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Cien mujeres y más
por Roberto J. LOVERA DE SOLASubrayan las autoras que su empeño al hacer la investigación que sostiene la obra “confirma constantes universales en la historia de las mujeres” (p.11), el significativo papel que la presencia femenina ha jugado a lo largo de nuestra historia, con nombres y rostros reconocibles, con obras concretas, el resultado conforma una constancia que explica “su especial relevancia en el campo de las artes y literatura, ámbitos en lo que les ha sido posible desenvolverse con menos presiones y prejuicios; por otra su protagonismo en las épocas de cambios, en nuestro caso específico, durante la Independencia y en el período de la lucha antigomecista e inicio inmediato de un nuevo tiempo que exigía su reconocimiento social y político. Podemos subrayar igualmente la importancia fundamental de la educación en los logros femeninos, así como el trascendental aporte de la inmigración a la consolidación de nuestra ciudadanía y cultura nacional” (p.11).
Y ahora una observación básica: fue primero en 1928 y luego en el postgomecismo (1935-1945) y en los días de la Revolución de Octubre (1945-1948), insistimos, que se desarrolló el vasto movimiento femenino que dijo sus primeras palabras al presidente López Conteras a los trece días del fallecimiento del tirano (Mensaje de las mujeres: diciembre 30,1935) pidiendo por ellas y por los niños, que luego tuvo una decisiva presencia en los logros sociales a favor de la mujer y de los infantes al propiciar el establecimiento de todos los organismos a favor del niño que se bien fundó el régimen creador del general López ello fue posible por el hondo empuje, impulso constante mujeril que logró la aprobación de los derechos civiles (1942) y más tarde de los políticos (1947) para la mujer venezolana gracias a la inmensa presión de ellas. A lo que hay que añadir el impactó del logro del primer desarrollo orgánico de la literatura escrita por mujeres, que antes no se había dado porque hasta entones sólo habíamos tenido escritoras, muchas muy buenas pero aisladas. En cambio tras la instalación de la siempre deseada democracia todo cambió. Especialmente desde 1937, fecha de Tierra talada de Ada Pérez Guevara, novela en la que subyace el ideario de esta generación de féminas. Y mucho de lo logrado en el campo social, jurídico, político y literario fue posible por la organización de la sociedad civil, de la presencia de mujeres en sus propias agrupaciones pero también en los partidos políticos y sindicatos. De tal manera que no fue concesión graciosa de los distintos gobiernos lo que se aprobó para las mujeres y los niños sino que fue consecuencia del gran arranque y brío del movimiento de las mujeres que los presidentes les concedieron, sobre todo Isaías Medina Angarita (1897-1953) con la aprobación de la educación mixta y Rómulo Betancourt (1908-1981) al otorgar el derecho pleno al voto a los derechos políticos, sancionados en la Constitución octubrista (1947). Subrayamos todo esto porque en Más de 100 mujeres… están tanto las biografías como los rostros de las mujeres que lograron para ellas y para las generaciones femeninas que les siguieron estas conquistas que han hecho que la presencia de la mujer un suceso tan destacado en nuestra vida colectiva como nación.
Debemos recalcar la importancia de ciertas féminas aquí registradas pero sólo para ejemplificar sobre el contenido de este tan estimulante libro: tal Sor María de los Ángeles, María Josefa de la Paz y Castillo (1765-1818?), la primera mujer poeta de nuestra literatura; periodistas como Concepción Acevedo de Taylhardt (1855-1953), la primera mujer que dirigió un periódico ya en el siglo XIX; reportera de prensa, radio y televisión ha sido en nuestros días Sofía Imber, museógrafa destacada también, fundadora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, considerado como la mejor colección en su género en toda América Latina; Polita de Lima (1869-1944) gestora del gran grupo de mujeres intelectuales en Coro, poeta nominada “Princesa del parnaso venezolano” (1913); heroínas: como Eulalia Buroz (1796-1817), Luisa Cáceres de Arismendi (1799-1866) o Josefa Camejo (1791-1870); artistas de relevancia como la pianista Teresa Carreño (1853-1917), la primera mujer universal de la historia de Venezuela, las otras cinco grandes figuras fueron masculinas (Miranda, Bolívar, Bello, Simón Rodríguez, Sucre); creadoras plásticas como Nina Crespo Báez (1906), “pionera femenina del humorismo gráfico en Venezuela” (p.49) dicen las autoras de Más de 100 mujeres…, quien firmó su obra de caricaturista como el seudónimo de Ninón, o Marisol Escobar (1930); compositoras como María Luisa Escobar (1912-1985), fundadora también del Ateneo de Caracas (enero 31,1931); educadoras como Mercedes Fermín (1908-2003) y Lola Fuenmayor (1889-1969); las actrices América Alonso (1937), Amalia Pérez Díaz (1923-2003), Lupita Ferrer (1947) y Doris Wells (1941-1988); servidoras de los necesitados como la madre María de San José, Laura Alvarado Cardozo (1875-1967); una folkloróloga como Isabel Aretz (1909-2005); creadoras literarias como Teresa de la Parra (1889-1936), la primera siempre, Enriqueta Árvelo Larriva (1886-1962), María Calcaño (1906-1956), Antonia Palacios (1904-2001), Luz Machado (1916-1999), Ida Gramcko (1924-1994), Elisa Lerner (1932), Miyó Vestrini (1938-1991) y Hanni Ossott (1946-2002); una diseñadora como Carolina Pacannis (1939), quien firma sus confecciones como Carolina Herrera, apellido de su esposo y la belleza siempre rutilante de Susana Duijm (1936).
Nos gustaría ahora, ante un libro como este, añadir varias noticias que hay que incorporar a la historia de la mujer en Venezuela, las cuales apenas han sido divulgadas como se debiera.
PRIMERA: hace poco se ha exhumado el que debe ser considerado hoy el primer documento, el más antiguo, es una carta, firmado por una mujer venezolana. Estampó en ella su nombre una mujer del pueblo, María Jacinta Fernández (septiembre 18, 1765). La escribió para denunciar ante el obispo don Diego Antonio Diez Madroñero (c1715-1769) el acoso sexual del cual padecía como consecuencia de las insinuaciones de un rico mantuano del San Mateo de aquellos días, don Juan Vicente Bolívar y Ponte (1726-1786), padre de Simón Bolívar, quien no había nacido aún, porque el señor Bolívar y Ponte era un soltero entonces. Esta misiva ha sido publicada por vez primera hace muy poco tiempo gracias al padre Alejandro Moreno Olmedo, gran estudioso de los avatares de la familia popular venezolana. La encontró en un expediente que guarda el Archivo Arzobispal de Caracas. Se puede leer en su Pastor celestial, rebaño terrenal, lobo infernal. (Caracas: Bud & Co Editor, 2006, p.95-97).
SEGUNDA: también se enfrentó a un hombre, defendió sus bienes de manos masculinas, Josefa Galdler en sus tres folletos sucesivos, que se pueden considerar una unidad, La opinión pública juzga a los hombres por sus propios hechos. (Caracas: Imprenta de Tomás Antero, 1840. 52, 26, 48 p.) que fue el primer libro publicado en Venezuela por una mujer.
TERCERO: hay que añadir además la información, precisamente este año bicentenario de la instalación de la imprenta y de la impresión del primer periódico editado en Venezuela, que en el editorial del primer número de la Gaceta de Caracas (octubre 24, 1808) su redactor, don Andrés Bello (1781-1865), llamó a las mujeres a colaborar con esta publicación. Esto expresó don Andrés, cuya ortografía hemos modernizado al hacer la cita: ”Se suplica por tanto a todos los Sujetos y Señoras, que por sus luces e inclinación se hallen en estado de contribuir a la instrucción pública, y a la inocente recreación que proporciona la literatura amena, ocurran con sus producciones, en prosa o verso, a la oficina de la imprenta, situada en la Calle de la Catedral, del lado opuesto a la Posada del Ángel; y se ofrece corresponder a este favor empleando el mayor cuidado y prontitud en el despacho” (p.1). Hemos trascrito todo el párrafo por su especial belleza literaria, por su valor para la historia intelectual de Venezuela y por lo que significaban ya, don Andrés lo sabía cabalmente, las mujeres del país en aquel momento de luz que constituyó la fundación del primer taller de impresión en el país y la edición de la primera publicación, la Gaceta de Caracas, el primer incunable venezolano, si seguimos el nombre puesto por Manuel Segundo Sánchez (1868-1945) a los primeros impresos venezolanos, los editados entre 1808-1821 (Obras, ed.1964, t.II,p.339), publicaciones venerables hoy como le gustó llamar a todas estas producciones de nuestra primera imprenta al maestro don Pedro Grases (1909-2004). Dos años después de la Gaceta de Caracas, que no dejó de publicarse hasta 1822, se publicó en el mismo taller, establecido por los británicos Mateo Gallagher y Jaime Lamb, el primer libro Calendario Manuel y guía universal de forasteros en Venezuela para el año de 1810, también redactado por el propio don Andrés.
CUARTA: Pero hay otro detalle más con relación a la mujer venezolana que debemos señalar para entender bien el por qué del llamado de don Andrés Bello a las escritoras caraqueñas. Y ello es lo que hemos denominado varias veces la “cultura familiar” a lo largo de la historia de Venezuela, al menos hasta el momento en que la mujer se incorporó plenamente a la educación superior, en los años treinta con Lya Imber de Coronil (1914-1981) nuestra primera mujer graduada de médico (1936) o Panchita Soublette Saluzzo (1909-1987) la primera abogada (1943) y más tarde con la incorporación plena de la mujer a la educación primaria y media en 1943, gracias a las gestiones del ministro de Educación de la época, doctor Rafael Vegas (1908-1973), para establecer la educación mixta en Venezuela. Así se logró que si en 1936 apenas estudiaban 485 alumnas en 1944 habían en las aulas 2400 muchachas (Arístides Bastidas: Rafael Vegas, ed.1978, p.185 y 194). Hasta ahora no se le ha dado la importancia que tuvo la gestión de Vegas, plenamente apoyada por el presidente Medina Angarita y el gabinete de la época, quienes para nada se detuvieron a pensar en la gran oposición a la medida que recorría la ciudad de Caracas según la cual se acusaba al doctor Vegas de estar auspiciando que nuestras niñas y jóvenes fueran pervertidas por sus compañeros varones y que la medida propiciara la prostitución, lo cual no tenía sentido sobre todo si se piensa en que quien era el psiquiatra y educador Vegas que nada malo auspició para la mujer y el niño en Venezuela, todo lo contrario. Vegas, formado en Europa, con ojo avizor comprendía la época que vivía y la necesidad que la mujer venezolana se incorporara a la vida del país, que no siguiera recluida, que sólo se pensara en ella como futura esposa y madre y para nada en ella como una profesional influyente en el destino del país. La decisión empujada por Vegas fue también una forma de poner a Venezuela en la hora internacional en la cual las mujeres cada vez estaban más presentes en sus respectivos países. Ya en esa época se había superado el hecho, sucedido a Simone de Bauvoir (1968-1986) quien cuando se escribió en la Sorbona parisina fue una de las primeras cuatro mujeres en ser admitida y era ella una de los ocho únicas jóvenes mujeres quienes estudiaban en toda Francia en ese momento, en 1929 (Hazel Rowley: Sartre y Beauvoir, la historia de una pareja, ed.2006, p.45). Así la deuda que las mujeres venezolanas tienen con el doctor Vegas es altísima, a su proposición, apoyada por el general Medina, se debió la incorporación de la mujer en la vida venezolana que hoy es central en todas las actividades de la nación hasta el punto que todos sabemos de las dos o tres nombres de destacadas mujeres que pueden ser presidentas del país.
QUINTA: nos referimos ahora a lo que hemos denominado la “educación familiar” que fue la que proveyó de cultura a la mujer venezolana por siglos. Y no sólo en parte del siglo XX como se ha creído. Debemos comenzar diciendo en contra de lo señalado de que desde muy atrás, lo que se ha dado llamar “la ciudad letrada” por el siempre desprevenido crítico uruguayo Angel Rama (1926-1983), sobre todo en lo relacionado con la historia y el proceso literario venezolano el cual pese a haber vivido él entre nosotros como refugiado político para nada estudió y menos entendió. Él escribió que en la época colonial y de la independencia habían existido “escribanos, hacedores de contratos y testamentos”( La ciudad letrada, ed.1984, p.52), asunto al que se refiere para refutarlo Paulette Silva Beauregard en luminoso estudio (Las tramas de los lectores, ed. 2007, p.XXIII-XXIV). Estos eran los que tenían el dominio exclusivo, según Rama, de la letra. Pero en verdad es todo lo contrario, bien distinto a lo dicho por él. En Venezuela tuvimos siempre los llamados “papelistas”, la expresión se utilizaba ya en el siglo XVI, que eran los que escribían los documentos públicos pero aunque no tuvimos imprenta hasta 1808 siempre tuvimos escritores así estos no hayan logrado imprimir sus obras por la carencia de una imprenta, las que se pudieron publicar debieron hacerse en España o en México. Y hay algunas sobresalientes como la Historia (1723) de don José de Oviedo y Baños (1671-1738), editada en Madrid. Pero además de escritores tuvimos siempre buenas bibliotecas, como las que han inventariado Ildefonso Leal, Blas Bruni Celli, el franciscano Lino Gómez Canedo o el jesuita José del Rey Fajardo. Y como consecuencia de tener bibliotecas y lectores tuvimos siempre crítica oral, la cual nunca puede ser desdeñada porque es la que siempre se practica entre los buenos lectores que comentan sus lecturas y las recomiendan a otros con lo cual el mundillo literario se amplía, como lo observó con agudeza nuestro Fernando Paz Castillo (De la época modernista, ed. 1968, p.244). Si algún texto de crítica literaria se escribió en los días provinciales no ha llegado hasta nosotros. El primer artículo de crítica literaria lo escribió el tantas veces citado don Andrés Bello en 1823 en el primer tomo y número en su revista londinense la Biblioteca Americana.
Y luego tuvimos, además de escritores, bibliotecas, lectores y crítica oral, que es lo que queremos recalcar ahora, lo que hemos denominado la “cultura familiar” que es la que se desarrollaba dentro de las casas, en el seno de las familias y que es la que permitió a nuestras mujeres, en épocas en que no había colegios para ellas, que las familias les impedían el estudio del bachillerato o el acceso a la universidad, tener una honda cultura. Esta formación literaria e histórica familiar debe ser recalcada, se hizo gracias a las buenas bibliotecas que existían en numerosas casas solariegas. Pero lo que es más importante: fue gracias a esa “cultura familiar” que se formaron nuestras escritoras. Si no, ¿cómo se puede explicar la cultura que subyace tras los poemas de nuestra primera creadora Sor María de los Ángeles?, ya que toda su formación no pudo beberla solamente en su convento caraqueño de la esquina de Carmelitas porque llegó al claustro ya formada, a los veinte y cinco años o cómo explicar, es sólo un ejemplo, la amplia preparación para desarrollar sus dotes creadoras que tuvo nuestra Teresa de la Parra cuya educación formal apenas alcanzó, lo cual era típico de la época, a la elemental recibida en un colegio del levante español, cerca de Valencia. Lo que nos explica esto es precisamente los caracteres particulares que revistió siempre la ”cultura familiar” tópico que es necesario examinar para entender lo hecho por nuestras escritoras de los años treinta, cuarenta y cincuenta, porque fue después de 1950 cuando las primeras graduadas universitarias salieron bien formadas del Instituto Pedagógico o de las Universidades de Caracas, Mérida o Maracaibo. Qué leyeron y cómo se formaron Enriqueta Arvelo Larriva en su apartada Barinitas; Antonia Palacios en su recodo caraqueño cercano a la plaza de La Candelaria; Ada Pérez Guevara (1905-1999) en su hacienda de Cantaura; Trina Larralde (1909-1937) en su querido Los Teques; Lucila Palacios (1902-1994) y Luz Machado en su amada Ciudad Bolívar o Ida Gramcko en su Puerto Cabello entrañable, en esos períodos en que no se permitía a las muchachas proseguir estudios después de la primaria, o que obligó a aquella muchacha caraqueña, Irma De Sola Ricardo (1916-1991), quien separada de su querido colegio en el sexto grado estudió bachillerato sola en su casa leyendo los libros que utilizaban sus hermanos en su aprendizaje, lo cual le permitió obtener en 1936 el certificado de aptitud para el magisterio. Estas son todas preguntas que hay que responder para trazar la historia de la mujer entre nosotros. El estudio, el examen y las huellas de la llamaba “cultura familiar”, educación intramuros, podría ser objeto de una tesis de licenciatura, maestría o doctorado de una de esas magníficas mujeres investigadoras de ahora.
Todo esto nos sugiere la lectura de la obra preparada por estas dos destacadas mujeres intelectuales nuestras: Cristina Guzmán, promotora constante de todo o útil y estimulante dentro del hacer cultural, librera, antóloga y autora y Silda Cordoliani editora y quien ha cultivado con suerte el cuento en dos preciosos volúmenes mientras nos ofrece la novela que sus bellas y perfectas ficciones permiten avizorar.
Y no podemos cerrar esta glosa, quizá un poco larga, pero plenamente merecida por este volumen, sin recalcar el valor gráfico que tienen estas Más de 100 mujeres… no sólo por el bello diseño del libro sino por la imponente contribución fotográfica la cual nos permite tener ante nosotros, al leerlo, los rostros de cada una de las destacadas damas cuyo vivir y cuyo actuar aquí nos ofrecen sus dos magníficas autoras.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
1 comentario
Por fin hay alguien que se ocupa del tema. Gracias por el envio. Andrês










ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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