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De la Independencia y de la Sociedad Civil

por Roberto J. Lovera De Sola

LOS REALISTAS

En La voz de los vencidos (2ª.ed. Prólogo: Inés Quintero. Caracas: Bid &Co Editor, 2007. 377 p.) el historiador venezolano Tomás Straka (1972) nos ofrece por primera vez la historia de la Independencia desde el punto de vista español, mirada desde lo que denomina “Ideas del partido realista de Caracas,1810-1821”. Era un ángulo que nos faltaba, sin el cual es imposible trazar la historia de aquel álgido proceso porque para hacerlo debemos escuchar las dos voces, la de ambos lados, con una sola no nos basta para hacer la historia. Y escuchar la de los realistas, esos “expósitos de la historia” (p.353), era perentorio, nunca se los ha oído hasta el lúcido libro de Straka, esencial para comprender la gran transformación operada desde 1810, prácticamente, como el mismo lo señala, los realistas habían sido borrados de la historia del período (p.7) o se había denigrado siempre de ellos sin analizarlos (p.8). Y fueron varios, y no sólo José Domingo Díaz (1772-¿1834?), los que escribieron su pensamiento, incluso sus libros, ya vencidos, en España, como Díaz o Rafael de Sevilla. También lo hicieron Juan Manuel Cagigal, no el matemático del mismo nombre y apellido sino su primo, Ángel Laborde, Andrés Level de Goda (1777-1856), Manuel Vicente de Maya, José Domingo Rus (1768-1835), Rafael de Sevilla, Pedro de Urquinaona y otros.

Continuación:

Tanto que como él mismo lo indica en el capítulo final de su obra:”El estudio de las ideas de los “godos” demostró que no sólo ayuda a ponderar mejor nuestros libertadores, lo que ya es sí es bastante, sino a ver mejor lo que ha sido el devenir de los venezolanos, que para nuestra auto comprensión también precisamos de los anti-héroes, y hasta de la idea de que tales en realidad no lo eran, sino que entendían otras cosas, en muchos casos con franca buena intención” (p.324).
Y no sólo escuchar a los realistas sino interrogarlos en sus propios papeles, en sus propias publicaciones, en sus hojas sueltas, folletos y en sus periódicos, sobre todo en las columnas de la Gaceta de Caracas, cuando el ejército del rey mandaba en Caracas (1812-1813,1814-1821) que escribió el más furioso de ellos, el realista caraqueño José Domingo Díaz. Y eso lo que hace Straka. Y esta es su singular contribución, que no es poca, por ser la suya la primera vez que se estudia nuestra independencia desde el punto de vista realista.
Así “auscultar esa opinión fiel a su majestad” (p.113) constituye la esencia de la labor hecha al estructurar este libro, de allí su interés por “los realistas criollos” (p.153). Y ese saber mirar aquello que indica al apuntar:”Hay que advertir que el pensamiento realista, en cuanto pensamiento reaccionario, centró su esfuerzo en atacar lo nuevo, no en crear cosas nuevas” (p.161). Y algo más esencial:” los defensores del rey en verdad sintieron que ser venezolano no refería a otra cosa que a algo geográfico, sin implicación alguna con la posibilidad de romper con un rey y de revertir su soberanía” (p.281-282). Y por ello fue que “los realistas encontraron una bandera: si revolución es una infidencia, la reacción, reconquista, es una justa causa” (p.298); así la expresión “Españoles venezolanos” fue “idea medular de la negación de una nacionalidad venezolana independiente” (p.300).
Es por ello que anota: “La historia de nuestro proceso de emancipación sólo ha sido escrita por la mitad” (p.15), sólo por los vencedores, como siempre sucede.
E indica “Después de revisar en los archivos, la prensa, las memorias y las historias de la realistas, la visión de nuestra Independencia no podía seguir siendo la misma” (p.49), de allí la aguda perspectiva que su libro nos ofrece.
Esencial para seguir La voz de los vencidos es detenerse en estas observaciones de su autor. Tal cuando explica el punto desde el cual explaya su exploración:”Por todo esto, la propuesta de estudiar el proceso emancipador desde la perspectiva de las mentalidades (o de la conciencia colectiva, como diría (Augusto) Mijares) se muestra como la más adecuada para nuestros fines” (p.62); “Lo que poco se ha dicho en nuestra historiografía, es que los detentores de la mentalidad tradicional, también redactaron periódicos, publicaron libros, compusieron canciones, poemas, proclamas y pasquines, estructurando una de las líneas argumentales de pensamiento político más defendidas, coherentes y sólidas de nuestra historia” (p.112).
Los realistas no comprendieron la transformación y se enfrentaron a ella sin lograr entender los signos de su tiempo, no amar su época fue su más grave pecado, hacerlo contra los signos de la historia fue peor para ellos. Por ello a la larga, pese a lo hecho después por los “realistas venezolanos”, aquellos que se colaron en la República haciéndose perdonar por ella, cosa, entre varios, del cumanés Andrés Level de Goda, sin duda un venezolano destacado, criollo realista, asunto apenas estudiado todavía, los realistas militantes quedaron aislados, y muchos salieron del país como Díaz, que es paradigmático entre ellos o el cambiante marqués de Casa León (1750-1826). Es por ello que, como anota Straka, su trabajo ha sido examinar, tal cual sucedió cada cosa, cada hecho, como lo pidió el gran historiador alemán Leopold Von Ranke (1795-1886) a quien cita, “Ese cambio, que va a considerar al sistema republicano un sistema diabólico, literalmente hablando, a considerarlo como más ajustado a las necesidades de aquella sociedad en crisis, es lo que vamos a estudiar” (p.57). Y lo hace.
Debe leerse La voz de los vencidos con atención. Su saldo es positivo. Y un nuevo historiador quien tiene mucho que decirnos asoma en sus páginas.
El libro de Tomás Straka es notable por las perspectivas que abre y porque nos permiten comprender en sus raíces un proceso determinante en nuestra historia. Pero queda aun mucho por explorar en la interacción España Hispanoamérica durante la contienda emancipadora, hay que hacerlo para entender las dos caras del proceso. Hay al menos tres temas que apenas se han asomado como se debiera. El primero es examinar la forma como el pensamiento de la Ilustración penetró en España y la impregnó de las ideas nuevas que fueron las que permitieron más tarde a algunos españoles comprender el proceso que se vivió en el Nuevo Mundo. El segundo estriba en la necesidad de estudiar el significado pleno, aunque frustrado y tardío para la América Española, de las Cortes de Cádiz en 1812 de donde surgió la primera Constitución española que lo fue de nuestro continente aunque fue imposible de practicar por que la insurrección de las colonias contra Madrid era plena. Pero las ideas expresadas en las Cortes de Cádiz nos interesan, la presencia de los diputados venezolanos en ella, entre ellos estaba don Esteban Palacios (1767-1830), tío del Libertador, debe examinarse. Y sobre todo la gran acción desplegada por el más connotado de todos ellos: el maracucho José Domingo Rus. Straka sin embargo llama la atención sobre estos puntos, no hay que olvidar que su trabajo pertenece fundamentalmente a la historia de las ideas. Pero hay muchos tópicos ligados con esto que esperan aun una mayor consideración.
También hay que examinar, apenas lo hizo el maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001) en su ensayo “Liberales y Libertadores” (Godos, insurgentes y visionesrios, ed.1985, p.45-57), el entrelace del pensamiento liberal a los dos lados del Atlántico porque en ambas márgenes se buscaba un tiempo nuevo a través de las ideas renovadoras, esto lo que explica la rebelión de Riego y Quiroga en la península que frustró la segunda expedición que pensó enviar el rey Fernando VII contra los patriotas, ya que la de Morillo había fracasado, había sido vencido por Bolívar y sus tropas, derrotadas también por las enfermedades tropicales que las diezmaron. Y por la fuerzas de los aquellos soldados republicanos, tanto que el propio Morillo las admiró, él mismo la vio en acción y se vio derrotado por ellas varias veces, hasta el punto de compararlas con las que aparecen en la Ilíada. Llegó a decir “denme este ejército y conquistaré a Europa”.
Contar la historia de la independencia desde el punto de vista hispano también ha seducido, dentro de la ficción, al escritor Álvaro Caballero Fonseca (1947) en las hojas de su novela histórica Las razones del Indiano. (Caracas: Comala.com, 2003. 364 p.). Y, claro, detenerse ante los anti-héroes, como hizo Francisco Herrera Luque reconstruyendo con los instrumentos de la ficción el pasado, como lo hizo con José Tomás Boves (1782-1814) en su Boves, el Urogallo. (Caracas: Fuente,1972.321 p.), forma parte de este proceso de recuperación de la parte preterida, arrinconada de nuestra historia de ese período, colocada en un desván pero presente pero quien baje a él.

LA PREGUNTA POR LA SOCIEDAD CIVIL

El historiador Tomás Straka en Las alas de Ícaro. (Caracas: UCAB, 2005. 269 p.) nos ofrece un sugestivo estudio sobre todos los asuntos que en torno a la sociedad civil nos estamos planteando los venezolanos en estos tiempos, sólo que para presentarnos tan acuciante asunto, la interrelación entre ética y ciudadanía, él lo hace explorando en el pasado (1800-1830), a través de las obras de nuestros más luminosos pensadores del período de la emancipación y el inicio de la Venezuela autónoma, ya desgajada de la Gran Colombia (enero 13,1830). Entre todos estos es central el pensamiento de Juan Germán Roscio (1763-1821) y de su libro cumbre El triunfo de la libertad sobre el despotismo (1817), que fue la obra ideológica más importante publicada por un venezolano durante todo el período bélico cuando cuanto todo lo que investiga Straka se planteo por vez primera ante nosotros.
La preocupación por la sociedad civil es tan antigua entre nosotros que ya en plena guerra, lo cual debe ser siempre el punto de partida de este examen, el Libertador había indicado en su Carta de Jamaica (septiembre 6,1815): “Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil” (Escritos del Libertador, ed. 1972, t.VIII, p.232). Tan consciente estaba Bolívar de lo que era la sociedad venezolana que un año antes había advertido en una proclama (abril 13,1814):”Una devastación universal ejercida con el último rigor ha hecho desparecer del suelo de Venezuela la obra de tres siglos de cultura, de ilustración, y de industria” (Escritos…, ed. 1969, t.VI, p.241)
El fascinante itinerario que nos ofrece Straka es una “historia de la moral republicana” (p.9), “es el estudio histórico sobre una idea ética…demostrar como la ciudadanía, en cuanto constructo, fue la condición básica de un proyecto ético-político” (p.11) porque “sin moral republicana no puede haber gobierno libre” (p.63), “sin una difusión de la virtud y su traducción en una ciudadanía eficiente el proceso no podría prosperar” (p.75),”Todo corresponde a una misma lógica: establecer un régimen definido por la virtud” (p.248), que tuvo como esencia la lucha contra la ignorancia, es decir el establecimiento de la forma de educar a los ciudadanos (p.17), según la concepción de Roscio quien llegó a escribir en 1820: ”conocí también que nuestro mayor enemigo era la ignorancia” (p.17). Así la esencia de Las alas…”es demostrar cómo la ciudadanía, en cuanto constructo, fue la condición básica de un proyecto ético-político: el de alcanzar una forma de vida distinta, y en la mente de sus promotores. Superior, a la vivida bajo el régimen español. El ciudadano entendido como un hombre dotado de una moral determinada que encamina libremente sus acciones hacia ese mejor vivir” (p.239).
Ahora para llegar a la médula de este asunto Straka lo hace interrogando a nuestros grandes pensadores de aquel tiempo, lo cual prueba que las preocupaciones de ahora ya estaban vivas en aquellos que crearon el proyecto emancipador venezolano. Así vemos como Straka repasa los escritos sobre estos tópicos de Juan Antonio Navarrete (Arca de letras y teatro universal, 1810), Bolívar, Bello, Simón Rodríguez, Roscio (El triunfo de la libertad sobre el despotismo, 1817), Manuel Palacio Fajardo (Bosquejo de la revolución en la América española, 1817), Miguel José Sanz (Teoría política y ética de la Independencia, 1811), Francisco Javier Yanes cuyo Manual político del venezolano (1839) considera Straka “tal vez la obra cumbre de nuestra ética cívica de los primeros tiempos” (p.150), Juan Vicente González (Biografía de José Félix Ribas, 1865), los Fragmentos Tomás Lander, Domingo Navas Spínola (Virginia, 1824).
Las alas de Ícaro constituyen un libro sustancial. Para entender la problemática que Straka explora y pone de nuevo ante nuestros ojos debe partir del sentido que tuvo para los hombres de la generación de la Independencia de la sociedad venezolana y sobre todo porque para ellos, y después para nosotros, la gran mutación que se produce en Caracas desde el 19 de abril de 1810 no fue sólo ni el golpe de Estado ni un simple pronunciamiento militar. Fue el momento en que una sociedad llegó a su madurez y pudo por lo tanto tomar las riendas de su administración. Esto fue lo hicieron los hombres de lo que el maestro Pedro Grases (1909-2004) llamó la “generación de la Independencia”. A lo cual hay que añadir hoy, y Straka lo hace diáfanamente, que lo que vino a dar como un río al pronunciamiento caraqueño del año diez fue uno de los momentos de la “crisis de la sociedad colonial” como denominó a este período Germán Carrera Damas, en su libro de igual título. Fue este el final de un proceso social muy intenso, consecuencia de la madurez de la sociedad provincial en nuestro siglo XVIII.
Y como es lógico el “proyecto” que nos llevó a la emancipación se inició, como siempre sucede, en la mente de un grupo de pensadores esclarecidos, entre los cuales el mayor fue sin duda Roscio, pero no el único. Ya hemos señalado los nombres de aquellos en los cuales se afinca Straka para su lúcido examen.
Y es central entonces en todos ellos la confluencia dentro de su “proyecto” del enlazamiento entre ética y ciudadanía, que es el asunto particularmente estudiado, con honda penetración por Straka. Al asomarnos a este asunto hay que tener siempre claro, esto lo recalcó más de una vez Augusto Mijares (1897-1979), que la emancipación se hizo porque la sociedad colonial había llegado a su madurez y podían los venezolanos regir sus destinos porque estaban preparados para hacerlo. O, como indicó Luis Castro Leiva (1943-1998) “que la Independencia no se inició, por lo menos en la cabeza de sus primeros detentores, como un simple deseo nacionalista de secesión del Estado español, sino como la búsqueda de establecer ‘una forma de vida, o si se quiere, un destino colectivo e individual distinto al que cívicamente llevábamos como el propio hasta ese crucial momento” (p.10) según la cita que leemos en Las alas…
Todas esas concepciones nos llevan a penetrar en “La forma en la que los venezolanos ensayamos una solución propia al respecto, tomamos lo mejor de nuestra tradición colonial y la combinamos con las últimas ideas de la modernidad en el entre siglo XVIII-XIX” (p.10). Fue así como buscamos, rompiendo con Madrid lo cual tuvo “connotaciones infinitamente más existenciales a lo pensado” (p.11), “un modelo, un patrón, de un plan de vuelo para echar adelante la vida independiente, se tomó para ello a ese conjunto de prácticas y valores que hoy entendemos como ciudadanía. Y no se trató de una impostura” (p.11). Es allí donde echó raíces el proyecto, al cual se refirió Simón Rodríguez, la “tradición ético-política venezolana” (p.13). Por ello, y a eso se refiere más adelante Straka siempre estaremos en todos nuestros momentos en el palique Vargas-Carujo del amanecer del 8 de julio de 1835: el mundo es del hombre justo (ética), el mundo de los valientes (propio de la militarada). Por ello indica Straka: “Frente a la clave de Carujo surgida de la guerra, está la de Vargas, venida de la colonial” (p.114). Tal el enfrentamiento de Carujo y Vargas “la virtud armada en el primero, la virtud civil en el segundo. El cumplimiento de la virtud, bien entendida como valor o como respeto a las leyes, les permitiría a todos entrar en los usos de la sociedad” (p.139). Ahora bien, nosotros no nos atreveríamos a llamar la de Carujo “virtud armada” porque no había tal, era la violencia, contraria siempre al imperio de las leyes lo que se impuso aquel día de 1835. Y no fue él único, mírense los anales de los golpes militares. El ejército no esta para usurpar el poder civil. Lo que las Fuerzas Armadas deben hacer es sólo “utilizar sus espadas en defensa de las garantías sociales” según el mandato del Libertador en su testamento (diciembre 10,1830), nunca infligir el régimen deliberante de libertades públicas, de ciudadanos iguales. Carujo, fuera de su condición psicopática bien probada por la historia estaba insurgiendo, destruyendo mientras Vargas estaba construyendo y sosteniendo. Esto último implica que siempre para los dirigentes de la Revolución los hábitos de sociedad civil, heredados de la colonia estaban vivos, debían ser continuados. Es ello que don Simón Rodríguez advirtió, en El Libertador del mediodía a América y sus compañeros de armas defendido por un amigo de la causa social (también conocido como Defensa de Bolívar), “Bolívar no vio, en la dependencia de la España, oprobio ni vergüenza, como veía el vulgo; sino un obstáculo a los progresos de la sociedad de su país” (Obras completas, ed.1975, t.II, p.199) lo cual puede correctamente aplicarse al Vargas que se enfrentó a Carujo, quien estaba en tan transcendental momento, como indica Caracciolo Parra Pérez (1888-1964), completamente borracho, ebrio dice el merideño (Mariño y las guerras civiles, ed. 1958, t. I, p.313). De la colonia, sobre todo de la vida de los Cabildos a lo largo de tres siglos provenía la sociedad civil, y “La independencia…es el objetivo de la sociedad civil” (p.139) anota Straka.
Pero volvamos al momento de palique Vargas-Carujo, que no pudo ser un diálogo porque el oficial estaba armado y el presidente sólo poseía su valor personal y sus convicciones cívicas. En el momento de aquel enfrentamiento que ha guardado nuestra historia como un tesoro, tanto como las palabras “bochinche, bochinche, solo bochinche” del Precursor en su madrugada trágica. Allí en aquel amanecer se interpolaron las dos tradiciones venezolanas: “la caudillista (Carujo) y la de la sociedad civil (Vargas). La una referida a la ruptura generada por la guerra de Emancipación y su continuación en los siguientes sesenta años de guerras civiles, y con su moral basada en el valor físico; y la otra…centrada en la regularidad administrativa y el respeto a las leyes…Cuando vemos contraponerse a Vargas y Carujo en 1835, estamos ante el choque de estas dos tradiciones” (p.248-249). Pero ello insistimos en que no creemos en la existencia de una “virtud armada” (p.247), pensado en Carujo y sus sucesores. Sólo le encontraríamos sentido a la “virtud armada” si esta se utiliza para restituir las libertades perdidas sonsacadas de la sociedad por el militar, como Carujo y otros varios, que se consideraron que ellos eran la única ley existente en la nación. Pero también se puede evitar el acto militar agresivo del golpe de Estado con las actitudes propias del régimen democrático quien para resolver sus problemas debe apelar al diálogo, a la concertación no a las armas que deben ser en la democracia fusiles para la paz, para la creación. Por ello es que sabemos que el mundo no será feliz hasta el día que el último ladrillo del último cuartel caiga sobre el último soldado.
Gracias a la meditación escrita sobre nuestro proyecto fue que los venezolanos pensantes lograron “crear un ideario sorprendentemente original” (p.14) el cual se sostiene, y nos sostiene, plenamente hoy. Es por ello, y el libro de Straka viene a recordárnoslo en muchos de sus pasajes, que la historia manda, que el pasado es una orden. Pretérito que para servir y ser útil no puede convertirse en una obsesión, lo cual es un signo fascista que a lo que más se ha opuesto siempre la concepción de la sociedad venezolana que ha sido desde sus albores democrática y cuyo fundamento ha sido el proyecto liberal.
Así de lo que se trató, y logró en muy buena medida, pese al “realismo atroz” (Francisco Herrera Luque: Los cuatro reyes de la baraja, ed.1991, p.49) que impone el suceder político de cada día, crear “nuevas instituciones y principios para alcanzar viejos anhelos” (p.10). Y para vivir surgió el llamarse patriotas los ciudadanos, lo cual los llevó a las acciones de “fundación, de angustia, de autodescubrimiento,…revelación” (p.19, nota 5).
Y esto es lo que debe hacernos volvernos a plantear, para podernos comprender bien, a fondo, “que la independencia representó un conflicto ideológico de vastas proporciones y en cuyo seno se debatieron el resto de los problemas sociales y económicos que contempló, porque de lo que se trataba era, precisamente, de generar otras formas de vida: que por eso lo específicamente ético jugó un papel mucho mayor al dado hasta ahora” (p.22).
Aunque Straka inicia su análisis en 1800 en verdad la “crisis de la sociedad colonial” se hace presente por vez primera en 1808 con la “Conspiración de los Mantuanos” pero en verdad ya para 1800 había al menos tres testimonios escritos dignos de atención para la sociedad que se iba a formar, o más a transformar porque iríamos del autoritarismo real a un régimen liberal. Y esos memoriales los encontramos en el Diario (1771-1792) de Francisco de Miranda y en el Informe de don Simón Rodríguez al Cabildo (1794) sobre la necesidad de la reforma escolar y las en las Ordenanzas (1800) del licenciado Sanz.
En verdad tiene razón Straka cuando dice que todo el suceder que vimos, y que en este libro observamos dentro del marco de la historia de las ideas, se inicia con la consideración de la situación de España, de hecho los sucesos caraqueños de 1808 si bien pueden ser considerados el último acto de adhesión a la corona a la vez es el primer acto independentista de la elite que protagonizara el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811. “En fin, la historia de la revolución en Venezuela empieza en España” según una observación de Roscio (p.46). De allí que siempre España esté presente en todo el tejido del suceder y que los criollos se planteen de alguna forma lograr ser “otra gente, otra España” (p.23), se consideran aquellos caraqueños, “son españoles, tal vez otros españoles” (p.41), distintos, lo cual era parte de un proceso tan antiguo que el maestro José Antonio Calcaño (1900-1978) encontró sus raíces bastante claras en sucesos y papeles del siglo XVII (“Tesoro de documentos” en El atalaya. Caracas: Monte Ávila Editores, 1977, p.99-105). Los actos en Caracas en 1808 tienen que ver con “la gran tormenta hispánica de aquel año” (p.23) en que hubo una conspiración, el motín de Aranjuez y la caída del Rey, que Bello, en su editorial del primer número de la Gaceta de Caracas, recién fundada aquel día, consideró una revolución, fue el maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001) el primero en llamar la atención sobre ese punto (Bello el venezolano. Caracas: la Casa de Bello, 1986, p.19). Pero 1808 fue también el año, el 24 de octubre, de la instalación del primer taller de impresión en tierra firme. Se imprimió entonces aquel mismo año la Gaceta de Caracas cuyo redactor fue Bello, no podía ser otro sin duda. En su primer editorial nuestro joven humanista deja claro los caracteres de la sociedad venezolana para aquel momento.
Lo que se propusieron los ciudadanos del país, desde la meditación sus pensadores, fue la creación de una nueva “forma de vida… un destino colectivo e individual distinto al que cívicamente llevamos como propio hasta aquel crucial momento” (p.57) según la observación de Castro Leiva
Otro punto fundamental en Las alas Ícaro es todo lo relativo a ética y política: “sin moral republicana no puede haber gobierno libre” (p.57) dijo el Libertador. Y “Toda ética parte de una idea de libertad… el estado de realización que implica la práctica de esa virtud… es la felicidad” (p.141). Es por ello que desde muy temprano, en verdad está expuesto en el Manual político del venezolano del prócer Yanes “la nueva ética republicana que intentamos asumir los venezolanos desde 1811… (es) un resumen de las categorías básicas del liberalismo”, así el libro de don Francisco Javier, de lectura actual plena aun hoy, es “un abecedario republicano” (p.152). Así podemos ver como la práctica de la libertad tiene una “inmensa carga moral” (p.155). Y “La base de toda moral… es, lo señalan nuestros repúblicos: el amor” (p.164), “El amor a la patria… se presenta como la condición esencial para el despliegue de todas las virtudes republicanas… Si quieres ser libre, debes ser patriota: si patriota virtuoso: tal la ecuación de Navas Spínola” (p.182) en su pieza Virginia. Por ello subraya Straka: ”Amor a la patria para separarnos de España y de Colombia: amor para alcanzar la virtud; amor para tomar las armas contra la tiranía. Amor, en suma, para todos los ideales políticos de la libertad” (p.183). Y esto de la libertad es tan primordial que hasta podríamos llegar al extremo de “ser independientes, pero no libres” (p.185) porque para ejercer la libertad se necesitan virtudes.
De allí la importancia de la creación de la ciudadanía moral cuya configuración para Straka estriba: ”a) el amor a la patria…; b) no a cualquier tipo de leyes; la patria se entiende como categoría equivalente a república liberal, como ‘la morada de la felicidad’ a la que se llega… por la práctica de la virtud; c) Bolívar como encarnación de esa idea de patria-república; d) el catolicismo como fundamento último de todo el sistema; e) que estos valores siguen siendo, en buena medida, una ética sin correlato moral: los testimonios mustios y postreros de (Mariano de) Talavera (y Garcés) en 1856 se parecen demasiado a los procedentes de Bolívar en 1829 y a tantos más consignados de entonces acá, como para que no sigan constituyendo ‘nuestras primeras necesidades’, los ideales que siguen estando en el programa del deber ser republicano al cual aspiramos a llegar” (p.209-210). De allí la permanencia de la idea del Libertador, rescatada por Rafael Tomás Caldera Pietri de un pasaje del Discurso de Angostura (La rectitud del espíritu. Caracas: Italgráfica, 1976. 22 p.) sobre la necesidad de la rectitud en los vivires actuales. O el mismo Bolívar escribió:”El progreso de la luces es el que ensancha el progreso de la práctica, y la rectitud del espíritu, es la que ensancha el progreso de la luces” (Escritos…, ed. 1982,t.XV,p.28). Tal idea es el correlato de su idea sobre “moral y luces son los polos de una República: nuestras primeras necesidades” (Escritos…, t.XV, p.29). Y en cuanto a que la esencia de la sociedad venezolana fue entonces liberal como lo es ahora bien cabe recordar otra vez, también palabras finales, en su manda última, que el maestro Arturo Uslar Pietri confió a Rafael Arráiz Lucca: “No puede haber liberalismo salvaje, el liberalismo es la flor de la civilización, el tolerar la divergencia” (Ajuste de cuentas, ed. 2001, p.39). Y es esa misma tolerancia liberal, así la denomina Straka, la que llevó a Bolívar a llamar la atención en 1826 sobre que “La religión es la ley de la conciencia” (p.217) con lo que se adelantó más de un siglo a la concepción que expuso en los años sesenta del siglo XX el Concilio Ecuménico Vaticano II. Así ya desde 1811 se hizo evidente, en la Constitución de ese año, la primera que tuvimos, la conjunción entre cristianismo, democracia y ética de la felicidad (p.228), es lo que Straka denomina, con razón, la “teología liberal” que práctico Roscio en su famoso libro (p.230).
Y ya casi para concluir se podría preguntar el lector el por qué del título de la obra que hemos glosado. En verdad proviene de unas frases del Libertador, en la Carta de Jamaica, mal entendidas en el presente, según las cuales:”¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado se lance a la esfera de la libertad, sin que, como Ícaro, se le deshagan las alas y recaiga en el abismo?” (p.252). Y cierra Straka con esta observación que nos permite comprender el por qué de las líneas de Bolívar y entender la constante búsqueda de libertad en la sociedades y de la búsqueda permanente de por que la libertad sólo puede ser alcanzada dentro de la sociedad civil, tal el modelo que nos viene de la época de la busca de nuestra autonomía. Y para lograr esa libertad “la república y las formas liberales como el marco que haría…la necesidad de que sus miembros, los ciudadanos, adquieran costumbres (valores) necesarias pata que tal república funcione, porque de lo contrario, su vuelo sería el de Ícaro. Sus almas, de no estar bien formadas, se disolverían cuando les pegara de cerca el sol radiante de la libertad.¿Seguirán siendo de Ícaro nuestras alas?.
En verdad la lectura de este libro nos muestra que la historia siempre se escribe desde el presente, desde sus preocupaciones y angustias, por lo cual todo aquello que nos muestra el ojo zahorí de Straka tiene plena actualidad y nos muestra como la sociedad venezolana es una sola, la misma que antes anduvo en mula y hoy lo hace en avión y se comunica por Internet.
Tanta actualidad que sus temas focales de alguna manera los tocaron nuestros grandes pensadores de fines de la colonia: es imposible la convivencia de la democracia liberal con el autoritarismo; es exigencia perentoria de hoy, cuyo fundamento más serio se haya examinado en esta obra el desarrollo pleno de la sociedad civil que es el que nos llevará a lograr algo que propusimos como perentorio en 1978: radicalizar la democracia, hacerla más democrática. Y es evidente que el contrapunteo política-ética-libertad que examina Straka es hoy más que necesario. Y además es imposible la convivencia de la corrupción con la ética política.

(Leído en la sesión del “Círculo de lectura” de la Fundación Francisco Herrera Luque el martes 2 de diciembre de 2008).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

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