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Después de la anárquica rebelión popular de Caracas, la de febrero de 1989, muchos políticos se dieron cuenta de que la democracia estaba en peligro. Pero no hicieron absolutamente nada. Y después del fracasado golpe de febrero del 92, en el Congreso hubo un movimiento que llamaba a la sensatez y a que los políticos dejaran de lado sus privilegios y sus abusos, hasta que un diputado de Copei se paró y dijo que no tenían por qué hacerlo. Era más cómodo seguir abusando, seguir con los privilegios, y prácticamente burlándose del pueblo. Algo más de seis años después se pagó con sangre ese disparate: llegó al poder un militarcito resentido, incapaz y deshonesto, que había fascinado a las masas con su irreverencia y su actitud casi diametralmente opuesta a las de los políticos solemnes que mantenían sus privilegios y sus abusos. Ese militarcito, en definitiva, tiene mucho de payaso. Una de las últimas fue la gracejería de decirle al Rey de España, el que lo mandó a callar, “¿Por qué no nos vamos a la playa?”. Mucha gente celebrará esa tontería, porque en realidad es divertida. Es una payasada más, que ningún político profesional haría. Y como no hay nada más odioso que la solemnidad y la falsedad de un “político profesional” de esos que se negaron a dejar atrás sus abusos y sus privilegios, la informalidad puede parecer atractiva. Pero en ese militarcito resentido e incapaz no es informal. Es un payaso. Y los payasos están bien en el circo, pero no manejando a su antojo un país. La democracia es cosa seria, pero lo serio puede ser informal, no tiene por qué ser solemne ni mantenerse a años luz de la gente. Es hora de que la gente actúe y deje atrás a los solemnes y a los payasos. Las elecciones de gobernadores y alcaldes son una excelente oportunidad para lograrlo. La unidad es el camino. El ancho camino contra la solemnidad. Y contra la payasada.
El problema es que este es un payaso sádico cuyos chistes hace sufrir a la nación. El que siga actuando puede significar la muerte del pueblo: esa sería su última payasada. Gonzalo Palacios G.
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