de Eduardo Casanova
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« Vida en familia (1890-1958)No hay que ir a librerías »

La creación de la obra de arte (Extracto del libro El Arte: una apreciación personal)

por Alejo URDANETA
Capítulo III

LA CREACIÓN DE LA OBRA DE ARTE

El interés teórico acerca del arte no está ahora en la obra en sí misma, sino el hombre que la ha creado. El ideal helénico de armonía y belleza (“lo bello y lo bueno”) que debía tener la obra de arte, quedó relegado por la indagación del quehacer humano, la búsqueda del hombre dentro de lo que ha creado. Ahora nos preguntamos cuál es el impulso o causa y efecto de la obra de arte, y con ello penetramos en la agonía (la palabra agön significa lucha, de origen griego) del artista al enfrentarse a la materia que constituirá su obra. Porque se trata justamente del obstáculo en el que se ejercita la actividad creadora. La materia no es, en el sentido que desarrollamos, el volumen y la consistencia física de alguna cosa. Comprende todas las realidades que chocan con el mundo de la producción de la obra de arte. En la tesis del filósofo italiano Luigi Pareyson de su teoría de la formatividad, la materia es el conjunto de los medios expresivos, los preceptos codificados, las técnicas, los lenguajes, los instrumentos del arte. Materia es la realidad exterior sobre la que trabaja el artista. La obra de arte surge de la lucha contra el obstáculo que se le opone, que son todos los elementos que están allí: la métrica, el lenguaje tradicional. Hasta la misma finalidad que dirige inconscientemente al creador es materia y objeto de su agonía. Dice Umberto Eco, cuando se refiere a la teoría de Pareyson: “De acuerdo con la estética de la formatividad, el artista, formando, inventa efectivamente leyes y ritmos nuevos, pero esta originalidad no nace de la nada, sino como libre resolución de un conjunto de sugestiones que la tradición cultural y el mundo físico han propuesto al artista bajo la forma inicial de resistencia y pasividad codificada”.
Hay un diálogo entre el artista y la materia, y de él proceden los avances y regresos en la producción de la obra de arte, porque el drama de la evolución está en esta lucha del impulso vital y la materia como totalidad que se le opone. Para Henri Bergson, “el impulso de vida consiste en una exigencia de creación”. Todo lo que en el hombre se revela como libertad, creación imprevisible de algo nuevo, está en la prolongación del movimiento de la vida; en cambio, la rutina y el automatismo expresan la caída del impulso espiritual hacia lo puramente material. En ello va la intuición al lado de la inteligencia. Bergson analizó los mecanismos de la memoria, los datos inmediatos de la conciencia, y afirmó que la inteligencia, instrumento útil sin duda, no basta al hombre, porque al lado de la inteligencia está la intuición como aprehensión, no ya analítica sino inmediata de la realidad. Bergson pide al artista que arranque las etiquetas que ocultan la realidad y llegue a la verdadera realidad subyacente al mundo.
La lucha está determinada en el tema que se le presenta al creador, y mientras está inmerso en el campo restringido de la obra, el autor realiza la especificidad del objeto de su conocimiento y no observa otro interés: hace una reducción fenomenológica del objeto de su conciencia activa. Todo en la vida es invención de formas, creaciones orgánicas ejecutadas y dotadas de sentido y de autonomía: las leyes, las teorías, las formas políticas; todo es invención y producción de formas, y tal vez por ello quedaría afirmado el carácter artístico (formativo) de toda realización humana. Es el replanteo teórico que se formula a partir del concepto aristotélico del arte, según el cual toda actividad humana, distinta de la naturaleza, es arte. Habría, entonces, que hallar el valor específicamente artístico y diferenciar la producción formativa de la obra de arte respecto de las otras formas de producción formativa, es decir revalorizar la dimensión artística. El hombre está colocado ante esta diversidad y debe elegir. Siendo uno e indivisible, la persona toma una decisión: crear una obra de arte, y con su iniciativa concentra en una actividad única todos los esfuerzos que como ser humano puede desplegar en muchas otras direcciones. En el arte, toda la actividad de este hombre artista en trance de crear está dirigida a formar una determinada obra artística; esa es la misión única que lo posee. Pensar, actuar, hacer formas dotadas de autonomía y con sentido artístico. Mueve y justifica al artista un compromiso que pudiéramos llamar moral, que hace de la tarea de forjar la obra una misión o deber, que le impide seguir otro impulso que no sea el de formar y transformar la materia hasta producir la obra de arte. Si no se impone el acto creador como un deber moral que mueve al artista hacia su proyecto creativo; si es posible soslayar el impulso que debe apremiar al artista a formar su obra, todo acto que se cumpla sin la fuerza moral que motiva la creación pertenecerá a la actividad de los diletantes. Y el artista disciplinado vuelca su fuerza dionisíaca en la producción de la obra, muchas veces regido por el dictado apolíneo de gozar de aquello que está allí pero no le pertenece, a condición de darle forma artística. Está en la acción creadora, por supuesto, un doble ejercicio: especulativo, que implica el compromiso ético, la investigación en pos del carácter propio del arte, por una parte; y por otro lado, la actividad artística: sensibilidad o sentimiento motorizados por la intuición. El otro ejercicio que se impone es el de la inteligencia para organizar la acción de los componentes de la obra. Benedetto Croce iluminó el carácter intuitivo del arte cuando dijo: “Apenas empieza a manifestarse la reflexión y el juicio, el arte se disipa y muere”. En Croce, el arte es expresión de belleza, y lo bello se halla en el hecho de comunicar el creador las percepciones fundamentales de su mente, mediante formas accesibles al perceptor. La creatividad del arte revela al hombre puntos esenciales que la ciencia no puede lograr.
Goethe llamó “orden movible” a la coexistencia en la personalidad de los conceptos de conjunción y disyunción. En toda persona viven contrapuestos el límite y el impulso de poder, la arbitrariedad y la ley, la libertad y la medida; todo es un “orden movible”. En el artista se manifiesta esa contradicción cuando se enfrenta a la materia que debe formar como obra artística. Esta oposición es problemática y es la base para llegar a establecer el criterio estético que define una obra de arte, y así elevarla y distinguirla dentro de la inmensa producción formativa que pretende ese calificativo. Alcanzar la pauta interna que hace de la obra de arte un mundo con características propias, es un medio para llegar a definir el arte desde el primer aliento de su creación individualizada. Y esto es necesario porque la obra de arte acrecienta el conocimiento del mundo, ensancha la aprehensión de su sentido.
Contrapuestas y existiendo juntas estas fuerzas de integración y desintegración en el ánimo del artista, tiene ya planteada la obra. En la realización han de quedar expuestas ambas potencias y manifestarse la lucha del creador. Se expone entonces en su forma sensible la obra, al quedar así manifiesto el combate del poder conjuntivo y articulado frente al disyuntivo o disgregado, el modo de organización de las partes que la componen, el mensaje que propone, casi siempre de modo inconsciente, los signos que entran en juego. El conflicto propio de la obra en sí misma es el espectáculo que se comunica al receptor. El combate manifiesto de una forma en potencia contra otra forma imitada o recibida por tradición es lo que constituye el acto creador. Tajantemente lo dijo Sartre: “El arte no está del lado de los puristas”.

Alejo UrdanetaALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

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