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Los Primeros Pasos del Quijote
Los Primeros Pasos del Quijote
por Eduardo CASANOVADesde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.
Eduardo Casanova
El Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Los Primeros Pasos del Quijote
La pequeña ciudad que nació bajo la sombra de la montaña cinética se ganó poco tiempo después el puesto de capital de la provincia por varias razones: porque a los conquistadores los impresionó la majestuosidad de esas montañas, porque el paisaje interno del valle les lució más familiar, más parecido a los que habían dejado allende la mar océana, porque querían alejarse de Coro que, aunque era un sitio bellísimo, se había llenado de historias que no querían recordar y, sin duda, porque la nueva villa era más segura de Coro, puesto que sus montañas ofrecían una forma de protección natural contra los piratas. Pero al poco tiempo de fundada los hechos vinieron a desmentir esta última razón. Corsarios ingleses tomaron la ciudad sin mayores complicaciones gracias a las indicaciones de un español de apellido Villapando, cuya muerte, aun cuando no hay de ello seguridad alguna, se habría producido poco después, cuando los asaltantes, en pago por sus servicios, lo ahorcaron en la entrada de Caracas, según Oviedo y Baños. El tal Villapando aparece en la narración de la “proeza” hecha por uno de los invasores ingleses como un hombre “débil y enfermo” (Núñez, Enrique Bernardo, Op. Cit., p. 50), capturado por los asaltantes en una carabela de la que se apropiaron en Cumaná. De la relación de Robert Davie se desprende que Villapando, luego de indicarles a los ingleses que no debían atravesar la montaña por donde los españoles tenían varios fuertes en los que cien hombres podían atajar a diez mil, no acompañó a los invasores sino se quedó esperando su liberación, que era el precio convenido por su información. El camino misterioso, que como todos fue practicado inicialmente por los indios, parece haber partido del Oeste de Caraballeda y desembocar en cualquier punto entre San José, Chacao y Anauco. Deben haber remontado el río San Julián o cualquier otro para ascender la montaña, bajar por el Sur y caer al valle, bien podría ser en el actual Country Club, o cerca de Altamira, y hasta por la zona de San José o Ñaraulí. Enrique Bernardo Núñez, en La Ciudad de los Techos Rojos supone que el informante debe haber sido Juan Sánchez de Villapando, a partir de un expediente levantado por Juan Fernández de León para el Consejo de Indias, cinco años antes del incidente con los ingleses. Sánchez de Villapando, según consta en dicho expediente, tuvo acceso al Registro General hecho por Diego de Losada como alcalde de Caraballeda, en el que se indicaba la existencia de varios caminos entre Caracas y la costa. Esa invasión de corsarios fue a fines de mayo de 1595, y poco menos de tres años antes el cabildo había pedido a uno de los pobladores de la pequeña villa, Hernando Sanz, que a cambio del permiso para importar mercancías en un viaje a España, trajera a Caracas una buena imagen de Santiago el Apóstol, a caballo y con su espada y los debidos ornamentos, que no debe haber sido muy útil ese 29 de mayo, cuando los piratas ingleses al mando de Amyas Preston, secuaz de Walter Raleigh (a quien los españoles, con su eterna incapacidad para pronunciar lenguas extranjeras, llamaban “Milor Guatarral") se hicieron fuertes en el templo (esquina de La Torre) y las casas reales (esquina de Principal), luego de una prequijotesca escaramuza en la que cayó muerto el nobilísimo caballero Alonso Andrea de Ledesma, de cincuenta y ocho años o cincuenta y nueve, que en ese tiempo se tenía por la edad de un anciano al borde de la muerte, montado sobre un viejo rocín y cubierto con una armadura oxidada de orines y un bacinete a manera de yelmo. ¿No hay algo demasiado familiar en esa imagen? El villorrio tenía apenas veintiocho años de fundado y teóricamente era segurísimo, pero ya los ingleses daban muestras de una astucia que poco después los colocó a la cabeza del mundo. Alonso Andrea, llamado “de Ledesma” por haber nacido en la villa de Ledesma, en la provincia de Salamanca, fue uno de los primeros conquistadores y pobladores del valle de Caracas, a donde llegó con Diego de Losada. Había nacido en 1536 ó 1537, y a los 21 ó 22 años, junto con su hermano, Tomé de Ledesma, se embarcó con armas y caballos hacia el Nuevo Mundo. Luego de un período en santo Domingo, estuvo entre los que acompañaron a Juan de Carvajal a Coro, y también con Carvajal fue de los primeros pobladores de El Tocuyo, en donde se casó con Francisca Matheos, hija de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. La pareja tuvo muchos hijos, y entre sus descendientes están Cristóbal Mendoza y Simón Bolívar. Acompañó a Diego García de Paredes a fundar Trujillo en 1557, y también con García de Paredes estuvo entre los que acabaron con la aventura del Tirano Aguirre. En 1564 viajó con Diego de Losada a ocupar el territorio de los indios Caracas, en donde se estableció definitivamente hasta el día de su muerte, que fue el 29 de mayo de 1595, poco tiempo antes de que la magia de su sacrificio crease, en la mente de Cervantes, aquel personaje que tanto se parece a él, excepto en el hecho de que don Alonso, el de la vida real, murió en desigual combate y en defensa de un territorio que no quería en manos de piratas, sino de gente honorable, como él, como sus descendientes. Su muerte impresionó vivamente hasta a los propios piratas que lo mataron de un tiro de arcabuz en la cabeza. El jefe de los asaltantes, Amyas Preston, luego de la heroica muerte de Andrea de Ledesma, y de sus curiosas exequias (los invasores lo cargaron sobre su escudo y le rindieron honores de héroe), se alojó en la casa de los gobernadores, que acababan de construir en la esquina de Principal para evitar que el Ayuntamiento tuviera que reunirse en la casa particular de uno de sus miembros, o del propio gobernador. Allí fijó un “rescate” de treinta mil ducados, pero los vecinos (Preston no pudo verlos ni hablar con ellos, sino con un representante, pues casi todos huyeron a los montes cercanos con todo lo de valor que pudieron cargar) eran pobres y avaros, y después de mucho dudarlo, hicieron una contraoferta que el inglés debe haber considerado ofensiva: cuatro mil ducados. La rechazó de plano, y le dio al comisionado una moneda de dos peniques para que los otros tuvieran que creerle que sí se habían visto. El 2 de junio, luego de nuevas y arduas (y, por supuesto, infructuosas) discusiones, los ingleses dieron un ultimátum: Si el 3, a mediodía, no tenían los piratas los treinta mil ducados, el 5 no tendrían los habitantes de Santiago de León su ciudad. Ya un indio le había asegurado a Preston que los ladinos españoles, con el regateo, no hacían otra cosa que ganar tiempo, en espera del auxilio que desde el principio pidieron a poblaciones cercanas, por lo que el asaltante, molesto porque el esfuerzo había sido casi en vano, y porque pensaba que los españoles había tratado de jugarle sucio, se retiró luego de destruir todo lo que pudo destruir y quemar todo cuanto pudo quemar. Salieron por donde mismo entraron, y no por el camino fortificado, ese que los caraqueños de hoy llaman “de los Castillitos", que fue en donde los piratas, desde la distancia, encontraron “formidables” las defensas de los caraqueños. Lástima que fueran inútiles ante el asalto de los piratas que como única resistencia encontraron el heroico y personalísimo sacrificio del hidalgo don Alonso Andrea de Ledesma.
Algo que nunca se ha dicho es lo relativo a la posibilidad de que no sea mera especulación el atribuir a la muerte de Alonso Andrea de Ledesma un tono cervantino. Los hechos americanos se comentaban entonces a viva voz en Sevilla o en Madrid o en cualquier lugar de España, y una hazaña tan inútil y tan española como la de Ledesma no puede haberse ignorado en su momento, y mucho menos en Sevilla, en donde Cervantes vivió entre 1587 y 1602, y desde donde, cinco años justos antes de la muerte de Ledesma, el 21 de mayo de 1590 se dirigió por escrito al Consejo de Indias en busca de “un oficio” en América, que no consiguió. Aunque, más por razones turísticas que históricas en un pueblo de La Mancha, Argamasilla de Alba, aseguran que fue allí en donde Cervantes inventó su personaje, la realidad parece ser bien diferente. Es posible que ese lugar de La Mancha, cuyo nombre no quiere acordarse, sea Argamasilla, en donde Don Miguel la pasó muy mal y se dice que fue arrestado por Don Rodrigo de Pacheco por haber piropeado (quién sabe cómo) a su hermana, Magdalena de Pacheco, pero no hay ningún indicio de que haya sido allí en donde “concibió” a Don Quijote, ni mucho menos de que exista la posibilidad de que el personaje se haya inspirado en quien lo encerró, como suelen afirmar por razones, repito, estrictamente turísticas, los actuales habitantes del lugar. En cambio, es un hecho demostrado que, poco después de la muerte de Ledesma, cuando con toda probabilidad llegó a Sevilla la crónica del hecho narrada por Gaspar de Silva, Miguel de Cervantes estaba en la ciudad: “Se sabe que Cervantes estaba en Toledo –cuenta uno de los mejores biógrafos de don Miguel– el 19 de mayo (de 1595) (…) Probablemente hacia el final del mes llegaron noticias de Sevilla: Freire, se le dijo, había quebrado y se había fugado con 60.000 ducados, incluidos los aproximadamente 670 ducados que le había depositado Cervantes. (…) Las noticias hicieron que Cervantes se apresurara a ir a Sevilla, donde se encontró con que los acreedores de Freire ya habían cerrado filas en torno a la ruina. (…) El regreso a Sevilla forzó a Cervantes a través del pavoroso calor de agosto” (Byron, William, CERVANTES: A BIOGRAPHY, Doubleday & Company Inc., Garden City, New York, USA, 1978, p. 379). ¡Y en agosto llegaron a las calles sevillanas las noticias de la muerte de Ledesma en Caracas! Algo más de dos años después, en octubre o septiembre de 1597, se produjo su primera reclusión en la cárcel ubicada en la Calle de las Sierpes de Sevilla, “en donde toda incomodidad tiene su asiento” y “se engendró” el Quijote. Don Miguel, que debe haberse maravillado, como mucha gente en aquellos días, con la noticia narrada por el hijo de Garcí González de Silva, no estaba preso por algún lance de honor o por razones relacionadas con la vida de un hidalgo, sino por haberle confiado fondos públicos a Simón Freire de Lima, el banquero que quebró y lo dejó al descubierto, hecho ocurrido poco después de que en mayo de 1595, es decir, días antes del sacrificio de Ledesma, se le otorgara –a Cervantes, claro– un premio literario (tres cucharas de plata) en una justa poética en honor a San Jacinto, en Zaragoza. Laureado, con deseos de ir a Santa Fe de Bogotá o a La Paz o a Guatemala, seguramente leía hasta con ansiedad todo cuanto pudiera de aquel mundo al que no pudo ir y del que escribió en 1600, cosas terribles: “Viéndose pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quien llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos”, son los términos que utiliza Cervantes para describir la América española en “El celoso extremeño”, escrita posiblemente en 1600, y terminada en 1606 (Miguel de Cervantes, El celoso extremeño, en Obras Completas, M. Aguilar Editor, Madrid, 1943. p. 866), como para justificar ante sí mismo la frustración de haberse quedado de ese lado de la mar océana. Así debe haberse topado con el relato que del extraño suceso hizo Gaspar de Silva, en el que dice en un lenguaje que tiene mucho del tiempo de don Miguel “que sabe este testigo y vido cómo el dicho capitán, como tal y siendo, como era, tan gran señor, le embistió al enemigo inglés a caballo, con su lanza y adarga, y andando gran rato escaramuzando entre ellos como tan valiente soldado y servidor de Su Majestad, le dieron un balazo que lo mataron, y cayó muerto de su caballo…” (Pardo, Isaac J., Op. Cit., p. 197). Hay en la escena demasiado de arremeter contra molinos de viento o contra una tropa de ovejas como para no pensar en claras similitudes. Lo cierto es que los ingleses, admirados por al valor del veterano héroe, premiaron su hazaña colocando el cadáver sobre su escudo y rindiéndole toda clase de honores, a pesar de las circunstancias en que se hallaban en el lugar. ¿Podría haber algo más parecido a lo que pocos años después publicó Cervantes? Además, a don Miguel bien podría haberle llamado la atención el nombre del héroe muerto, pues no debía serle en absoluto desconocido: Como todos los poetas de su tiempo, don Miguel tenía que estar enterado de la existencia del poeta segoviano Alonso de Ledesma (1562-1623) iniciador del conceptismo en España. Como puede verse, hay demasiadas coincidencias que avalan esta hipótesis y la hacen definitivamente plausible. Y la hipótesis del origen caraqueño de Don Quijote se hace más atractiva cuando se cae en cuenta de que quienes viajaron a Venezuela no fueron los nobles, sino delincuentes que pagaban penas o desesperados capaces de cualquier cosa, o los descendientes de antiguos caballeros e hidalgos venidos a menos, como el propio don Quijote de la Mancha (a quien, además, Cervantes llamó don Alonso, que es el mismo nombre de pila de Ledesma), con su escudilla vacía y sus sueños partidos, que en muy poco o nada se diferenciaba de todos, o de casi todos los que fundaron ciudades y recorrieron llanos y montañas en esta Tierra de Gracia. Recuérdese, además, que siempre existió una doble comunicación, de ida y vuelta, entre la España de Cervantes y la América de Ledesma: En América, por ejemplo, no lejos de Caracas, se le cambió el nombre a un sitio para llamarlo La Victoria, en honor a la victoria obtenida entre otros por don Miguel en la batalla de Lepanto. De manera que es mucho más que posible que la idea, el personaje de Don Quijote, le haya llegado a Cervantes desde Santiago de León de Caracas. En consecuencia, deberíamos empezar a decir que la brevísima gesta de Ledesma no es cervantina, sino la larguísima del Quijote fue ledesmina.
Cervantes o no Cervantes, Quijote o no Quijote, Ledesma o no Ledesma, poco provecho sacaron los filibusteros de aquella aventura, pues los habitantes y sus autoridades, con la excepción del héroe y mártir don Alonso Andrea de Ledesma, el propio Gaspar de Silva que contaría después lo acontecido, Diego de los Ríos, Cristóbal Mejía de Ávila y otros pocos enfermos o ancianos que no podían huir, apelaron a un recurso que se probó eficiente doscientos y tantos años después, cuando el caraqueño Francisco de Miranda quiso invadir el país a comienzos del Siglo XIX: La huida discreta y simple, con todo aquello que pudiera llevarse al escondite, que en ese caso era en la bella montaña que sirve de muro a Caracas en el norte. De manera que no había oro ni piedras preciosas ni casi nada de valor en la villa. El 3 de junio Preston y sus secuaces, dignos hijos de la Gran Bretaña, como vimos, al fracasar las negociaciones de “rescate", optaron por retirarse, luego de destruir y quemar la pequeña ciudad, cuyos daños, al decir de los cronistas, fueron exagerados por los invasores, quién sabe con qué propósitos.
Después, no sólo por maldad sino en preparación de futuros asaltos y quién sabe si con la mira puesta en una ocupación permanente de esas tierras tan bien ubicadas desde el punto de vista estratégico, quemaron lo que pudieron en La Guaira y destruyeron cuatro barcos en Chichiriviche, camino a Coro y no lejos de la isla de Curazao, antes de irse a regar el terror por otras aguas.
Por cierto que mientras los santiaguinos (de Caracas) huían al monte y Alonso Andrea de Ledesma cumplía su gesta solitaria, la ciudad estaba absolutamente desprotegida: El gobernador, Diego de Osorio había salido poco más de un año antes (el 16 de junio de 1594) a visitar con evidente calma y deleite todas las ciudades de la provincia para organizar el gobierno “conforme al plan establecido” (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 86); el teniente de gobernador, Juan de Ribero, no se encontraba por todo eso; el primer alcalde, Garcí González de Silva, de viaje por la costa, y el segundo, Francisco Rebolledo, en cama con calenturas. La ciudad no tenía armas ni pólvora, y nadie supo qué hacer. La tradición de nuestros gobiernos, como se ve, tiene solera.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
3 comentarios
esa hipotesis sobre don quijote, puede que este equivocada, pero merece ser verdadera.y otro datico, como conozco muy bien todo el parque el avila, y si salieron de carabaleda la unica parte por donde pudieron subir es por el rio san julian y luego tomaron al oeste llegando a lo que ahora es galipan. y luego bajaron por ahi llegando a lo que es san Barnardino o cotiza.
Las posibles rutas ue propusistes no son practicables, a menos que tuvieran un buen entrenamiento como escaladores. En la zona que tu dices hay grandes paredes algunas de casi 200 o 300 metros casi verticales. el camino que se utiliza para bajar a la costa por esa parte se toma casi llegando al naiguata, partiendo del pico oriental,.
si tomaron ese camino de subido, se tuveiron que encontrar en un gran problema ya que no hay agua hasta llegar a lagunazo y son como 8 a 10 horas de cvamino, y tal vez mas si llevaban armas y armaduras.
con esos pertrechos el unico camino logico y practicable, es el que dije al principio
Luis:En mi escrito la ruta que señalo es la misma que dices, pero no las propongo yo, las señalan los historiadores que se han ocupado del tema. Se sabe que subieron por el San Julián, desde Caraballeda y que siguieron picas que conocían los indios, y que llegaron a Caracas, a lo que hoy es el centro, cerca de la Catedral, desde el Este, probablemente hayan bajado por lo que hoy es San José, o por San Bernardino actual. Y se sabe que en el camino alcanzaron a divisar los "castillitos", lo que indica que bajaron muy cerca de La Pastora, es decir, sí debe haber sido por San José. El camino intermedio que siguieron, se ignora. Pero no llevaban armaduras ni nada parecido.
Saludos.
Recuerdo haber leído este articulo hace poco tiempo y me intereso muchísimo en realidad. El tema de la piratería del siglo XVI siempre me ha llamado la atención y efectivamente según referencias bibliograficas que he consultado, como diccionarios de historia de Venezuela, respetables historiadores hacen mención de la entrada de Amayas Prestos y sus hombres por un camino que conocían los indios. Ahora bien, la tesis de Luis, de que los piratas iban cargados de armaduras y armas, según lo que han registrado los historiadores y como usted Sr. Eduardo ha dicho, es falsa, puesto que los piratas emprendían los saqueos a las ciudades y pueblos precisamente para abastecerse de agua, alimentos, y otros enceres (no tan necesarios) y quizá, si fuera el caso, de camino al saqueo llevarían a lo mejor una que otra botellita de ron.En realidad me parece una excelente hipótesis dadas las analogías y cronologías que se presentan en el escrito. Y si fuera cierto o no (que no lo sabremos a menos que despertemos a Cervantes de su tumba y le preguntemos) es emocionante.
Ahora, si me permite agregar, afirmar que Don Alonso Andrea de Ledesma era caraqueño es un poco amplio dado que según los registros, Don Alonso era habitante del pueblo de Baruta, por lo tanto era un baruteño o un hatillano hoy en día, aunque el gentilicio caraqueño sea mas fácil de ubicar e interpretar para los lectores.
Mis respetos.














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