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El péndulo de la historia

El péndulo de la historia

por José Tomás ANGOLA

Latinoamérica es una región políticamente predecible. Si hiciésemos un ejercicio de simplificación de la historia, podríamos concluir que nos hemos debatido entre gobiernos radicales de izquierda que destruyen las finanzas, aplastan las libertades y crean miseria con las mentiras de la revolución, y gobiernos radicales de derecha que meten en cintura las economías y levantan infraestructuras por doquier pero a un costo criminal en represión y vidas. De cuando en cuando, el péndulo se detiene en el centro, donde deberían habitar los gobiernos democráticos. Pero en esos escasos momentos saltan los vicios que cunden en los extremos. Vicios como el populismo, la tentación autoritaria, la corrupción, la ineficiencia y la ineficacia. Pareciera que estamos condenados a padecer eternamente la peor de las plagas: nuestra propia idiosincrasia. América Latina crecerá este año menos que Asia y aún África en eso del desarrollo económico. La razón es el acendrado populismo que se impone entre los gobiernos del patio. Obviamente es fácil imaginar el siguiente paso en esta turbia historia. Gobiernos que reaccionarán diametralmente opuestos a los que actualmente destruyen nuestros países. El espejismo continental del socialismo extremista, patente en el discurso alucinado de nuestro líder máximo, está total y exclusivamente sostenido por los petrodólares que Chávez regala a diestra y siniestra. Los altos precios del crudo, a pesar de la crisis económica mundial que apenas empieza, se sostendrán un rato más hasta que finalmente la debacle nos golpee con saña. Pero ese eco financiero del mercado, ese “mientras tanto” traducido en dólares es más que suficiente para que la revolución siga manteniendo a la manga de gobiernos inútiles y desastrosos como el cubano, el boliviano o el nicaragüense. Nadie negará que hoy en día todos los radicales del orbe quieren a Chávez. Aunque en realidad deberíamos decir que lo que quieren es el petróleo que controla Chávez. Mas ese líquido espeso y ominoso como el pecado, sólo nos ha servido para comprobar lo tremendamente inmaduros que somos como sociedad, lo brutalmente perdidos que andamos en el planeta. Con una décima parte de nuestra riqueza natural, y con dos bombas atómicas encima, Japón se levantó de una guerra devastadora en menos de dos décadas, y en dos más se colocó a la cabeza de la economía planetaria ¿Qué tenía Japón diferente a nosotros? Espíritu, fortaleza de ánimo y claridad histórica. Japón aún no se había parado de la golpiza recibida durante la guerra y ya estaba mirando hacia su futuro. Y lo único que tenían los nipones para salir adelante era su voluntad. Venezuela luce como el Japón de 1945. Nagasaki e Hiroshima son estampas conocidas si observamos un barrio cualquiera o nos paseamos por La Guaira. El efecto de la revolución bolivariana en la república es comparable con el bombardeo atómico. No lo exagero. Si calculamos lo que se perdió en aquella tragedia nuclear y lo que este señor ha destruido en diez años, nos sorprendería reconocer la cercanía entre las cifras. Y no comentaré el número de vidas sacrificadas por la violencia criminal en el país contra las perdidas de los japoneses en esas dos ciudades, porque aterraría lo cerca que están ambas estadísticas. ¿No podríamos sacar una enseñanza del estado del sol naciente? Lo dudo. Nuestra propia historia está llena de experiencias sufridas como nación y no asimiladas como pueblo. Hay voces que todavía resuenan en el eco de los tiempos, voces que son ahora como crueles recordatorios de nuestros continuos errores. José María Vargas, Fermín Toro, Rufino Blanco Fombona o Arturo Uslar Pietri, pensadores que nos dicen que seguimos siendo unos niños sin sentido de presente ni imagen de futuro.
Chávez con todo el dinero recibido desaprovechó la mejor oportunidad que se ha presentado en nuestra historia contemporánea para convertir este país en un estado moderno. El comandante en cambió se empecinó en impulsar el más inútil e inservible de los proyectos que gobernante alguno haya propuesto: la revolución bolivariana. Pero ni todo el dinero del mundo podrá comprar las conciencias de todos durante tanto tiempo. ¿Qué ocurrirá entonces? Lo de siempre. Violenta o pacíficamente el péndulo de la historia irá hacia el reverso de la presente situación, con tanta fuerza como fuerza le imprimió Chávez en la dirección contraria. Que conste que este axioma es de Newton, no mío. Ese es el dramático destino de Venezuela. Un eterno ir y venir, hasta que todos comprendamos lo que somos como nación y seamos responsables del pasado que cometimos y del futuro que causaremos. Mientras tanto el péndulo se columpia de tragedia en tragedia.

JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.

 

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1 comentario

Comentario from: alejo Urdaneta [Visitante]
José Tomás angola, como todo verdadero artista y poeta, no se encierra en su arte solitario y nos deja este análisis que es también premonición y advertencia ciudadana. Su versión de lo que nos ha tocado vivir en esta nuestra generación es exacta, y nos induce a la lucha contra todo extremo irrealizable. Lo hemos visto en otros países que han sido calificados como modelo de civilización: Alemania, Italia, chile. En Venezuela no tenemos la fortuna de poder decir que hemos logrado superación. ¿Será que está destinada a los pueblos con historia? Así pareciera si observamos que Europa rezuma historia bien cimentada, y en nuestra América sólo los países con historia precolombina han logrado avanzar en lo humano dentro de lo social. Somos caribeños, producto del nomadismo que no deja monumentos, y seguimos siéndolo a pesar de los ejemplos que nos han dado los demás pueblos de nuestro continente y hasta Europa destruida y vuelta a nacer.
José Tomás nos toca la campana que obliga a continuar en la lucha, sin cejar en el empeño de civilidad y grandeza.
Que siga hablando el poeta desde su torre, aunque sea desde la ventana.
Un abrazo, alejo.
03/10/2008 @ 09:26

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