víctimas de la corrupción. Hasta los que han logrado enormes avances materiales, como Dubai. El caso de Venezuela lo dice todo: Hasta 1973, con el petróleo a 2 dólares por barril o menos, los gobiernos de Gómez, López Contreras, Medina Angarita, la Junta, Gallegos, Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez, Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera, pudieron darle al país carreteras, hospitales, escuelas y colegios, autopistas, represas, sistemas de electricidad y telefonía, universidades, escuelas técnicas y otro largo etcétera, y becaron a centenares de miles de venezolanos para que estudiaran en el país o se especializaran en el exterior, liquidaron enfermedades que habían sido endémicas por siglos y hasta por milenios y, en general, modernizaron de verdad el país. A raíz de la gran crisis de 1973, las cosas empezaron a cambiar, pero no para bien sino para mal. En los primeros años, como por una inercia ayudada por los ingresos extraordinarios, hubo una gran transformación física, sobre todo en el interior del país. Pueblos como Turmero, Tucacas, Caraballeda y quién sabe qué otros, crecieron hacia arriba, aparecieron o se reforzaron diarios de provincia, nacieron estaciones de radio y de televisión hasta en poblados que hasta poco antes habían sido aldeas bucólicas, y dio la impresión de que el país se convertía en parte del Primer Mundo. Pero la corrupción creció más que el país, tal como la pobreza de muchos que contrastaba con la riqueza de pocos, y la democracia empezó a enfermarse. Tanto se enfermó, que un demagogo, oportunista y deshonesto ganó las elecciones de 1998 y sumió al país en la corrupción total que hoy padece. A pesar de que en once años ha recibido más dinero que todos los gobiernos anteriores, desde 1830 hasta 1998, su obra de gobierno es muy interior a la de cualquiera de los que ocuparon la presidencia de la república antes que él. Y ha disfrutado de los precios petroleros más altos de todos los tiempos. Con lo que se demuestra, más allá de toda duda, que el petróleo es corrupción.

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