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La Niña enferma

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

La Niña enferma

La Patria Niña nació enferma. Posiblemente condenada a muerte. Su parto no fue fácil, no porque hubiese inconvenientes ciertos, sino porque en realidad la mayoría de los pobladores de Venezuela no sabían lo que querían. El pueblo llano, que había sido mantenido en la más cierta oscuridad por tres siglos, vivía en medio de supersticiones y de una falta de información que no favorecía ninguna idea medianamente avanzada, tal como hoy. Posiblemente ello no haya sido resultado de una política deliberada, sino de los hechos en sí. Es dudable que las autoridades españolas hayan tomado o mantenido una línea de conducta orientada hacia mantener al pueblo ignorante porque era más fácil dominarlo así. En realidad, en buena parte fue la cuestión religiosa la que logró ese efecto, pero no como una política deliberada, sino porque las cosas eran así en aquel tiempo. Tampoco en eso, aunque no esté tan presente el elemento religioso, no se ha cambiado mucho con el tiempo.
Francisco de Miranda había recorrido buena parte de Europa predicando la idea de la Independencia de la América española, idea que le había nacido cuando, huyendo de la injusticia que contra él se quiso cometer en La Habana, pasó un período en los recién independizados Estados Unidos de América y conoció personalmente a varios de los padres de aquella patria recién nacida. Esa idea se convirtió hasta en su modo de vida, y con la mayor seriedad se dedicó a tratar de convertirla en realidad. Naturalmente, algún eco logró en la América española, y parte de ese eco lo consiguió en la propia Venezuela. Luego, cuando la Francia napoleónica ocupó España y los reyes Borbones renunciaron por las buenas o por las malas, era evidente que debería haber llegado la hora de Miranda. Pero en realidad no fue así. Curiosamente, la iniciativa la tomó Juan Germán Roscio, un conservador, insospechable de cualquier herejía que hizo cuanto pudo por impedir que la influencia de Miranda se hiciera demasiado patente. Pero no pudo, y Miranda regresó a su país, en donde se dedicó a la prédica directa de su ideario y a la conquista de voluntades para convertirlo en realidad. Es así como el 25 de junio, apenas una quincena antes de que al fin de declarara la Independencia de Venezuela, don Francisco pronunció un discurso en el que, sin mayores recursos retóricos, dijo lo que hoy nos parece absolutamente claro, evidente y cristalino, pero que en su día como que no era algo universalmente entendido, y mucho menos universalmente aceptado: La renuncia de los Borbones basta para nuestra conducta. Desde el momento que la supieron los pueblos de América debieron haber entrado en posesión de los derechos que les restituyó la vergonzosa abdicación de Bayona… Nada tiene que ver el (actual) desorden de España con la necesidad de nuestra reforma; para ella está congregado este Cuerpo Soberano, constituido libre y legítimamente; a él toca exclusivamente la forma de Gobierno que debe hacernos prósperos y felices; la Independencia es su fin, y los poderes de los representantes indicarán el momento que deba decidirla; nada tenemos ya que ver con las transacciones políticas de España.
Una semana después se planteó con toda seriedad el tema de la Independencia, pero tampoco fue fácil. Y hasta se discutieron otros temas y otros asuntos, como si la Independencia no tuviese la importancia que Miranda le daba. Fue José Luis Cabrera, diputado por Guanarito, el que inició el debate final, el que planteó que debía declarase formalmente la Independencia de Venezuela. Otros lo apoyaron con diversos razonamientos. Mariano de la Cova, mantuano de Cumaná, Martín Tovar Ponte, mantuanísimo de Caracas, Fernando Peñalver, mantuano de Valencia, Fernando Rodríguez del Toro, mantuanísimo de Caracas, se repitieron unos a los otros. Solamente Francisco Hernández, diputado por San Carlos, planteó algo que debía preocuparlos: el vulgo cree que los reyes vienen de Dios “y este prestigio debe desvanecerse”, para lo cual debe hacerse “un manifiesto circunstanciado”, es decir, debe explicarse con toda claridad la verdad a los pueblos. Luego Miranda insistió en la necesidad de independizarse, hasta para lograr, como nación, el apoyo de otras potencias contra la intención belicosa de España.
La primera voz disidente viene de un cura, Juan Vicente Maya, disputado por La Grita. Consideraba que el mandato de los diputados no los autorizaba para proponer algo tan radical como la Independencia del país. Sólo estaban allí para defender los derechos del rey Fernando VII, y hablar de Independencia era “una mutación sustancial del sistema adoptado por los pueblos en la constitución de sus representantes”, por lo que ellos, los representantes, necesitarían “una manifestación clara y expresa de aquéllos (los pueblos), para obrar conforme a sus poderes y dar a este acto todo el valor y la legitimidad que él exige.” Parecería, pues, que no se oponía al fondo, sino a la forma, aunque, desde luego, una consulta popular posiblemente hubiera resultado en una rotunda negativa por parte de la mayoría que seguramente estaba convencida de que “los reyes vienen de Dios”.
Los razonamientos políticos y jurídicos se fueron sumando unos a otros, y ya era evidente que la mayoría estaba convencida de que sí debía declararse la Independencia, aunque ese día el Congreso no llegó a nada, mientras que afuera, especialmente en la Sociedad Patriótica, se perdía la paciencia.
Los diputados volvieron a reunirse el 5 de julio. Y de nuevo relucieron los argumentos. Juan Bermúdez, de Cumaná, opinó que declarar la Independencia era prematuro. Maya se opuso de nuevo. Muchos demuestran que sí quieren que el país abandone para siempre su dependencia del rey de España y nazca con pleno derecho, que es lo que finalmente se decide. Ya era tarde cuando el Presidente del Congreso comunicó al Ejecutivo, presidido por Cristóbal Mendoza, que El Supremo Congreso ha sancionado en este día la declaratoria de nuestra Independencia y se ocupa actualmente en discutir las formas de aquel sublime y memorable acto. En tanto, pues, se determina, ha acordado que se participe al Supremo Poder Ejecutivo tan laudable y digna resolución, para que como encargado privativamente se la seguridad pública, adopte las medidas que crea más conveniente en las actuales circunstancias; bajo el firme supuesto de que con cuanta brevedad sea posible se expedirá la interesante declaración, que nos eleva al alto rango de Estados libres e independientes y nos saca de la horrorosa esclavitud en que hemos yacido hasta ahora.
Ese mismo día también se decidió que el país que nacía tendría como bandera la tricolor inventada por Francisco de Miranda.
Apenas 6 días después, en la Sabana de El Teque, en la salida de Caracas hacia Catia, cerca del Cuartel San Carlos y con los primeros rayos del sol, un pequeño ejército de canarios se alzó contra la Patria Niña. Un solo herido hubo: un amotinado cuyo mosquete le estalló en la cara, y poco tiempo bastó para que las autoridades dominaran al grupo. Pero la guerra civil, aunque muy tímidamente, se anunciaba ya.
Para José Domingo Díaz, el cronista del otro bando, el Congreso era “monstruoso” y practicaba sin límites la corrupción, puesto que en un “templecito” que no costó ni 300 pesos, se gastó 5.000. Sin embargo, reconoce que “La revolución, hasta entonces, no había presentado todo su aspecto feroz y era semejante a una reunión de niños que jugaban al gobierno.” Era, pues, la Patria Niña, y ni siquiera su más encarnizado enemigo la consideraba peligrosa. Pero el 5 de julio, según ese encarnizado enemigo, “fue ese día fatal en que los mismos jóvenes turbulentos del 19 de abril, armados de puñales, obligaron al Congreso a declarar esta Independencia. Estaba reunido en la capilla de la Universidad, y entre las voces y la gritería de una juventud sediciosa que lo rodeaba y de las armas que brillaban, estuvo para ser asesinado el respetable Maya, que se opuso abiertamente a ella. Yo lo vi.” No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de la contradicción en que cae el apasionado cronista: si todo el Congreso estaba en contra y sólo actuó bajo la amenaza de las armas ¿por qué sólo fue amenazado Maya, cuya oposición, por cierto se basó en un aspecto estrictamente formal y no de fondo? Para Díaz, los partidarios de la Independencia eran simplemente energúmenos. Habla de negros, mulatos, blancos, españoles y americanos que corrían desaforados de una plaza a otra rompiendo y quemando todo a su paso. La realidad fue otra. Los negros y mulatos no estaban tan convencidos de que aquello fuese algo bueno, y lo probaron con sangre no mucho después.
El gran triunfador de aquel 5 de julio, el caraqueño universal Francisco de Miranda, salió del Congreso a celebrar, bandera en mano, hacia la Plaza Mayor, seguido por una verdadera masa de alegres partidarios de la Independencia que gritaban “vivas” al nuevo país, a Miranda, a los diputados, a ellos mismos. Esa primera bandera se parecía más a la que hoy usan Colombia y Ecuador, con la franja amarilla que ocupa la mitad superior, y la azul y la roja que comparten la mitad inferior.
A su paso por la catedral, como vimos, Miranda se permitió hasta exigirle al obispo que jurara la Independencia. Sabía que la mayoría del clero estaba en contra, y que ello podía costarle muy caro al país que acababa de nacer. Pero la euforia del triunfo no le permitía, en realidad, pensar mucho. No podía imaginar que estaba a punto de iniciarse una guerra terrible. Que se anunció apenas unos días después, en la Sabana del Teque, y se hizo pasto de la muerte colectiva cuando Valencia, ciudad que rivalizaba a Caracas, también desconoció la Independencia unos pocos días después.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma

 

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de Eduardo Casanova

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