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Antonin Artaud y los malditos clásicos
por José Tomás ANGOLA
Uno de mis grandes íconos en esta historia ingrata del teatro es Antonin Artaud y debo confesar que ese puesto tan destacado en mi altar de admiración se debe más a que fue un símbolo de libertad ante el sufrimiento, que a su verdadera contribución en el plano de la creación. Por la lectura de una carta que le enviara Artaud en 1945, 3 años antes de morir, al Doctor Jacques Latrémoliere, director del sanatorio mental donde estaba internado, pueda acaso comprenderse la terrible y desesperada vida de un escritor incomprendido como autor y como hombre:
“Mi estimado amigo: Cuando llegué aquí hace dos años, usted me recibió con mucha amistad. El doctor Ferdiere, que me conocía desde hacía años, le había contado mi odisea y como él usted también quiso reparar la injusticia cometida al tratarme como a un alienado. Supo que si me castigaban era por ciertos gestos o maneras de hablar y de pensar propias del hombre de teatro, del poeta y del escritor que siempre fui. ¿Qué es un poeta sino un hombre que ve y convierte en realidad sus ideas e imágenes con mayor intensidad, vida y justa felicidad que los demás hombres, y que gracias a la palabra sabe comunicarlas?
Como actitud general, comportamiento, manera de ser en todos los instantes, el hombre que está aquí – yo – es el mismo que comenzó a escribir versos, hacia 1913, en los bancos del colegio. Cuando descubría un verso, lo recitaba en voz alta para sentir su ritmo y el cuerpo de sus sonoridades interiores. Y todos los poetas de la tierra siempre han hecho los mismo y no hay un carbonero o repartidor que no haya juzgado en el fondo de su corazón a esos poetas como si fueran locos.
Estoy asqueado de vivir, señor Latrémoliere, porque me doy cuenta que estamos en un mundo donde nada me ha sostenido y donde cualquiera puede ser ridiculizado y acusado de insanía según el estado de ánimo del momento y de la hora, y el inconsciente del acusador que a sí mismo se cree juez e ignora absolutamente todo.
Fue usted mismo quien hizo que cesaran de aplicarme, en el mes agosto, los espantosos electroshocks, porque usted había comprendido que no era un tratamiento lo que me convenía y que un hombre como yo no debía ser tratado sino, por el contrario, ayudado en su trabajo. El electroshock, señor Latrémoliere, me desespera, me seca la memoria, entumece mi pensamiento y mi corazón, hace de mí un ausente que se conoce ausente y se ve durante semanas persiguiendo su ser, como un muerto al lado de un vivo que ya no es él, que exige su llegada y que no puede entrar en su casa. Después de la última serie me quedé durante todo agosto y septiembre en la imposibilidad absoluta de trabajar, de pensar y de sentirme un ser.
Póngase en mi lugar, doctor Latrémoliere, como un escritor y un pensador que no cesa de trabajar, y vea lo que pensaría de los hombres y de todo si se permitieran, como lo hicieron conmigo, disponer de usted de esa manera. El mismo doctor Ferdiere me ha invitado a venir aquí para sacarme de la atmósfera de los asilos de alienados y para estar cerca de un amigo. Si aquí también van a considerarme un enfermo porque no me comprenden, no valía la pena que viniera a Rodez.
Señor Latrémoliere, ya no creo en los demonios del infierno como creía hace dos años cuando llegué aquí. Porque justamente no quiero tener el cerebro obstruido por todas esas fantasmagorías de iluminación y de mística sagrada. Me di cuenta de que el ser del hombre, tal como somos en este mundo, no comprende nada. No podemos abordar esas cuestiones en el plano terrestre y de la vida, porque el hombre, como somos nosotros y como yo, es demasiado pequeño para esos problemas.
Usted me dijo un día: “Usted no puede decir que no tiene tentaciones. Yo las tengo”. Y bien, lo que me abruma justamente es verificar que ahora soy un hombre de cincuenta años y todavía suelo tener tentaciones a veces, pero las espanto como si fueran sensaciones físicas perniciosas y no como demonios de lo oculto. Pues ya no creo más en ello pero sí creo que hay sobre la tierra hombres malvados que quieren el reino del Mal y que están organizados en sectas, y que mediante el ejercicio de sus abominaciones y de sus crímenes mantienen la vida en la bajeza, el odio, la guerra, la desesperación, la ignominia. Y sé que del ejercicio de los pecados de todos los criminales vienen las tentaciones, a nosotros que queremos ser puros y buenos.”
Lo que es indudable en la obra de Artaud es su inmensa capacidad crítica reflejada en un libro tan notable como “El Teatro y su doble”. Allí el “El Momo” como solía referirse de sí mismo en una de sus múltiples máscaras meta-teatrales, publica una corrosiva carta fechada en febrero de 1925 al entonces Director de la Comedia Francesa, y en donde demandaba la muerte de los clásicos como el único medio para hacer renacer al teatro.
“Señor: Usted. ha infectado las páginas de los diarios durante demasiado tiempo. Su burdel es demasiado acaparador. Ya es hora de que los representantes del arte muerto dejen de ensordecernos. La tragedia no necesita de un Rolls Royce ni de joyas de prostitutas. Basta de idas y venidas en su burdel estatal. Nosotros vamos más allá de la tragedia, piedra angular de su viejo y envenenado cobertizo, y por lo demás, vuestro Moliére es un charlatán. Pero no se trata sólo de la tragedia; nosotros le negamos a su organismo alimenticio el derecho de representar cualquier obra, pasada, presente o futura.”
Por supuesto, cualquiera que conozca medianamente la vida y obra de Antonin Artaud sabrá de su desesperada búsqueda por devolverle al teatro su rostro de fenómeno sensorial. De allí esta carta brutal, estrafalaria, de una inmensa angustia. Toda esta postura contra corriente se verá plasmada en su planteamiento teórico más complejo, el teatro de la Crueldad, suerte de manifiesto artístico que suponía la mezcla de la visión escénica del teatro balinés, el reincidente tema de la peste en la cultura occidental y su préstamo al terreno de lo simbólico, y la sublimación de la crueldad como único territorio donde el hombre aborda sus conflictos. Quizá su extrema postura desvía la atención sobre la verdadera idea que Artaud deseaba exponer. No es que las obras de Moliere, Lope de Vega, Shakespeare o mirando más atrás, Sófocles y Esquilo, hayan perdido la vigencia que las hace imperecederas. Lo que Artaud ataca es la mediocridad de valerse de esos textos y anquilosar el montaje en una sucesión de normas establecidas, de leyes inviolables. Artaud denigra de esos directores pusilánimes que no se atreven a equivocarse y tomar las grandes obras y deshacerlas y rearmarlas a los ojos de su tiempo, apuntar hacia lo que actualmente tiene vigencia y desechar lo irrelevante para un auditorio que se levanta en otra costumbre. El teatro, como lo concebía Artaud, no podía ser una acción exclusivamente racional; lo irracional, lo relativo a la emoción y los sentidos tenían un incuestionable valor. Si ése no era el derrotero, entonces estábamos frente al final del teatro como acto de magia visual y sonora y ante su definitiva reubicación como un género literario más para ser simplemente leído. La libertad, allí radica el motivo de aquella carta agria e insultante al Director de la Comedia Francesa. Naturalmente la atribulada existencia de Artaud llevó a que muchos de sus detractores desestimaran sus ideas y las depositaran en la oscura gaveta de la locura. No es un trabajo sencillo aislar el componente neurótico de la genialidad en la obra del francés. Su retórica obsesiva sobre la mierda (Le caca), mantra que una y otra vez se invoca en sus poemas, puede confundir y hacernos asomar a un precipicio del que el propio escritor no pudo regresar. En el arte la demencia, el inexplicable laberinto donde habitan nuestros miedos, nuestras angustias y nuestros delirios, es perturbadoramente atractivo. De allí que la lucha entre el sentido lógico, la realidad, la espiritualidad y la fantasía plena sea uno de los más hondos problemas del creador. Pero no por ello la bisturizante teoría de Artaud debe ser desechada y ubicada en la categoría condescendiente de “lo raro”.
Cuando una pieza tenida como clásico teatral no resiste la reinterpretación, la desacralización, la ofensa y la reinvención, entonces estamos frente a una obra que está sobreestimada y no merecería ese sitial. Lo que consideramos “Clásico” ha sido descuartizado, traducido y vuelto a crear y sin embargo no pierde su discurso, no pierde esa característica tan inalcanzable para muchos dramaturgos de tener siempre algo que decir, taladrando la coraza del tiempo, el espacio o el anonimato de los espectadores. Basta mirar hacia atrás y recordar a “Hamlet” en su versión victoriana o el “Hamlet” de Tyrone Guthrie con el claro sentido proselitista anti-nazi en la década de los cuarenta del siglo XX, y más recientemente la versión de Ian Mckellen y Richard Eyre de “Ricardo III”, con el Royal National Theatre, que sacudió a la crítica mundial por su enfoque fascista, visión que ni el propio Shakespeare debió imaginar. Estos ejemplos podrían avalan las frases viscerales de Antonin Artaud.
Aunque el Momo pidiera a grito la fundación de una nueva lengua, de nuevos códigos estéticos o comunicacionales y la exploración de sentimientos ocultos y temidos por incomprensibles, nada de eso se ha asumido con la pasión y la hondura que el mismo Artaud puso y que finalmente lo terminó perdiendo. Quizá todo se deba a que la maldición de la locura gravita demasiado cerca de esa cruzada y pocos son los dispuestos a enfrentarla. Por eso es que el mismísimo padre del surrealismo, André Bretón, sintió miedo de visitar en el asilo al abandonado y necesitado Artaud . Según luego dijo el autor de “Nadja” y de los Manifiestos surrealistas, aquello no tenía sentido pues el gran Momo ya había cruzado al “otro lado”.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.










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