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"La fiesta del chivo", de Mario Vargas Llosa
"La fiesta del chivo", de Mario Vargas Llosa
por Eduardo CASANOVA
Empecemos por decir que Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, marzo de 1936), es uno de los más importantes novelistas de la lengua castellana. Autor, entre otras, de La ciudad y los perros, La casa verde, Pantaleón y las visitadoras, en el año 2000 publicó La fiesta del chivo (Vargas Llosa, Mario, La fiesta del chivo, Editorial Alfaguara, Madrid, España, 2000), una novela estrictamente basada en la vida real y cuyo tema es la desaparición física de uno de los más horribles tiranos que ha conocido, no sólo la América, sino el mundo entero.
La protagonista femenina de la obra, Urania Cabral, es presentada en la primera línea, en la primera palabra del libro (Página 12), con pleno dominio de la técnica de novelar y en lo que ofrece al lector la promesa de una obra maestra. Se trata de una dominicana de clase dominante, que asistió a un colegio de clase alta, que vive en Estados Unidos, en donde ejerce la abogacía, y que es huérfana físicamente de madre y moralmente de padre. Es “espigada y de rasgos finos, tez bruñida y grandes ojos, algo tristes”, y de todo eso nos enteramos por tres o cuatro pinceladas muy bien dadas, tal como sabemos que Urania ha regresado a Santo Domingo a ver a su padre, Agustín Cabral, “Cerebrito” Cabral, antiguo senador trujillista que está convertido en una piltrafa a causa de un derrame cerebral. Y también sabemos que el padre le hizo a la hija algo muy malo, relacionado con el tirano Rafael Leónidas Trujillo (cuyo segundo nombre aparece cambiado a Leonidas en la novela, (Página 15). Urania tiene cuarenta y nueve años y estuvo ausente de la isla y de la vida de su padre por treinta y cinco, durante los cuales ni siquiera le escribió o se ocupó de él cuando sufrió el derrame que lo apartó de la vida (Página 19), con lo cual nos enteramos de la gravedad de la afrenta sufrida por ella. La ubicación en el tiempo la hará saber el autor varias páginas después, cuando informa que Urania salió de la República Dominicana en 1961 (Página 140), lo que ubica la acción en 1996.
El protagonista masculino, que no es otro que el dictador Rafael Leónidas Trujillo, es presentado a través de una mezcla de narración omnisciente con monólogo interior en el Capítulo II (Páginas 24 a 39). Se presenta como un hombre endurecido, lleno de odios y de desprecio hacia todo lo que lo rodea, incluidos sus hijos y sus servidores, que obedecen sin chistar a sus caprichos en la creencia de que así van a ganarse su buena voluntad.
La “presentación” de Trujillo se interrumpe en donde empieza la de los conspiradores (Página 40), en la que se entra ya en un tono de novela con algo de suspenso. Allí, con la técnica del flask back, el lector se entera de las causas que llevaron a varios de los conspiradores a organizar el asesinato de Trujillo (Página 48), que no necesariamente están relacionadas con ideales, sino con hechos que pueden parecer triviales, aunque también con otros que son terribles (Páginas 57 y siguientes). Allí el autor identifica a Trujillo como “el Chivo”, que es en América Latina, especialmente en el Caribe, una forma de llamar a los jefes.
El capítulo IV (Páginas 63 a 67) sirve para que el lector, a través de la amarga visita que hace a su padre Urania Cabral, se entere de las pasiones de sátiro de Trujillo, que se acostaba con las mujeres de todos sus colaboradores, convertidos así en simples proxenetas ávidos de poder.
De ese punto en adelante la novela se desenvuelve con la conocida habilidad de su autor. Pasa por ser reportaje, por ser ensayo, por ser novela de suspenso, por ser diálogo interior y siempre mantiene el interés del lector. Hay, desde luego, un cúmulo impresionante de información y detalles, mezclado con muchos elementos que provienen de la imaginación del novelista. Se alternan capítulos del Generalísimo, de los conspiradores, de Urania, en los que la técnica narrativa cambia constantemente. Fragmentos en vocativo, en los capítulos dedicados a Urania, enriquecen la expresividad de la novela. Hay referencias a la satrapía desbocada de los Trujillo (Páginas 130 y 131), a la extraña relación de los colaboradores de Trujillo con él y su familia (Páginas 132 y siguientes), a los grandes negocios del dictador (Páginas 150 y siguientes), en fin, a casi todos los aspectos importantes del tiempo de la dictadura. Inteligentes descripciones como la del presidente Joaquín Balaguer (Páginas 286 y siguientes) ponen de manifiesto la agudeza de Vargas Llosa como urdidor de historias y creador de personajes. Al fin y al cabo, la función de un novelista es la de convertir en ficción todo lo que hace parte de una novela y, por lo tanto carece de importancia que los personajes que llevan nombres de personas reales, sean idénticos a las personas reales. Son irreales desde el momento en que entraron a una novela, y no importan las características físicas o intelectuales que el autor les atribuya. Igual puede decirse de las situaciones: desde el punto de vista de la literatura, los personajes y situaciones de la novela son más importantes que los de la realidad.
En la página 215 el autor pone en boca de su personaje, el dictador Trujillo, una confesión que es de primordial importancia en lo relativo al conflicto permanente de la isla. Al responder a la pregunta que le hace un gringo, colaborador y amigo, acerca de cuál ha sido la medida más difícil de su gobierno, responde: “Por este país yo me he manchado de sangre. (…) Para que los negros no nos colonizaran otra vez. Eran decenas de miles por todas partes. Hoy no existiría la República Dominicana. Como en 1840, toda la isla sería Haití. El puñadito de blancos sobrevivientes, serviría a los negros. Ésa fue la decisión más difícil en treinta años de gobierno, Simón”. En los párrafos siguientes el diálogo describe la situación de los haitianos en la República Dominicana, la realidad de los dominicanos de pocos recursos y de cómo sin la más mínima duda, Trujillo ordenó la masacre de haitianos de 1937, acción acometida por el ejército pero que contó con la ayuda de miles de seguidores de Trujillo. La ficción novelada parece coincidir con la realidad histórica.
El nudo de la narración relacionada con los conspiradores es la eliminación de Trujillo, que se convierte en “cuerpo bañado en sangre, vestido de verde oliva, la cara destrozada, que yacía en el pavimento sobre un charco de sangre”. Descripción que se remata con una expresión contundente: “La Bestia, muerta” (Página 251). Después seguirán presentes en la narración (en la página 312 hay una recapitulación desde el punto de vista de los otros conspiradores, los coprotagonistas que no fueron los encargados de matar a Trujillo, aunque sí estuvieron cuando el cuerpo del tirano fue echado en la maleta del automóvil, como un chivo muerto en la carretera), en lo que les tocó vivir y morir después de haber matado al tirano, con algún elemento shakespereano presente. Interrogatorios, torturas, averiguaciones, miedo, ejecuciones, todo muy bien llevado por la mano del narrador (Páginas 320-330). La tensión allí creada se resuelve, gradualmente, en los siguientes capítulos no sin pasar por terribles descripciones de tortura y muerte de los conjurados, así como de espantosas traiciones y tinieblas que quizá constituyan lo mejor logrado de la novela.
A partir del capítulo XXII (Páginas 445 y siguientes), la narración adquiere forma de Coda, hay reiteraciones que permiten al lector volver a ver situaciones que ya vio. La narración se desordena, sigue un poco el rimo de la vida dominicana que cuenta, la de la transición luego de la muerte del dictador, el discurso de Balaguer denunciando las atrocidades del régimen de Trujillo (Página 490) y el cambio hacia la libertad, que se narra en torno a Antonio Imbert (Página 493), con lo que termina definitivamente la parte de los conjurados.
Los textos dedicados al Generalísimo, a su vez, tienen su nudo en la página 385, en donde Trujillo, después de abusar de sus subalternos y de buscar a una mujer, ordenándole que saque al marido de la casa (de lo cual ella se libra por razones fisiológicas), se da cuenta de que le están disparando a matar y trata de defenderse con su revólver, sin conseguirlo. De ahí en adelante no aparece, sino como una referencia, el terrible dictador dominicano.
La narración relativa a Urania, por su parte, llega a su punto crucial cuando ella le hace saber a sus parientas qué fue lo que la hizo llenarse de odio contra Trujillo, pero también contra su padre y un oscuro personaje, el embajador Manuel Alfonzo, que para sacar al padre de la situación en que está al haber caído en desgracia con el tirano, lleva a Urania al sacrificio, a que el tirano le quite la virginidad (Páginas 342-352), lo cual se resuelve en el capítulo XXIV (Páginas 494 y siguientes), en donde Urania Cabral les cuenta a sus parientas lo que le había ocurrido treinta y cinco años antes, cuando el embajador proxeneta la llevó a San Cristóbal, ciudad natal de Trujillo, con el pretexto de una fiesta: “Por Benita Sepúlveda supe que iba a pasar la noche, que dormiría con Su Excelencia. ¡Qué gran honor!” (Página 500). El protagonista, Trujillo, no logra poseer a la protagonista, Urania. Se lo impide la impotencia (Página 508); sólo consigue desflorarla con los dedos y termina llorando, no por ella, sino por él. Con esa confesión ante sus parientas en Santo Domingo, Urania se libera de la carga, se redime.
Allí termina realmente la novela, aunque hay todavía un par de páginas más, y en una de ellas se cuenta como el torturador, el esbirro mayor de Trujillo, Johnny Abbes García, terminó asesinado junto con toda su familia y hasta sus animales domésticos por el dictador de Haití, el terrible “Papa Doc”, lo que podría simbolizar una forma de venganza haitiana por la matanza de haitianos ordenada por Trujillo en 1937 y a la vez justificar relativamente ante Urania la actitud de su padre.
La obra termina, como empezó, con la presencia reconfortante de Urania Cabral, la que juró no volver a su país, pero volvió. La que nunca tuvo un amor porque entre el tirano y su padre le arrebataron esa parte de su vida.
En resumen, La fiesta del chivo es un libro en el que se mezclan la ficción y la realidad en un tema sumamente complejo y delicado. Es una muy buena novela a pesar de no ser autobiográfica. Miguel de Unamuno, en “Cómo se hace una novela” (Unamuno, Miguel de, “San Manuel Buena, mártir / Cómo se hace una novela", Alianza Editorial, Madrid, España, 1966), afirma que todas las novelas que nacen vivas y están destinadas a vivir, son autobiográficas. Llega a decir que “Todos los personajes poéticos de Flaubert son Flaubert y más que ningún otro Emma Bovary”, que es algo que el mismo Flaubert aseguró. Eso no significa que en toda buena novela el autor debe contar su vida, sino que el novelista debe interiorizar sus personajes e imaginar como propia cada situación. El autor debe haber visto con su imaginación todo lo que el personaje ve y transforma con sus ojos y con su cerebro. Si el personaje es hombre, el novelista debe sentir las urgencias de ese hombre, y si es mujer, tiene que sentir los dolores de parto de esa mujer, si es que pare.
Y quizás allí reside la única falla de “La fiesta del chivo”: tal como Rómulo Gallegos en su novela cubana (“La brizna de paja en el viento”) no logró “hablar” cubano, Vargas Llosa, peruano con muchos años de residencia en Europa, no logró encontrar el acento dominicano y caribeño. Pero eso es algo que sólo los dominicanos y los caribeños podemos notar, y que en nada desmerece la novela.
3 comentarios
super chevereeeeeeeeeeee!!!!!!!!!!!!jajajaja
la fiesta del chivo gran obra de Mario Vargas Llosa.
so god, muy interesante este texto sobre todo en la sintesis donde afirmás que LLosa no logró capturar el acento dominicano y así convirtiendose en un error leve.Quisá tenga usted razon pero me parece q ese pasaje aunque bien argumentado lo debiese haber suplido.
Me gustó su extensa composición que narra casi perfectamente la escencia del libro.
En esta magnífica novel de Vargas Llosa hay un pasaje sobrecojedor: la escena bañada de pavor que se produce en el Palacio de gobierno cuando se coloca en el agran mesa de reuniones el cadáver del Dictador. Los gritos, lamentos y sacudimientos de pavor de familiares y allegados resultan magistralmente recreados (sí es que cabe el término) por la experta mano del escritor. Una escena que la película ,curiosamente, no presenta.














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