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De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de...
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de...
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
Uno de los factores más importantes de la vida venezolana, antes de la Independencia, fue la llamada Compañía Guipuzcoana, una Corporación creada en el Siglo XVIII para administrar el comercio entre Venezuela y España, que en la práctica significaba monopolizar el comercio exterior de Venezuela. Su existencia tuvo dos efectos de singular importancia: el primero fue el desarrollo económico de la región, que alcanzó un nivel que hasta entonces no había logrado; y el segundo, que bien puede ser el primero en importancia, fue la tendencia a la rebelión en contra de la metrópoli española, que se inició como incomodidad ante el monopolio, pasó a ser necesidad de independencia económica y a la larga se convirtió en la necesidad de independencia política, todo lo cual llevó a una revolución social.
La idea de constituirla debe haberse planteado a raíz del informe de Pedro José de Olavarriaga y Urquieta, Juez de Comisión para la erradicación del contrabando en Venezuela, que visitó en país entre 1718 y 1721 acompañado por Pedro Martín Beato, que tenía los mismos títulos e intenciones. Son los mismos que vimos cuando hablábamos del hombre de los tres nombres, Marcos de Betancourt y Castro, cuya memoria debería asustar o extrañar a los venezolanos. Ambos, Olavarriaga y Beato, verificaron la práctica generalizada del contrabando, especialmente con los holandeses, y se enfrentaron con alcaldes, ayuntamientos y gobernadores por igual. Lograron la destitución del gobernador y capitán general de Venezuela Marcos de Betancourt y Castro, a quien acusaron de amparador del trato ilícito, pero no podemos saber si sus razones no estaban levemente contaminadas con intereses distintos a los de la santidad de la ley, a pesar de la beatitud del apellido de uno de ellos. Olavarriaga se hace especialmente sospechoso porque poco después lo encontramos como promotor de la Compañía Guipuzcoana, de la cual fue su primer Director General. Una Real Cédula del 28 de septiembre de 1728 le otorga el monopolio absoluto del comercio venezolano, y entonces empieza uno a entender sus rigurosas actuaciones en contra de los contrabandistas, que no eran otra cosa que un trabajo contra la competencia, anticipado y planificado con helada eficiencia.
El nuevo gobernador y capitán general de Venezuela, don Diego Portales y Meneses, aliado con el Obispo don Juan de Escalona y Calatayud, tratará de oponerse al establecimiento de la Guipuzcoana, pero sin éxito. Se le enfrenta el partido del Ayuntamiento, dominado por los mantuanos criollos, que tienen intereses en la nueva Compañía. “El primer accionista de la Compañía fue el rey Felipe V, quien recibió 200 acciones por valor de 100.000 pesos. La provincia de Guipúzcoa suscribió 100 acciones, y en 1760 eran también accionistas individuos de las familias caraqueñas Toro, Bolívar, Ibarra, Tovar, Ascanio (Ascaín), La Madrid, etc. Los accionistas llegaron a recibir hasta el 160% del capital vertido". (José Gil Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, I, 114. Citado por J.A. de Armas Chitty, Caracas, Origen y Trayectoria de una Ciudad, Tomo I, Fundación Creole, Caracas, Venezuela, 1957, p. 109) Olavarriaga sabía lo que hacía.
Continuación:
Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo sin que se dieran cuenta los mantuanos de que se habían equivocado por aquello de la ambición que rompe el saco. La Guipuzcoana significaba que no podrían comerciar directamente con España o con México, ni mucho menos con los ingleses o los holandeses, sino que todo lo tendrían que hacer a través de la Compañía. Y no era solamente la exportación, sino la importación lo que se veía afectado. Habían caído en la trampa. Muy poco tiempo después de establecida y cuando empezaba en forma sus operaciones, la Compañía debió enfrentar el primer caso de resistencia armada en su contra, que fue la Rebelión de Andresote (1731). Antes de la rebelión de Andresote hubo muchos otros intentos de rebelión contra lo español, pero ninguno realmente notable. Quizá la más seria, a pesar de sus locuras, fue la del Negro Miguel, en los cerros cercanos a Barquisimeto, hacia el Sur, en Buría, que fue el asiento de una de las primeras explotaciones auríferas de Venezuela, fracasada (la mina) no sólo por la hostilidad de los indios, sino por su poca productividad. Por su causa se fundó Barquisimeto, y en su sitio tuvo lugar la primera rebelión de esclavos de origen africano que se produjo en Venezuela, y que fue vencida no sin efusión de sangre por Diego García de Paredes, Diego Fernández de Serpa, Diego de Ortega y Diego de Losada, los cuatro Diegos de cuidado.
En los dos siglos siguientes hubo, desde luego, otras intentonas y otros rebeldes, pero las más importantes, o, mejor dicho, las que en verdad tuvieron consecuencias serias, fueron las que brotaron como consecuencia del monopolio impuesto por la Compañía Guipuzcoana, y la primera de ellas fue la de Andresote.
No se debería hablar en verdad de ese acontecimiento como un hecho político. Fue más bien una especie de alzamiento rural con intereses mercantiles, hecho un poco a instancias de los agricultores y cosecheros del Yaracuy, que no querían aceptar el monopolio de la Compañía; un levantamiento de contrabandistas o de bandoleros, encabezados por el zambo Andrés López del Rosario, a quien llamaban Andresote. Debe haber habido también un componente de rebelión social contra el orden que imperaba en ese momento y que distaba muchísimo de la más elemental noción de justicia. Pero, en todo caso, fue un intento demasiado primitivo, demasiado alejado de lo civilizado como para que pudiera tener algún éxito. Andresote se alzó en lo que hoy es Boca de Yaracuy, la zona comprendida entre Morón y Boca de Aroa, que es la desembocadura del río Yaracuy, exactamente en donde se unen los estados Carabobo, Yaracuy y Falcón. Era la salida natural de los productos de la región yaracuyana, cuyos productores intercambiaban mercancías provenientes de Curazao por cacao y tabaco. Andresote, al frente de un nutrido grupo de indios, mestizos, mulatos y negros cimarrones, se declaró en abierta rebelión contra las autoridades y contra la Guipuzcoana. Debía ser un ejército muy extraño, armado con cerbatanas, armas blancas, piedras y algunas armas de fuego que les quitaban a los contrarios, pero dio bastante que hacer. El gobernador y capitán general de Venezuela, Sebastián García de la Torre (que después fue defenestrado por la Compañía y devuelto a España en uno de sus barcos) tomó las medidas del caso y envió una primera expedición capitaneada por Luis López de Altamirano, que no pudo con los alzados. Luego envió a Luis Lovera, Juan Romoaldo de Guevara y Juan Manzaneda, con idénticos resultados. En febrero de 1732 el propio gobernador García de la Torre atacó las posiciones de Andresote, ahora tierra adentro en los valles del Yaracuy. Pronto se enteró de que Andresote y varios de los suyos lograron escapar del cerco, bajaron por el río y se embarcaron, en Chichiriviche (hoy en el estado Falcón), rumbo a Curazao, a bordo de una nave holandesa. Allá murió el zambo López del Rosario mientras muchos de sus seguidores se quedaron realengos en las montañas yaracuyanas y otros se acogían a una amnistía dada por el gobernador y se entregaron a unos religiosos que les dieron protección. Parte de ellos fue a tener a Guayana con uno de los frailes, luego de que se supo que el gobierno no cumpliría su promesa de dejarlos libres. En definitiva, de aquello no quedó otra cosa que un sabor equívoco. No había nada de peso detrás del intento, a no ser la historia que debe haber pasado de padres a hijos, hasta que, tres generaciones después, brotó de la misma tierra otro movimiento de antiguos esclavos y hombres preteridos y explotados, que se unió a Boves, en contra de los mantuanos y, afortunadamente para la patria, terminó respaldando a Bolívar y al Catire Páez en contra del poder español.
Transcurridos pocos años, la Guipuzcoana asumía posiciones de fuerza, no solamente contra los que pretendieron resistir su monopolio, sino contra los ingleses, al extremo de casi llegar a un estado de guerra con la Real Compañía Inglesa, que traficaba con esclavos africanos y con comestibles. El conflicto se solucionó en 1750 con el Tratado de El Buen Retiro.
Rápidamente las relaciones de la Compañía con los blancos criollos de Venezuela, y en especial con los que dominaban el Ayuntamiento de Caracas fueron agriándose hasta hacerse insostenibles. Contrariamente a lo que podría pensarse, el que en Caracas y en la provincia de Venezuela hubiera muchos descendientes de vascos (o de navarros y vascongados, que para el caso es lo mismo) no le hizo nada más fácil a la Guipuzcoana sus relaciones con la llamada nobleza criolla. Muchas de esas familias sintieron en carne propia los efectos del monopolio concedido por el rey a la Compañía, lo cual fue el punto de partida del conflicto. Antes de su establecimiento obtenían mucho dinero del intercambio con el extranjero, además de otras ventajas, como el tener información directa gracias a esos contactos. Y aun siendo algunos de ellos accionistas de la empresa, terminaron por comprender que las ganancias que de ella podían derivar eran inferiores a los réditos que habrían obtenido con un comercio libre en sus manos. Y, desde luego, nunca habían estado contentos por la forma en que se decidió la creación de la empresa: se tomaron decisiones muy graves, que afectaban los intereses de las familias criollas, sin consultar para nada a esas familias ni al cabildo que las representaba.
En 1749, la rebelión de Juan Francisco de León le causó serios problemas a la compañía. No tanto por lo que militarmente significó, sino porque llamó la atención de las altas autoridades españolas sobre algunos asuntos poco claros de su administración. Entre otros vicios, los administradores de la Guipuzcoana solían practicar el del soborno, a manera de “honorarios” y “contribuciones” que regularmente entregaban a funcionarios de muy alto rango. Entre ellos estaba, en 1749, el gobernador y capitán general de Venezuela, Maestre de Campo don Luis Francisco de Castellanos, que había tomado posesión de su cargo el 12 de junio de 1747. El detonante de la rebelión de Panaquire fue el intento de la Compañía, con apoyo del gobernador, de separar de sus cargos a Juan Francisco de León, que era Teniente de Gobernador y Justicia Mayor del valle de Panaquire, población barloventeña, situada en las márgenes del río Tuy, después de Caucagua y Tapipa, y una de las zonas de mayor producción de cacao en la Colonia venezolana. No había razón para destituir a León, que era el fundador del poblado y había nacido en El Hierro, en Canarias, en 1692 y tenía, por lo tanto, cuarenta y ocho o cuarenta y nueve años de edad cuando se planteó el conflicto. A los cuarenta, en 1733, había obtenido la autorización para fundar una población (Panaquire), por lo que dejó Caracas, en donde vivía con su mujer y sus catorce hijos, y se dedicó a plantar cacao en la localidad que acababa de fundar. Al ser designado Justicia Mayor se radica ya definitivamente en Panaquire y extiende sus intereses hacia el Este, hasta El Guapo. El 7 de marzo de 1749, a instancias de Juan Manuel Goyzueta, representante de la Guipuzcoana en Caracas, el gobernador Castellanos nombra a don Juan Martín de Echeverría, vizcaíno de treinta y un años de edad, Cabo de Guerra y Teniente de Justicia de Panaquire, con lo que sustituye a León. Echeverría, escoltado por una guardia de catorce vizcaínos, se presentó sin aviso a Panaquire el 23 de marzo, luego de haber tomado por sorpresa a Caucagua (en donde sustituiría a Pedro José Ortiz, que estaba de viaje con León). Pero León, que regresó a sus tierras el 2 de abril, se resistió a entregar y obtuvo el apoyo de los vecinos. El 3, Echeverría, ante el número superior de los otros, no tiene más remedio que emprender la retirada y, desde Caucagua, escribir al gobernador para informarle lo ocurrido y a León para tratar de convencerlo de que entregara el cargo. Lejos, de convencerse, y ante las amenazas veladas de Echeverría, León reúne a las gentes de Barlovento para entrar en acción contra las pretensiones del vizcaíno, que el 19 de abril partió a buen galope rumbo a Caracas a informar personalmente a Castellanos, no sólo de su situación, sino de las intenciones de León. Ese mismo 19, pero desde Panaquire, emprendió León su marcha al frente de un notable contingente de hombres armados y dispuestos a no tolerar lo que se ha pretendido en su contra. Además de los pobladores de Panaquire y El Guapo, que lo acompañan, llegan con él a Caracas habitantes de Caucagua, Guatire, Guarenas y muchos otros poblados. La rebelión adquiere dimensiones alarmantes. Hay unos ochocientos hombres en armas. (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 266) Los directores de la Guipuzcoana se pusieron a buen recaudo y el gobernador convocó al Ayuntamiento para organizar la defensa de la capital. Una comisión del cabildo sale de la ciudad para encontrarse con el rebelde, que envía una carta al gobernador exigiendo la disolución de la Compañía y la expulsión de los vizcaínos. León continúa su avance, y sólo accede a detenerse en la Plaza de la Candelaria (en donde tenía su casa caraqueña) a petición de un grupo de curas que intercede ante él, pero ante la noticia de que el gobernador y los vizcaínos tratan de huir de Caracas, opta por tomar la Plaza Mayor, a donde llega el 20 de abril. Para mostrar que no viene en son de guerra contra Caracas, ordena a sus hombres que co¬loquen sus armas a la vista, recostadas de la pared frontal de la Catedral de Caracas. Allí perdió la oportunidad de imponer su voluntad. Se entrevistó con el gobernador y le aseguró que sus intenciones eran buenas: Sólo quería que no lo molestaran en Panaquire, que se disolviera la Guipuzcoana y que se expulsara a los vascos. Pero no estaba alzado contra Su Majestad ni contra el gobernador. Esperaría en su cuartel, instalado en el Palacio Episcopal, que estaba vacío, a que se le diera una respuesta. Y la respuesta le fue favorable. El 22 se reunió una asamblea de notables, convocada por el gobernador y presidida por don Nicolás de Ponte y don Miguel Blanco Uribe, en la que se le dio la razón al invasor. Todo está bien. Juan Francisco de León se va con su gente y parte hacia España su yerno, Juan Álvarez de Ávila con otros dos hijos del país, para presentar al rey un informe y la solicitud correspondiente. (Sucre, Luis Alberto, p. 267) Vanas ilusiones: El gobernador los deja con cinco palmos de narices: no piensa cumplir nada de lo que prometió. Intenta huir por La Guaira, pero León lo detiene. Y vuelve a caer por inocente. Castellanos finge la expulsión de los jefes de la Compañía, León se retira a Panaquire convencido de que ha ganado su pequeña guerra, y Castellanos le escribe al rey que ha dominado toda una sublevación contra España y contra Su Majestad, Señor. León, al darse cuenta de que se le ha mentido, vuelve a las andadas, pero ahora reúne a más de ocho mil hombres y está furioso. Castellanos no resiste. Es destituido y debe entregar el mando a Frey don Julián de Arriaga y Rivera, que ha venido al término de la distancia al frente de mil quinientos hombres y en pie de guerra. Pero pronto se da cuenta de que Castellanos, que ha tenido que regresar a España, universalmente repudiado y ahora olvidado por los que habían alquilado sus servicios, le mintió al rey cuando habló de una su¬blevación general. Dicta Arriaga una amnistía, a la que se acogen, entre otros, León y sus hijos, y trata de calmar el país. La Guipuzcoana intriga en la corte para que saquen a Arriaga, al darse cuenta de que no se deja alquilar ni comprar. Y lo consigue. El 22 de junio de 1751 llega a Caracas, al frente de doscientos soldados veteranos, don Felipe Ricardos, nuevo gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, que no disimula su relación con la Guipuzcoana. Hay un nuevo intento por parte de Juan Francisco de León y sus hijos, que por un tiempo parece ir bien encaminado. Ricardos, el hombre de la Guipuzcoana (pero no como Castellanos, alquilado, sino comprado de un todo) ataca con toda su fuerza y su experiencia, contra las cuales León y sus hombres apenas pueden oponer la razón. El gobernador promete solemnemente un perdón general para los sublevados. Y no cumplió. León, su hijo Nicolás, Gaspar y Lorenzo de Córdova, Pablo Cazorla y Matías de Ovalle fueron remitidos con grillos y cadenas a España. Pronto recobraron la libertad, pero con la condición de que se alistaran en un ejército que iba al África. Todos pudieron regresar a Venezuela, menos Juan Francisco, que murió a los sesenta años y sin sospechar que había pasado a la historia como un héroe, cuya memoria es exaltada en una pequeña estela en la Plaza La Candelaria, en donde estuvo su casa caraqueña y por un busto en una quieta y arbolada plaza triangular, en Panaquire. Y mucho menos que había inaugurado un estilo de equivocarse en Venezuela, estilo que llevaría a su grado máximo el general José Manuel Hernández, el Mocho. La Guipuzcoana, que creyó triunfar con la compra de Ricardos, descubrió que había quedado malherida al enfrentarse a Juan Francisco de León, que no tenía formación militar ni política. Era un comerciante canario, honrado y trabajador como demostraron serlo, a lo largo de la historia, los comerciantes canarios radicados en Venezuela, y se sintió atropellado por los factores de la Compañía Guipuzcoana, pero fue tan cándido que no llegó a enterarse de que en realidad había logrado lo que se propuso. Tampoco pudo, desde luego, imaginarse que había sembrado una rebelión y que, como siempre, la cosecha no era sino cuestión de tiempo. La Compañía Guipuzcoana, para derrotar a aquellos hacendados y campesinos se dejó ver tal como era, y lo que vieron los encargados de conducir las Españas, las de ambos lados del Océano Atlántico, no era nada admirable, así que en 1781 perdió el monopolio del comercio venezolano y en 1785, después de soportar por algún tiempo la cesación de sus privilegios, fue disuelta mediante Real Cédula del 10 de marzo. Sus bienes pasaron a formar parte de la Compañía de Filipinas, que no tenía el comercio exclusivo, pero sí el favor oficial y un capital que ningún grupo privado podría reunir. Se convirtió en el vehículo de exportación del café venezolano, pero su trabajo no bastó para evitar lo inevitable. Veinticinco años después de la muerte de la Guipuzcoana, no lejos de su sede caraqueña en la esquina de Sociedad, los caraqueños echarían también al poder español. Y toda Venezuela, toda la América española, terminaría por seguir el mismo camino que empezaron a recorrer los mantuanos caraqueños. El camino de la libertad.
Empezaban los tiempos de la locura.
Desde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
















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