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El Paraíso Partido - Tirano de Sombra y Fuego
El Paraíso Partido - Tirano de Sombra y Fuego
por Eduardo CASANOVADesde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.
Eduardo Casanova
El Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Tirano de Sombra y Fuego
Una de las figuras que más ha fascinado a quienes miran hacia las regiones de tinieblas y antorchas en nuestro mundo es Lope de Aguirre, el Tirano. A Vicente Gerbasi, nacido en Canoabo, a poca distancia de la población de Aguirre en las montañas de Carabobo, le sirvió para su Tirano de sombra y fuego (Tipografía La Nación, Caracas, 1955). Miguel Otero Silva lo plasmó en su Lope de Aguirre, Príncipe de la libertad (Seix Barral, Barcelona, España, 1979). Casto Fulgencio López lo estudió en Lope de Aguirre… el Peregrino (Tipografía Americana, Caracas, 1947). Arturo Uslar Pietri, en El Camino de El Dorado (Editorial Losada, Buenos Aires, Argentina, 1947) lo convierte en símbolo. Y la imaginación popular lo ubica en los fuegos fatuos, tal como Gerbasi:
Con un fulgor de huesos, con barro entre los dientes,
vas buscando en la sombra a tus viejos soldados
caídos en mesetas lunares del Caribe.
(…)
Tu muerte ya no es muerte, sino un viaje que empieza
en las cumbres incaicas y sigue por las selvas
y pasa a nuestra tierra que reservó la noche
para que tú habitaras gobernando en el tiempo
fuegos fatuos, aullidos y el canto de los gallos.
(Gerbasi, Vicente, Tirano de sombra y fuego, Ediciones de la Corporación Venezolana de Fomento, Caracas, Venezuela, 1967, p. 17)
El personaje histórico que se asomó en la bella visión del poeta fue uno de los más interesantes y terribles del comienzo de la América humana. Muerto en Barquisimeto cinco años y medio antes de la fundación de Caracas, cuando la Historia todavía estaba en Occidente pero se preparaba a mudarse al centro, había nacido de familia de hidalgos en Oñate, en España, en torno al año de 1511, es decir, apenas doce o trece años después de que los ojos enfermos del almirante vieran por primera vez lo que después sería Venezuela, y el mismo año en que nació Diego de Losada. En 1537, a los veintiséis años, ya estaba en el nuevo Mundo, en el Virreinato del Perú y como seguidor del virrey Blasco Núñez de Vela, con quien viajó también a la actual Nicaragua. Once años después de haber atravesado el Atlántico, o sea en 1548, estaba de vuelta en las alturas andinas de la América del Sur, en donde iniciaría su increíble periplo, que hasta la cinematografía alemana ha tratado de recrear. En Chuquisaca, en la actual Bolivia, empezó su carrera de rebelde, de “príncipe de la Libertad”, cuando se sumó al alzamiento de Sebastián de Castilla y participó en el asesinato del corregidor Pedro de Hinojosa, en 1553. Ya entonces, por sus actitudes y su exhibicionismo, lo habían apodado el “Loco” Aguirre, y fue condenado a muerte, pero indultado en breve tiempo. Poco después, en 1560, Aguirre se enroló en una expedición que buscaría El Dorado comandada por uno de su misma estirpe, pero que no tuvo en sí tanta magia como él. Pedro de Ursúa era su nombre, y lo acompañaba su amante, Inés de Atienza, digna también de todo tipo de leyendas. El alférez general era Fernando de Guzmán, no menos loco que Aguirre, pero sí mucho menos genial. El cargo que desempeñaba Loco en aquella extraña expedición de aventureros era nada menos que el de “tenedor de bienes de difuntos”, lo cual debe haberle dado una escalera a las regiones más altas de la imaginación. Cuántas vueltas le habrá dado a sus ideas, cuántos difuntos habrá creado para quedarse con sus bienes. Cuántos fantasmas habrá puesto a danzar en aquellas noches pobladas de fuegos fatuos, que eran sus hermanos, el Loco Aguirre, ya envuelto en su capa de muerte y de brillo. Que se dedicó con toda seriedad a intrigar es algo que nadie discute. Aprovechaba las noches y los descansos para sembrar la discordia entre aquellos que iban en procura de riquezas inmensas que, de lograrlas, les permitirían hacer el viaje inverso por las rutas del Atlántico y regresar a sus comarcas natales convertidos en hombres riquísimos a quienes los hasta poco antes más afortunados que ellos tendrían que adular.
El viaje, a bordo de tres bergantines y una constelación de canoas, se inició por el río Huallaga el 26 de septiembre de 1560. Atendían a noticias que habían llegado casi todas desde el Norte, según las cuales había una ciudad en la que el material de construcción era el oro y los adornos eran piedras preciosas, y estaba situada hacia el Sur o el Sureste de donde quiera que los barbudos preguntaran. Unos trescientos europeos y un número mucho mayor de indígenas formaban aquel ejército que se disponía a invadir el infierno. Pasaron por la confluencia de los ríos Napo y Ucayali y cuando noviembre se acercaba a su fin llegaron al territorio que hoy se llama Brasil, en donde se quedaron cerca de un mes. Las intrigas de Aguirre hicieron que la gran mayoría de los barbudos se alzara en armas contra Ursúa, que dejó allí sus huesos enfermos de ambición. El 1º de enero de 1561, muertos Ursúa y sus pocos fieles, asumió el mando el pobre don Fernando de Guzmán, que se creyó con el poder que en realidad tenía Aguirre y se puso los títulos de Príncipe del Perú, Tierra firme y Chile, mientras Aguirre parecía conformarse con el de maestre campo, y otro tocado de ambición, Juan Alonso de la Bandera, moría sin saber por qué. Poco después lo siguió el pobre Guzmán, tal como tal como la pobre doña Inés, amante ahora de Guzmán y que a pesar del nombre tuvo un destino bastante más sangriento que la de la versión decimonónica de la leyenda de Don Juan, la de Zorrilla. El 23 de marzo habían firmado un acta, seguramente inspirada por Aguirre, en la que renegaban de las tinieblas de Felipe II y del poder de España, que sería poco más o menos lo mismo que harían los hombres de luces un cuarto de milenio después.
Ya sin máscara, convertido en el caudillo de aquel extraño grupo de conquistadores en nombre propio y de su propio reino, no muy distinto al que seis o siete años antes había proclamado el Negro Miguel por los lados de Buría, Lope de Aguirre descendió por el majestuoso río Amazonas y al llegar al océano Atlántico dobló hacia el Norte, rumbo a lo que hoy es Venezuela. Lo acompañaban los que ya se llamaban los marañones, por el nombre de uno de los ríos que vieron los primeros destellos de aquella aventura.
El 21 de junio de 1561 entró a saco en la Isla de Margarita, desde el Norte. Uno de sus navíos entra por Paraguachí (hoy La Plaza) y el otro por el lugar que aún se llama El Tirano o Puerto Fermín. Allí asesinó, entre otros, al teniente de gobernador, Juan Gómez de Villandrando, a doña Ana de Rojas, esposa de Diego Gómez de Ampuero y madre de varias mujeres importantes, suegra de personajes notables y abuela de siete señoras que pasarían después a la historia de Caracas como esposas de los que se llamarían “los amos del valle". Pero sus propias intrigas se volvieron en su contra, y uno de sus marañones, Pedro de Monguía, le dio al jefe de los dominicos, fray Francisco de Montesinos, el soplido de que el Tirano tenía planes de pasar a Tierra Firme, lo cual fue de inmediato informado por el religioso a las autoridades de la provincia, que se prepararon lo mejor que pudieron para combatir aquel grupo que durante mes y medio asoló la isla de las perlas.
Desde Margarita, Aguirre le escribió a Felipe II una carta que es un verdadero poema, o a la locura o a la libertad o a la justicia o a la muerte que seguramente presentía, pero, en todo caso, al alma inmortal de los españoles: “Mira, mira rey español, que no seas cruel a tus vasallos ni ingrato, pues estando tu padre y tú en los reinos de España sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes, y mira rey y señor, que no puedes llevar con título de rey justo ningún intereso destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en ello han trabajado y han sudado sean gratificados.
Por cierto tengo que van muy pocos reyes a infierno porque son pocos, que si muchos fuérades, ninguno pudiera ir al cielo, porque aun allí seríades peores que Lucifer, según tenéis ambición y hambre de hartaros de sangre humana; mas no me maravillo ni hago caso de vosotros, pues os llamáis siempre menores de edad y todo hombre inocente es loco.”
El marañón Pedro Alonso Galeas, uno de los que en 1567 acompañará a Diego de Losada a inventar Santiago de León de Caracas, desertó una madrugada, harto de las ocurrencias del de Oñate, y ratificó a las autoridades de Tierra Firme que su antiguo jefe desembarcaría por Borburata e iría a tomar Barquisimeto para luego caer sobre Coro y apropiarse de todos aquellos territorios que reclamaba para su extrañísimo reino.
Aguirre desembarca en pie de guerra, en Borburata, el 2 de septiembre de 1561. A pesar de los avisos, el gobernador Pablo Collado no le hace frente en la costa. Envía a combatirlo a varios de sus mejores hombres, entre ellos Juan Rodríguez Suárez, que muere en el camino, en Las Lagunetas, cerca de Los Teques, al ser emboscado por Guacaipuro (que conservará su espada como un trofeo de guerra) y Paramaconi, en acción que será vengada en 1567 por Diego de Losada y Francisco Infante. El 29 de septiembre llega Aguirre a Valencia después de haber hecho horrores en Borburata. También en Valencia deja un reguero de sangre antes de seguir hacia Occidente, rumbo a Barquisimeto, en donde se enfrenta a Diego García de Paredes que cuenta entre los suyos a Gutierre de la Peña, Alonso Andrea de Ledesma y Tomé de Ledezma. El 22 de octubre llega el Tirano a la actual capital del Estado Lara, y el 27, abandonado por sus marañones, encuentra la muerte. Poco antes de quedar sin vida mata de varias puñaladas a su hija natural, llamada Elvira, luego de haber asesinado al novio, Pedrarias de Almesto y gritar, como para que quedara escrito en la historia: “¡Muere, hija, porque no quiero que en viviendo te llamen la hija de un traidor!”, lo cual, de ser cierto, implicaría que ni estaba tan loco, ni era tan inocente, ni ignoraba que había cometido actos que jamás obtendrían el beneficio del perdón.
García de Paredes dejó que fuesen los propios marañones los encargados de la venganza divina, y en un acto muy de su momento descuartizó su cuerpo y envió en sendos garfios partes de él a distintos pueblos de toda la provincia, como para que nadie pensara, en lo sucesivo, en alzarse contra el poder del rey.
Una advertencia que rindió sus frutos hasta que llegó a esos mundos unos hombres cuyas miras estaban mucho más allá de aquellos y estos horizontes, unos hombres que nacerían en la pequeña ciudad que aún no había fundado don Diego de Losada.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas













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