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La Acidez de Bibliófilo
La Acidez de Bibliófilo
por Gonzalo PALACIOS G.Quien lea “El viejo librero” (LITERANOVA, 15/08/08) se dará un banquete literario; lamentablemente, en Venezuela todo “banquete” ofrece el peligro de un ataque de acidez. “El viejo librero”, un fino cuento por Alejo Urdaneta, introduce al lector en el maravilloso mundo de los libros y corotos usados. Urdaneta hace honor a la memoria de los filósofos estoicos quienes proponían que la economía de palabras es señal de precisión en el arte de expresarse. A su vez, la precisión conduce a la Belleza, el eidos o ideal platónico que debe guiar toda acción humana. Basten las siguientes líneas para comprobar que la parquedad de palabras demuestra el dominio que Urdaneta tiene sobre ellas:
El viejo robaba de sus libros y objetos de antaño vidas vividas, palpaba en el lomo de las ediciones in-octavo la fragancia que el tiempo depositó, su mirada quedaba detenida en pinturas de siglos pasados.
No es la vida vivida que le robamos a nuestros viejos amigos de papel la que nos puede causar un malestar físico y metafísico, ni tampoco la elegante y silenciosa compañía con la que nos distinguen desde los estantes de nuestras “bibliotecas”. La “indigestión” o acidez a la que me refiero se refleja en las últimas líneas de “El viejo librero:
Del destino de los libros y de tantos objetos valiosos nadie supo. Estarán, quizás, dispersos y hasta perdidos o destruidos. Pero en cualquier lugar donde estén, nunca tendrán la magia que rodeó el recoleto lugar debajo de un puente en la ruidosa avenida.
En Venezuela sufrí el mal al que me refiero arriba, la “acidez del bibliófilo,” en dos ocasiones, ambas relacionadas con mis labores editoriales en la serie “Los Escritos del Libertador” (Ediciones de la Presidencia de la República). Además de literario, mi “banquete” era también histórico ya que los “Asesores Técnicos” de la Comisión Editora eran Don Pedro Grases y Don Manuel Pérez Vila. Desde entonces me ha sido imposible calcular las posibilidades de que dos educadores de la talla de estos dos señores coincidieran en mi formación intelectual. Y aunque denomino como “banquete” las actividades que nosotros tres llevamos a cabo durante un período de tres años escasos, conviene aclarar que utilizo el vocablo menos como metáfora de los placeres del buen comer y beber y más como recuerdo de lo acontecido en el Simposio de Agatón hace unos 25 siglos. Lo que nos describió Platón en ese diálogo fue un proceso de aprendizaje dialéctico en el que participaron unos 10 invitados. Cada uno recostado sobre un sofá, conversaban sobre el Amor mientras jóvenes esclavos traían alimentos y bebidas a los comensales. Don Pedro, Don Manuel y yo conversábamos sobre Simón Bolívar, sus virtudes cívicas, Simón Rodríguez, Andrés Bello, los filósofos que influyeron en el pensamiento del Libertador y muchos otros temas que facilitaban y hacían posible la labor de editar los escritos del gran venezolano. Nuestro “banquete” consistía de un “negrito” en el restaurante La Atarraya en la Plaza del Mercado, que nos abría sus puertas a las 7, cuando los rayos del sol alumbraban el Ávila diagonalmente desde Petare. Una vez consumido el café matutino volvíamos a nuestras labores. La gran mesa de caoba de la Biblioteca de la Sociedad Bolivariana era nuestra sala de “banquetes”, alrededor de la cual elucidábamos los auténticos escritos bolivarianos. Todo esto comenzaba diariamente a las 4:30 de la madrugada y terminaba al mediodía. Me acuerdo la primera vez que llegué a trabajar, aun de noche, con frío (finalmente entendí lo del “mantuanaje”), y sin llave para el portón de la Sociedad Bolivariana. El ruido del aldabón – casi un trueno en medio de un silencio sepulcral – no sólo llegó a oídos de Don Pedro que se encontraba en el interior de aquella mansión seudo-colonial sino que despertó a una vieja que solía dormir en el zócalo de la venta de billetes de lotería al lado opuesto de estrecha calle. El bulto de bolsas plásticas, periódicos y por lo menos una manta comenzó a deshacerse y a maldecirme por haberla despertado. La vieja primero describió a mi madre y luego procedió a identificarme como “hijo de…” En ese momento Don Pedro abrió el portón y salvó a la vieja de pasar juicio sobre mi persona sin fundamento alguno. “Cállese ya, doña Marta! Respete!” La vieja, de espaldas a nosotros y en cuclillas, orinó por primera vez ese día y comenzó a recoger sus pertenencias, al mismo tiempo que rezongaba para sí misma. “Y no se preocupe, el Dr. Palacios no la volverá a molestar mañana,” y me entregó la llave para el portón. Al poco tiempo llegaba Don Manuel y era entonces que le entrábamos al “banquete.”
El primer caso de “acidez del bibliófilo” lo sufrí en la casa vecina a la Sociedad Bolivariana, la Casa Natal del Libertador. Frecuentemente tenía que consultar el “Archivo” de Bolívar, o sea, los originales de la mayor parte de sus cartas, proclamas y otros documentos que el Dr. Vicente Lecuna había declarado como fidedignos del Padre de la Patria. Por razones inexplicables, había sido el deseo del Dr. Lecuna que aquellos papeles no saliesen de la caja fuerte en las que se guardaban desde principios del siglo XX. Sin control alguno de temperatura ni de humedad, cada vez que la funcionaria encargada de aquel tesoro histórico abría la pesada puerta de acero, yo pensaba que estábamos extendiendo la vida de millones de microbios, alimañas y quién sabe qué otros parásitos para quienes aquellos documentos constituían otro aspecto del “banquete.”
“Francisco,” llamé al portero. Un hombre delgado, de traje marrón claro y corbata negra (la corbata era obligatoria), Francisco llevaba ocho años trabajado como portero de la Casa Natal. “¿Aquí hay un baño para los empleados?” Le pregunté, sabiendo que no lo había para los visitantes.
“Allá atrás, en el corral. Detrás del jardín de los granados,” me dijo. “Usted sí puede pasar, usted es de la casa.” Y, por primera vez en mi vida, entré a un sitio que hasta entonces consideraba secreto, algo así como los sótanos de la Iglesia de San Francisco, donde, decían las malas lenguas, estaban enterrados los hijos de los monjes franciscanos de la Colonia. El corral de la Casa Natal ocupaba prácticamente la octava parte de esa manzana. Hasta el siglo XIX era la caballeriza de la casa, y más tarde, antes de la renovación que se le hizo en tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez, depósito de una casa comercial. Apenas pasé a aquella zona prohibida al público, a mi izquierda, bajo un techo de zinc a una altura no menor de seis metros y a lo largo del patio aquel, unos 20 metros en total, libros. No unas cuantas cajas de libros, tampoco unos dos o tres cientos libros sueltos: piense el lector entre 15 y 30 mil volúmenes arrumbados, a la intemperie buena parte de ellos, alimento no para bibliófilos sino para las ratas y los ratones que se paseaban y escondían detrás de un castillo formado por unos cuantos ejemplares de El Correo del Orinoco, o las obras de Francisco de Miranda, Andrés Bello, Alvarado, y hasta las del doctor Vicente Lecuna, cruel ironía de aquel triste espectáculo. Esa misma tarde pedí autorización del Presidente de la Sociedad Bolivariana, Don Cristóbal Mendoza, para recuperar el mayor número de libros posible, empaquetarlos y donarlos a los diferentes planteles educacionales de la nación. Don Cristóbal me dio el permiso de inmediato y al día siguiente comencé aquella tarea cuya magnitud y suciedad me recordaba la de Hércules y los establos del Rey Augeas. Lamentablemente, no logré concluir mi trabajo pues tuve que ausentarme del país y “Del destino de los libros y de tantos objetos valiosos nadie supo. Estarán, quizás, dispersos y hasta perdidos o destruidos.”
El segundo caso de “acidez de bibliófilo” me dio en Ciudad Bolívar, hace unos treinta y cinco años. Estaba de vacaciones con mi familia y quise enseñarle a mi esposa, oriunda de Pennsylvania, la casa donde tuvo lugar el Congreso de Angostura. Allí se conservaban los libros y documentos bolivarianos desde la fecha misma del Congreso. Llegamos a la casa sin dificultad alguna. Estacioné en frente del famoso edificio y me dirigí a quien aparentaba ser jefe de una cuadrilla de pintores. Era la hora de almuerzo y hacía un calor sofocante. Las ventanas de la casa del Congreso, abiertas de par en par, el interior perfectamente blanco y vacío.
“Maestro,” le dije, “buen provecho. ¿Y los libros? ¿Están al fondo?” Le pregunté.
“¿Libros? Mi contrato es para pintar la casa. ¿Tú sabes algo de libros?” el jefe de la cuadrilla se dirigió a los otros dos hombres que almorzaban con él.
“Aquí no se venden libros. Lo único que encontramos nosotros aquí eran unos cajones con libros y papeles que se los estaban comiendo las cucarachas y los ratones. Nosotros botamos esos cajones en el río. Eran como 20 o 25 cajones. Grandes, casi del tamaño de…” Pero ya yo no podía oír al hombre. ¡Al río! Los archivos del Congreso de Angostura, al río! Las palabras de “El viejo librero” de Alejo Urdaneta resultaron ser historia en lugar de ficción:
Del destino de los libros y de tantos objetos valiosos nadie supo. Estarán, quizás, dispersos y hasta perdidos o destruidos. Pero en cualquier lugar donde estén, nunca tendrán la magia que rodeó el recoleto lugar debajo de un puente en la ruidosa avenida.
Cada vez que pienso en estos episodios, me repite la “acidez del bibliófilo.
Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.
4 comentarios
Esta excelente reflexión de Gonzalo Palacios, creada a partir de un cuento magnífico de Alejo Urdaneta, nos enfrenta a una realidad terrible: la Venezuela nuevarrica, la Venezuela petrolera, no tiene el más mínimo interés por su historia ni por su cultura. Prefiere gastar, malgastar, dinero a manos llenas en necedades. O peor aún, en abusos de poder. Ojalá que voces claras, luminosas, como las de Palacios y Urdaneta, logren cambiar algún día esa negra realidad que puede condenar a los venezolanos a sobrevivir en un mundo permanente de tinieblas.
Esta historia que puede ser un buen cuento y el esbozo de una novela, de Gonzalo Palacios, es le verdad de todos los soñadores de la imaginación, en la persecución de sucesos que reanimen la vaciedad de la vida ordinaria. Gonzalo, al igual que tantos escritores (de ficción o historia, pero siempre del hombre), es fiel a su vocación de ladrón de ideas, único delito autorizado por códigos penales de todo el mundo. Su peripecias para entrar en la magia de la invencíón nos deja una sonrisa cómplice. Todos estamos con él.Y gracias por haber tomado el impulso de mi cuento, porque ya Gonzalo era el mismo impulso.
Un abrazo, Alejo Urdaneta.
Alejo y Eduardo, mil gracias por tan honrosos comentarios. Espero seguir aprendiendo de ustedes, saludos, Gonzalo Palacios G.
Nuestra famosa identidad Americana, ¿donde queda? Nuestro pasado no son solo datos en libros que nadie consulta...Buen artículo,me estoy volviendo aficionado a su bitácora amigo...
















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