Buscar

También puede buscar a través de:

Búsqueda personalizada

Recomendaciones

Este blog se visualiza mejor en los navegadores:

Opera web browser - download

Internet Explorer 7

Publicidad

¿Quién está Online?

  • Usuarios invitados: 19

User tools

powered by b2evolution free blog software

¡AVISO IMPORTANTE!

Para facilidad de nuestros lectores, a LITERANOVA también se le puede llegar a través de los Links literanova.net y literanova.info

Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

Archivos

« 3er puesto para Perú en la Parada de las Culturas de Fráncfort (Alemania)Designio, Deseos, Desgano - Tres Poemas »

El Minotauro

El Minotauro

por Eduardo CASANOVA

Santa Eulalia es (o era) uno de esos pueblecitos -o quizás apenas una aldea- que están (o estaban) lejos de todo, en cualquier cumbre de cualquier montaña de Los Andes. Sus casas son (eran) de barro con techos de tejas, y parecen (parecían) hechas de dudas. No hay (había) en ellas una sola línea recta ni un fragmento que no parezca dibujado por la humedad. Sus calles son (eran) de barro o de piedra de canto rodado, hechas para que nadie pueda recorrerlas sin anunciar a todos los tranquilos habitantes que hay alguien en movimiento. Y está (estaba) envuelto por potreros y por vegas, todos muy pequeños, que parecen (parecían) siempre contarle al sol que allí los puso un río que nunca existió, cuando en verdad los han puesto varios arroyuelos que discurren hacia cualquier río que sí existe, pero está mucho más abajo. Todos los habitantes se conocen (se conocían), y son (eran) todos parientes entre sí. Sí, lo eran, antes de que el pueblo se hiciera conocido, no sólo en las tierras merideñas, sino en el país entero, cuando nació en una casa de la orilla aquel fenómeno. Porque entonces todo cambió en el lugar, y hasta dejó de ser una aldea para convertirse en pueblo, en un pueblo visitado por turistas, por curiosos, por científicos. Y hasta por poetas.
Sin embargo, ese cambio de aldea a pueblo no fue el último. Santa Eulalia fue pueblo por apenas siete u ocho años, y pasó de nuevo a aldea, pero a aldea abandonada, habitada por fantasmas de brisa que pasean su inexistencia por casuchas derrumbadas y muros de tapia que poco a poco van cediendo sus espacios a la vegetación.
Todo empezó con la sospecha de la madre, la señora Catalina Quintero. Sabía muy bien que esos cambios en el cuerpo y el alma de Eufemia, su única hija, significaban algo que ella misma había vivido muchas veces. El padre de la niña, Remigio Quintero, a quien le decían Millo Quintero, se indignó al oírlo, no sólo por la preñez de la niña, sino porque la niña negaba tercamente haber pecado. Lo negó hasta en el confesionario, cuando el cura se empeñó en averiguar lo que todo el pueblo quería averiguar. En especial los varones jóvenes, no sólo por envidia, sino porque todos, jóvenes y viejos, hasta el padre y los hermanos, estaban bajo la terrible sospecha de haber llevado a la niña, la más bella y perfecta del lugar, a la senda del pecado. Ese capítulo se cerró el día del parto, cuando nació aquel extraño ser que a todos llenó de horror y que se llevó para siempre la vida de la niña. Los gritos de ella llenaron el pequeño valle de pavor y espera. No eran gritos de una niña, sino del demonio, dijo después el sacerdote, y todos estuvieron de acuerdo. Hasta los ateos. No podían salir de la garganta de la niña, sino de las cuevas subterráneas que alojaban el infierno. Y lo peor fue cuando, muerta por segunda o tercera o cuarta vez la niña, el padre se armó de valor y de un cuchillo largo y le abrió el vientre para que el fruto del pecado viera la luz por vez primera. Y lo que los presentes, que eran pocos, vieron, los hizo desear la muerte, o, mejor, no haber nacido. Era un niño robusto y blanco, con la piel parecida a las de los que a veces llegaban hasta el pueblo desde ciudades lejanas, gentes con dinero y tiempo para gastar que comentaban entre ellos la rustiquez del sitio, pero la cabeza era la de un becerro, la de un becerro que en vez de llorar como cualquier niño mugía como un toro. Los sonidos de aquel ser demoníaco, que llevó al cura a regar agua bendita por todo el humilde rancho y por la calle y en un proceso de tres semanas por todo el pueblo y buena parte del valle, empezaron a llenar también de pesadillas a todos los habitantes del sitio que llegaban a la casita con una mezcla de curiosidad y miedo, a ver a aquel extrañísimo ser con cuerpo de niño y cabeza de becerro que sólo se tranquilizaba cuando la abuela lo pegaba de las ubres de la vaca que se convirtió en nodriza. El abuelo tuvo que hacer uso hasta de la violencia para evitar que la gente del pueblo y de sitios cercanos entrara a su casita a ver el fenómeno. Y en eso lo ayudaron sus hermanos, no sólo los Quintero, sino también los Carrillo y los Ardila, que eran todos hijos de don Benjamín Quintero, y que decidieron, armados con sus viejas escopetas y sus machetes filosos, hacer guardia en el frente y el fondo de la casa y advertir a los curiosos que no se les permitiría merodear ni entrar ni mucho menos llevarse objetos de la casa como recuerdos o amuletos. Sólo por el firme propósito de la abuela sobrevivió aquel ser, pues la cabeza de becerro, que pronto se convirtió en cabeza de torete, crecía demasiado rápido para el cuerpo de niño que se saciaba hasta hincharse cada vez que la cabeza mamaba de la vaca. Y a veces la cabeza se empeñaba en levantarse pero el cuerpo no podía con su peso. Y luego de algún tiempo se supo que la cabeza no comería lo que el cuerpo pedía, por lo que la abuela se vio obligada a inventar métodos e ingenios para alimentar el cuerpo humano que tenía sobre sus hombros aquella cabeza de toro que empezó a desarrollar dos cuernos que agregaban peligro a las faenas necesarias para que el conjunto se mantuviera vivo. El abuelo, que a pesar de ser un simple campesino era un hombre con cierto grado de instrucción, buscó en todos lados una explicación para aquel fenómeno, y hasta viajó a Mérida, a la Universidad de los Andes, para solicitar ayuda, que se presentó en forma de investigación científica. Un par de años después el abuelo y la abuela convinieron en echar para siempre a los profesores, que pinchaban al Minotauro para sacarle sangre y hasta se lo llevaron un par de veces al Hospital de la Universidad para tomarle radiografías y hacerle otros exámenes que lo dejaban exhausto, y no les pagaban nada por eso. Además, regaron la voz por todas partes y resultó imposible contener el alud de gente que llegaba al pueblo a ver el fenómeno. El abuelo, entonces, decidió que no echaría a los visitantes sino que les cobraría por ver el Minotauro. Montó un tarantín frente a la puerta y él mismo, de ocho de la mañana a cinco de la tarde, cobraba las entradas y daba a los turistas unos cartoncitos que debían enseñarle a uno de los tíos en la puerta de entrada y devolverle a otro en la de salida. Los turistas pasaban a pocos pasos del Minotauro, que por le general estaba inquieto y solía defecar (no bostear) y orinar con frecuencia insólita y en cantidades impresionantes, lo que daba al sitio una fetidez que todos tenían que soportar para poder contar en sus sitios de residencia que habían estado en el lugar y habían visto aquel fenómeno cuya fama ya corría por el mundo entero. La situación del fenómeno pronto se vio comprometida, cuando se vio que la cabeza le pesaba demasiado y el pobre Minotauro ya no podía moverse, sino que debía permanecer echado en un mismo lugar, dominado por una gran tristeza y casi nadando en sus propios excrementos, lo cual empezó a producirle escaras y otras lesiones en la piel que requerían el uso continuo de medicinas tópicas e ingeridas. Se vio entonces el abuelo obligado a contratar a varios mozos venidos de tierras lejanas para que hicieran el trabajo que él y sus hermanos cumplieron al comienzo, y hasta debió contratar también personal foráneo que supliera a la abuela en su dura ocupación de mantener vivo a aquel ser que no podía caminar a los cuatro o cinco años porque la cabeza de toro le pesaba demasiado al cuerpo de niño. Se vio obligado a buscarlos en otras latitudes porque ni sus hijos ni sus sobrinos, ni ninguno de los jóvenes del pueblo se mostraron dispuestos a trabajar a pesar de que ofreció darles buena paga. Al fin y al cabo el dinero corría por las calles del sitio como corre el agua de lluvia, cuando llueve. Era suficiente con romper las ventanillas de los automóviles y robarse los equipos de sonido, o con cuidar los automóviles para evitar que otros hicieran lo que ellos mismos solían hacer, o ayudar a transportar equipajes o vender fotos o simplemente sentarse en las afueras e indicar a los turistas en dónde podían encontrar el fenómeno, para recibir dinero que por lo general se gastaba en miche, la aromática bebida que se les subía a la cabeza y los ponía a pelear, razón por la cual murieron dos de los Quintero, dos de los Carrillo y uno de los Ardila, además de otros tres jóvenes de poblaciones vecinas, lo que obligó a las autoridades a llevar al pueblo cinco policías, que al poco tiempo, lejos de imponer el orden, se sumaron a las costumbres de los muchachos locales, con lo cual se vio un tanto perjudicado el negocio de turismo, pero jamás paralizado, porque la curiosidad por ver el fenómeno era bastante más fuerte que el instinto de conservación. Y pronto floreció también el negocio de importar alimentos y bebidas, debido a que al no haber brazos para sembrar y cosechar, ya no hubo producción de plátanos, papas, legumbres y otros elementos vegetales, y hasta el cuido de los animales descendió hasta el extremo de que sólo subsistió un potero, que era el de don Millo, en donde seguían pastando los toros, las vacas y los caballos, a pesar de la falta de jóvenes que se ocuparan de ellos. Aun así, el negocio, o los muchos negocios, se vieron amenazados ante la realidad de que el fenómeno se enfermaba cada vez más a causa de su obligada inmovilidad y la melancolía que cada día se hacía más evidente en su mirada y en su ya casi permanente suspirar como novia abandonada. Un visitante europeo, el Profesor Hans Müller, de la Universidad de Mannheim, fue el encargado de ofrecer la solución a aquel problema, cuando sugirió que se colocara un riel a una altura suficiente como para colgar de los cuernos la cabeza de bovino de manera que no le pesara nada al cuerpo de ser humano. Así se hizo y pronto se vio al Minotauro caminar de un lado al otro y del otro al uno en lo que hasta entonces habían ocupado dos dormitorios, luego de tumbarles las paredes y fabricar un pequeño muro que limitaba el pasillo por donde pasaban los turistas, ahora apurados por malencarados vigilantes que el abuelo había contratado en la ciudad de Mérida, a pocas horas de la aldea. Como quiera que el extraño ser cada día evacuaba y orinaba más, en cantidades que difícilmente podían ser dispuestas por los empleados contratados a tal efecto, por lo cual el sitio se llenó de hedores intolerables, otro ingeniero, pero esta vez italiano, llamado Guiseppe Chiesi, construyó un auténtico sistema de disposición de aguas negras, e instaló, a dos cuadras del lugar, un modernísimo biodigestor que servía también al resto del pueblo. Frente a la casa se pusieron tarantines en los que los turistas compraban alimentos, bebidas y souvenirs del Minotauro, con lo cual la fortuna del abuelo fue creciendo hasta convertirlo en el hombre más rico de toda la región, y uno de los más respetados y envidiados. Lo que a su vez hizo brotar viejas rencillas entre los habitantes del pueblo, por lo que aumentó alarmantemente el índice de delitos contra las personas, lo que a su vez obligó a las autoridades a instalar también en el sitio un cuartelillo de la Guardia Nacional. El gobierno nacional, enterado en detalle del asunto por un informe detallado que hizo la Facultad de Ciencias de la Universidad, envió varias misiones a investigar la situación, y casi todos los enviados regresaron satisfechos luego de que el abuelo, sin el más mínimo gesto de vergüenza, les entregara montones de dinero para que no insistieran en que debía obtener permisos y papeles y pagar impuestos y todas esas cosas. Cuando cumplió los doce años de vida, el Minotauro ya era conocido en el mundo entero, no sólo en las comunidades científicas, sino en las turísticas, y atraía no solamente a los curiosos y los viajeros de siempre, sino a reyes, príncipes, presidentes, ministros y estrellas de cine por igual, visitantes de los lugares cercanos y lejanos, que pagaban ahora para obtener no cartones, sino auténticos tickets que se imprimían en Mérida, y no para entrar a la humilde casita de la familia, sino a un auténtico domo que diseñaron tres arquitectos y construyeron tres ingenieros enviados por la Universidad a pedido de don Millo, que veía todo lo que día a día ocurría en Santa Eulalia desde su nueva casa fabricada en la colina cercana y diseñada y construida por los mismos arquitectos e ingenieros. Hasta la abuela, a quien ahora llamaban doña Catalina, había cambiado de expresión y, a pesar de que nunca se acostumbró a la súbita muerte de su hija, empezó a disfrutar su nueva vida y a dejar en manos del personal contratado el cuidado de su extraño nieto.
Varias noticias y reportajes aparecidos no sólo en la prensa local, sino en la nacional, hicieron de Santa Eulalia un lugar conocido, unido ahora con la capital del Estado Mérida por medio de una excelente carretera de concreto, que serpenteaba por las montañas y no sólo era buscada por el fenómeno, el famoso Minotauro de Santa Eulalia, sino por los paisajes y por los llamados pastelitos santeulalieros, cuya masa era bastante más gruesa y perfumada que las del resto de la zona. Era evidente el progreso del sitio, que pronto estrenó también un nuevo templo, diseñado por un arquitecto brasilero que fue a vivir su retiro en las montañas andinas. Y se empezó a hablar de la construcción de un teleférico, que arrancaría desde un hotel de cuatro estrellas que un inversionista gallego pensaba construir al borde de la Trasandina, y hasta de un Hospital que serviría no sólo a la gente Santa Eulalia, sino a la de toda la región, que normalmente tenía que viajar a Mérida, al Hospital de la Universidad, o morir de mengua.
Pero todo terminó inesperadamente con la repentina muerte del fenómeno, que en cosa de meses generó la muerte del pueblo entero a causa del abandono de las costumbres que en la aldea se habían mantenido por siglos y desaparecieron en el corto lapso en que el Minotauro estuvo vivo. Don Millo Quintero y su mujer, tal como el resto de los habitantes de Santa Eulalia, decidieron dejar aquellos pagos e irse a vivir a una ciudad verdadera, que en su caso fue la ciudad de Mérida. Mérida de Venezuela.
Ese inesperado final se produjo un Viernes Santo, cuando el adolescente, que a pesar de que sólo había vivido trece años y unos meses tenía el cuerpo de un hombrón, logró, sin que nadie haya sabido hasta ahora cómo, liberarse del ingenio que lo mantenía encadenado, y se escapó del domo mientras todos los habitantes del pueblo asistían a la misa que oficiaban el Arzobispo y tres curas venidos de la capital del Estado. Todos escucharon sus mugidos urgentes, perentorios, agudos, demoníacos, y dicen que algunos lo vieron correr, desnudo, por la calle que lleva a la parte alta del valle. Muy pocos supieron cómo consiguió entrar al potrero en donde pastaban varias vacas, algunos toretes y un enorme toro que tenía fama de bravío. Era el único potrero del pueblo que se conservaba, y como casi todos los espacios del lugar, era de su abuelo. Apenas un par de campesinos, que aún estaban borrachos cuando ocurrió aquello, vieron el final del Minotauro. Lo vieron correr por la ladera hacia el toro de grandes astas. Lo vieron llegar hacia donde estaba el imponente animal, que hasta parecía un toro de verdadera casta. Y vieron al joven Minotauro volar por los aires como un monigote y caer exangüe por un barranco. Murió corneado por su propio padre.

 

Add to Google
Enlace permanente 01/07/2008 10:30:05 am Email , Categorías Cuentos, Venezuela, Tags: cuento, eduardo casanova, el minotauro, literatura, venezuela, • 2 comentarios »

2 comentarios

Comentario from: nelcen valera [Visitante]
Aterradoramente extraordinario
01/07/2008 @ 14:24
Comentario from: Gonzalo Palacios G. [Visitante]
Eduardo: MagnIfico dominio de lo mitolOgico, te felicito. Cuantos hijos han sido corneados por sus padres!!! Gonzalo Palacios G.
01/07/2008 @ 15:00

Dejar un comentario


Your email address will not be revealed on this site.

Tu URL será mostrada.
(Los saltos de línea serán <br />)
(Name, email & website)
(Allow users to contact you through a message form (your email will not be revealed.)
Esta es una imagen captcha. Es usada para prevenir accesos masivos por parte de robots.
Por favor, ingrese los caracteres de la imagen de arriba. (No distingue mayúsculas/minúsculas)