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La música popular venezolana, hasta comienzos del siglo XX, estaba atomizada, repartida por todo el país. Y así como a Juan Vicente Gómez se le atribuye el haber unificado a Venezuela, al Maestro Vicente Emilio Sojo corresponde el papel de unificador y perpetuador del patrimonio musical del país. En efecto, Vicente Emilio Sojo (1887-1974), especialmente en la década de 1920 y siguientes, compiló, armonizó y dejó codificadas más de doscientas piezas folklóricas que constituyen los fundamentos del gran edificio de la música popular de Venezuela.
La otra contribución mayor a ese proceso fue hecha por el poeta Juan Liscano (1915-2001), que en febrero de 1948, a raíz de la toma de posesión de la Presidencia de la República de Rómulo Gallegos, organizó un gran Festival Folklórico en el Nuevo Circo de Caracas, en el que dio a conocer a los caraqueños, y a los venezolanos en general, lo más importante del folklore venezolano, que además quedó convenientemente registrado. A partir de entonces las emisoras de radio de Caracas y de todo el país difundieron música venezolana, a lo que se sumó el esfuerzo combinado y continuo de Sojo y de Liscano por mantener viva esa llama que había estado a punto de extinguirse.
La década de 1950, tal como en la política, significó un retroceso en materia de folklore. La dictadura prefirió apoyar manifestaciones poco auténticas y muy cuestionables, como una “música llanera” de muy pobre factura y lo que se llamó “danza nacionalista”, que de nacionalista no tiene nada, pero sí de cursi y de mal gusto, y es una copia mal hecha de las danzas nacionalistas mexicanas, cuya calidad tampoco es muy notable. Pero, tal como la democracia, la música venezolana se mantuvo oculta y lista para botar de nuevo en cualquier momento, que fue lo que hizo con un ímpetu extraordinario en las décadas de 1960 y 1980.
Una de esas manifestaciones, que tuvo un gran éxito no sólo en Venezuela, sino en toda la América Latina, fue el “Quinteto Contrapunto”, organizado y liderado por Rafael Suárez y cuya voz más importante fue la de la mezzo-soprano Morella Muñoz, e integrado también por Domingo Mendoza, que fue casi tan esencial como Rafael Suárez, Aída Navarro y Jesús Sevillano. El trabajo de “Contrapunto” se orientó hacia usar la metodología y el tratamiento de la música académica en la música autóctona, y pronto fue imitado en países como Argentina, México y Colombia con singular éxito y con el efecto secundario de estimular el conocimiento de la música folklórica. “Contrapunto” nació en 1962 y desapareció en 1971, por la muerte de Suárez. Muchos años después hubo un intento de revivirlo que resultó fallido. Otro de sus efectos fue la inclusión de variado y bien tratado material de música autóctona en los repertorios de las corales y orfeones venezolanos, que derivó en una revalorización de la música venezolana y logró triunfos importantes para el país fuera de sus fronteras, especialmente el Orfeón Universitario y la Schola Cantorum de Caracas.
Un hombre ligado a Juan Liscano, el arquitecto Oswaldo Lares, fue el impulsor de otro de los grandes movimientos de la nueva música de Venezuela. Lares creó la “Fundación Convenezuela”, en la década de 1970, dedicada a investigar la música autóctona y a grabarla y codificarla, pero pronto, además de ese trabajo, en el que también se destacaban Isabel Aretz y Luis Felipe Ramón y Rivera ubicados en el más científico de los enfoques etnomusicológicos, Lares se dedicó a difundir su trabajo con la creación de un grupo musical, “Convenezuela”, que también haría historia en el país y fuera de él. “Convenezuela” se dedicó, con mucha seriedad, a interpretar, y a veces reinterpretar, la música popular venezolana, tratando siempre de ser lo más cercano a lo original posible.
De “Convenezuela” derivaron varios grupos, entre los que se destacó especialmente “Un Solo Pueblo”, que al apartarse algo de esa fidelidad a los originales logró la paradoja de popularizar la música popular venezolana. El grupo estaba integrado por Jesús Querales, Francisco Pacheco, Ismael Querales, Mitiliano Díaz, Florentino Querales, Zorena Valdivieso, etcétera, varios de ellos ligados a Teo Capriles, uno de los alumnos del Maestro Sojo. Nació en 1975 y produjo una veintena de discos de gran difusión. Su éxito llegó a Europa y a los Estados Unidos y fue constante durante unos veinte años. Además de reinterpretar lo folklórico venezolano, compusieron sus obras propias, siempre muy aceptadas por el público.
En cuanto a individualidades, el primer músico venezolano en alcanzar un verdadero éxito internacional fue Chelique Sarabia, margariteño que aún adolescente se dio a conocer en buena parte con “Ansiedad”. Y el más notorio es Simón Díaz, llanero, compositor e intérprete que le ha dado a la música llanera otra dimensión. Su canción “Caballo Viejo” se oyó en el mundo entero. Personalmente la oí en su versión original en las radios de Argentina, Chile y México, y en otras versiones en muchos otros sitios, como una cantada por un orfeón estudiantil mexicano.
Soledad Bravo, Lilia Vera, Cecilia Todd y Esperanza Márquez, han sido voces de singular importancia en la difusión de la nueva música venezolana, que incluye obras excelentes de autores como Otilio Galíndez, que sin ser en absoluto piezas del folklore, utilizan elementos distintivos de la música autóctona y los utilizan muy bien. En ese sentido, la década de 1970 fue como una auténtica primavera que logró mantenerse hasta fines del siglo XX.
Desafortunadamente, en el siglo XXI se ha producido un gran bajón y parece volverse, como en los tiempos de la dictadura de 1948 a 1958, a la promoción de formas de muy poca calidad y de ningún valor.
Rafael:
Mark:
Muchas gracias a Pablo Camacaro por su inteligente comentario. Coincido plenamente con la idea de que el trabajo de sembrar la música venezolana debe iniciarse en las escuelas, si no en las casas de todos los venezolanos. Y es absolutamente cierto que el grupo Raíces ha hecho también un excelente trabajo, un muy buen aporte que debe ser reconocido públicamente. Gracias de nuevo.
Elías: No le falta razón, pero la política, aunque nos disguste, se ha colado en todo, como una fea enfermedad contagiosa, en Venezuela. En la música se ha metido como una infección que quiere destruir mucho de lo que existe. No ha podido con valores como los Vásquez, o Hernández Silva, o Luis Julio Toro, o Luis Morales Bance, pero sí ha tocado a otros hasta hacerlos vehículos de propaganda del poder. Y vienen por ahí, sí, valores nuevos de gan importancia, como Pedro Bernárdez. Ponto veremos, oiremos, sus presencias.
Hola, me encanta la información sobre la reseña histórica de la musica venezolana desarrollada posterior a la dictadura, pero me intriga porque no aparece ninguna reseña sobre Aldemaro romero y su basto legado musical, asi como su ritmo ondanueva. Si es posible le agradeceria escribieran sobre el tema
Deb darsele crèdito tambièn al querido cantor Alì Primera, quien apoyo a cantoras y cantores, exponentes de nuestro folkore y de las manifestaciones populares que nos identifican. Saludos, me identiofico con el espìritu de esta pàgina.
La mayor gloria internacional que ha tenido venezuela es el puma jose luis rodriguez.
Muchas gracias por el comentario. Lamento no poder dar entrevistas ni sobre ese tema ni sobre ningún otro.
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