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El Teatro, literatura menor
El Teatro, literatura menor
por José Tomás ANGOLA
Es cosa de sentarse a pensarlo, pero para una gran cantidad de escritores, público y críticos en nuestro país, el teatro es un género menor de la literatura. No importa que el mayor poeta de habla inglesa de todos los tiempos, William Shakespeare, haya escrito sólo teatro o que el más destacado autor del siglo de oro español, Lope de Vega, haya sido un dramaturgo, ni siquiera que la tragedia sea reconocida como la madre de la poesía y la narrativa en la Grecia antigua, lo cierto es que la gente suele marginar al teatro de los géneros literarios. El divorcio entre la literatura y el drama quizá se deba a Luigi Pirandello, el conocido autor italiano propulsor del concepto de la cuarta pared, quien pronunció una célebre sentencia acerca del momento en que el texto escénico debía dejar de considerarse letra escrita. El autor de “Seis personajes en busca de autor” en realidad lo que intentaba era rescatar la idea de que el drama era para representarse y no para leerse. A finales del siglo XIX y principios del XX, aún imbuidos del influjo romántico, se sufrió de una manía poco provechosa para el género que fue la de dejar a un lado las imágenes y la acción en beneficio del discurso y el retoricismo. Esto creó un conflicto que pareció llevar hacia la muerte de la representación. Pirandello simplemente se opuso con ferocidad al nuevo criterio y la forma de defender su postura fue desnudando al teatro de todo halo literario.
¿Sería posible separar la poesía de la metáfora o la novela de la narración? Por supuesto que no. De la misma manera es imposible separar al teatro de la representación y la acción. Sin embargo esto no hace que el drama sea menos “literatura” que la poesía o la novela.
Repasemos por un instante la lista de autores venezolanos que en algún momento de sus carreras se dedicaron a la escritura dramática. Quizá el primer nombre que surja, por lo destacado del mismo, sea el de Rómulo Gallegos. El considerado máximo autor de las letras nacionales es un importante autor teatral en la Venezuela de los años veinte. Baste nombrar su obra más acabada, “El Motor”, donde visionariamente explora los vericuetos sicológicos de un pueblo bárbaro y primitivo ante la tecnología y el futuro. Junto a Gallegos es menester mencionar al celebérrimo Andrés Eloy Blanco. El poeta, desde su juventud, sintió verdadero encanto por el drama, cosa que queda demostrado en piezas como “El pie de la virgen”. Con el desaparecido Andrés Eloy también figura Miguel Otero Silva. Estos dos escritores pergeñaron a dúo una que otra comedia estrenada en los antiguos escenarios capitalinos e incluso MOS tuvo la osadía de versionar clásicos como “Don Mendo” en una taquillera francachela de los años setenta.
En la década de los cuarenta y cincuenta un grupo de consagrados escritores hicieron uno de los gestos más nobles que se tenga noticia por el teatro venezolano: Poner su reputación y su talento a la búsqueda de una escena verdaderamente nacional. Arturo Uslar Pietri, Ramón Díaz Sánchez y Guillermo Meneses fueron algunos de los autores dedicados a generar una voz que representara al venezolano ante la dramaturgia mundial. Si bien tan titánico objetivo no fue alcanzado, nos queda un legado de obras como “La Tebaida”o “Chúo Gil” firmadas por Uslar Pietri, “La casa” de Díaz Sánchez, “Jonás” de Pedro Berroeta, “El marido de Nieves Márquez” de Guillermo Meneses o “El general Piar” de Alejandro Lasser, obras que por cierto tienen décadas sin subir a la cartelera del patio.
Este recuento apresurado sólo busca erradicar la idea de considerar al teatro un género menor por el hecho de no contar con firmas de autores de prestigio. Y si en todo caso nos ciñéramos a la lista de escritores dedicados casi en su totalidad a la creación dramatúrgica, quedaríamos sorprendidos con la presencia de creadores de la altura de Leopoldo Ayala Michelena, José Ignacio Cabrujas, César Rengifo o Elisa Lerner.
Socialmente el poeta, el novelista, el ensayista o el cuentista gozan del prestigio de ser considerados artistas, no así es el caso del autor dramático o el de cualquiera que esté ligado al medio escénico. Pareciera existir una marca ominosa para quienes se dedican a las tablas. No hay respeto por su producción y para demostrarlo sirva la prueba del nombre con que son definidos en Venezuela: “Teatreros". Aún no se escucha la expresión de “Poetrero” para definir a Luis Alberto Crespo o la de “Noveletero” para referirse a José Balza. Más allá de la queja fatua se esconde una actitud de valoración. Nuestra sociedad nos condiciona para recibir una novela o un poemario como el fruto de una acción del ingenio y el intelecto, el teatro es tan sólo una aventura efectista o un divertimento sin consecuencia.
Lograr un sitial en la consideración social no es ni remotamente un acto automático por la simple proclama de la creación. Los autores teatrales deben entender al auditorio, sus preocupaciones, sus reales motivaciones, las búsquedas en las que están concentrados. El teatro debe, como las demás manifestaciones artísticas, comunicarse con el público, tomarlo por el corazón y la cabeza y confrontarlo con sus creencias, con sus miedos, con sus pasiones. Alejarse del simple objetivo del entretenimiento para penetrar el denso camino del pensamiento. Si el discurso teatral no crea esa “conversación” con el espectador, se quedará hablando en el vacío. Y hoy más que nunca los espectadores de este país atribulado por las miserias de una revolución desgraciada necesitan del ejercicio reflexivo sobre las tablas. Quizá allí pueda estar el detonante para sacudirnos del aletargamiento que parece secuestrar la voluntad de cientos de miles de compatriotas.
En un mundo en donde los creadores son cada vez más los exorcistas del inconsciente colectivo, el teatro debe levantarse y capitanear el turbulento movimiento del arte, tal y como lo hizo en la Grecia antigua, en donde no existió ninguna otra expresión más contundente que las representaciones dramáticas. Sólo así el teatro recuperará su verdadero sitial de madre de todos los géneros literarios.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
3 comentarios
José Tomás Angola tiene toda la razón. En los años sesenta escuché a un hombre muy influyente decir que el teatro sólo existe en las sociedades desarrolladas. Y es un hecho que a fines del siglo XX todas las artes, excepto la música, fueron claramente descuidadas. No sólo el teatro, la literatura, la plástica, todas fueron dejadas de lado para que todo se concentrara en la música, que se convirtió en un negocio de un grupo muy específico. Y en el siglo XXI el Estado no ha hecho prácticamente nada por la cultura, aunque la música ha conservado algo de su preeminencia por razones políticas.En Venezuela, en la Venezuela petrolera, la cultura es poca cosa, y dentro de esa poca cosa el teatro es apenas un suspiro. Eso debe cambiar. Hay que darle a la cultura en general su verdadera posición en la sociedad. Y dentro de la cultura, al teatro, que es una de las más importantes manifestaciones del ingenio y el pensamiento. Ojalá las sabias palabras de José Tomás Angola sirvan para despertar conciencias y cuando el país salga del desastre en que ha estado desde 1998, la luz vuelva a brillar. Y que en la luz estén las candilejas, como siempre han debido estar.
El ensayo en defensa del teatro que nos ofrece José Tomás Angola tiene toda la verdad y está plenamente propuesto. Unamuno decía que el teatro era para leerse y no para presenciarse, y sin embargo escribió muchas piezas teatrales de calidad. Quizás la causa de esta actitud se deba a que se ha abusado de la composición teatral, para hacerlo cine o televisión. Todas las artes literarias guardan su misterio. Ibsen sería ilegible en otro medio que no sea el propio de su obra dramática. He visto en el cine: El pato salvaje, bien hecha como cine pero que deja sin resolver todos los enigmas de esa obra. Y ni hablar de Shakespeare. Hamlet ha sido burlado casi siempre en el cine o la TV. Dejo de lado la obra magistral de Peter Brook en Rey Lear, o el Hamlet de Olivier, y también Orson Welles en otro Lear. Son obras de altura y no son representadas, y sin embargo dejan en el vacío muchos planteamientos del texto pensado para la escena. Además tenemos que el teatro es contacto directo con el público, conmueve sin intermediario. Por eso es tan difícil hacer buen teatro.Es posible que esta crítica constructiva de José Tomás despierte a nuestros autores y los lleve a salirse de lo convencional. De la obra de José Tomás sólo debo decir que es excelente.
Lo felicito por este ensayo valiente.
Un abrazo de Alejo.
bueno yo quisiera saber todo sobre el teatro sus partes historia todo acsolutamente todo sobre el tema referente que es el teatro
















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