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La Alborada de los Trágicos

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

La Alborada de los Trágicos

Como decíamos antes, si la España de comienzos del siglo XIX hubiese sido un país avanzado, si hubiera tenido un gobierno sensato, muy posiblemente Venezuela, como país independiente, habría nacido bien, se habría convertido en un país próspero y feliz, y sus héroes nacionales serían Juan Germán Roscio y Cristóbal Mendoza, probablemente seguidos en importancia por el cura chileno José Cortés de Madariaga, más por razones anecdóticas que por su importancia real, y España habría perdido mucho menos de lo que en realidad perdió.
Pero España atravesaba su momento peor, su tiempo más desgraciado, y tenía en su cabeza hombres con poca cabeza, como los reyes Carlos IV y Fernando VII, dos de los peores reyes, no sólo de España, sino del mundo entero, y políticos de muy bajo nivel, como Manuel Godoy y Álvarez de Faría (1767-1851), cuya relación con la reina lo convirtió en todopoderoso hasta 1808, que fue cuando España tocó fondo.
El caso de los reyes es verdaderamente triste, pues eran hijo y nieto de Carlos III (1716-1788), uno de los mejores reyes de España y de Europa, que fue el tercer hijo de Felipe V y de Isabel de Farnesio, y llegó al trono español por la muerte de su hermano Fernando VI, en 1759. Un par de años después firmó el Pacto de Familia, que ligaba la suerte de España a la de Francia, lo que lo llevó a enfrentarse a Inglaterra y Portugal. Supo rodearse de ministros de cierta calidad, que le permitieron hacer un muy buen gobierno, tanto en la Península como en las Américas. En el caso de Venezuela, fueron gobernadores durante su reinado José Solano y Bote (entre 1763 y 1771), alentador del militarismo, creador de la Compañía de Nobles Aventureros, en la que sirvieron los Berrotarán, los Ponte, los Tovar, los Mijares de Solórzano, los Jerez de Aristeguieta, los Gedler, los Ibarra, los Rada, los Plaza, Hermoso, Ustáriz, Monasterio, Blanco, Rengifo, Galindo, Aguado de Páramo, Obelmejía, Palacio, Bolívar, Ascanio, Del Barrio, Berois, Monserrate, Herrera, Uribe, Arias, Liendo y otros, es decir, la crema y nata de la sociedad caraqueña. El mantuanaje en pleno. Es posible que ése haya sido el punto de partida del proceso independentista, pues al poder económico de los mantuanos se sumó un poder militar que hasta entonces no habían tenido en propiedad. Solano alentó, además, las obras públicas, saneó las rentas y estableció un sistema de correos regulares. También gobernó la provincia de Venezuela en esos tiempos José Carlos de Agüero, que se mostró, cosa extraña, imparcial y justo en lo relativo a la Compañía Guipuzcoana, con lo cual mitigó un tanto la rivalidad, creciente, entre europeos y blancos criollos. Gobernó entre 1772 y 1777, y fue sucedido por Luis de Unzaga y Amezaga, vasco por los cuatro costados, y a quien Luis Alberto Sucre califica de “inteligente, bondadoso y ya viejo”. Fueron los tiempos de predominio del eficiente y frío Intendente José de Ábalos, Intendente de Ejército y de Real Hacienda, exprimidor de impuestos y custodio terrible de los intereses de la corte de Madrid, que estableció el estanco de los naipes, el del aguardiente y el del tabaco, con lo cual tocó intereses y egoísmos que desembocaron en la rebelión abierta de los afectados. El 24 de septiembre de 1781, a raíz de la rebelión de los Comuneros, Ábalos previno a los políticos de Madrid acerca de la posibilidad de una rebelión a favor de la Independencia americana. Sostuvo que la causa sería lo anacrónico y caduco del régimen y la miopía de la política colonial de Madrid, y propuso la creación de tres o cuatro monarquías con reyes Borbones en tierras americanas. Nadie le hizo caso. En esos días de Unzaga se creó la Capitanía General de Venezuela, de 1777, que daría paso, después, a la república de Venezuela, ya unificada como más o menos la conocemos hoy. Y poco después desapareció la Guipuzcoana. Pero ya estaba sembrado el germen de la Independencia. A Solano y Bote lo sucedió Manuel González Torres de Navarra, que aupó el comercio, la agricultura y las artes entre 1782 y 1786, y que fue sucedido por Juan Guillelmi, más bien gris, y que fue sucedido en 1792, ya durante el reinado de Carlos IV, por Pedro Carbonell Pinto Vigo y Correa, “viejo, sordo, de carácter agrio, despótico y sumamente terco” (también según Luis Alberto Sucre), y allí empezó la caída en picada. Los otros gobernadores no hicieron otra cosa que convertir en inevitable la revolución, la “Rebelión de Caracas”, de la cual salió Venezuela convertida en república, en país independiente, pero como con una condena inevitable a sobrevivir en un estado muy parecido a la miseria. Políticos soberbios, corrompidos e incompetentes llevaron la nave española a su momento más bajo, algo que se notó demasiado en Venezuela. Y no sólo en Venezuela, sino en toda la América española y, desde luego, en España. En España, en 1788, por Voluntad Divina según sus partidarios y por desgracia según la Historia, subió al trono el infeliz Carlos IV, que al principio mantuvo algunas líneas y algunos personajes de su padre, pero pronto cayó en poder de la mediocridad más absoluta, en especial del “Príncipe de la Paz”, Manuel Godoy, de quien bien puede decirse que, con amigos como ése, no necesitaba enemigos. En 1795 España de declaró la guerra a Francia, a la Francia que había caído en manos de una revolución devastadora, y sin embargo le quitó a España la mitad de la isla de Santo Domingo. Dos años después firmó un tratado de alianza con el Directorio francés, y por eso se enfrentó a Inglaterra, por lo que perdió Trinidad y fue perdidosa en la batalla de Trafalgar. En 1807, con el pretexto de que los franceses tenían que pasar hacia Portugal, España fue ocupada por los franceses. Fue entonces cuando Fernando, el hijo de Carlos, conspiró contra su padre y causó el famoso Motín de Aranjuez, que obligó al padre a abdicar en favor del hijo nada pródigo y, de paso, el padre se convirtió en protegido de Napoleón, que atrajo al hijo a Bayona, en donde el hijo le devolvió el reino al padre, que a su vez se lo cedió a Napoleón. El pobre Carlos IV pasó el resto de su vida en el destierro. Inicialmente vivió en Francia, y luego en Roma, en donde murió mientras su hijito Fernando VII hacía serios y muy exitosos esfuerzos por desplazar a su padre en eso de haber sido el peor rey de España, lo cual logró, como se dice en términos hípicos, “por una nariz”. Fernando VII, después de los lamentables hechos de Bayona, había quedado preso en Valençay, y en 1814 regresó a España nada menos que como “el Deseado”. Su “gobierno” fue un desastre. Más que voluntarioso era terco y cerrado, e hizo cuanto pudo por imponerse, pero nunca lo consiguió, y lo que dejó de herencia a su país fue una guerra civil. En 1808, debido a sus intrigas y a las ambiciones Napoleónicas, la mesa estaba servida para todo lo terrible que pasó en América. Pues los españoles americanos no se sentían vinculados a un rey francés, a Pepe Botella, José Bonaparte, y se alzaron. Aparentemente defendían los derechos del legítimo rey de España, Fernando VII, pero en realidad lo que querían, por lo menos muchos de ellos, era otra cosa. Y casi la consiguen. La habrían logrado si España hubiera estado gobernada por gentes más sensatas. Pero no fue así. No era así. España estaba gobernada por los peores. Y esa realidad le costó muy caro a Venezuela. Había empezado el incendio. Un incendio que se cantó casi con inocencia en el “Gloria al bravo pueblo”, una canción patriótica más bien poco afortunada y con palabras, un tanto rimbombantes que fueron escritas por Andrés Bello para una canción política que se oyó en Caracas en los días del 19 de abril de 1810, y que molestó especialmente a algunos de los que perdieron sus empleos y sus libertades personales cuando los venezolanos nativos empezaron a conquistar los suyos. Era, en realidad, la adaptación de una canción de cuna, de un sencillo arrorró, que Lino Gallardo, mediante el simple recurso de cambiarle el tempo y el ritmo, convirtió en una especie de canción marcial. Fue esa la canción que e1 25 de mayo de 1881 el gobierno de Antonio Guzmán Blanco convirtió en Himno Nacional de Venezuela con los nombres de los autores cambiados, pues aparecen como tales Juan José Landaeta y Vicente Salias. ¿Por qué les fue escamoteada a Bello y Gallardo la paternidad del Himno? Simplemente porque ni el uno ni el otro fueron bolivarianos. Bello nunca confió en Bolívar y así se lo hizo saber a varios de sus corresponsales en numerosas oportunidades. Había escrito la letra de una canción patriótica (“Caraqueños otra época empieza”) con música de Cayetano Carreño, que no sobrevivió a su tiempo. Para Guzmán Blanco y los cultores de la religión bolivariana, Bello era, simplemente, un enemigo, y los bolivarianos no aceptan nada de un enemigo. También Lino Gallardo era un enemigo. Nacido en Ocumare del Tuy en 1773 y muerto en Caracas en 1837, Gallardo, aunque participó activamente en los movimientos independentistas y revolucionarios de 1810, 1811 y 1812, y aunque estuvo preso en las bóvedas de La Guaira por sedicioso, a la caída de la primera república, en 1818 reculó, y durante el régimen realista fundó la Sociedad Filarmónica de Caracas con apoyo de las autoridades. En 1827, durante la última visita de Bolívar a Caracas, compuso una canción muy, pero muy parecida al “Gloria al Bravo Pueblo”, cuya letra, quién sabe improvisada por quién, decía:

Salud a Bolívar
que en carro triunfal
desde el Cuzco torna
al suelo natal…

De Atahualpa deja
vengados azás
los manes sangrientos
que duerman en paz
El Perú le adora
y Caracas más…

(En el Vivir de la Gran Ciudad, de Graciela Schael Martínez, Ediciones Conmemorativas del Bicentenario del Natalicio del Libertador Simón Bolívar, Concejo Municipal D.F., Caracas, Venezuela, 1983. p. 202)

Versos de seis sílabas, tan pobres y elementales como los del Himno, con lo que hay un indicio más, y bien sólido, de que sí fue Gallardo en autor de la música del “Gloria al Bravo Pueblo”, aunque en realidad se trate de una vieja canción de cuna convertida en Himno. El problema más serio, más dirimente, con Gallardo vino después, pues en 1830 fue protegido de José Antonio Páez, lo cual lo hacía inelegible para Guzmán Blanco y los cultores de la religión bolivariana, por lo cual fue eliminado de un autocrático plumazo y sustituido por Landaeta, insospechable de paecismo, y, por cierto, socio de Gallardo en el “Certamen de Música Vocal e Instrumental”, que era una sociedad de conciertos fundada en 1811. Juan José Landaeta nació en Caracas en 1870 y murió el 26 de marzo de 1812, durante el terremoto del Jueves Santo. De modo que no pudo “recular” ni ser protegido de Páez, lo cual fue decisivo para que los primeros “ayatolaes” del bolivarianismo decidieran que era él el autor de la música del Himno, a pesar de que la hija de Gallardo, Francisca de Paula, que tenía 76 años cuando se publicó el disparate de 1881, reclamó airadamente el abuso, tal como otros que conocieron personalmente a Gallardo y a Landaeta. Pero, como era y es usual, el poder, impertérrito, ignoró sus reclamos (y aún los ignora). El músico e Historiador Alberto Calzavara, poco antes de morir, localizó en París un ejemplar de un periódico (El Americano), editado en febrero de 1874, es decir, casi siete años antes del disparate guzmancista, en el que se publicaba la canción patriótica y se indicaba como sus autores a Andrés Bello y a Lino Gallardo. Es un hecho más que demostrado, pues, que fueron Bello y Gallardo, nada bolivarianos, los autores. Como lo es, también, que el “Gloria al Bravo Pueblo” nunca fue cantado por los soldados independentistas, que preferían “La Marsellesa” y otras canciones revolucionarias de su tiempo. En cambio, la canción de marras sí fue conocida y apreciada por el cura chileno y revoltoso don José Cortés de Madariaga, a quien Emparan calificó de pillo y alguna vez Simón Bolívar tildó de loco. Cosas oiredes, Sancho amigo.
Hay un hecho curioso que merece ser destacado: ese despotismo, el que si levanta la voz se va a encontrar de frente con el bravo pueblo, no es el despotismo español, ni es despotismo monárquico. Se trata del despotismo francés, el representado por Napoleón Bonaparte, o sea ¡la república!, la Revolución Francesa. De modo que bien puede decirse que hoy en día, todos los días, cuatro veces al día, se exalta la monarquía absolutista española de comienzos del siglo XIX en todas las emisoras de radio y televisión de Venezuela. Y lo mismo se hace en los actos públicos. Y en las escuelas y liceos, todas las mañanas. La república le canta a la monarquía y nadie parece darse cuenta de ello. Y no es ese el único disparate de la república. Los hay mayores.
Sin embargo, en realidad hay que verlo todo de otra manera: en los primeros días de Venezuela como nación, cuando pletóricos de alegría los que se sentían triunfantes cantaban en las calles esa y otras canciones patrióticas, era el optimismo lo que realmente imperaba en Caracas y en casi todo el territorio que hoy en día se conoce como Venezuela. Un optimismo inocente, naïf, y cuyos protagonistas jamás podrían haber imaginado que estaban a punto de padecer uno de los peores y más terribles incendios que pueblo alguno ha padecido desde que el hombre es hombre.
Porque, si algo es realmente claro con respecto al proceso de la Rebelión de Caracas, es que los primeros pasos hacia la Independencia de Venezuela fueron confusos y vacilantes. Caracas y la Provincia de Venezuela, que durante mucho tiempo fueron una de las zonas más pobres y atrasadas de la América española, habían conocido un período de prosperidad, que se reflejó especialmente en el nivel cultural de los caraqueños, algo que llamó especialmente la atención a Humboldt cuando pasó por la villa. Ese nivel cultural llevó a muchos de sus notables a pensar en que debían seguir el camino trazado por los habitantes de la América inglesa, de la América del Norte, y buscar la Independencia. Y los hechos se aceleraron debido a lo que ocurrió en España: la Francia revolucionaria, ya en manos de Napoleón Bonaparte, se apropió de España. El rey español fue echado de su posición y sustituido por José Bonaparte. Y en la América española se produjo un verdadero vacío de poder que debía ser llenado por algo o por alguien. Los mantuanos, que controlaban el Ayuntamiento de Caracas, se alzaron y tomaron el control de la Provincia, constituyeron un gobierno autónomo, que desconocía los nexos con el rey de España (o con el nuevo rey de España, que era francés) y echaron a andar hacia la Historia, hacia la gloria que cantaban al bravo pueblo, que no era en el fondo sino un espectador, la parte interna del público que, en silencio, contemplaba el espectáculo. Con seriedad de niños actores, se repartieron las funciones de gobierno, la hacienda, las relaciones exteriores, la policía, la justicia, e iniciaron aquella obra sin saber que, muy pronto, se les convertiría en tragedia.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos

 

1 comentario

Comentario De: Tomás Rodíguez [Visitante]
Tomás RodíguezLa Alborada de los Trágicos: sencillamente extraordinario.
04.01.09 @ 17:53
de Eduardo Casanova

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