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« El conflictoFranco »

El malo de la película

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

El malo de la película

Casi dos siglos han transcurrido desde que José Tomás Rodríguez de Bobes, el personaje que en Venezuela se conoce como José Tomás Boves, terminó su vida en Urica, en el Oriente venezolano, el 5 de diciembre de 1814, y casi dos siglos es un lapso más que suficiente para que la historia se haga un juicio definitivo sobre cualquier persona.
En principio, sí parecería que es el malo de la película, aunque para muchos, quizás para la mayoría de los venezolanos, en su momento fue más bien el galán, el héroe, el que por primera vez en la vida se ocupaba de los desamparados, de los preteridos. En especial de los mestizos y de los negros, de los esclavos y de los manumisos, para quienes representaba una firme esperanza. ¿No suena algo familiar en el siglo XXI?
Algunos autores, como Laureano Vallenilla Lanz y Juan Uslar Pietri (Historia de la rebelión popular de 1814, Ediciones Soberbia, París, Francia, 1954), lo han calificado de “demócrata”. Eso es, simplemente, no saber lo que es democracia, o querer desacreditarla. La democracia no puede ser entendida, simplemente, como una forma de gobierno en la cual se impone una mayoría, por muy equivocada que esa mayoría esté. Ni es solamente la “doctrina favorable a la intervención del pueblo en el gobierno o el predominio del pueblo en el gobierno político del estado”, que es como aparece definida en el diccionario. Para que haya democracia tiene que haber un pueblo capaz de ejercerla, un conjunto de reglas claras y una voluntad firme de acatarlas. Ese pueblo que interviene en el gobierno debe respetar y ser respetado. Boves en realidad fue un auténtico demagogo. Lo que puede parecer “democrático” en Boves no es otra cosa que una grave enfermedad de la democracia. La proliferación celular es algo indispensable para la vida. Pero la proliferación indiscriminada, desordenada, de las células, tiene un nombre que no es nada grato para los seres humanos: Cáncer. Y algo muy similar puede ocurrir en el cuerpo social cuando la democracia pierde el rumbo, se desordena, se descontrola, que es lo que suele ocurrir cuando adquiere poder un caudillo tropical e inescrupuloso. Lo que existe entonces es un cáncer de la democracia, que puede causar la muerte al cuerpo social.
Y Boves fue un caudillo tropical, demagogo, inteligente, vivo, deshonesto, cruel, inescrupuloso, fanático, pero capaz de generar algo muy parecido a un amor incondicional entre los menos favorecidos. Por lo general, tendemos a olvidar esto último y lo vemos como un monstruo simple e inhumano, con las fauces manchadas de sangre y sin ningún rasgo que lo diferencie del terrible lobo que diezma los rebaños. Un ser sin nada positivo, aunque fuera por contraste con sus enemigos, no podría haber convencido a tanta gente de que lo siguiera. Aun cuando se tratara de gentes sin cultura, de seres que no han tenido acceso a la cultura, atrasados en siglos y sin el más mínimo sentido del deber. La realidad tiene que haber sido otra: era un ser humano con ciertas características, unas buenas y otras malas, que terminaron predominando. Y esas características, en mayor o menor grado han estado presentes en casi todos los personajes de la vida pública venezolana a partir del 19 de abril de 1810. Son notables en Bolívar, en Páez, en Zamora, en Falcón, en Guzmán Blanco, en Crespo, en José Manuel Hernández (el Mocho), en Cipriano Castro, en Gómez, en López Contreras, en Medina Angarita, Pérez Jiménez, en Betancourt, en Caldera, en Carlos Andrés Pérez y en Hugo Chávez. Predominan claramente las negativas en Páez, en Zamora, en Guzmán Blanco, en Crespo, en Cipriano Castro, en Gómez, en Pérez Jiménez y en Hugo Chávez. Pero en todos están presentes todas, que parecen haberse constituido en los elementos de carácter indispensables para que alguien sea caudillo en Venezuela. El caso de Bolívar es único, pues en él había un claro predominio de las negativas hasta que se hizo importante en su vida la influencia de Antonio José de Sucre, y de allí en adelante hubo un claro dominio de las positivas. Hombres como José María Vargas, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Rómulo Betancourt, Raúl Leoni o Luis Herrera Campíns no pueden ser clasificados como caudillos tropicales y, por lo tanto, no es posible atribuirles esas características negativas aunque hayan tenido influencias importantes en sus momentos.
Pero, en todo caso, Boves es el arquetipo del caudillo tropical, especialmente el caudillo tropical bárbaro y siniestro, de nuestro espacio en el planeta.
En la iglesia parroquial de San Isidro el Real, de Oviedo, en Asturias, existe la partida de bautizo del niño José Tomás, hijo de Manuel Rodríguez de Bobes y de Manuela de la Iglesia, que había nacido el mismo día en que fue bautizado, el 18 de septiembre de 1782. Ese niño quedó huérfano de padre a los 5 años, y él y sus dos hermanas fueron mantenidos por su madre, que para lograrlo se convirtió en sirvienta de casas acomodadas. A los doce años el hijo de la sirvienta de casas acomodadas entró a estudiar en el Real Instituto Asturiano, y a los 16 años recibió la licencia de Piloto de segunda clase de la marina mercante. Inmediatamente salió a navegar por el Mediterráneo, hasta que consiguió empleo en un buque-correo que navegaba entre España y América. A los veintiún años fue ascendido a Piloto primero y como tal fue empleado por la casa Pla y Portal, que tenía oficinas en Venezuela. Durante algún tiempo navegó a través del Atlántico sin mayores novedades, hasta que se le comprobó su participación en la introducción de mercancías de contrabando en este lado de la mar océana y fue condenado a prisión. Encerrado en el Castillo de Puerto Cabello, gracias a las gestiones de los asturianos Lorenzo y Joaquín García Jove, que eran los representantes de Pla y Portal en La Guaira, se le conmutó la pena por confinamiento en Calabozo, muy lejos de las costas, en donde inicialmente se hizo comerciante y luego, al cumplirse la pena que le había sido impuesta, negociante de ganado, tal como José Antonio Páez. Para llevar a cabo sus negocios recorría grandes espacio de la región llanera, y así se dio a conocer en San Carlos, Puerto Píritu y San Sebastián de los Reyes. En esa última Villa pretendió en matrimonio a Isabel Zarrasqueta, cuyo padre, Ignacio Zarrasqueta, se opuso violentamente a sus intenciones, lo cual, según algunas leyendas, lo amargó hasta el extremo de convertirlo en el monstruo resentido que después fue. Al producirse el movimiento del 19 de abril de 1810, Boves se manifestó partidario de la revolución, pero no fue aceptado por los patriotas calaboceños. Aún así, un año después fue hecho preso en San Carlos de Cojedes por el canario Domingo Monteverde, y fue gracias a las gestiones de Ignacio Figueredo, uno de los notables de San Carlos, que recuperó la libertad. Regresó a Calabozo y se dedicó a esparcir noticias alarmantes acerca de la fuerza de los realistas, que fueron interpretadas por los jefes patriotas como contrarias a su causa, tazón por la cual que fue arrestado nuevamente y condenado a muerte. De nuevo obtuvo la gracia de una conmutación, esta vez por parte de el doctor José Ignacio Briceño, que encomendó al Teniente de Justicia de Calabozo, Juan Vicente Delgado, que lo llevara a servir en los valles de Aragua bajo las órdenes de Francisco de Miranda. Se dice que los maltratos que recibió en esa oportunidad por parte de los independentistas no sólo lo llevaron a hacerse plenamente realista, sino que generaron en él un odio terrible contra los partidarios de la Independencia, es decir, sumaron resentimiento a su resentimiento. No hubo tiempo para trasladarlo al destino que le habían acordado, pues Calabozo fue tomado en mayo de 1812 por Eusebio Antoñanzas, otro de los terribles y sanguinarios caudillos que usó Monteverde para la represión anti independentista de aquellos días. Antoñanzas, que pasó por las armas a todos los defensores de Calabozo, entre ellos a Delgado, debe haber calibrado la fuerza del resentimiento del asturiano, lo nombró oficial de caballería y le encomendó la persecución de varios independentistas que habían logrado escapar. Boves capturó a algunos y asesinó alevosamente al canario Diego García, cerca de Calabozo. Así empezó su carrera de crueldades, que fue denunciada inicialmente no tanto por sus víctimas, sino por sus propios compañeros de bando, como el Regente José Francisco Heredia (Heredia, José Francisco –el Regente–, Memorias sobre las revoluciones de Venezuela, Librería de Garnier Hermanos, París, Francia, 1895) o el propio capellán de Boves, José Ambrosio Llamozas, que habló, entre otras cosas, de su “insaciable sed de sangre”. Esa sed de sangre se manifestó plenamente por vez primera en Espino, en el sureste de Calabozo, cuando sus pobladores se alzaron en contra de los realistas. Boves había sido designado Comandante General de Calabozo. Por sus órdenes fueron pasados por las armas numerosos cabezas de familia, y sus mujeres e hijas fueron violadas y en muchos casos asesinadas. Se cuenta que allí en Espino, Boves hizo llevar varias veces a cada uno de los que había condenado a muerte al paredón de fusilamiento, en donde cada vez les disparaban balas de salva para alargar la tortura y la agonía. Al final, en vez de fusilados, los pobre murieron atravesados por lanzas. Mutatis mutandi, esas manifestaciones de sadismo se han repetido a lo largo de la historia en Venezuela y en muchos sitios. Aún hoy.
Es por esa comunicación que logró con el pueblo llano por lo que para algunos autores Boves fue el “primer demócrata” de Venezuela. El primero en tomar en cuenta los sentimientos de los preteridos, y el que con mayor habilidad utilizó los justos reclamos de los esclavos y manumisos, los justificables rencores que por razones obvias mantenían los negros y los mestizos en contra de los blancos, en especial en contra de los blancos criollos, que eran los propietarios de la mayoría de los esclavos. Si a ver vamos, se trata de algo que en buena parte, también mutatis mutandi, se ha mantenido a través de los siglos XIX, XX y XXI. La violencia de Boves no se manifestaba solamente en sus acciones, sino que invadía del todo sus palabras, como se evidencia en lo que se conoce como su “Bando de Guayabal”: “Por la presente doy comición al capitán José Rufino Torrealva, para que pueda reunir cuanta gente sea útil para el servicio, y puesto a la cabeza de ellos pueda conseguir a todo traidor y castigarlo con el último suplicio; en la inteligencia que solo un creo se le dará para que encomiende su alma al Creador, previendo que los intereses que se recojan de estos traidores, serán repartidos entre los soldados que defiendan la justa y santa causa, y al mérito a que cada individuo se haga acreedor será recomendado al señor Comandante General de la Provincia. Y pido y encargo a los comandantes de las tropas del Rey le auxilien en todo lo que sea necesario. (Blanco, José Félix y Ramón Azpúrua, Documentos para la Historia de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia, Publicados por disposición del Ilustre Americano General Guzmán Blanco, etc., etc.) Su objetivo no era la simple defensa del Rey de España, sino la destrucción total de la raza blanca en Venezuela a través de una auténtica rebelión popular, que quién sabe a dónde habría llevado. Quizás a otra forma de Independencia a lo Haití, capaz de generar el país más pobre del mundo. Había, pues, una inversión de valores, y así como a José Domingo Díaz le extrañó tanto que la revolución la gestaran los ricos, esa contrarrevolución de Boves se apoyó en los que en realidad deberían haber sido favorecidos por la revolución. Y eso, en mayor o menor grado, se ha venido repitiendo en el país, hasta en el siglo XXI.
Poco después de sus primeros abusos de poder en Espino, aunque formalmente estaba bajo las órdenes del mariscal de campo Juan Manuel Cajigal y Niño, Boves emprendió su propia campaña en la que sólo obedecía sus propias órdenes, y empezó a destacarse como uno de los más sanguinarios caudillos de todos los que combatían contra las partidarios de la Independencia. Ya por esos días se había convertido en el Taita, el caudillo que seguían ciegamente los llaneros. Al frente de sus hordas protagonizó numerosos actos de pillaje en diferentes puntos de la geografía venezolana. Tal como ocurrirá muchas veces después, aquellos llaneros ni siquiera se daban cuenta de que estaban defendiendo una causa que les era contraria. Les interesaba más que aquel hombre parecía uno de ellos, comía y dormía con ellos y participaba en sus juegos y en sus diversiones. Derrotado en la batalla de Mosquitero, el 14 de octubre de 1813, pronto pudo recuperar su fuerza reclutando llaneros, en lo que se convirtió en un patrón: a Boves lo seguían los pobres y le era muy fácil reclutar soldados en cualquier parte, en tanto que a los patriotas se les hacía muy difícil sustituir a los que caían en combate o eran capturados. Y ser capturado por Boves era una condena a muerte inapelable.
Sin embargo, Boves no fue en absoluto invencible, a pesar del apoyo popular del que gozaba. Sus acciones en la zona central del país fueron más bien pendulares. Triunfó y fue derrotado por igual. Su mejor triunfo, después de varios fracasos y de verse obligado a regresar al Llano a reclutar refuerzos, fue en junio de 1814, cuando derrotó a las fuerzas combinadas de Bolívar y Mariño en La Puerta. Inmediatamente después tomó Caracas y Valencia (julio de 1814), en donde se produjo uno de los capítulos más crueles y sanguinarios de la historia. Boves, que había jurado ante el Santísimo Sacramento que respetaría la vida de los rendidos, no sólo incumplió su juramento, sino que lo hizo con sevicia y una crueldad inexcusable. Fue allí en donde organizó un baile y pasó por las armas a todos los prisioneros en presencia de sus familiares. Poco después, literalmente, se alzó. Desconoció la autoridad del mariscal Cajigal y se autoproclamó Comandante General de las fuerzas del Rey en Venezuela, un poco a lo Tirano Aguirre. El 16 de julio se presentó en Caracas y nombró gobernador político al ya famoso y camaleónico marqués de Casa León, y gobernador militar al coronel Juan Nepomuceno Quero, tránsfuga que había servido en las fuerzas independentistas.
Fue en esos días cuando se produjo un hecho que bien podría ser el argumento de una novela o de una película: El treinta de septiembre de 1813 había caído, envuelto en la bandera republicana, el neogranadino Atanasio Girardot, y horas después Bolívar, desde su cuartel general de Valencia dictó una Ley para honrar la memoria del caído que, entre otras cosas, disponía que su corazón fuera “llevado en triunfo a la capital de Caracas, donde se le hará la recepción de los libertadores y se depositará en un mausoleo que se erigirá en la Catedral Metropolitana.” El 10 de octubre el corazón de Girardot salió hacia Caracas, y en todos los templos del camino se le hicieron funerales. Llegó a la Catedral caraqueña el 14, y fue colocado en la Capilla de la Santísima Trinidad, de la que era devota la familia Bolívar. Allí lo recibió el Arzobispo Narciso Coll y Prat. Pero en julio de 1814 Bolívar y los suyos tuvieron que abandonar Caracas. El propio Coll y Prat advirtió que Boves había proclamado degüello general contra los blancos. Fue entonces cuando se produjo la Emigración a Oriente, uno de los capítulos más terribles y heroicos de la guerra de emancipación de Venezuela. La dura decisión de emprender esa retirada fue tomada en una reunión de “Notables” en el templo de San Francisco, y ejecutada por Bolívar y sus oficiales, que en la madrugada del 7 de julio de 1814 organizaron a unos veinte mil caraqueños en su marcha hacia el este, a partir de la Alcabala de Caracas. Mil doscientos soldados protegían su retaguardia. Lentamente, pero con seguridad, llegaron a Capaya por una ruta que Bolívar conocía muy bien. De allí tomaron por el Camino de la Costa, rumbo a Boca de Uchire, pero al verificar la presencia de navíos enemigos en el mar cercano, optaron por el llamado “camino de Afuera”, que los hizo pasar por Cúpira y Sabana de Uchire para llegar a Clarines, y de allí a Barcelona, a donde deben haber llegado el 27 de julio, casi tres semanas después de la partida. Algunos, como varios miembros de la familia Urbaneja y Belén Aristeguieta, prefirieron correr el riesgo de ser capturados y desde Río Chico se fueron por mar hasta Cumaná, a donde llegaron a salvo. Varios, en especial los viejos y los enfermos, se quedaron en el camino. Los pocos criollos que no quisieron acompañar a Bolívar y pensaron que podrían escapar de la barbarie de Boves sin huir, como Fernando Ascanio, Conde de la Granja y Juan José Marcano, fueron asesinados sin contemplaciones por las hordas del asturiano a pesar de que eran realistas convencidos. Y atrás quedó también el corazón del Cruzado, que con tanta devoción Bolívar hizo llevar en procesión desde Bárbula hasta Caracas. Coll y Prat, previendo las intenciones de Boves y de Rosete, llevó el cofre al cementerio que está en el costado sur de la Catedral. Muchas cosas ocurrieron en esos días en el Palacio Arzobispal y en la Catedral. Juan Nepomuceno Quero, el nuevo gobernador militar de Caracas, quiso obligar al Arzobispo a que le entregara el corazón de Girardot. Pero Coll y Prat no permitió que se perpetrara aquella atrocidad. Y tampoco permitió que se mancillaran la Catedral ni el Palacio Arzobispal, en donde más de un patriota encontró asilo. Años después, el corazón del Prelado sería enterrado allí, muy cerca del corazón del héroe granadino, que con tanta dignidad defendió de aquellos monstruos realistas.
Boves salió rápidamente de Caracas y se dirigió hacia el Oriente, con ánimos que capturar a Bolívar y a todos los que habían logrado escapar. El 16 de octubre tomó Cumaná y organizó otra masacre. Poco después tuvo dos victorias (Los Magüeyes, 9 de noviembre de 1814) y Urica (5 de diciembre de 1814). Pero la segunda le salió carísima, pues una lanza lo dejó sin vida, y fue enterrado en ese pueblo por el capellán Llamozas. Poco tiempo después, con la llegada de Pablo Morillo y varios miles de soldados españoles, veteranos de las guerras contra Napoleón Bonaparte, la guerra dejó de ser guerra civil y se convirtió en contienda entre dos naciones, que era lo que quería y esperaba Simón Bolívar. Y los llaneros, desaparecido Boves, empezaron a seguir ciega y apasionadamente a otro Taita, otro caudillo tropical que tenía casi todas las mismas características presentes en el asturiano, pero difería de él en su orientación política: José Antonio Páez. Desde luego, a nadie se le ocurrió pensar en el pésimo ejemplo que aquello significa: lo que importaba no era lo moral, sino lo político. Y esa falta de consciencia convertiría a Venezuela en tierra de crímenes e inmoralidades hasta mediados del siglo XX, cuando por fin pareció imponerse una verdadera democracia. Aunque tiempo después se presentara un retroceso histórico. Y también criminal.

Capítulos Publicados:
La niña mopribunda

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película

 

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