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Desde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.
Con respecto a Coro no cabe la menor duda: Nació después de Cumaná y no es primogénita de nada. Pero fue la primera capital de la provincia de Venezuela. Se sabe, casi a ciencia cierta, y está poco menos que suficientemente documentado que Coro se fundó en tierras de los indígenas llamados por los españoles curianos con el nombre de Santa Ana de Coro en 1527 ó 1528 (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., pp. 9-10), es decir, seis o siete años después que Cumaná. Es muy posible que los conquistadores hayan quedado impresionados por la belleza del sitio, en el que hay a la vez mar, desierto y selva, además de alguna corriente de agua dulce que baja de la cercana serranía. Alguno de ellos debe haber pensado, como Colón, que estaba en el Edén. No es para menos. Su fundador fue don Juan Martínez de Ampíes, “natural del reino de Aragón, Factor de la Real Hacienda y regidor en la ciudad de Santo Domingo (…) nombrado por Real Cédula de 17 de noviembre de 1526 para que, gobernando la tierra, impidiera en las costas corianas los abusos y tropelías que tan frecuentemente cometían, en aquellos lugares, los salteadores de esclavos” (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 9). Los legítimos ocupantes de aquellas tierras, los curianos, no las tuvieron todas consigo y optaron por refugiarse en lo que hoy se conoce como Serranía de San Luis, cuando llegaron los barbudos con cuerpos de hierro y varas que mataban a los hombres. Y era también la época de los Belzares, o sea los Welser, cuando Carlos V (Carlos I de España) cedió, en algo muy parecido a un arrendamiento, el territorio occidental de lo que hoy es Venezuela a la casa bancaria de esa familia de Augsburgo, en marzo de 1528. Los Welser se obligaron a fundar dos ciudades, construir tres fortalezas, armar cuatro navíos y llevar a trescientos hombres españoles y cincuenta mineros alemanes a las Indias, a cambio de lo cual podrían llevar a los nuevos territorios caballos y yeguas, podrían subyugar indios y llevar esclavos negros a las minas, además de que no pagarían impuestos sobre la sal ni el quinto real sobre los metales que obtuvieran, sino un décimo, durante los primeros cuatro años, que iría aumentando paulatinamente hasta convertirse en el quinto a los diez años. Aquellos teutónicos arrendatarios nombrarían gobernadores, pero con la aprobación de la corona, y tendrían que someterse a la jurisdicción de la Audiencia de Santo Domingo, aparte de que debían responder por sus acciones ante los cabildos. La administración de la Hacienda Pública quedaba en manos de tres oficiales reales nombrados por la corte.
Los Welser se contaban entre las familias más ricas de Europa, superada en Alemania únicamente por los Fugger (Fúcares), que debían ser algo así como un cruce de los Rockefeller con Bill Gates y la familia real de Arabia Saudita. El primer gobernador “Belzar", Ambrosio Alfínger, llegó a Coro sin documentos que lo acreditaran, por lo que el gobernador español Juan de Ampíes, se negó a entregarle el mando. Al alemán le importó poco: simplemente echó a Ampíes a patadas por el trasero, porque le daba su muy alemana gana, y asumió el poder.
La historia de esos rubios inquilinos, aunque corta, es complicadísima. Miser Ambrosio fue uno de los primeros dictadores en nuestras tierras, si no el primero. Le interesaba conseguir riquezas, y se dice que una vez viajó a Santo Domingo a esconder las muchas que había logrado gracias a un periplo que hizo hacia el Lago de Maracaibo, en donde dejó una ranchería antes de regresar a Coro con las fuerzas muy disminuidas. Vivió hasta mediados de 1531, cuando cayó en una emboscada en Chinácota, en la actual frontera de Colombia y Venezuela. Lo sucedió por un período muy corto el capitán Luis Sarmiento, que en 1530 entregó el mando a Hans Seissehoffer, llamado por los españoles Juan Alemán (es de suponerse que no podían pronunciar aquel apellido teutón, que mal pronunciado por un extranjero en Alemania puede prestarse a un fétido malentendido) o Juan el Bueno. El tal Alemán o Bueno, combinación que históricamente no fue muy frecuente en aquellos días curianos, llegó a su cargo porque era pariente cercano de los “Belzares”, y el sobrenombre de “bueno” se lo ganó, según Luis Alberto Sucre, porque “trató de mejorar la dura vida que se llevaba en aquella ciudad” (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit. P. 14). Apenas gobernó un par de semanas, pues el terrible Alfínger se le presentó y reclamó su mando, que el bueno de Juan entregó sin mucha discusión y quién sabe si con un suspiro de alivio. Alfínger, en busca de oro, viajó de nuevo, y pasó a ser jefe Nicolás Federmann, otro germano que entró a la pequeña historia por su crueldad y que terminó peleado a muerte con los Welser. Fue sucedido por ¡Miser Ambrosio Alfínger! cuando ejerció el mando por tercera y última vez poco antes de encontrarse con la muerte, que dejó en el poder a Bartolomé de Santillana o Bartolomé Sayler, que nos encontraremos otra vez muy pronto. Después gobernaron los alcaldes Francisco Gallegos y Pedro de San Martín, hasta que tomó posesión Rodrigo de Bastidas, nombrado por la Audiencia de Santo Domingo en medio de la más terrible oscuridad. Bastidas era obispo de Coro y al poco tiempo de ser también gobernante civil se enfermó y se fue del sitio, no sin antes llevarse, como presos, a Gallegos y San Martín que habían abusado del poder como para que la gente añorara a los teutones. Ya gobernar estas tierras se hacía complejo y hasta peligroso. Quedó encargado del poder el capitán Alonso Vásquez de Acuña, que para evitarse prisiones y más tinieblas se limitó a entregárselo a Georg Hohermuth, que ha entrado en la Historia con el nombre de Jorge de Espira por haber nacido en Speyer. Con él llegaron a las costas de Venezuela hombres como Sancho Briceño y Francisco Infante, que tendrían gran figuración y mucha descendencia en el país. Espira gobernó con algunas interrupciones entre 1535 y 1540, y, para no ser demasiado original, dedicó grandes esfuerzos a buscar riquezas en el interior de los territorios que le habían sido encomendados. En junio de 1540, en viaje hacia Barquisimeto, enfermó y murió. Habían tenido el mando, en rápida sucesión, Federmann y Francisco Venegas, que también murió en ejercicio del poder y fue sucedido por Pedro de Cuebas, mientras la población se dedicaba a quejarse de los abusos de los gobernantes. Después vendría el Licenciado Antonio Navarro, de quien cuenta el cronista/poeta Juan de Castellanos, Cura de Tunja “El cual por más autorizar su mando / Ahorcó dos soldados en llegando”. No es difícil explicarse el por qué de que la población se le alzara con todas las de la ley, ni que todos se alegraran cuando se topó con su propia muerte en una tormenta, en 1538. Entonces, en lo que más parece la narración de un partido de baloncesto que de una sucesión de hechos históricos, Espira volvió a asumir la gobernación, que entregó a Rodrigo Bastidas, quien a su vez se la pasó a don Juan de Villegas, conquistador y poblador, hidalgo segoviano, antepasado directo de Simón Bolívar y fundador de Nueva Segovia de Barquisimeto. A Villegas lo sucedieron Bastidas y Diego de Boisa, a quien sucedió Enrique Rembolt, de quien volveremos a tener noticias también pronto, pero entonces ya la Historia se habrá ido hacia Caracas y los Welser se habrán convertido en historia… ¡Uf!
El contrato, que como dije antes era casi como el simple alquiler de país, fue anulado en 1546, cuando Juan de Frías, Juez de Residencia designado por la Audiencia de Santo Domingo, sentenció en contra de la familia por considerar que no habían cumplido su parte del convenio. El protagonista de ese momento es Juan de Carvajal, nacido en Ponferrada, en la provincia de León, probablemente en 1510, y muerto el 17 de septiembre de 1546, en El Tocuyo. A fines de 1544 zarpó de Santo Domingo, al parecer con nombramiento de gobernador interino. Una tempestad estuvo a punto de quitarlo del reino de los vivos, en enero de 1545, y tocó tierra en Paraguaná, no con la pompa de un gobernador recién llegado, sino como un empapado náufrago que debió ser rescatado nada menos que por don Juan de Villegas, que era de antiguo su amigo y compañero de aventuras. Desde el comienzo de su gestión se vio que no era precisamente un angelito: ordenó a todos los avecindados en Coro que partieran con él, con sus familias y sus haberes, a una expedición que los llevaría a buscar riquezas más al occidente, y a los que se resistieron, simplemente los prendió y los ejecutó. Sin embargo, tiene en su favor el haber sido el primer europeo que pregonó los beneficios de la explotación agropecuaria y la vida de trabajo frente al camino fácil de la minería y las perlas. En abril del 45 salió de Coro una vistosa expedición en la que iban familias enteras, ganado, esclavos y tiendas. Y con ella, el 7 de diciembre, estableció El Tocuyo, que se convertiría en base de operaciones para la fundación de muchas otras ciudades, entre ellas, Caracas. Allí hizo varias atrocidades, como el asesinato a traición a Felipe de Hutten (Utre), el joven Bartolomé Welser y dos españoles, con lo cual terminó la presencia de la familia en Venezuela. Fue entonces cuando, enterada de ello la Audiencia de Santo Domingo, envió como Juez de Residencia a un hombre que ya conocía el terreno y su ganado, el Licenciado Juan de Frías, quien, acompañado por Juan de Tolosa, capturó, juzgó y ejecutó a Carvajal, de acuerdo con la tradición, en la misma ceiba que Carvajal usaba para colgar a sus víctimas, en El Tocuyo. Por lo menos era justo y hasta tenía algo de poético. Bien podría servir de tema a una buena obra de teatro. Uno de los que ayudó a capturar a Carvajal fue el ya veterano conquistador zamorano Diego de Losada, personaje que, como pronto veremos, se encargaría después de llevar la Historia, a caballo, al valle de Caracas.
En un nuevo y también anacrónico juego de baloncesto histórico, Frías ejerció algún tiempo el mando, que entregó a Juan Pérez de Tolosa, quien lo pasó a Juan de Villegas otra vez hasta que se encargó el Licenciado Alonso Arias de Villasinda, que gobernó desde El Tocuyo y Barquisimeto, entre 1553 y 1557. También desde El Tocuyo gobernó, entre 1558 y 1559, Gutierre de la Peña, que fue comisionado por su sucesor, Pablo Collado, para enfrentar en Barquisimeto, el famoso tirano Lope de Aguirre.
El poder volvió a Coro con Pablo Collado, que gobernó entre 1559 y 1561. En su tiempo ya empezaban a ocurrir hechos muy importantes en torno a Caracas. Por esos cielos anduvo Francisco Fajardo, que era mitad español y mitad indio, y que era sobrino de uno de los caciques de la región, el llamado Naiguatá, cuyo nombre ha quedado para identificar la montaña más alta de la Cordillera de la Costa, inmediatamente al Este de la Silla de Caracas y del Ávila. Fajardo era hijo de la cacica Isabel, guaiquerí, nieta de Charayma y madre, además, de Alonso y Juan Carreño. Si la conquista se hubiera hecho al estilo de Diego Fajardo, padre de Francisco, y de Alonso Carreño el viejo, padre de Alonso Carreño el hijo, todo habría sido muy distinto, como lo fue en Roma entre los romanos y los sabinos, que según la leyenda, solucionaron su guerra en campo de plumas. Pero intervinieron la codicia y el orgullo y no hubo forma de que ese estilo de colonizar se impusiera. Fajardo, para los indígenas, era un pariente. Sus rasgos no debían diferir mucho de los de ellos, y hablaba como ellos. Su expedición fue con indígenas, no con barbudos. Sus problemas empezaron cuando traicionó alevosamente a un indio que lo creyó su amigo, un tal Paisana, y lo ahorcó.
No nos detengamos demasiado en esta historia, que también merecería un libro para ella sola. Por ahora, vamos a limitarnos a recordar que a Fajardo sus medio hermanos le jugaron sucio, pues luego de establecerse en el valle del Guaire, según dicen algunos historiadores, no sabemos si con razón o no, en una especie de hato, más que de pueblo, que llamó San Francisco (1560), y de fundar en Caraballeda un lugar que llamó El Collado, en honor al gobernador Pablo Collado, descubrió que la adulancia no siempre da frutos, pues Collado, en cuanto se encontró oro por los lados de los indios teques, destituyó a Fajardo y nombró en su lugar a Pedro de Mendoza, a quien Guacaipuro atacó y venció porque ya se había dado cuenta de que los pares de Fajardo no eran de fiar. Collado, al saber del fracaso de Mendoza, envió a una de sus mejores fichas, Juan Rodríguez Suárez, “el Invencible Caballero de la Capa Roja, aquel que pobló en Pamplona con Ursúa, y fundó a Mérida, y que perseguido por la envidia de sus émulos, fué a dar a un calabozo de la cárcel de Santa Fé, del que logró escapar, refugiándose luego en la casa del Obispo Fray Juan de los Barrios, hasta donde fué a perseguirlo el odio del Oidor Pérez de Arteaga, que atropellando la dignidad del lugar, por la fuerza lo sacó de allí. Vuelto a la cárcel y condenado a morir por degüello por la Audiencia, con la ayuda de algunos amigos logró una segunda evasión” (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit. p. 55). Luego de esa “segunda evasión", Rodríguez Suárez consiguió llegar a Caracas (en donde fundó otra efímera Villa de San Francisco), y cayó muerto ante Guacaipuro y Terepaima. Envuelto en su Capa Roja, por supuesto. Collado envió entonces a Luis de Narváez, pero Narváez debió desviarse de su objetivo para combatir al Tirano Lope de Aguirre, por lo que Fajardo dio por perdido su establecimiento de San Francisco. Luego, por presión de los indios, que ya no eran sus amigos, dejó también El Collado de Caraballeda y volvió a Oriente. Un fuerte rumor, que revela que no se había hecho muy popular entre los indígenas, a pesar de ser medio indígena él mismo, es aquel según el cual a su madre la dejó enterrada en lo que hoy es Chuspa, entre Caraballeda y la zona de Barlovento, a causa del veneno de sus parientes. Y él mismo, cuando preparaba una nueva expedición, en 1564, fue ejecutado mediante un acto de traición, en Cumaná, por el Justicia Mayor Alonso Cobos, que, además, lo hizo arrastrar de la cola de un caballo. Poco después los margariteños, encabezados por su Justicia Mayor, Pedro Biedma, capturaron y juzgaron, con la anuencia de la Audiencia de Santo Domingo, al que se cargó a Fajardo. Cobos fue ejecutado y partido en cuartos. Bonito comienzo aquel de la evangelización, que es el mensaje de paz y de amor de los cristianos.
El sucesor de Collado fue Alonso Bernáldez, que gobernó entre 1561 y 1562, y que fue el primero en encomendar a Diego de Losada la aventura de conquistar el valle de los Caracas, decisión que fue confirmada por su sucesor, Pedro Ponce de León, con lo cual quedó sellado el destino sin poder de la noble y bella ciudad de Santa Ana de Coro, campo de brisas y luces.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
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