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Alejandro Lasser, un novelista por descubrir
Alejandro Lasser, un novelista por descubrir
por José Tomás ANGOLAEn el Municipio Federación del Estado Falcón, se encuentra un pueblo llamado Agua Larga. A veinte minutos de la capital municipal, Churuguara, el pueblo surge de improviso en la carretera, modificando el paisaje agreste y sembrando pequeñas casas a la orilla del camino. Allí, el 10 de Agosto de 1916, nació Alí Lasser Sánchez, mejor conocido como Alejandro Lasser.
El Estado Falcón es la cuna de importantes escritores, empezando por el héroe que le presta su apellido: Juan Crisóstomo Falcón (1820-1870), mariscal, presidente, poeta, y prohombre de la Federación. Otro famoso escritor coterráneo fue Heriberto García de Quevedo (1819-1871), poeta y dramaturgo que vivió prácticamente toda su vida en España, colaborador de José Zorrilla. Pero Falcón también es la tierra de adelantadas novelistas como Polita de Lima de Castillo y Virgina Gil de Hermoso. Notables poetas falconianos fueron Elías David Curiel, Ángel Miguel Queremel y Víctor José Cedillo. La lista de escritores crece con Agustín García, autor de las novelas “Urupagua”, ganadora del concurso del “Nuevo Diario” de 1932, y “Farallón”, accésit en el Premio Ateneo de Caracas de 1939. Importante resultará también Angel S. Domínguez, autor de “La Mojiganga”, publicada en 1938, y “El Haitón de los Coicoyes” de 1963. Quizá por eso, por venir de una región espléndida en literatos, a don Alejandro le resultó inevitable escribir.
Continuación:
Más de seis décadas de creación nos ofrece el maestro Lasser como prueba irrefutable de su pasión. Don Alejandro no ha dejado de escribir y a sus noventa años es el decano de los dramaturgos venezolanos. Pero es la narrativa el género de sus mayores ambiciones. Cuatro novelas publicadas, y dos más que permanecen inéditas, es el saldo que hasta ahora nos ha legado. Y fue una novelín o nouvelle la primera criatura que salió de la imprenta con su autoría. Transitaba el año de 1944 y el sello era el de la Tipografía Garrido. La novela corta, como el propio autor la definió, se llamaba “Sin Rumbo”. Y allí se aprecian los destellos de talento que más adelante fructificarán en narraciones estimables. El escritor que nos entrega “Sin rumbo” tiene las inseguridades propias de la juventud, aunque ya es perceptible la limpieza en la redacción, libre de ampulosas adjetivaciones tan del gusto de los tardíos románticos. La prosa de Alejandro es clara, precisa, y aquello se agradece, aunque lo verdaderamente renovador sea la temática de corte social que aborda. Y aquello es inédito si ubicamos ese libro en el distante 1944. Ese año no hubo muchas novelas de prestigio publicadas en el país. Quizá “Clamor Campesino” de Julián Padrón o “Tres palabras y una mujer” de Lucila Palacios, pero la lista es realmente corta. Por eso no sería audacia decir que lo más relevante en 1944 fue la aparición de este joven novelista, preocupado por la condición del hombre y su destino esclavizante. Aparición ciertamente feliz no importa que en ese primer esfuerzo ocurran algunos deslices de estilo o se peque de rigidez en los diálogos. Lo que sí debe encomiarse es la construcción sicológica de los protagonistas: Fidelio Suárez, el vendedor de la fábrica, y Elisa, la joven que las circunstancias llevan a la vida licenciosa. Un dilema ético, asunto constante en la narrativa y la dramaturgia de Lasser, es lo que acontece en “Sin rumbo”. Pero si ese interés por temas sociales puede ser agradecido, también se agradece el alejamiento de las formas criollistas en la manera de contar. Aunque la novela tiene pasajes que rememoran una Caracas campesina, a medio camino entre la ciudad agrícola y la capital de concreto, las descripciones se distancian de la onda nativista. Con sobriedad y tacto, Lasser llega a dibujar el ambiente de un lenocinio caraqueño, pleno de hipocresía provinciana y retratado con la pluma que ofrece delicadeza para con las vidas que allí se desenvuelven. Es importante detenerse aquí para descubrir las influencias literarias de don Alejandro. Le ayudan tres figuras enormes de nuestras letras: Pedro Emilio Coll, Julio Planchart y Carlos Eduardo Frías. Con paciencia Alejandro se reúne con ellos. Les lleva sus escritos primerizos y de Planchart, figura de la generación del 18, sacará un aprendizaje que suena sencillo, pero lleva toda la vida alcanzar: Escribe con precisión, con claridad, pero sin excluir la belleza. De Coll aprenderá ese legendario sentido circular del cuento que hizo famoso al autor de “El diente roto”. De Frías obtendrá una amistad perdurable, cosa que siempre se agradecerá en el solitario caminar del creador.
De mucha ayuda debieron ser aquellas conversaciones que le permitieron a Lasser lograr lo que la crítica ha considerado una de las novelas más importantes de la década del cincuenta. Estamos ahora en 1952. El libro viene con el sello de la editorial Moderna, una casa editora mexicana con sucursal en Nueva York. La obra es “La voz ahogada”. Tan poderosa ha debido ser la novela que don Alfonso Reyes, el más importante crítico mexicano del siglo XX (afirmación que seguramente no compartirán ni Octavio Paz ni Carlos Fuentes), la llamó “novela de fantasía y hondura extraordinarias”. Sin duda “La Voz ahogada” es una obra profunda y lograda, tanto que Alí Lameda, el poeta y crítico, en un artículo de 1956 en El Nacional situó la novela entre las diez mejores escritas hasta ese entonces en el país, junto a “Peonía”, “El hombre de hierro”, “Doña Bárbara”, “Fiebre”, “En este país”, “Las Lanzas Coloradas”, “La Casa de los Abila”, “Puros hombres” y “Los tratos de la noche”. Ahí están también los ensayos de Pedro Díaz Seijas, Ramón González Paredes, Oscar Sambrano Urdaneta o Arturo Capdevilla para establecer el valor literario de la obra. Sin embargo dos ocurrencias desafortunadas hicieron que esta novela no alcanzara la cota que merecía: La primera fue su agotamiento editorial sin que se publicaran nuevas ediciones, lo que la distanció de las generaciones siguientes. A pesar de ello, Roberto Lovera de Sola en un artículo de El Nacional fechado en 1980 la ubicará como una de las novelas que salvaron la década del cincuenta, dándole singularidad a un período que no fue provechoso en lo narrativo. La segunda condición desfavorable tiene que ver con el libro de Guillermo Meneses, “El falso cuaderno de Narciso Espejo”, que aparece el mismo año que “La voz ahogada”. Ambos comparten el privilegio de ser creaciones únicas en la poco explorada temática psicologista. Quizá coincidir en tiempo con una de las más reputadas obras de Meneses le restó espacio a la creación de Lasser. De forma conciente las dos novelas proponen una visión interior de los personajes, usando el juego del desdoblamiento y los espejos en la obra de Meneses, y los sueños y los meandros del subconsciente en la de Lasser. No nos equivocamos si decimos que no existe en la narrativa venezolana ninguna otra creación que se valga del universo freudiano como lo hace Lasser en esta novela. Son impecables los pasajes de los sueños, cargados de angustia por la falta que han cometido los personajes centrales, Leda y Tomás. En la estructura de la novela, el suspenso es de vital importancia, toda vez que esa falta mencionada, y que no es otra que un aborto, se mantiene oculta hasta casi la mitad del libro. Es un valor destacable la interesante forma con que don Alejandro maneja los tiempos verbales. Saltos de pretéritos imperfectos a presentes que mueven los planos interiores y convierten recuerdos en acciones actuales.
Pocas veces con tanta intensidad y a la vez con distancia tan medida se había narrado un aborto en la novela venezolana. Vale la pena mencionar también la exploración que hace el autor sobre religión y metafísica a través de dos personajes complejos: Julio Dávila y El Exilado.
Seis años debimos esperar entre “La voz ahogada” y el siguiente título. Un título que saldrá en Europa y bajo el sello editorial de la Compañía Bibliográfica Española. Se trata de “La Muchacha de los cerros”. Si volvemos los ojos al listado de novelas editadas en 1958, sólo “Batalla hacia la aurora” del trágico Andrés Mariño Palacios parece competirle a Lasser el mérito de obra más destacada del año. Pla y Beltrán, Juan Ángel Mogollón, Julio Rosales o la gigantesca firma del Nobel, Vicente Aleixandre, le dedican comentarios. Emparentada con “Sin rumbo” en cuanto a temática, “La muchacha de los cerros” se beneficia del crecimiento de don Alejandro en el conocimiento humano. Ubicada en las vecindades pobres de La Guaira, la historia de Teodoro, Delia y el niño Perucho, cargada de emotividad, contrapone la inocencia y la pureza del alma a la cruda realidad de la calle y la miseria. Obra de matices patéticos, de dolorosa crítica social, “La muchacha de los cerros” marcaría el inicio de un profundo silencio en la novelística de Lasser. Si vemos en perspectiva la fecha de publicación de “La muchacha de los cerros”, 1958, y la fecha de edición de “La espiral y el Círculo”, 1991, podremos concluir que fue muy largo ese silencio. “La espiral y el círculo”, impresa bajo el sello español de Fundamentos, es sin duda alguna una de las más audaces y ambiciosas creaciones venezolanas de la década de los noventa. Obra poderosa, de estructura aluvional, construida como su nombre lo indica por una historia circular que anda y se desanda a través de una espiral. Novela dentro de novela. Metanovela. Son muchos los calificativos para esta obra que don Alejandro tardó casi doce años en escribir, aunque como él confesara, venía ideando desde los cincuenta. En la novela, Agustín Castillo, un ginecólogo, se enfrenta al mundo de la política en medio de una profunda crisis personal. Pero Agustín es tan sólo el personaje de una novela que debe ser obligatoriamente leída por un prisionero sometido a la amenaza de ser ejecutado si no la termina en el tiempo acordado. Plena de simbolismos, “La espiral y el Círculo” apunta a recrear los movimientos naturales de la existencia: contracción y relajación, inspiración y expiración. Toda una matriz filosófica que se hace visible con el lenguaje y otras las acciones. La diástole y la sístole a lo que recurre Lasser es una forma de buscar la alegoría perfecta del hombre queriendo ser Dios. Emparentada lejanamente con “Rayuela” de Cortazar, en tanto arquitectura retadora de leer, o con “Yo el supremo” de Roa Bastos, en tanto alusión metafórica a la soberbia y el poder, “La espiral y el Círculo” debe incluirse con novelas como “Marzo Anterior” de José Balza, “Los caballos de la cólera” de Eduardo Casanova o “Andén Lejano” de Oswaldo Trejo, toda una bibliografía de la experimentación que Orlando Araujo dio en llamar Letras para armar.
Luis Beltrán Guerrero, Augusto Germán Orihuela, Elio Gómez Grillo, Helena Sassone, Juan Liscano, Eduardo Casanova Sucre, Agustín Quevedo Martín o el norteamericano Seymour Menton son algunos de los críticos que se han interesado en analizar esta novela titánica que contacta a veces con la ciencia ficción y la literatura fantástica. No por nada su autor la cree su obra definitiva. En 1992 “La Espiral y el Círculo” recibió el Premio de Novela Guillermo Meneses.
Prácticamente la obra narrativa de don Alejandro ha sido editada en el exterior. Un drama típico de nuestras letras. “Doña Bárbara”, “Las Lanzas Coloradas”, “Ifigenia”, “Cubagua”, “Ídolos Rotos”, las novelas fundacionales de nuestra literatura aparecen en España y Francia primero que en Venezuela, y sólo así logran incorporarse a nuestra memoria literaria.
Alejandro Lasser es un autor necesario. En él tiene sentido la disciplina de crear. Por eso a sus noventa años sigue escribiendo febrilmente ensayos, como el reciente trabajo que pone en paralelo la obra de Cervantes con la de Dostoiewsky, o densos dramas históricos o novelas de hondura sicológica. Salvo los homenajes que le brindaron el Instituto Cervantino de México, la Universidad y el Museo Iconográfico de Guanajuato en 2004, o el que le dispensara en marzo del 2006 el Círculo de Escritores de Venezuela, la creación de Lasser sigue siendo un misterio por descubrir. Un misterio que llevó a Ramón Gómez de la Serna a decir que don Alejandro era el autor de una obra “vibrante, reconstructora, aleccionadora…”
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
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José Tomás Angola nos presenta el recorrido de Ali Lasser por las letras de nuestro país. Sus obras no son criollistas y pueden estar dentro de las mejores de la literatura en lengua castellana. He apreciado la escritura del amigo Ali Lasser en diversos géneros: el teatro, el ensayo y la novela. Lo considero uno de nuestros mejores exponentes de las letras de Venezuela. José Tomás describe su obra y, mediante ese recurso, nos pinta la nobleza y alto humanismo de Alí Lasser.Para ambos un abrazo de felicitación. Alejo Urdaneta.













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