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A cuatro décadas de "Alacranes"

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

AlacranesDurante largo tiempo la literatura venezolana careció de una novela urbana diestramente concebida. Nuestra ficción esperaba al novelista urbano que hiciera esto posible. Claro que ello no era posible antes del momento en que el país tuviera verdaderas ciudades. Era la urbe auténtica la que podía producir este tipo de narraciones. Hasta los años cincuenta sólo habíamos tenido pueblos grandes pero no ciudades. Y la literatura hasta entonces llamada de la ciudad era la expresión de lo que sucedía en aquellas grandes aldeas. Las así llamadas no eran novelas propiamente urbanas. Precisamente en los años cincuenta una metrópolis se hizo presente entre nosotros. Y como consecuencia de esto surgieron las letras que interpretaban esa urbe. Por ello a finales de los sesenta el trauma literario de la carencia entre nosotros de la novela urbana desapareció. Comenzamos a tener letras citadinas. El crítico Domingo Miliani (1934-2002) así lo registró al escribir: ”Esta angustia por penetrar el conflicto más auténtico y profundo de nuestros hombres urbanos vendría a ser la materia de una generación muy nueva, la que el grupo y la revista “Sardio” hubiera de acometer. Tres de sus integrantes tomaron en sus manos la faena y la han llevado a una cumbre que hasta hace muy poco ni siquiera se admitía: son los casos de Salvador Garmendia… Rodolfo Izaguirre… y Adriano González León… Queda así, superado, lo que estaba llegando a ser un complejo venezolano frente al poderoso movimiento narrativo que insurge en Hispanoamérica desde la década de 1950” (Uslar Pietri, renovador del cuento venezolano. Caracas: Monte Avila Editores, 1969, p.28, nota 20). Miliani sin embargo se quedó corto al señalar esto. Si es verdad que nuestra verdadera novela urbana la había iniciado Garmendia a finales de los años cincuenta también el año anterior a la publicación del estudio de Miliani se habian impreso varias novelas que ratificaban los caracteres urbanos de nuestra novela. Nos referimos a obras como Largo. (Caracas: Monte Avila Editores, 1968. 141 p.) de José Balza, Piedra de mar. (Caracas: Monte Avila Editores, 1968. 129 p.) de Francisco Massiani o La mala vida. (Montevideo: Arca, 1968. 259 p.) del propio Garmendia, libros pivotes de nuestras búsquedas urbanas.
Todo esto nos lleva a una de los novelistas que hemos citado antes. Fue precisamente en 1966 que Rodolfo Izaguirre (1931), con su novela Alacranes. (Caracas: Universidad Central de Venezuela,1968.148 p.), obtuvo el premio “José Rafael Pocaterra”, que concede el “Ateneo de Valencia”. El jurado, integrado por dos maestros de las letras venezolanas, Guillermo Meneses (1911-1978) y Antonio Marquez Salas (1919-2003), otorgó el galardón “por la severa elegancia de su prosa, por el ambiente de poesía y dramatismo que la hace excepcional, por la agudeza de la observación y la capacidad de transferir a formas de arte la singular y viva experiencia de aspectos sorprendentes de la ciudad” (p.7).
Alacranes fue la primera novela, y hasta ahora la única, e inexplicablemente nunca reeditada, de Izaguirre, quien es muy conocido como uno de los mayores cultores de la crítica cinematográfica entre nosotros. El es un profundo conocedor de este arte, que se ha convertido en uno de los cuatro alimentos del hombre contemporáneo, al lado de la lectura, la música y el deporte. Izaguirre es también autor de una Historia sentimental del cine americano. (Mérida: Universidad de Los Andes, 1968. 119 p.).
Alacranes es si duda una novela singular. Al concluir su lectura el volumen se quedó en nuestra memoria y tuvimos que pensar y analizar con rigor la obra, con quietud y mesura, antes de escribir estas páginas. Y a lo largo de tres décadas que han pasado desde su primera edición Alacranes siempre ha permanecido en nosotros, como una invención novelesca de especial hermosura la cual tocó a nuestro interior profundamente. Por ello esta Alacranes merece, como pocas, la atención de todos y exige un comentario.
Alacranes es una novela venezolana. Su ambiente es la ciudad de Caracas. Es la ficción de una época en que un tiempo de la misma declinaba. Pero con la agudeza de que si es triste ver lo que desaparece esta ficción no es nostálgica, pues hay todo un mundo por construir.
El momento en que se inicia la trama es el instante de la muerte del general Gómez el año treinta y cinco y los meses posteriores: tiempo de los saqueos. Es entonces cuando comienza la acción. Aunque también aparecen en los recuerdos de los personajes memorias mucho más viejas: ”Se encerraba horas allí, escarbando en la memoria, picoteando dentro del baúl… el ferrocarril de los alemanes, el baile en la Casa Amarilla y el carnaval o el álbum de estampillas o los poemas cuidadosamente caligrafiados en un cuadernos de doble raya” (p.111). Pero también acción que muy bien puede suceder tras la revolución del año cuarenta y cinco, ya que la historia El Trocadero pertenece a esos años. En ese período es, tras el deceso del déspota, cuando se inició el gran cambio que transformará a Caracas en los años cincuenta. Momento en el cual ya es pasado aquello que se memora en Alacranes, ya que en ella todo acaece “antes de convertirse ella misma en tierra y ceniza” (p.129-130).
Y afirmamos esto porque Alacranes es el libro de la memoria de lo ya ido, el registro del último momento de una época, de allí su tono de elegía, de escritura con rasgos poéticos, de hondo lirismo, ya que a todo lo largo de la narración todo es recuerdo, todos son rememoraciones. Como se dice de una de las mujeres que aquí aparecen: ”quedó cosida dentro con ese hilo doloroso y enhebrado que le empató todos los recuerdos, una colcha de retazos tendida detrás de la frente” (p.59), ya que todos los personajes de este libro no saben “defenderse de los recuerdos” (p.67).
Y es por ello que la esencia de Alacranes descansa en líneas como las que siguen: ”Hasta que todo se resolviera, hasta que todo pudiera borrar los podridos recuerdos” (p.75), época durante la cual “las carnes iniciaron su lento y agónico trabajo de destrucción y entró la muerte en seco” (p.93) por ello la narración es “un esfuerzo por reunir fragmentos de memoria” (p.95), creando “hilos que se enhebran y cosen fragmentos de memoria” (p.113), enfrentándose a los “desvaídos recuerdos” (p.74), ya que los seres que aparecen en esta invención están “en medio del polvo y la ruina, más allá del tiempo” (p.92) y caminan “Hacia la ensombrecida realidad de un mundo espectral y sin memoria” (p.106) que no es otro que el de la muerte.
Y por ello este libro es también el libro que trata del deceso de un tiempo, de una época, de unos hábitos, de un modo de vivir. Por ello miramos la ruina, el fin, sus criaturas son devorados “por los propios alacranes” (p.31), estamos “ahora, después que se volvió viento” (p.36), observamos como “comenzó el desmoronamiento, el desplome” (p.46), miramos como los alacranes, a los cuales alude el título, todo lo devoran igual que los comejenes. Es ese el momento en que aparece el final “entonces si fue verdad que la muerte se apoderó de la casa” (p.19). Por que la casa es la verdadera protagonista de esta novela ya que “La casa, adentro parece protegida del mundo, separada del mundo, cerrada a la vida; una casa de viejas muertas, de beatas malignas llenas de alacranes” (p.96)
El personaje central de la narración es como ya hemos señalado una vieja casona en la parroquia de San Juan. En esa residencia y en las calles adyacentes se desarrolla la anécdota, lugares cercanos al centro, San Juan y sus alrededores: las esquinas de Pescador, Angelitos, La Garita, Pepé Alemán, Cochera, Horno Negro, “solares del Caroata” (p.84), la plaza de Capuchinos.
Es triste esta ficción porque vemos cómo esa familia se va agotando, cómo sus miembros van muriendo. Como, en fin, toda una época declina. Sucede en una Caracas todavía medio rural. En la cual todo comienza a cambiar.
La preocupación de Izaguirre por mostrarnos el fin, por darle sentido a la vieja casa y a los acontecimientos, logra crear personajes incorpóreos, los cuales lucen fantasmales como todo el suceder de la ficción. Este es uno de sus logros mayores.
Y por ello la descripción es casi siempre fascinante, no decae el interés por la lectura a todo lo largo de las ciento cuarenta y ocho páginas que la forman.
Creemos que para muchos caraqueños el tema de esta novela les recordará una época que algunos conocieron cuando ya se iba. Otros por conversaciones de la sobremesa familiar. Así nos muestra el novelista una situación cierta y válida.
Como obra de arte, como construcción literaria Alacranes vale mucho. El lenguaje es magistralmente utilizado por su autor. El estilo en que la redactó es de primera. A cada cosa, a cada persona, a cada gesto, a cada descripción, se le ponen las palabras necesarias, las cuales definen a cada hecho con precisión. Y no utiliza sino las palabras necesarias. Es la suya una prosa límpida, concisa y no retórica. La utilización de palabras vulgares, pero profundamente criollas, ya que expresan estados de ánimo, están muy bien empleadas y en tres sitios especialmente nos han llamado la atención (p.18, 43 y 147).En esos lugares era imposible utilizar otras.

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

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1 comentario

Comentario from: Gonzalo Palacios G. [Visitante]
Excelente trabajo el de Roberto J. Lovera de Sola. Este y otros artículos que he leído de él me hacen pensar que debería escribir o al menos editar una historia de la literatura venezolana. En la Venezuela post-chavista tal obra será un instrumento de recuperación cultural sin el cual correremos el riesgo de olvidar buena parte de nuestra identidad. Gonzalo Palacios G.
24/05/2008 @ 10:36

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