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...y de abismo

...y de abismo

por Alejo URDANETA
Was there ever such a slave to impulse?
Byron

La historia la escucha un niño, la repite el tiempo, y su desarrollo parte de hechos comunes e inofensivos, al alcance de cualquier comprensión; y hallas un relato envejecido en el libro de Tragedias Griegas del ciclo de Troya: Sófocles y Electra, o Esquilo y La Orestíada, para descubrir allí tu propia historia pero con reto y alegría: la pasión desencadenada por un acontecimiento inesperado y que deseas con vehemencia. Allí estaba el viejo álbum, como la nota que desnuda un secreto, en ésta mi narración de adolescencia vivida en la nostalgia, y la compuse sin saber su final, sólo con recuerdos y algún sabor de imposible; la compuse para mí, ansioso de infinito, con el tono con que se componen los viejos cuentos, hasta que ella misma destruya su forma inocente.
La primera vez fue en la edad de la adolescencia. Ella tenía quince años y él diez y siete cuando se vieron en la fiesta, en un patio sombreado de acacias y cercado por bancos de piedra, con enredaderas trinitarias que coloreaban aún más el ambiente. Juegos y música para los asistentes que iban llegando en busca de la emoción de un encuentro mientras el embrujo comenzaba a imponerse en la escena. Los saludos cruzaron, los abrazos despejaron dudas sobre la atracción o el rechazo, y sin tardanza pudieron verse desde los extremos y por encima de las cabezas de los invitados. No vieron a nadie más. El sonido de los pasos en el patio se hizo murmullo para ellos, y ni siquiera la sed o el apetito los distrajo de la emoción que a cada vuelta de la danza los aproximaba, porque sin que danzaran como los demás, llevaban el mismo paso y sentían la zozobra y el deseo de encontrarse. Por fin dice la tía que la tisana está muy buena y ofrece una taza a todos, y él quiere probarla y darle de probar a ella para que el zumo de las frutas se vaya por dentro de su cuerpo y la llene de ansiedad, igual que él la siente en este instante de tomar la taza y brindarle los jugos que va a beber. Pronto ella va a beber también y va a estar a su lado mientras hacen el gesto del primer baile, sin carnet que valga y sin aceptar a nadie en la fiebre de esta danza de miles de años. Se van fuera del patio de acacias, y sin hablar se dicen muchas cosas del colegio, de la calle, de fiestas a las que asistieron; se lo dicen con la mirada antes de apretar sus manos en un tibio verano en el que están a la orilla de un río caudaloso en cuyas playas pueden bañarse sin peligro porque son niños y no temen estar desnudos y tocarse con ingenuidad, en esta noche principiante en medio de tanta gente que los ve sin comprender que danzan en la playa del río con la música de las piedras y el aire de los bejucos.
Sin que lo hubieran decidido expresamente, continuaron viéndose en parques y lugares retirados de la urbanización donde ella vivía. No muy lejos de la casa había un parque de follaje espeso, con paseos de arena y rodeado de jardineras como las que el jardinero Jacinto cuidaba en el patio casero. Esos arbustos eran lugar apropiado para buscarse en la ansiedad de sus propias limitaciones.
Después que se alejaban uno del otro, quedaba un estado de éxtasis doloroso que no podían dominar, y pensarían que el amor es un manantial de donde surgen todas las aflicciones: un impulso que no concluye en alegría, un espasmo de llanto contenido. Las hojas que caían en el sendero del parque se iban con el viento de la tarde, pero en ellos quedaba latiendo el perfume del bosque reverdecido, todo suspendido en esa forma de irse cada día.
¿Para que buscar explicaciones? Sabían que el contacto efímero de sus cuerpos traería más ansiedad, que el deletreo de la carne que hacían con las manos era una ejecución fallida. No se posee sino lo que no tenemos, y cuando lo poseemos se escapa. Deseo de posesión, cuerpo de sacrificio ante la imposibilidad de eludir sus embates.

Continuación:


El acercamiento entre ellos fue tomando rumbos inesperados. Él se encerraba en su cuarto e imaginaba la soledad de la niña lejana al celebrar el rito solitario que lo acercaba a ella. (Se la imaginó más blanca que su propio ropaje de noche y ocupada completamente de Dios…). Lloraba ella y con algo más que lágrimas humedecía las sábanas en el recogimiento de sus fantasías (Aquel corazón suyo se dilataba hasta el punto de llenar todo su ser. Atravesada por bruscos espasmos, con las rodillas juntas, permanecía replegada sobre aquel latido…).
Por mucho tiempo no volvieron a acordarse de sus encuentros delirantes. Sólo se refugiaban en el recuerdo de lo más banal: la primera danza y las acacias, y hasta el color rojizo frutal de la tisana. En algún momento de la juventud veinteañera la tía había recordado que ellos se habían gustado, pero lo dijo con temor o desagrado, como para resaltar que hubiera podido ser una desgracia. Sin embargo, todos suponían que eso fue pasajero, ni bueno ni malo; sólo lo vivieron en el instante de la fiesta y posiblemente lo olvidaron en el vértigo de tantas cosas.
Hasta que vino nítida la experiencia en la frase del viejo jardinero a quien él frecuentaba para sacarle historias. Un comentario sin intención lo que Jacinto jardinero dice de aquella fiesta de adolescentes cuando el viejo cuidaba las acacias para que los muchachos no dañaran las flores del mes de mayo, que ese año fueron más coloridas y más perfumadas. Dijo que se acordaba del momento en que vio en la expresión de ambos una emoción distinta, y que sintió temor porque sabía que se ocultaba un secreto acerca del encuentro de ese día. Nada más dijo, pero él guardó la inquietud para organizar sus pensamientos y comenzar a buscarla en las preguntas a la tía y a quien pudiera saber dónde estaba ella. Le dijeron muchas cosas: que se había marchado a Europa, que se había casado con un industrial adinerado, que ya no estaba en la ciudad ni asistía a bailes ni tomaba tisana. Pensó que podía estar vieja, más que él a sus treinta años, y que no valía la pena seguir buscándola en las avenidas plenas de acacias ni en los patios adornados con enredaderas trinitarias.
Suponía que había un secreto sobre aquel encuentro, y de eso nadie hablaba. Jacinto jardinero hubiera podido decirle, pero ya había muerto, y no se atrevía a preguntar a ningún pariente cercano. Mas todo regresa cuando queda escondido en alguna senda del deseo, y otra vez estuvieron cerca, con acacias y música de baile. Esa tarde había estado hablando con un amigo de aquel tiempo y le había dicho que recordaba con frecuencia la fiesta de las acacias y la tisana. Después de tantos años sólo restaba del recuerdo un retazo de color rojo y un silbido de chicharras, con la presencia de un río inventado y un temblor de hojas en el mes de mayo.
Volvió a los mismos lugares a tantos años de distancia. Recorrió patios que no existen más, donde ni siquiera quedan acacias solitarias pero persiste todavía el aroma de tiempos nunca repetidos; las calles no tienen forma ni la chicharras silban contra el viento sus urgencias de un instante. Y él busca un recuerdo en las entrañas de la sombra, algo que le descubra el secreto que no pudo develar en el momento preciso, detrás de la fulguración de la fiesta, escuchando la música que acompañó sus pasos adolescentes.
Otra tarde se siente lejano. Ha escuchado a Mozart y percibe en las notas del concierto la armonía que le falta. Recorre galerías de ciudades muertas y siente la niñez y la turbación ante el riesgo de cosas desconocidas. Un cine le anuncia películas prohibidas, la mirada de una mujer en la calle muestra el misterio de la plenitud, y de pronto el recuerdo del patio de acacias diseñado entre filigranas de hierba y algarabía de lluvia. El descubrimiento del álbum en un cajón olvidado le devuelve sueños que se habían perdido en la ruta de lo cotidiano. La voz de Jacinto jardinero se escucha de nuevo con el vigor de la juventud y él tiene diez y siete años y está retratado en una fotografía vieja, rota en sus bordes, junto a la fuente de una plaza con un obelisco y bancos de piedra. El tiempo de la fotografía es el mismo de este instante en que evoca el baile y la sorpresa; es el mismo patio de aquella velada el que está en la plaza, con el obelisco adornado con guirnaldas de carnaval. Y decide ir en la persecución de los días, mientras en las esquinas de la tarde un bullicio de mayo ensordece el calor. Recogió la foto del álbum envejecido y fue tras la historia sólo vivida en los rumores de la conciencia.
Estoy-estás frente a un templo. Es otro tiempo, desvaído de otoño, y es otro lugar. Puede ser evocación, o sueño, o deseo, tal vez la imagen de una estampa vista en un libro; pero está lejos de su mundo cotidiano y escucha desde el portal el susurro del órgano de tubo que lo remonta a tiempos de columnas de piedra retorcida, líquida, derramada por el espacio de la bóveda. En algún instante el sonido crece hasta chocar con las arcadas, se devuelve en las naves y se posa en el rostro de los feligreses, para convertir el gesto en tensión y llanto. Los vitrales están iluminados de rojo y amarillo, y las figuras traspasadas por el macilento sol parecen danzar con la pausa de ritmos distantes. Soy espectador del tiempo que recrea este momento, perteneces a la edad que dibuja el órgano de tubo y, finalmente, hago nacer la historia de una búsqueda silenciosa que comenzó mucho antes, cuando la ligereza del aire contrastaba con el pesado olor a incienso del recinto. En el altar mayor el oficiante propone la salvación y una mujer de treinta años la recibe en silencio, como recibe también en recuerdos la dádiva que yo le brindo desde el altar de la memoria. Algún signo la hace volverse hacia mí y, quizás, reconocerme. Pero tampoco estás seguro de que sea ella, tanto ha cambiado su figura en la evocación que te confunde. No decimos palabra alguna al encontrarnos a la salida, donde yo la espero sin esperanza, y ella viene en figura de estatua y pasa a tu lado y se aleja escaleras abajo, hacia el jardín frente a la puerta principal. Columpios, bancos de madera envejecida, niños que cantan o lloran al cuidado de sus padres o de institutrices. La escucharé decir, o pensarás que su boca lo pronuncia: “También yo estaba a la espera de un milagro y lo he hallado en el álbum de fotografías donde estás niño en una plaza abierta, muy parecida a este jardín de Europa que es el portal de un templo lleno de historia: Chartres, Notre Dame de cualquier lugar, camino de rencillas olvidadas y luchas sangrientas. Estás conmigo en el primer encuentro, reino de la aurora, sin doblez y sin miedo".
Y esa voz suena en una tarde de octubre, plenitud de otoño en un jardín de París, Jardin des Plantes, fulgurante de especies exóticas, de flores desconocidas en las calles de las ciudades y en las landas de Francia entera. Allí han llegado cubiertos con abrigo de entretiempo, reflejados en el oro de las hojas que alfombran los senderos del parque; y allí hemos descubierto nuestra identidad en la tarde que se despide con algún frío y el viento que acompaña y desvanece la realidad.
Parecía un sueño. Las imágenes venían en torbellino de bruma y se difuminaban en sus contornos, para ocultar aquel rostro en una nubosidad indescifrable, y los ojos sonreían mientras se velaba la sonrisa con tonos de tristeza. Él no veía la identidad que se le mostraba y percibía un juego en el encuentro. Pero ella no decía una palabra. Mantenía el mutismo del principio y ni la sorpresa de lo que para él significaba el hallazgo podía allanar el cerco puesto alrededor. Luego se quebrantó el silencio, y esa tarde, como mucho tiempo atrás, prepararon la danza en el escenario de un secreto y en un parque de flores exóticas, Jardin des Plantes de París. Pero el secreto no salió en la conversación, porque no recordaran que había uno o porque en ese momento sólo contaba el roce de sus intenciones, la inquietud de su búsqueda de este día, sólo empeñada en cruzar los deseos en lance de espadas agudas, labios sangrantes. En algún instante vino a la memoria aquella fiesta adolescente y volvieron a aparecer imágenes fragmentadas del patio de acacias y trinitarias, abrumados de nostalgia por tanta emoción perdida. Poco a poco surgen motivos que estaban ocultos en el parque de flores exóticas, y los deseos ya no son sino el grito contenido y las manos que aprietan con fuerza. Descubren a cada golpe de viento que hay una misma escena en el cuadro que los ciñe, y hallan el espejo que refleja el secreto. Las coincidencias surgen del parecido de este jardín de gran ciudad con el pequeño y recoleto patio de la casa donde una vez se encontraron para no olvidarlo, como tampoco olvidaron los encuentros inquietos de lo imposible.
Está como invitado Jacinto jardinero que les había hablado de un secreto guardado por años y que ahora repite la historia, con el viejo álbum en sus manos. La fotografía algo les dice: El adolescente de diez y siete años que está en la plaza es el mismo del retrato guardado en otro álbum. Ella le confiesa que ha visto la fotografía, que una vez la halló escondida en el armario de recuerdos de su madre, y cómo esa imagen está en una casa que a él le era extraña. Las semejanzas, las mismas sonrisas, iguales sorpresas, se hacen más notorias en la charla que inician con arrobo. El parentesco de las hojas del parque (un temor frente a lo prohibido del hallazgo) es señal en la confusión de sentimientos ocultos desde hace tanto tiempo. No tienen ahora el álbum pero en la certidumbre de las frases de Jacinto jardinero van descubriendo la indefinible identidad de la sangre, y las raíces de extraños árboles en el parque son ahora conocidas. Perciben afinidad y descubren huellas similares: unos ojos y una nariz que se repiten, la contracción de la boca ante las mismas emociones, la insistencia en gestos e igual turbación ante la opacidad de la tarde en el parque ya penumbroso. Todo los une. Pueden adivinar el secreto en la confusa alegría que los invade de repente, hallar sosiego y también conmoción en la fuente del jardín, espejismo que los protege de murmuraciones y los refleja en pupilas. En el lugar del encuentro la voz de Electra recibe la sombra de Orestes y son entonces la enredadera del ayer para explorar con los sentidos la floración inesperada que los rodea. Ya el parque otoñal adquiere otra forma y el viento es cálido. (Siento inquietud, desasosiego que corre parejo con esta sensación de calor. Un elixir tiene el aroma de las flores guardadas tempranamente en los invernaderos que protegen del frío a especies lejanas, desconocidas para el transeúnte cualquiera, pero no para mí). La noche está en cualquier lugar y es desenfreno en las miradas, en las frases cortadas por la ansiedad del deseo, mientras las manos palpan un misterio y lo descubren sin recato. Al amanecer estarán otra vez en el recoleto patio después de haberse sumergido en el río adolescente del tiempo.

Alejo UrdanetaALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

 
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3 comentarios

Comentario from: Mariolga Urdaneta [Visitante]
Este cuento forma parte de mi vida. La impaciencia, la ansiedad, los recuerdos y tú papito...
27/06/2008 @ 14:37
Comentario from: Mariolga Urdaneta [Visitante]
Este cuento forma parte de mi vida. La impaciencia, la ansiedad, los recuerdos y tú papito...
27/06/2008 @ 14:39
Comentario from: CORAL ARENAS [Visitante]
Imposible resumir en pocas palabras la belleza y la riqueza poética de este relato. En todas las familias hay secretos que, más tarde o más temprano, cambian el curso de los acontecimientos y marcan de forma indeleble la vida de la parentela.
En esta historia que Alejo teje primorosamente, nos cuenta que el amor no es ciego. El amor tiene ojos y es precisamente una mirada con olor a eternidad la que contiene la ternura y la pasión necesarias para hacer el amor con verdadera devoción.
La sangre enciende la sangre y mucho más si se trata de la misma savia. Es entonces cuando el deseo sucumbe, perdido irremediablemente y sin salvación posible, al encuentro con el amante a quien se está unido de manera infinita, desde el principio hasta el fin de los días.
Aunque su oficio de jurista califica a Alejo como uno de los mejores en su especialidad, bien podría decirse que él conoce al alma humana muchísimo mejor que psiquiatras y estudiosos de la conducta del sapiens sapiens, porque, además de su sabiduría profunda, Urdaneta lee, habla y escribe la lengua de los ángeles.
El secreto es el gran cómplice. Y Alejo lo sabe. El esconder lo prohibido alimenta la llama. El silencio compartido añade sabor y color a la transgresión, consagrándola en el tiempo.
Recomiendo leer varias veces este texto de Urdaneta. Cada línea es una gema y cada frase posee una tonalidad distinta, salida de uno de los vitrales laterales o de algún trozo ojival del rosetón de Notre Dame de Paris.
La belleza de las palabras talladas por Alejo se adueña de todo, como si las luces azules del piso superior de Saint Chapelle cubrieran este cuento con un manto de una hermosura sin límites, que nos lleva a permanecer, sin deseos de salir, en el abismo del placer.
27/06/2008 @ 22:04

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