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Rafael Vegas, Psiquiatra y Civilizador Contemporáneo - Parte Final
Rafael Vegas, Psiquiatra y Civilizador Contemporáneo - Parte Final
por Roberto J. LOVERA DE SOLABuena parte del estudio biográfico que acaba de leerse está basado en nuestros trabajos “Sobre Rafael Vegas", El Nacional, Caracas: Abril 17, 1978, Cuerpo A, p. 4 y “¿Cómo era Rafael Vegas", en El Nacional, Caracas: Abril 24,1978, Cuerpo A, p. 4. Vivíamos en la ciudad de Chicago, Illinois, Estados Unidos, cuando escribimos esos artículos, los cuales constituían una larga reseña sobre el libro de Arístides Bastidas: Rafael Vegas: reportaje biográfico. Caracas: Ed. Ariel, 1978. 268 p. el cual nos había remitido el maestro Pedro Grases (1909-2004), su editor. Al redactarla añadimos algunos datos que habían escapado a su autor. Con ocasión de nuestras columnas nos remitió el diputado Ramón Hernández Ron (1897-1978) una carta y copia de la que él mismo había dirigido a Arístides Bastidas (1924-1992) con ocasión de la publicación de su libro sobre Rafael Vegas. Al reseñar la obra de Bastidas nos dimos cuenta todo lo que le censura Hernández Ron y de allí que escribiéramos en nuestro artículo que el libro de Bastidas:
“traza la biografía de Vegas dentro del marco de su tiempo y nos ofrece un bosquejo bastante claro de la evolución venezolana en los últimos sesenta años, en el cual es, salvo algunos errores de apreciación, de falta de documentación precisa o de dislocada pasión política, un trabajo acertado” (Sobre Rafael Vegas, El Nacional, Caracas: Abril 17, 1978, Cuerpo A, p. 4).
No podíamos decir más pues si nos hubiéramos dedicado a criticar a Bastidas no hubiéramos podido presentar la personalidad de Rafael Vegas, cuestión, mucho más importante. No recibimos la carta de Hernández Ron sino año y medio más tarde cuando, el 5 de noviembre de 1979, vinimos a Caracas a pasar las navidades y la insertamos ahora junto con la copia, que él mismo nos envió, de la misiva que dirigió a Bastidas. En su epístola Hernández Ron aclara cada uno de los puntos a los cuales nos hubiéramos referido nosotros de detenernos en ese aspecto del libro aludido. Más que refutar al biógrafo nos interesaba escribir sobre Vegas, de quien hemos conservado siempre un recuerdo imborrable, para mostrar a la gente joven del país el significado de la vida y actividades de quien fue llamado, por Francisco Herrera Luque, quien lo conoció bien: “Figura notable y arquetípica” (En la casa del Pez que escupe al agua. Barcelona: Pomaire, 1978, p. 568, nota 153). He aquí el contenido de las correspondencias citadas:
Ramón Hernández-Ron
Diputado al Congreso de la República
Particular
Caracas, 18 de Abril de 1978
Señor
R. J. Lovera De-Sola
“El Nacional”
Caracas.
Distinguido Amigo:
Leo en su columna de hoy, en El Nacional, su crítica acerca del libro Rafael Vegas, del que es autor el señor Arístides Bastidas.
Como siempre, en general, sus escritos son justos, equilibrados, bien pensados, excelentemente expuestos, serios. Salvo, desde luego cuando su buena fe no ha sido sorprendida ni la verdad es escamoteada, como en el caso actual.
Para ser breve me permito acompañarle en el ruego de que se sirva hacerla conocer algún otro incauto que haya sido engañado, una fotocopia de la carta que le dirigí al referido Bastidas que se explica por sí misma.
Soy de usted con toda consideración, su atento amigo que le aprecia.
Ramón Hernández-Ron
Ramón Hernández-Ron
Diputado al Congreso de la República
Particular
Caracas, 3 de Marzo de 1978
Señor Doctor
Arístides Bastidas
Ciudad.
Señor Doctor:
Los aficionados a la historia tal es su caso, incurren a menudo en juicio a la ligera, e insensateces. Se les podría llamar historiadores a la violeta. Son respecto a los verdaderos estudiosos, a los analistas, lo que el militar de nuestras montoneras, los “chopos de piedras", al militar actual de escuela y de carrera.
Para juzgar una obra como Cesarismo democrático, las obras de don Laureano Vallenilla Lanz, al igual que las del doctor Pedro Manuel Arcaya o las del doctor José Gil Fortoul, se requieren dotes y sabiduría igualmente basadas en las disciplinas de esa materia, en su estudio metódico, sin empirismo y sin fantasía. Son estos autores los únicos, fíjese bien, los solos que han ahondado con circunspección, con ciencia y con conciencia, afincados en la sociología y en la historia, científicamente, acerca de la realidad venezolana, confrontando los hechos, distinguiéndolos a la luz de la técnica, del conocimiento y la experiencia.
Yo convengo, señor, en que las ideas se discuten y más aún cuando están en el dominio público intelectual; pero hay que oponerles ideas, no infundios ni ridículas majaderías, impropias de aparecer en un ensayo que querría ser veraz, positivo y con fines elevados. En esto no se puede innovar. Existen reglas y razones. Fuentes y raíces: filosóficas, económicas, sociológicas y geopolíticas, son ellas las que movieron los espíritus de esos pensadores quienes, atentos, estaban, convencidos íntimamente de la validez de sus teorías, frente a la realidad de los momentos que se vivían en Venezuela.
Ese conjunto de deducciones y conclusiones, fruto de largos años de labor y meditación, constituye la base, el soporte de las tesis que esos filósofos de la historia presentaron con valor, con firmeza, con entereza, sin tratar de ocultar aún a fuerza de parecer pesimistas, derrotistas o aprovechadores. A la teoría, pues, surgida de esas doctrinas, le dio beligerancia la idiosincrasia nuestra.
A mis manos han llegado algunas de las producciones de Usted, que no son del género histórico-político. Las he leído y las he encontrado convenientes, claras e instructivas. Pero en cuanto usted aborda, como en su libro biográfico acerca del doctor Rafael Vegas, la cuestión histórica en su esencia absoluta, como fiel intérprete (que debería ser) de la verdad que ha de ser transmitida a otros, sin soslayaría ni adulterarla, usted la desnaturaliza, la tergiversa, la desfigura, la altera y con criterio simplista y sin comprobar los dichos y los hechos, los admite y los cauciona para adular a la galería. Usted mismo le resta seriedad a su relato. Así, cuando asienta que una revolución que se preparaba en 1930, para tratar de derrocar al general Gómez con una nueva invasión, fue frustrada por las delaciones de los diplomáticos y los espías que tenía el dictador, cuyo jefe era Vallenilla Lanz quien no fue nombrado Embajador en París sino en abril de 1931. Debo agregar, para su ilustración, que el doctor Santos A. Dominici era compadre de don Laureano quien, por lo demás, mantenía excelentes relaciones con la mayoría de los exiliados en Francia, tales como don Juan Otáñez, el doctor Alberto Smith, el general Antonio Aranguren, el Dr. Alberto Zérega Fombona, etc. este último era corrientemente invitado a la casa particular de don Laureano.
Y de todos los nombrados viven actualmente muchos familiares, que pueden atestiguar la veracidad de cuanto expreso.
Su desconocimiento de la personalidad de don Laureano Vallenilla Lanz, de su cuna, su elegante gallardía, sus maneras distinguidas, su austera altivez, quizás podían servir para tratar de excusar la descabal actitud innoble e infeliz, de las expresiones que gratuitamente Usted emite.
Con un poco menos de vehemencia o de virulencia, con una pizca de sosiego o de paciencia, libre el alma de pasiones graves, habría usted podido informarse mejor, asesorarse, cual compete a un verdadero historiador, de la categoría intelectual, intrínseca, cierta, abierta; de la humana dignidad, honesta, que fluía de su persona, recia, ajena a una bajeza como la que Usted no vacila en endosarle. Repito: con un poco menos de violencia en su inventiva pseudohistórica, digo yo, bien habría usted podido averiguar, pues eso era vox populi, quien fungía de jefe o director del espionaje en Europa.
“Así como hace falta un enfoque nuevo, racional, sobre la personalidad del Benemérito y un nuevo estudio de mayor seriedad analítico-crítico de su régimen, ya es tiempo, así mismo, de que se escriban trabajos menos laudatorios y más en el contexto de ensayo monográfico en relación a los verdaderos aportes de la juventud de aquella época”, dice Mario Torrealba Lossi, recientemente, al comentar un ensayo del escritor Pedro Felipe Ledezma sobre las ideas y los programas marxistas durante las luchas que sostuvieron los opositores al régimen de Juan Vicente Gómez.
Por su parte el sagaz, enjundioso Virgilio Lovera, en su columna que intituló “El Transformador”, publicada en El Nacional del 27 de febrero próximo pasado, escribe en magnífica y cáustica prosa: “Deliberadamente hemos omitido los nombrecitos de Restaurador y Rehabilitador otorgándoles a Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez pensando, acaso con sano criterio, que el señor Pérez puede parecerle peyorativo un paralelismo con esos caudillos que muy poco hicieron. Apenas invadieron el Centro con sesenta hombres, desde la frontera, para que don Cipriano ganara a pecho limpio, soltara trincheras y tomara cuarteles, en clara demostración de atributos de la masculinidad, al tiempo que Gómez, con el correr de los años, se convirtiera en una de las figuras más determinantes de la política venezolana en lo que va de siglo. Pero esos logros palidecen ante las conquistas obtenidas por la administración de C (arlos) A (ndrés) P (érez) en cuatro años escasos”.
Ahora bien, no crea Ud. que con esto yo trate de justificar la dictadura, cualquiera que ella sea, nacional o extranjera, lo que busco es explicármela por análisis y comparaciones, a limitación de los cuestionados, aludidos grandes psico-filósofos, que han sido también grandes patriotas y que han contribuido como los que más, a sentar escuela y a sentar la historia y la vida de Venezuela sobre bases reales y experimentales.
Creo que no debo terminar sin refrescarle que el general Juan Vicente Gómez gobernó él solo durante 27 años y que murió en su cama. Como dice el historiador doctor Antonio Arellano Moreno, fue dictador a vida.
Cuanto el general Marcos Pérez Jiménez y al doctor Laureano Vallenilla Lanz, hijo, no fueron ni el uno un genératele ni el otro un doctorcillo.
El general Pérez Jiménez fue el primer oficial de su promoción en el curso de Estado Mayor en la Academia Militar de Chorrillos, en el Perú y gobernó luego aquí por diez años.
El doctor Vallenilla fue abogado y doctor en Ciencias Políticas y Sociales de la Sorbonne, de París, con mención “tres bien” y a más de un magnífico escritor, autor de varios volúmenes, uno de ellos, “Allá en Caracas”, quizás una de las mejores novelas venezolanas, tiene una larga carrera política. Fue Ministro de Relaciones Interiores por espacio de cinco años consecutivos. Fue su último cargo.
Y va de cuento:
En alguna oportunidad el emperador Napoleón al querellarse con su ministro Talleyrand, le increpó: “Usted no me había dicho que su mujer era la querida Duque X ni que su sobrina vivía con el Marqués de tal. Usted no es sino un m … en una media de seda”. A lo que el Príncipe, con una reverencia, respondió: “Señor: yo nunca imaginé que la enumeración de mis desdichas pudiera agregar nada a la gloria de Vuestra Majestad”.
Yo me atrevería a parodiar los injuriosos falsos epítetos que usted prodiga alegremente a la memoria de las personas que han motivado esta carta, no destacan, ni mucho menos engrandecen la señera imagen de su brillante e ilustre biografiado, quien siempre se distinguió como un hombre modesto, probo, sencillo y austero, que nunca hizo desplantes de mártir ni de héroe nacional.
RAMÓN HERNÁNDEZ-RON.
Continuación:
POR ELLOS QUE ALGUNA DIA SERA (*)
por: Francisco Herrera Luque
“Nunca como hoy vi tan triste y taciturna la mirada del maestro.
Es cierto que los actos de fin de curso siempre han tenido el alborozo melancólico de los buques nuevos que suelta el astillero y la bulliciosa angustia del pueblo que hace calle a sus muchachos, cuando imberbes y esperanzados marchan a la guerra. Hay miedo a los que se quedan. Alegría a los que se van. Los barcos pierden su rumbo; mueren, los que tras la nube van.
De ahí este ritual en el que estamos inmersos, con padres endomingados, personajes ilustres, palabras convencionales, muchachos aburridos, risas, sollozos, aplausos. Al igual que en todos los actos transcendentes de la vida humana se exorcizan demonios y hados por lo que ha de comenzar.
Cuando los años dejen de atropellarse; cuando la mitad de vuestra existencia miréis el camino andado, quizás estaréis de acuerdo conmigo que este momento ha sido el más crucial en vuestras vidas. Este momento en que se apuntala la vida universitaria tras el logro del codiciado título profesional. Por mucho tiempo, es la ley de la vida, os olvidareis de este instituto donde transcurrió vuestra infancia y donde os graduaste de hombres y mujeres de Venezuela.
Pronto mañana mismo. Quizás esta misma tarde todo sea diferente, diferente el tiempo, el espacio, el vinculo la alianza, la proyección. Nuevas jerarquías os esperan. Vuestros jefes y guías ya no tendrán la presencia esquiva y cavilosa de los buenos maestros. Serán personajes egregios con leyendas, corona y nimbo. Dioses mayores y menores de un mundo que si es más trepidante, luminoso y trascendente del que hasta ahora habéis conocido, es también un mundo áspero, duro donde el afecto es lastre y nadie tiene tiempo para recoger a los heridos y en particular en esta nueva era de la Venezuela de la Esplendencia.
El hombre siempre ha sido el lobo para el hombre. La ley de la selva no es mito ni entelequia. El pez grande suele comerse al chico. Y de la misma forma que hay hombres: buenos, rectos y virtuosos como Rafael Vegas (1908-1973), quien con voz propia o interpuesta cinceló vuestros principios, hay sayones inclementes que luego de tragarse el sol, hacen gemir a los hombres entre el látigo y las tinieblas.
No obstante lo dicho y a pesar de la aparente contradicción, si quiero hacer particular énfasis dígase lo que se diga, que la humanidad aunque cada cierto tiempo se sumerja en las tinieblas, progresa hacia la dignidad, el respeto mutuo y el amor. Los días de luz son cada vez más largos que los días de sombra. Los venezolanos hemos vivido en noche áspera hasta bien avanzado el siglo actual. En este entonces nos apretujábamos los unos contra los otros ateridos de miedo y frío, siguiendo la lámpara votiva como parpadeante linterna sorda, llegaba calmo el maestro. Por todo el tiempo de tinieblas los maestros jamás perdieron su alegría recolecta y frailuna, repitiéndole a los desesperanzados el viejo cuento de la virtud de Ave Fénix, a tiempo que nos mirando hacia los niños: “Por ellos y para ellos que algún día será”.
Con estas lámparas votivas se encendieron las antorchas, que alguna vez y más de una vez, disiparon las sombras y espantaron alimañas. Efímero y fugaz fue también la más de las veces, el alumbrón: se apagaron las teas, no sin antes dar tormentos e incinerar con ellas a sus portadores. Los que odiaban la luz cayeron inclementes sobre sus detractores. Les cercaron brazos y piernas. Esparcieron su ceniza al viento y condenaron por decreto su memoria al olvido. El maestro, sin embargo, proseguía imperturbable en su salmo: ‘‘Confiad amigos, que por ellos y para ellos algún día será”. Así me lo dijo, en tierras de exilio, Rafael Vegas, mozo él niño yo, cuando agonizaba el, Gran Dictador de Venezuela.
En ese entonces Venezuela era tierra de pastores: de pastores ricos porque tenían cien cabras y de pastores pobres porque no tenían ninguna. En ese entonces ocho de cada diez venezolanos tenían por salario dos reales más de lo que ganaban los peones libres de siglo antes. La totalidad de riqueza estaba en menos de un 4% de la población. Era sin embargo una riqueza exigua. Tantos que los llamados ricos de esa época, consideraban una proeza hacer alguna vez un viaje a Europa, para quedarse hablando de el por el resto de su existencia. Nuestra clase media apenas duplicaba el número a los señores de las tierras yermas. Sus viviendas eran pobres, destartaladas y ajenas. ¿Diversiones? alguna serie radial y la retreta. ¿Vehículos? El pie andarín o el tranvía. Así era Venezuela hace cuarenta años. Tierra de miseria para la inmensa mayoría y de pobreza y medianía para los que para los que tenían más cabras.
Por más de veinte años triunfó el maestro en sus augurios. Las huestes de sus alumnos y de sus descreídos padres, a pesar de una borrasca larga, avanzaron confiados por Tierras de promisión. Ya no había sombras. Desapareció la alpargata, la ignorancia y el letargo. La clase media se septuplicó en su extensión y haberes. Lo que antes fue lujo se convirtió en lo habitual. Oleadas de gente nueva lavó y limpio la fachada colonial. Los pastores de muchas cabras se hicieron financistas, mercaderes y administradores de una riqueza incontenible que brotaba del subsuelo. Desaparecieron lo sayones y tiranuelos y su lugar lo tomaron esas sociedades de mutuo auxilio que antes se llamaba banda y ahora la parla vernácula denominó roscas: moléculas autónomas ajenas a la autoridad e intereses del país y que como aquellos reinos de Taifás, auguran más ruinas y malestar para el país que todos los males que lo han precedido. En ese entonces héroes y villanos eran claramente discernibles, como esas obras populacheras del mal teatro, donde vicisitudes del bueno son seguidas con alma de diapasón por la inmensa mayoría silenciosa que ocupa las graderías.
En la Venezuela de la esplendecencia el problema no son las sombras, sino la excesiva luz; no es la pobreza sino la abundancia; no son alimañas sino lo querubines pérfidos con espuelas doradas. En muy poco tiempo se ha trocado la imagen, que con todo nuestro atraso, teníamos sobre los valores, los deberes de estado, las obligaciones del ser con la sociedad hoy no hay límites entre el vicio y la virtud lo digno de encomio y lo vituperable.
El venezolano nuestro venezolano, ha perdido la fe en las soluciones colectivas; el éxito social económico o político la justicia todo. Quien pretenda abrirse camino sin hacer concesiones, no alcanzará mayores logros por grandes que sean sus virtudes y sostenido su esfuerzo. Lo adecuado para triunfar es similar a los hombres hábiles: adaptarse al recipiente como hacen ellos, líquidos e inconsistentes y plegadizos. Los hombres-conciencia, los hombres verticales, los hombres aristas, como lo fue Rafael Vegas, son seres incómodos que solo sirven para despertar la ira de los arcángeles de la esplendecencia.
Vuestros maestros no os han enseñado a mentir, ni a lisonjear, ni a proyectar contra el débil la ira que os provoca el poderoso. Craso error. Omisión imperdonable que debéis comprender, ¿porque qué puede esperarse, como me apuntó condescendiente un querubín, de un ser que cultiva rosales en el mismo suelo donde aflora la veta aurífera?.
Las enseñanzas éticas que vuestros maestros os dieron no son operacionales para disfrutar con holgura del festín de Baltasar. Estáis, mis queridos amigos, en situación de minusvalía para competir en esa Venezuela de la esplendencia. Vuestros maestros no son culpables. Como Sherpas del Himalaya, habían sido entrenados para luchar con las tinieblas y el frío: no contra esa luminosidad canicular que nos abruma, ya que no era profetizable que aquel pobre país de pastores de cuarenta, y veinte años atrás, se convertirse en país de factorías y de caravanas y saltase en un momento, súbitamente de la pobreza a la desvergüenza suntuaria. De ahí la mirada triste de vuestros maestros: salvo que olvides su enseñanza, y ello sería mil veces peor, está gravemente comprometida vuestra justa participación en lo que por derecho os corresponde. Al parecer no hay elección ante el dilema: o elegís el camino del sacrificio o el de la espantable metamorfosis.
Comprendéis ahora, mis queridos amigos, porque hay tanta tristeza en vuestros maestros en este instante de la partida.
Yo soy sin embargo, optimista. Es cierto, el juego ha cambiado:
Que el bien y el mal andan en contubernio. Es innegable que estamos inmersos en un tenebroso y radiante mediodía. Los sayones son pulcros y de buen aspecto. Hoy no seguimos lámparas votivas para encontrar el camino, sino que nos cubrimos con las manos de la protesta de este sol quemante y segador que calcina a Venezuela. Vuestra generación, hay reflexiones que lo anuncian, será la que haga del nuestro, un país justo, alegre y feliz.
Por eso digo con más fuerzas que nunca, con los ojos puestos en Rafael Vegas: ‘‘Si nos es por vosotros ni para vosotros, será”.
*Por ellos y para ellos que algún día será. Caracas: Colegio Santiago de León de Caracas, 1977. Páginas sin numerar. Reproducido también en El Nacional, Caracas: agosto 11,1977 y en Ultimas noticias, Caracas: diciembre 24,1977. ANOTACION NECESARIA DE 2008: tiempo de la “Esplendencia” llamó Herrera Luque, y vaya la explicación, al período de locura colectiva por los altos precios del petróleo en que se convirtió Venezuela en esos años (1974-1979), en donde las virtudes no sirvieron, más bien los hombres y mujeres de aquel período sólo valieron por lo que tenían no por lo que eran, y por ello los mejores fueron escarnecidos porque molestaban con sus virtudes, días en que se hizo viva la inmensa corrupción política y administrativa, tiempo de la llamada “gran Venezuela”, período frustrado que nada nos dio o solamente lo que se erigió entonces fue “la pobre rica Venezuela”, que dijera al maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa. Uno de los denunciadores de aquella inmensa perversión pública, que tanto daño hizo a Venezuela, y que a la larga nos hizo perder el régimen democrático, el de las libertades públicas, fue precisamente Francisco Herrera Luque quien se vio obligado en conciencia a hacerlo, especialmente en el campo en que él actuó: en la diplomacia, en ella vio a varios venezolanos vender a un país extranjero los documentos secretos del país o utilizar las valijas diplomáticas para usos indebidos, para cometer aquellos delitos de “lesa patria” como los denominó públicamente. Por ello, al no ser escuchado por el presidente Pérez en ningún momento, ni siquiera como era su obligación para con un embajador que había terminado su gestión, ni oído en ningún instante por ningún organismo del Estado, menos por el Ministerio de Relaciones Exteriores como debió ser, tuvo recurrir a los medios de comunicación para hacer sus denuncias. Así logró que estas llegaran al parlamento el cual las remitió a la Fiscalía General de la República. Esta, formando parte de la “sociedad de cómplices” que dijera Tomás Lander (1787-1845) en el siglo XIX (marzo 30,1836), o la “sociedad de encubridores” que señalara al maestro Uslar Pietri (El Universal, Caracas: Febrero 20,1992), declaró que las denuncias de Herrera Luque no estaban sustentadas en las pruebas requeridas. Mientras, la Cancillería llamó a los diplomáticos acusados y les advirtió que si se defendían serían despedidos de sus cargos, estos, sobre todo el principal acusado, calló. Por cierto con los años, en otra infamia cometida contra Herrera Luque, cuando este funcionario falleció fue velado en el salón “Simón Bolívar” de la Casa Amarilla y enterrado con honores:¡así se volvió a enaltecer la corrupción! (ver El Nacional: octubre 18,1995) y se volvió a infamar el nombre del Libertador quien en su famoso decreto de Puerto Cabello (septiembre 11,1813) había impuesto la pena de muerte a los autores de delitos contra el Estado, a los corruptos de todo género. Este decreto lo reiteró Bolívar en sus días en el Perú (enero 12,1824). Mientras todo esto sucedía también la misma Cancillería emitió, el mismo año de 1977, un documento que circuló por las embajadas y consulados de Venezuela en el exterior denunciando a Herrera Luque como si él no fuera un hombre íntegro. Pudimos conocer el memorándum de la Cancillería contra Herrera Luque porque un diplomático amigo nos los leyó, este conocía nuestra honda relación con Herrera Luque por nuestro permanente interés por el estudio de su obra que en aquellos años crecía y era plenamente recibida por un país como Venezuela necesitado de que alguien le explicara el gran enigma que era, que fue a lo que se dedicó de por vida Herrera Luque a través de sus libros desde que publicó Los Viajeros de Indias (1961). Herrera Luque por sus denuncias y por la mala forma como lo trató y humilló el presidente Carlos Andrés Pérez quedó situado en nuestra historia contemporánea entre sus más férreos opositores como lo señaló claramente el politólogo Diego Bautista Urbaneja. Pero la persecución al limpio, claro y valiente Herrera Luque ha continuado, ha sido también póstuma: no ha logrado ser considerado ni siquiera como uno de los cien grandes venezolanos de todos los tiempos como lo es, ni siquiera se ha llegado a esa conclusión al darse cuenta que fue, además de sus altas condiciones éticas y de su clara conciencia de lo que iba a suceder en el país, cosa que acaeció en 1992 y que él pronosticó meses antes, el escritor venezolano más leído en el último medio siglo, y no sólo el más vendido, argumento que usan sus antagonistas para rebajar su gran calidad intelectual. Todo lo dicho era necesario advertirlo para que se entienda el mensaje profundo que confió Herrera Luque a su singular texto Por ellos y para ellos que algún día será, texto central de su vida y de su obra leído en el Colegio Santiago de León de Caracas en el mes de julio de 1977, publicado por vez primera el 11 de agosto de 1977, dos meses antes de la exposición de sus denuncias a través del programa “Dos generaciones” (octubre 12) que conducían Napoleón Bravo y Cecilia Martínez, denuncias a los siete días reafirmadas ante la Comisión de Política Exterior del Senado de la República (octubre 19 y 20). Así 1977 fue año esencial en la vida de Herrera Luque como ciudadano e intelectual al denunciar de las mil corruptelas venezolanas puestas en marcha por el presidente Pérez y sus ministros durante su primera presidencia. En la segunda (1989-1993) Pérez pretendió continuar aquello pero cayó abrumado por sus inmensos vicios personales y arrasado por el mar de los sucesos, por la presencia de la conciencia plena de los venezolanos que lo adversaron y desearon su caída cosa que vieron suceder, sin embargo había causado ya en 1993 un gran mal: había sido de sus manos en donde se precipitó el sistema democrático (enero 23,1958) cuando en 1977, por primera desde la muerte del Benemérito, no hubo superavit en la economía venezolana cuando se manejaron presupuestos fiscales que nunca había tenido el país. Y sobre todo por haber intentado pervertir a la sociedad venezolana auspiciando todas las formas de corrupción desde Miraflores. A todo ese grave proceso fue al que llamó Herrera Luque la “Venezuela de la esplendencia”, él que nunca fue uno de esos hombres que se inclinan ante el poder, como se lo dijo una noche al entonces ex-presidente Pérez, quien lo había humillado en 1977 ante el país, tanto que el psiquiatra hasta pensó en suicidio. Las frases de Herrera Luque de no ser hombre que inclinaba ante el poder fueron pronunciadas en la cara de Pérez, en la casa de su ex-ministro Luis Manuel Peñalver, frases dichas en presencia de su anfitrión, quien escribió después una declaración en la que las recordaba. Es todo esto lo que explica este pasaje de su luminoso escrito, que ya antes se ha leído, pero que deseamos recalcar volviendo a la cita de su párrafo más significativo: ”En la Venezuela de la esplendencia el problema no son las sombras, sino la excesiva luz; no son la pobreza sino la abundancia; no son las alimañas, sino los querubines pérfidos con espuelas doradas. En muy poco tiempo se ha trocado la imagen, que con todo nuestro atraso, teníamos sobre los valores, los deberes del Estado, las obligaciones de ser con la sociedad. No hay límites entre el vicio y la virtud, lo digno de encomio y lo vituperable” (Nota RJLDS).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
2 comentarios
Hola, Como sobrina y mejor todavía como amiga de mi tío Rafael, siento que al escribirles estas palabras a las personas que han dedicado horas de trabajo buscando información sobre el personaje que fue Rafael Vegas, debo agradecerles más que nada que lo que están realizando es un acto de justicia; justicia que se le hace a un hombre probo.
Hoy mas que nunca, cuando lo que se celebra son la mentira, el odio, las muertes violentas y el dinero como Dios omnipotente del mundo entero.
Gracias a ustedes que con su buena pluma, exaltan los valores y principios perdidos y que estoy segura que algún día
no muy lejano, podamos de nuevo recuperar
Lillian Kerdel Vegas
Un artículo muy interesante, y además bien desarrollado. Se agradece leer espacios como este.Un saludo.
















ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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