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El Dominó
El Dominó
por Gonzalo PALACIOS G.Semana Santa, 1959
Uno que otro bedel durmiendo o fumando cerca de la puerta principal del Rectorado, pero de resto, silencio y soledad… Los que estudiaban arquitectura ni siquiera tenían obligación de leer o de preparar un “proyecto” para después de aquellos días de asueto. Esa facultad estaba dividida parejamente entre mujeres y hombres y de estos últimos muchos tenían fama de ser o eran homosexuales. Esos datos demográficos producían un número desproporcionado de mujeres por cada hombre, mayor que en cualquier otra facultad. Los estudiantes más cercanos a la Escuela del maestro Villanueva, los de Ingeniería, almorzaban en el cafetín de Arquitectura para luego ayudar a los “pichones de arquitectos” con problemas en materias como Resistencia de Materiales y Geometría Sólida. Cosa curiosa: únicamente las mujeres tenían tales dificultades. Si uno se pasaba un rato en Ingeniería se percataba de la verdadera razón de aquel generoso tutelaje: una escasez casi total de colegas del sexo opuesto.
Serían las 7:30 PM cuando terminó de vestirse. “Lavanda Yardley” en el pañuelo, “Brylcream” (sin grasa) en el pelo, y después de la loción de afeitar, talco en la cara. Esa noche el ritual era especial: delante de un espejo de cuerpo completo, como cuando un matador se viste con su traje de luces antes de la corrida. Un mismo objetivo: dar una estocada final perfecta. La muerte de un inocente, cierto, pero la muerte también de todo sufrimiento posterior. Un auténtico sacrificio –sacrum facere– hacer sagrado lo que se ofrece al dios del público o del amor, según sea el caso. Se despidió de su hermano con quien vivía en esos tiempos y partió hacia el centro de la capital en su Fiat. Al acercarse a la residencia de su mamá en La Florida, y porque era demasiado temprano para llegar a su rendezvous en La Pastora, decidió visitarla un rato; tenía tiempo sin verla.
Continuación:
“Y tú, ¿a dónde vas tan elegante?” le preguntó la señora Herrera mientras tejía. Para su mamá, tejer era tan fácil como respirar: nunca se le veía sin sus agujas y sus madejas. Tenía la televisión prendida.
“Voy a bailar,” le contestó, sin mentir del todo pues parte de la noche bailaría con Adela.
“¿A bailar? ¿Un Miércoles de Ceniza?” su voz manifestaba sorpresa, incredulidad, molestia, “¿Porqué no vas a eso? Es sólo para hombres,” le dijo, señalando el televisor con las agujas. “¡Qué pensaría tu papa!“ prosiguió la madre, activando uno de esos mecanismos emocionales que solamente ella conocía. “Papá”: Gustavo ni se acordaba de haber pronunciado esa palabra antes de su muerte, 18 años atrás.
“Mamá,” trató de tranquilizarla, “hace tiempo que tengo este compromiso. En definitiva, estoy de vacaciones.”
“Tú estás muy echado a perder, Gustavo. ‘Dime con quién andas y te diré quién eres’ y tú andas ahora con una gentuza… y con tus primos comunistas.” Comenzaba otro tono, el de resignación: “de todos los Herrera el único ateo y comunista es Antonio. Millonario, y se dice comunista! Y su mujer, peor que él: ¡la gringa ésa!”
“Está bien, mamá. Tranquilízate: voy a Santa Teresa, te lo prometo,” la ceremonia que transmitían por televisión era el sermón anual de “Las Siete Palabras.” Le haría bien recordar la arquitectura de aquel templo, construido por otro incrédulo, el General Guzmán Blanco. Además, tenía tiempo de sobra todavía… “Ya te contaré,” le dijo a modo de despedida, “a los mejor me ves en la televisión.” Un beso filial, la bendición, y de vuelta hacia el centro de Caracas.
Finalizaba la Avenida Bolívar cuando divisó el Templo de Santa Ana y Santa Teresa a unos 400 metros y 60 grados a su izquierda. Salió de la Avenida y, después de complicadas maniobras por las estrechas y oscuras calles de la vieja ciudad pudo dejar su carro a una cuadra de su destino. A medida que se acercaba a la puerta de Santa Teresa, aumentaban las ventas callejeras de objetos “sagrados”, de polvos medicinales, de inciensos, de estatuillas de José Gregorio Hernández y de todo tipo de yerbas cuyas fragancias no olía desde que era niño en su ciudad natal, Valencia. ‘¡Qué subdesarrollo!’ pensaba mientras entraba al templo. A su derecha, en un espacio reservado para “El Nazareno de San Pablo”, estaba la estatua de Cristo cargando su cruz, totalmente vestido de morado, en seda o tafetán. No cabía más nadie en aquella multitud de hombres: le abrían paso al verle pues era el único que vestía un traje y corbata. También, el aroma de la lavanda Yardley de su pañuelo lo distinguía del resto. Se imaginó que lo confundían con alguien “importante” pues le fue fácil llegar al centro de la iglesia (allí estaba ubicado el altar mayor, el púlpito, y los altoparlantes dirigidos hacia ambos lados de la iglesia).
‘¡Este país está fregado!’ El cura disertaba sobre la “séptima palabra” de Cristo crucificado. ‘Todos estos hombres, creyendo en pendejadas!’
“Y a eso de las tres de la tarde,” decía el cura en ese momento, “los soldados romanos enmudecieron, no por respeto a los tres hombres que acababan de crucificar, sino por un miedo instintivo a la oscuridad que se había hecho de repente.” Se hizo silencio: no se escuchaba ni la respiración de aquellos hombres alrededor del altar. Le impresionó, es verdad. El silencio le hizo pensar que estaba sólo. Pero sus pensamientos continuaban irrumpiendo en su mente sin poder controlarlos: ‘Mientras la Iglesia dirija la voluntad de este pueblo no habrá progreso alguno’. En aquel preciso instante vio a un viejo amigo de la Universidad: Arteaga. Él había estudiado ingeniería civil y Gustavo los tres primeros años de arquitectura. Se acercó a saludarlo.
“¡Arteaga!” tuvo que alzar la voz un poco pues momentos antes el cura continuaba con las palabras finales de Cristo a voz en cuello: “Eloy, Eloy, lama sabachtani que quiere decir ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Se hizo silencio en la iglesia nuevamente.
“¡Herrera! ¿Qué haces tú aquí? ¿Para dónde vas, vestido así?” era evidente que su amigo sabía que él no estaba allí por gusto ni por devoción religiosa.
“Voy a entrar al seminario.” Escuchó sus propias palabras pero no podía creer que las hubiese pronunciado. “Tu hermano ¿todavía es seminarista?” ¿Quién hablaba? Arteaga lo miraba, en silencio. “¿Tú me podrías decir con quién tengo que hablar?”
“En tus manos encomiendo mi espíritu. Todo está acabado:” monseñor Torres había puesto su voz de capellán militar, cargo que ejercía desde que la dictadura de Pérez Jiménez.
Una vez que Arteaga se cercioró de que Gustavo no había estado tomando ni bromeando, le informó que el sacerdote que se encargaba de las “vocaciones” era el Padre Molins, párroco de la Catedral. “Pero, eso sí, Gustavo, espera una semana, por lo menos. La Semana Santa es la época más ocupada de los curas. Así te das una semana para pensar bien lo que estás diciendo.”
“Gracias, Arteaga. Procederé como dices.” Se despidió y un cuarto de hora más tarde estaba en La Pastora, a media cuadra de “El Dominó”, cuyas puertas batientes simulaban el seis/cero (la de la izquierda) y el seis/tres (la puerta a la derecha). Sentada cerca de la barra, tomándose una gaseosa, Adela Guevara lo esperaba: hacía tiempo que había hecho aquel compromiso…
Años más tarde Gustavo constató aquello de que ‘Dios escribe con renglones torcidos’. Dicho de otra manera, la Palabra Divina, el logos con el que San Juan abre su Evangelio, es ironía pura. Por ejemplo, el padre Molins que le presentó al arzobispo de Caracas a su debido tiempo como lo había sugerido Arteaga, dejó de ser sacerdote poco tiempo después. El Vaticano le había concedido permiso para casarse lo cual hizo con una Senior. A Monseñor Bernardo Torres, el de las Siete Palabras, Gustavo lo volvió a ver cuando recibió a los cuarenta y cinco periodistas que acompañaron al Presidente Carlos Andrés Pérez en su viaje oficial a los Estados Unidos. Gustavo estaba de secretario en la Embajada de Venezuela, y lo habían encargado de facilitarle la visita al grupo que acompañaba al Presidente. Tomó lista de los recién venidos a Washington.
“¡Torres!” leyó en voz alta. Al verlo, con su traje negro y cuello clerical, Gustavo se retrotrajo mentalmente al púlpito de Santa Teresa, ‘en tus manos encomiendo mi espíritu’.
“Hola, Herrera,” Monseñor Torres lo había saludado cordialmente a pesar de no haberlo visto desde que se conocieron en el Palacio Arzobispal de Caracas, quince años atrás. “Mira, te presento a mi secretaria,” y le dio un nombre que no figuraba en la lista.
“A caramba, monseñor,” Gustavo le dijo, “ella no está en mi lista. Tendré que buscarle habitación en otro hotel porque el de ustedes está lleno.”
“No chico,” le contestó muy sonreído, “ella es mi sobrina, puede dormir en mi habitación.”
Y así se solucionó aquel “problema.”
****
Gustavo se sentó al lado de Adela y le pidió un whisky al mesonero. Ya lo conocía de otras veces que había venido a estar con su joven amiga. Adela Gutiérrez tenía dieciocho años y llevaba apenas cinco meses en Caracas. No había perdido su lozanía todavía, aunque el descubrimiento de las técnicas del maquillaje comenzaba a disimular la belleza natural que había traído de su pueblo natal en las orillas del río Orinoco.
“Estás linda,” le dijo a modo de saludo, “¿quieres vino? ¿Bailamos?” Negativo, ni uno ni otro. “¿Te sientes bien?” le preguntó, ¿qué te pasa? Te noto muy melancólica.”
“¿Melancólica? No te entiendo,” le dijo la niña.
“Te noto medio triste,” le aclaró. “¿Has tenido malas noticias?”
“Medio triste, estoy. Triste y medio. Pero no porque haya tenido malas noticias, sino por las que me vas a dar.”
‘¿Qué vaina era esa? ¿Qué noticias le iba a dar? ¿Qué sabe ella que yo no sé?’ Gustavo pensó.
“Vamos a mi pieza, Gustavo. ¡Ah! No te había dicho, me dieron cuarto propio, para mí sola.” Se levantó y me tomó de la mano, “Puedes traerte tu whisky,” le dijo y caminaron hacia el fondo del establecimiento, detrás de la cortina que separaba la barra de las siete habitaciones en hilera. Entraron a la primera, recién pintada de blanco, le recordó un dibujo de Van Gogh: una silla, un “catre,” un espacio rectangular, angosto (El dormitorio de Vincent, 1888).
Adela había hecho su cuarto más acogedor con un cromo del Sagrado Corazón de Jesús a la cabecera del catre y una vela encendida encima de la repisa, sobre la cual se apoyaba la sagrada imagen. También había una fotografía de su mamá con su hijo Daniel, un bebé de cinco meses. Le había pedido una foto suya, o un dibujo, pero Gustavo mantenía cierta distancia en aquella amistad: él no estaba para “amores” ni compromisos de larga ni de corta duración y menos con carácter de exclusividad. Se consideraba centro de un universo que giraba a su alrededor. En sus estudios de arquitectura los mejores profesores se presentaban ante sus estudiantes como el punto de observación único de lo que estuvieran diseñando, como el “punto de fuga” del universo. Es decir, en el arquitecto, como en el director de orquesta o el de una coral, radica la totalidad de su creación. El universo de Gustavo tenía veintiún años de edad y no quince mil millones como el de Stephen Hawkins: todo se subordinaba a la iluminación que emanaba de su corazón. “Luz en la calle, oscuridad en tu casa,” le había dicho su mamá al finalizar una discusión con ella y con sus hermanos. Su cariño por Adela no era más que eso, cariño. Por lo menos, así se hizo creer a sí mismo.
Se quitó la falda, la dobló cuidadosamente sobre un gancho de madera, la cubrió con un plástico transparente y la colgó de un clavo en la pared. Se acostó encima del catre sin quitar la sábana que hacía de cubrecama e invitó a Gustavo dando unas palmadas a la colchoneta. Él se había quitado el saco y la corbata y los colocó encima de una de las dos sillas en la habitación. Se sentó a su lado y se sacó los zapatos con los pies. Todavía vestido, acabó de beberse el whisky y se recostó a su lado, con la mirada en el techo.
“¿Qué te pasa?” le preguntó, “¿Por qué no te desvistes?” Adela procedió a quitarse la blusa que llevaba y se quedó únicamente con sus pantaletas. Rosadas, de corte tradicional.
“Dame la blusa. Te la cuelgo,” le dijo Gustavo, y se levantó. En pocos segundos se deshizo de su “traje de luces”; apenas le quedaba la fragancia de la lavanda y de la loción después de afeitar. Y ahí estaba, ante Adela Gutiérrez, del Estado Bolívar, inocente aun, de una pureza como la que se le había manifestado durante la “adoración del Santísimo” en la capilla del internado donde había hecho la secundaria. Algo parecido a lo antes ocurrido en la Iglesia de Santa Teresa comenzó de nuevo: él ignoraba la razón y la fuente de sus propios pensamientos. De pie, al lado del catre, paseaba sus ojos por el cuerpo de su querida y deseada amiga….
¡Qué hermosa eres, qué hechicera, qué deliciosa, amada mía,
Esbelto es tu talle como la palmera, y son tus senos sus racimos.
Yo me dije: voy a subir la palmera, a coger sus racimos. Sí, sean tus pechos
racimos para mí. El aliento de tu boca es aroma de manzanas;
Tu boca es vino generoso, que se entra suavemente por mi paladar
Y suavemente se desliza entre labios y dientes.
La esposa
Yo soy para mi amado y a mí tienden todos sus anhelos.
Ven, amado mío, vámonos al campo; haremos noche en las aldeas.
Madrugaremos para ir a las viñas…y allí te daré mis amores.’
(Cantar de los Cantares)
Se recostó a su lado y la besó como no lo había hecho hasta entonces, con cariño y sin lujuria alguna. Adela le correspondió de igual manera, pero sus ojos le preguntaban qué estaba pasando entre ellos dos. ¿Cómo hemos cambiado? Me amas y yo te amo ¿no es cierto? Todo esto, en silencio, al igual que sus repuestas. Ahora somos uno, ese es el cambio. Me amas y yo te amo, es cierto. En silencio, unidos en el hic et nunc eterno.
“Voy a entrar al seminario, Adela,” le dijo Gustavo, sin más explicaciones.
“¿Al seminario? Para el sacerdocio?” Su voz no reflejaba ni sorpresa ni falta de comprensión de lo que le decía.
“Sí. No sé si llegue a cura, pero me voy al seminario,” insistió. “Quiero pasar la noche contigo, pero así como estamos ahora. ¿Te importaría?”
“Claro que no, Gustavo. Yo te quiero. Y ahora sé que tú a mí también.” Acercó su cuerpo al de él hasta hacer contacto desde los hombros hasta los muslos. “Te creo,” le dijo.
“Me crees ¿qué?” Aparentemente habían superado la experiencia del Presente Eterno y estaban de regreso en La Pastora.
“Te creo que vas al seminario y que serás feliz,” Adela le tomó la mano derecha entre las suyas y mientras la besaba, le confirmó que aquel amor era “para siempre”. Palabras sencillas, verdaderas, que perduran hasta hoy. Adela fue la primera persona a quien Gustavo le confió la decisión que había tomado al pie del altar mayor de la Iglesia de Santa Teresa y la única que le creyó incondicionalmente. Al salir el sol, Gustavo se despidió de Adela, fuera de la tumba en la que para ellos se había convertido “El Dominó”.
Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.
1 comentario
Curiosamente, me recuerda una historia que me contó una vez un viejo y gran amigo en otro país...¡Estupendo!. No te hagas tan parco con tus contribuciones o tendrás que ofrecernos, a tus lectores, un libro con todos, (ojo: TODOS), tus cuentos.
¡Enhorabuena!














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