Literatura - Política - Arte

face twitter

Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

« El Surgimiento del Totalitarismo (Siglos XIX y XX) - Segunda ParteRafael Vegas, Psiquiatra y Civilizador Contemporáneo »

La Pequeña Torre Amable

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

I

El Paraíso Partido

(Venezuela antes de la Independencia)

La Pequeña Torre Amable

Una de las evidencias de que algo no anda bien entre los caraqueños es el que no utilicen la imagen de la pequeña y amable torre de la Catedral como símbolo de la ciudad. Símbolo de la Caracas urbana, porque el símbolo verdadero del valle no es otro que la hermosa montaña cinética que a toda hora marca el Norte, como una brújula enorme, natural y bella. Se ha tratado de que el pequeño y teatral edificio del Capitolio, o las torres del Centro Simón Bolívar, o los edificios de Parque Central, que de parque no tienen nada, salvo el nombre, se conviertan en esa imagen de la ciudad. Pero la pequeña y amable torre, con su reloj y su estatua en el tope, se mantiene, paciente y quieta, en su sitio, en dócil espera de que le reconozca su preeminencia. Allí está siempre, no sólo en su sitio geográfico, sino en su sitio moral, como una presencia lejana y tranquila que recuerda todo el que está lejos de su ciudad, sobre todo si ese estar es más o menos permanente o muy prolongado. Es algo que siempre será así para los que de verdad amamos la ciudad junto a la montaña cinética, pase lo que pase.
Claro está que no podría tener la misma grandiosidad de la catedral de Ciudad de México, o de la de Lima, o la de Bogotá. México, Lima y Bogotá fueron ciudades mucho más importantes durante el período de dominio español que Caracas. Hay hasta en la propia Venezuela templos mucho más importantes, no sólo porque fueron hechos con más recursos, sino porque no tuvieron que sufrir los dudosos procesos de reconstrucción por los que pasó el de Caracas.
Su historia es casi tan humilde como su aspecto. Casi diez años tardó el maestro carpintero Juan de Medina en levantarla (entre 1665 y 1675). Ya la pequeña ciudad tenía, entonces, un siglo de nacida, y además de los problemas creados por su fundador, que abandonó la aldea, ofendido porque no se le habían reconocido sus méritos y derrotado políticamente por Francisco Infante, y dejó tras sí una división que al parecer se ha mantenido por más de cuatro siglos. Y ya había conocido el castigo natural de los temblores, que a lo largo del tiempo se han convertido en costumbre.
Setenta años después de que los ingleses de Preston (cuando mataron a Alonso Andrea de Ledesma) dañaran la el pequeño templo que había mandado a construir Losada, el maestro de carpintería Juan de Medina fue contratado por las autoridades para la construcción de la torre de ciento cincuenta pies de altura. En ella se ubicarían las diez campanas “de voces muy sonoras” que hasta entonces habían estado “colgadas de groseros horcones". Ya para esa fecha el templo había sufrido los rigores de un terremoto, el 11 de junio de1641, que echó por el suelo todo lo que existía, excepto los muros de piedra que resistieron, y las leyendas que empezaban a nacer, como la de María Pérez (Maripérez), que según la tradición era una anciana muy rica, que ayudó al obispo Mauro de Tovar a rescatar la Custodia de entre las ruinas del templo (poco antes elevado al rango de Catedral) y con cuyas dádivas y donaciones de tierras se reconstruyó el edificio. La existencia real de María Pérez no ha sido probada. Según don Arístides Rojas, que es uno de sus admiradores y embusterísimo, su imagen ha estado en la Catedral desde 1664 o 1674, cuando el maestro de carpintería reparó las heridas del tiempo y, sobre todo, le puso su gran torre. En esa oportunidad, cuenta don Arístides, se habría colocado en la pared occidental del coro, ese retablo “de regular tamaño, el cual representa el martirio de San Esteban” y en el que junto al obispo Mauro de Tovar estaría “retratada” Maripérez. El ilustre médico e historiador informal caraqueño, a mayor abundamiento, narra con lujo de detalles que su factura estuvo relacionada con un hecho “si se quiere vulgar, pero que exigía cierta reparación de la sociedad caraqueña", como lo fue la colocación de María Pérez, o más bien de su caricatura, en el purgatorio, un poco a lo Dante, por un tal Mauricio Robes ("cierto gallego, pintor de brocha gorda, insolente y desvergonzado por hábito, pues no había hora en que de su boca no salieran descomunales improperios") (Rojas, Arístides, Crónicas de Caracas, 1a. Edición: Biblioteca Popular Venezolana, Dirección de Cultura, Ministerio de Educación (Venezuela), Imprenta Balmes, Buenos Aires, República Argentina, 1946. Reed: Fundarte, Colección Rescate/3, Caracas, Venezuela, 1982., pp. 77-78). Las investigaciones de Alfredo Boulton (Boulton, Alfredo, El Solar Caraqueño de Andrés Bello, La Casa de Bello, Caracas, 1978, p. 45) han probado que el retablo en cuestión es muy posterior y fue pintado por Juan Pedro López, el abuelo de Andrés Bello. Por su parte, Monseñor Nicolás E. Navarro no encontró en los archivos de la Catedral ningún dato cierto sobre donación de tierras por parte de la señora María Pérez, como querría la tradición, y sí, en cambio, pudo localizar evidencias de que ciertas funciones denominadas Manuales se financiaban con donaciones de una señora llamada María Pérez, que, legendaria o cierta, terminaría dando nombre a una parte de la ciudad actual, muy distante entonces de la pequeña aldea de los temblores (Navarro, Monseñor Nicolás E., La Catedral de Caracas y sus funciones de Culto, Parra León Hermanos, Editores, Caracas, 1931).
Sí hay pruebas, en cambio, y en exceso, de la existencia del obispo Fray Mauro de Tovar, el hombre que al salir de Caracas se sacudió el polvo de las zapatillas y dijo: “de Caracas ni el polvo, ahí se los dejo", y que tomó posesión de sus funciones el 20 de diciembre de 1640 y al poco tiempo inició un terremoto político, cuya única tregua fue el telúrico. El 28 de octubre de 1637 había recibido formalmente el cargo de gobernador y capitán general de la Provincia de Venezuela un hombre joven y emprendedor, marino de profesión: El general Ruy Fernández de Fuenmayor. En 1640 el capitán general se casó con una caraqueña, doña Leonor Jacinta Vásquez de Rojas, descendiente directa de fundadores de Santiago de León de Caracas. Fray Mauro era voluntarioso, cerrado y fanático, y era inevitable que se enfrentara a don Ruy, que a su vez era autoritario, orgulloso y muy celoso del poder civil. La guerra entre ambos estalló en los tejados. Un cura, maligno según algunos, de apellido Sobremonte se encarga, además, de echar yesca al fuego, y hay amenazas mutuas de excomunión y de expulsión en mula con el jinete viendo hacia atrás. La Audiencia de Santo Domingo envía a un Juez Pesquisidor, a quien el padre Sobremonte, según algunos, habría hecho asesinar a puñaladas a los pocos días. Desde el púlpito los curas, en no muy cristiana afirmación, sostienen que no es pecado vengarse de sus enemigos. Hay motines, corre la sangre. Los ataques de los corsarios a Maracaibo y La Guaira sirven de segunda tregua por muy poco tiempo, y logran que Fray Mauro se arme y, curiosamente, defienda la ciudad al lado de su enemigo el gobernador. La guerra, predecesora de la que en el Siglo XIX se planteó entre el guzmancismo y la Iglesia, cesa en 1644, cuando don Ruy entrega el mando a su sucesor, que por lo visto tenía más paciencia que el marino. Años después, el hijo del capitán general, don Domingo Baltazar Fernández de Fuenmayor, y la sobrina del obispo, doña Isabel María de Tovar y Mijares de Solórzano, se casaron en la Catedral, como para que el pleito de sus familias no pudiera ser usado como tema, anacrónicamente desde luego, por William Shakespeare.
En esos días de la reconciliación de las familias Fuenmayor y Tovar, veinticuatro años después del terremoto de 1641, el cabildo encomendará al dicho maestro de Carpintería Juan de Medina que termine la reconstrucción del templo y le agregue una torre de ciento cincuenta pies; la misma que desde entonces ha estado en el sitio, a pesar de los terremotos. O casi la misma, pues la actual fue recortada. Tras diez años de trabajo, el maestro carpintero cobrará “200 pesos de albricias", según queda explicado en las actas del Cabildo.
Un siglo y cuarto más tarde, la torre debió pasar otra prueba salida de las entrañas del planeta: El 21 de octubre de 1766 de nuevo la tierra se sacudirá, como para quitarse de encima el peso de las edificaciones puestas allí por el hombre, entre ellas la catedral. Quizás intuía la tierra del valle que algún día casi no le quedaría espacio para respirar. Ese día fue el terremoto de Santa Úrsula, que además de dejar varios muertos y heridos, dañó seriamente el edificio, tal como ocurrió con muchos lugares en una extensísima región, de Maracaibo a Cumaná.
Sin demasiada prisa, pero con evidente constancia, se emprendieron los trabajos necesarios para repararla y embellecerla, pero cuarenta y seis años después de aquel temblor de Santa Úrsula, la pesadilla se repite. La torre estuvo de nuevo a punto de dejar de ser en 1812, cuando el histórico terremoto del 26 de marzo, muy poco antes de que llegara el tiempo de Simón Bolívar. El ambiente en Caracas, y en toda Venezuela, no era nada auspicioso. La República había empezado a tambalear y, como el temblor fue un Jueves Santo, los curas –casi todos enemigos declarados de la Independencia– no vacilaron en utilizarlo para arengar al pueblo en contra de las autoridades republicanas. El movimiento telúrico, según ellos, era una clara demostración de que Dios era monárquico y godo y había tomado partido en contra de los patriotas y los liberales. Allí mismo en la maltrecha torre estaba, en forma de horrible cicatriz, la amenazadora grieta que era la voz del Señor en contra de los que se habían alzado contra el rey de España.
La torre estaba a punto de derrumbarse. Se veía peligrosamente inclinada y débil, pero, al parecer, la madre tierra se apiadó de ella y con un nuevo sacudón, 9 días después, la enderezó. Se habló de un milagro, de un prodigio que le ha dado a la torre caraqueña un carácter especial (Clemente Travieso, Carmen, Op. Cit., p 47).
Intervendrá entonces un nuevo personaje, el maestro albañil Juan Agustín Herrera, a quien se le encomendó el trabajo nada fácil de salvar el campanario, a pesar de que mucha gente hubiera preferido derrumbarlo. Herrera dirigió con acierto los trabajos de reparación, de los que salió una torre reducida en tamaño para que pudiera resistir con más eficiencia los nuevos intentos de la madre tierra de quitársela de encima. Los obreros sacaron, poco a poco, el material que fue retirando, y lo hicieron por dentro de la misma torre (que así lo establecía al contrato de obra firmado por el maestro Herrera, “artista albañil", según Carmen Clemente Travieso) (Clemente Travieso, Carmen, Op. Cit., p. 45), para que no corrieran peligro los viandantes que solían persignarse al pasar frente a la puerta, como se hace todavía, casi dos siglos después, en un gesto que para algunos es de respeto y de fe, y para otros de simple superstición.
Uno de los daños que un régimen de barbarie le ha hecho a Caracas en el paso del siglo XX al XXI es el convertir el espacio cercano a la torre en un santuario de fascistas que agreden a quienes creen que en Venezuela debe haber libertad. Pero eso es pasajero. Lo perenne, dentro de lo que puede ser perenne en la humanidad, es la quieta, tranquila, y amable torre que saluda a los viandantes con su imagen de la fe, que es lo que abunda entre los verdaderos habitantes de Caracas.

Desde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable

 

1 comentario

Directorio de EmpresasQue Interesante!!! felicidades!!!
06.02.09 @ 15:27
de Eduardo Casanova

Buscar

Twitter

Publicidad

Contenido

Portales de Blogs

Bitacoras.com

BloGalaxia

Blogarama - The Blog Directory

Books Blogs - BlogCatalog Blog Directory

Literature Blogs - Blog Top Sites

Globe of Blogs

Blog Directory

Wikio “ Top Blogs “ Literatura

blog engine