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Carrera Damas académico
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
El 15 de noviembre de 2007 fue una día señalado en los anales de la investigación y de la enseñanza de la memoria venezolana. Ese día la Academia Nacional de la Historia recibió entre sus Individuos de Número al profesor Germán Carrera Damas (1930). Esta institución por décadas no le había abierto sus puertas porque no se había entendido la esencia de su tesis doctoral El culto a Bolívar (1969), el cual se consideró por el máximo instituto un libro de detracción bolivariana, cosa que no era y ello lo advertía su autor en sus primeras líneas, “Este libro no tiene propósitos iconoclastas, ni es diatriba ni es denuncia… Mi propósito ha sido otro, elemental y científicamente legítimo: comprender una forma ideológica de indudable importancia en la vida histórica de Venezuela. En el camino hacia ese conocimiento ha sido necesario… enjuiciar críticamente modos y matices de un culto en cuyo ejercicio se ha abusado de la lógica, luego de haberse atropellado el sentido común y haberse exhibido dudosos gustos… En ningún momento… hemos perdido de vista la pauta de objetividad y de sereno análisis que nos propusimos como base de nuestra labor… el objeto de nuestro estudio conspira contra la ideal imparcialidad… imposible de alcanzar al hallarnos en presencia de inauditos procesos ideológicos acerca de cuyas motivaciones y propósitos difícilmente se puede ser benévolo o tolerante y que… penetran tan hondo en la realidad de nuestros tiempos que concitan la reacción no ya del historiador sino del ciudadano” (ed.1973,p.11-15). Eso era aquella obra plenamente viva. Y la cual ha tenido hondos retoños: De la patria boba a la teología bolivariana de Luis Castro Leiva (1943-1998), El divino Bolívar de Elías Pino Iturrieta (1944) y Por qué no soy bolivariano de Manuel Caballero (1931) son sus hijos legítimos, sin Carrera no se hubieran escrito porque él fue quien señaló la senda. Y ante El culto… para nada se tuvo en cuenta, por muchos años, la observación de otro maestro Manuel Pérez Vila (1922-1991) quien había acotado sobre él “El autor parte de la comprobación de que es ‘imposible dar paso por la vida venezolana sin tropezar con la presencia de Bolívar’ y se propone indagar las causas sociológicas, históricas y sicológicas del que denomina ‘culto’ a Bolívar” (Para acercarnos a Bolívar, ed. 1980, p.99). La justicia puede tardar pero siempre llega. Ahora está aquí y fue imposible no pensar en ello mientras Carrera subía los escalones que aquel jueves lo llevaron al púlpito académico. Nuestro primer metodólogo de la historia, al menos por su fascinante Aviso a los historiadores críticos (1995), el que propuso la necesidad de la creación una “tropicalogía” para entendernos nosotros que vivimos en el trópico (Validación del pasado, ed.1975,p.55), el historiador de nuestra historiografía y el formador de varias generaciones de historiadores llegó allí, tomó las hojas de su disertación y pronunció su Discurso de Incorporación: Sobre la responsabilidad social del historiador. (Caracas: La Academia, 2007. 31 p.), breve pero sustanciosa página, siempre cercana al presente, ese que entre la alegría y la angustia, entre la celebración y la vigilancia, vivenciamos. En estos tiempos Carrera ha estado meditando vivamente en lo que vivimos desde 1999 al menos en dos libros sustanciosos Una ideología de reemplazo (2005) y Recordar la democracia (2006). A ello volvió en el trabajo suyo que vamos a glosar. Retornó a estas dolorosas horas republicanas y no olvidó que la historia se escribe desde el lugar y el tiempo en que existimos.
En Sobre la responsabilidad… señaló que había dos actitudes ante la historia: “Una es la de los pueblos que se postran ante la que tienen por su historia… otra… es la de los pueblos para los cuales la que consideran su historia es el hacer cotidiano, marcado por la determinación de cultivar, perfeccionándolo, el resultado de su hacer, y extrayendo de la conciencia histórica la determinación de pagar con su esfuerzo, y hasta con su sacrificio, su pasaje a la plena realización de los valores históricamente generados y propuestos. Esos pueblos, agraciados por la razón histórica, han llegado a comprender que radica más heroísmo en el vivir la patria que en el morir por ella” (p.8). E insistió “el más eficaz medio para procurar la sumisión de un pueblo ha sido el debilitamiento, a veces llevado hasta la demolición, de su conciencia histórica” (p.9), “El siglo XX nos dejó las más logradas demostraciones de esta perversa manipulación… desde el falangismo ultramontano hasta el genocidio en versión Pol Pot, pasando por las demás derivaciones autocráticas del socialismo, fenecidas y actuales” (p.9).
E insistió, lo que nos parece el corazón de su disertación, “El siglo XX nos ha entregado también pruebas y demostraciones de que, enfrentados a tales amenazas, genuinos intelectuales, tanto historiadores como representativos de otras áreas del conocimiento y la creatividad, amén de destacados políticos, persuadidos de que la conciencia histórica es una dimensión sustantiva de la condición humana, y digo es porque la enseñanza brindada por su actitud perdura, asumieron la reivindicación de los fueros de esa conciencia, y sentaron ejemplo de cumplimiento, en su campo, del que es en el historiador un deber social, resultante del ejercicio cabal de su oficio” (p.9).
Es por ello que al meditar sobre estos días, mirando a Venezuela y al universo de este tiempo, no se le escapa el sentido profundo que tiene el “proceso de globalización euroccidental” (p.13) que vivimos, que se detenga ante lo hecho por seres como Gandhi, Franklin Delano Roosevelt, Rómulo Betancourt, Mihail Gorvachev, Juan Pablo II, Nelson Mandela a los que denomina “arquitectos todos de sociedades” (p.13) y que nosotros consideramos bienhechores de la humanidad.
Continuación:
Y es también por ello, tras recalcar la idea de la amplia implantación de la democracia en el mundo de la postguerra, desde 1945, la persistencia en sostener la democracia, el sistema de vida de la sociedad occidental, la insistencia que su desarrollo ha tenido en estas décadas en Japón (1945), la India (1947) y Venezuela que él sitúa en nuestro caso en 1945 aunque podríamos decir que fue acto pleno de la nación desde el 14 de febrero de 1936 aunque llegó a su plenitud con el 18 de octubre de 1945. Allí nació lo que Carrera llama, a quien no deseamos de ninguna manera contradecir, siempre que lo leemos lo hacemos para aprender de él,”la Primera República liberal democrática, en el lapso 1945-1948” (p. 10), modo de ser de la nación “sometida hoy a la abrupta y forzada incorporación de remanentes de nociones históricas agotadas” (p.22). Y subraya sobre el mismo punto:”en momentos en que vivimos un paréntesis de un desarrollo democrático que no detienen ni decretos, ni exaltación de valores creados ad hoc, ni la adulación de otros a voluntad circunstancial, y sobre todo, que no podrá ser arrancado de la tierra civil donde está sembrado, simplemente intentando la torpeza de ocultar cuarenta años de historia nacional” (p.24). Tiempo que para nosotros, y que nos perdone Carrera, tiene más largo tiempo existiendo: al menos setenta, desde la muerte del gran tirano el 17 de diciembre de 1935 y del gran manifiesto democrático que puso al día siguiente en manos del general Eleazar López Contreras (1883-1973), con numerosas firmas que lo avalaban, Andrés Eloy Blanco (1897-1955), su redactor, cuya firma lo encabezaba. Este documento, que poco se cita, lo publicó El Heraldo (diciembre 19, 1935) a las horas de ser presentado en Maracay en donde aun estaba el general López en espera de las exequias del dictador dos días después de su deceso. Pero Chávez no sólo no ha construido nada, que siempre es difícil y laborioso, sino que ha destruido todo lo que Venezuela creó en al menos esos setenta años. Pero incluso, en ciertas materias, podríamos retrotraernos más, incluso a los días de Gómez, aunque la suya era una dictadura, cuando se creó, ¿en los años veinte?, el Estado Moderno entre nosotros y se tomaron las grandes decisiones que tuvieron ulterior influencia en nuestro desarrollo. Fue allí en donde se inició nuestro siglo XX distinto de lo que escribió Mariano Picón Salas (1901-1965) en Regreso de tres mundos (ed.1959, p.112). Según esto podríamos contar más de setenta años, ochenta o noventa años. Chávez, su incapacidad y escasa formación, no le han permitido ver que es fácil derrumbar mucho más difícil y tesonero edificar. Y que además hay hechos y vivencias que no olvidan los pueblos, forman parte de su experiencia, de sus vivencias, de su modo de ser. Y ello es la democracia contra la cual no han podido ni siquiera las más largas dictaduras. Se ha mantenido enhiesta. Al menos desde el “Decreto de garantías” (agosto 18, 1863) de general Juan C. Falcón (1820-1870), que tanto le gusta citar, con razón, a Carrera, tras la Guerra Federal, allí están las bases de la democracia liberal venezolana.
Y es por ello también que Carrera cita aquí “Las cuatro libertades” del presidente Franklin Delano Roosevelt (1882-1945), divulgadas en un discurso ante el Congreso de los Estados Unidos, en Washington (enero 6, 1941), que son como el credo de nuestro tiempo, las que han informado toda la post guerra y están vivas en estos albores del siglo XXI: “En los días futuros, queremos que haya seguridad y ansiamos un mundo basado sobre cuatro libertades humanas esenciales. La primera, es la libertad de palabra y expresión, en todas partes del mundo; la segunda, es la libertad de cada persona para adorar a su Dios a su propia manera, en todas partes del mundo; la tercera, estar libre de necesidades, que traducido en términos mundiales significa convenios económicos que aseguren a cada nación una vida saludable y pacífica para sus habitantes, en todas partes del mundo; la cuarta, estar libres de temor, que traducido en términos mundiales significa reducir mundialmente los armamentos en tal grado y forma tan completa, que ninguna nación pueda cometer un acto de agresión física contra algún vecino, en cualquier parte del mundo”. Esto lo esbozó el gran presidente gringo en plena Segunda Guerra Mundial (1939-1945), planeado los días de paz que vendrían tras la victoria sobre el fascismo y el nazismo, él había sido la cabeza de las tropas aliadas, desde que Winston Churchill (1874-1965) lo convenció, en una reunión en un barco en medio del océano donde firmaron La Carta del Atlántico (agosto 12,1941), de que los Estados Unidos debía participar en el rescate de la democracia, en la lucha contra Hitler y Mussolini. El general Franco, fascista también, se salvó, a nuestro entender, por la cauta política exterior que dirigió. Franklin Delano Roosevelt no pudo ver ni el final de la guerra (mayo 8,1945) ni la institucionalización de sus ideas porque falleció antes (abril 12,1945). Pero este es su legado creador. Y esta vivo como bien lo sostiene Carrera (p.19). “Las cuatro libertades” tienen tanta significación como en su día las tuvieron las palabras(noviembre 19,1863) del asesinado presidente Abraham Lincoln(1809-1865) conocidas por la posteridad como la “Arenga de Gettysburg” (S. Morrison: Breve historia de los Estados Unidos,ed.1980, p.388;Carl Sandburg: Lincoln, ed. 1972,t.II, p.145-149).
Y Carrera continua: “He sostenido que el siglo XX fue un gran cementerio de revoluciones, pues en su transcurso fueron ensayados los más radicales modelos revolucionarios, sobresaliendo las criminales derivaciones del humanismo marxista decimonónico, y de entorno socialista. No había ensayado la Humanidad una pretensión de ruptura, de tal magnitud, desde los tiempos en que el predicador de Galilea quiso hacer el hombre nuevo” (p.20). Y a lo que añadimos: si es verdad que Cristo pidió un hombre nuevo lo fundamentó en la realidad: el “Sermón de la Montaña” (Mateo:V,1-25) lo hizo incluso precursor de los Derechos Humanos y en el afectuoso diálogo de “La última cena” con sus discípulos está la base de aquella civilización del amor que insistió en fundar (Juan:XIII,1-38;XIV,1-27; XVI: 1-33; XVII: 1-26). La idea está viva.
Y volviendo a Carrera sobre la frustración revolucionaria que no pudo ver Marx pero si palpó Lenin es una idea remachada ahora por el premio Nóbel portugués José Saramago, hombre de izquierda, de esos que nosotros llamamos viejos comunistas porque siempre fueron seres de ideales quienes vivieron de acuerdo con ellos. Estos nunca llegaron al poder con lo cual evitaron caer en sus perversiones. De esto se salvó incluso Ernesto Guevara (1928-1967) al dejar el gobierno cubano antes que su permanencia en él lo corrompiera como sucedió a los demás de la elite castrista. Por ello pudo el Che convertirse en el gran idealista que muchos celebran hoy. Claro, él es un personaje de la historia, no de la presente y mostrarlo como tal, como hoy falsamente se está haciendo en Venezuela, es ideologizar. Pero volvamos al exilado lusitano en Lanzarote, en las Canarias. Saramago señaló en El Nacional (julio 10,2007), y Carrera se adhiere a ello, “Hay una tendencia autoritaria en muchos. De los ideales no queda nada”(p.20). Y en Venezuela lo que hemos vivido es, además de lo advertido por Saramago, la “desculturización de la política” según la certera expresión de Freddy Muñoz (con Américo Martí: El socialismo del siglo XXI: ¿huida en el laberinto?, ed.2007, p.111): no hay, desde los días de la Cuarta República seguido por el chavismo, ideales, doctrinas o convicciones que informen la práctica política. Los partidos se han convertido en máquinas de ganar elecciones. A este exagerado activismo se refirió un espíritu tan perspicaz como Gonzalo Barrios en 1978 en una entrevista con Alicia Freilich (La venedemocracia, ed.1978, p.167).
Pero junto con todas estas reflexiones que se pueden urdir leyendo Sobre la responsabilidad… también hay otras, muy interesantes, sobre el arte de escribir la historia. Para Carrera esto se basa esencialmente en que siempre hay que comprender tres requisitos de lo analizado: su procedencia, pertenencia y permanencia (p.14). Así puede decir que para él cumplir con las obligaciones de su oficio, el historiador no hay que olvidarlo nunca examina e interpreta el pasado solo, lo hace desde el presente que vive e inmerso en él. Esto explica que Carrera anote: “Mi modo de asumir ese deber… se inscribe en una comprensión del tiempo histórico en el cual pasado, presente y futuro no admiten cortes cronológicos estrictos, y se revelan como un contraste dialéctico de continuidad y ruptura, en el cual es posible discernir, mediando el ejercicio del espíritu crítico y el cultivo del sentido histórico, líneas evolutivas, de prolongada vigencia, que requieren, para que les pueda percibir con acierto, tener conciencia de que son esencialmente antitéticos y la noción de inmutabilidad” (p.11).
Los sucesos que analiza el historiador siempre se balancean entre los procesos de “continuidad” y “ruptura”. Sobre ello dice: “Me parece posible enunciar dos… que pesan en la comprensión del presente histórico de la sociedad venezolana. En éste advierto la última etapa de la ancestral lucha entre la divinización del poder público, que ha sido tenaz persistencia de nuestro pasado cristiano-monárquico, prorrogado en la República Liberal autocrática, y la humanización de ese mismo poder, que ha sido empeño no menos tenaz de la conciencia republicana, todavía vulnerable en su expresión como la república liberal democrática, hoy asediada” (p.12).
Esas fuerzas a las que se refiere son: “la voluntad divina” (p.12) y “los de los hombres son percibidos por la Historia mediante la comprensión crítica de sus acciones” (p.13), así como apunta más adelante Dios y Clío, la musa griega patrona de la historia, “comparten el espíritu del hombre, pues ambos satisfacen, aunque en planos formalmente diferentes, pero intrínsecamente inseparables, necesidades sin cuya satisfacción el hombre perdería el rasgo esencial de humanidad, que sólo los distingue de los demás seres vivos, sino que lo hace ser quien es como individuo. Me refiero a los requisitos de procedencia, pertenencia y permanencia, eje en torno al cual se forman, conjugándose, la individualidad personal y los condicionamientos de la conciencia colectiva” (p.14).
“Clío que es la espiritualización de la materialidad del hombres, responde a las mismas necesidades… autoriza al hombre a indagar sobre el origen de su materialidad, su intelectualidad y su espiritualidad, entendidas como los hechos sociales que son… es Clío la que hace al hombre, éste dejará de ser parte de la Humanidad al ser despojado de la que es su procedencia, aunque conserve creencias que también resultan de religiones que son privadas, igualmente, de historicidad… y por lo tanto desdeñadas como mera superstición” (p.16). Esto es tan esencial, y para nada se separa, aunque parezca que se va a otra parte, Carrera de su tema central que es la democracia y la imposibilidad de dar nueva vida a las ideas muertas, de allí la preciosa cita de un estudio del historiador Rafael Armando Rojas (1913-2007), a quien sucedió en el Sillón Letra “X” de la Academia, hace al principio (p.6).
Y también desde el lugar donde están Dios y Clío que hace esta observación:”Históricamente sabemos que bien se cuidaban los esclavistas de que sus esclavos pudieran conservar el sentido de pertenencia… Bien han comprendido que privar a sus esclavizados de su divinidad, llámese Dios o llámese Historia, es también deshumanizarlos” (p.16).
“Podríamos entonces concluir que Dios es la creencia por excelencia, comparada con la cual la verdad sería una suerte de deidad de reemplazo. Pero, ¿qué quedaría, entonces para la verdad histórica? Ella es, por imperativo metódico, resultado de los procedimientos críticos de comprobación. Es decir, bastante que lo requerido para basar la creencia fundamental, y, sin embargo, no parece que el resultado pueda pretender ser algo más que la verdad histórica; es decir, el de una verdad que confiesa su humildad hecha de aproximación, siempre cuestionable, a la verdad misma, que permanecería inasible” (p.17).
Y de esas ideas parte su visión de Venezuela y la práctica de la responsabilidad social del historiador que propone.
La “sociedad implantada venezolana, denominada criolla, si bien durante la segunda mitad del siglo XX se convirtió en una sociedad de inmigración en la que lo criollo, en el sentido tradicional, se ha vuelto un componente, aunque todavía predominante, de un todo social en vías de fraguado. Entramos de esta manera, en una nueva etapa de la prolongada definición de la conciencia nacional venezolana” (p.21-22). Así “la fase inicial del nacimiento de la conciencia nacional del venezolano, cuyo acto embrionario, la repatriación de los restos de Simón Bolívar (1842), se realizó apenas tres años antes del perfeccionamiento de la abolición de la monarquía y del reconocimiento de la Independencia (1845), ha estado representado por el nacimiento del culto a Bolívar, que ha servido de puente entre la conciencia nacional en proceso de formación y el carácter divino del absolutismo monárquico: Simón Bolívar fue convertido, por una sociedad huérfana de su Rey, en el semi-dios legitimador del autoritarismo. En este tránsito de origen semi-divino vivió de manera única el venezolano republicano hasta que, a partir de 1936, cobró nuevo impulso la formación de la conciencia nacional genuinamente republicana, cargada de nuevas respuestas a las necesidades de procedencia, pertenencia y permanencia” (p.23).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.










ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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