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Caracas en sus libros
por Roberto J. Lovera De SolaPara la poeta Edda Armas,
gracias a cuya incitación
se escribieron estos renglones.
“De pronto, al descender de la hondanada,/’¡Caracas, allí está’, dice el auriga,/y súbito el espíritu despierta/ante la dicha cierta/de ver la tierra amiga./¡Caracas, allí está; sus techos rojos, su blanca torre, sus azules lomas,/ y sus bandas de tímidas palomas/hacen nublar de lagrimas mis ojos¡/Caracas allí está; vedla tendida/a las faldas del Ávila empinado,/Odalisca rendida/a los pies del sultán enamorado”. Juan Antonio Pérez Bonalde: Vuelta a la patria (1876), ed. 1964, t. I, p.61
“Desde que nos vimos y hablamos la última vez en Caracas ¡qué multitud de sucesos han pasado por uno y otro¡. Aquella nuestra última conversación se me representa ahora con la viveza que otras escenas y ocurrencias de la edad más feliz de la vida; todas las cuales reunidas me hacen echar de menos a cada paso… aquel cielo, aquellos campos, aquellos placeres, aquellos amigos” (Londres: agosto 14,1824).
Andrés Bello: Epistolario, ed. 1984, t. I, p.132.
Son todas interesantes las preguntas que se pueden responder sobre los grandes libros sobre Caracas, unos escritos por sus autores nativos sobre ella con la suma de las vivencias que les comunica el vivir en la ciudad al pie de nuestra montaña tutelar: El Ávila; otros han concebido sus obras para contar su historia, a ambos asuntos los trataremos de agotar en estas líneas.
Es por ello que es básica, para comenzar, la interrogante en torno a qué libro se puede considerar la obra indispensable o emblemática sobre nuestro asunto. Un volumen irremplazable es aquel al cual recurrimos siempre, que en cada momento sabemos que nos responderá a nuestra pregunta, siempre será así y además en todo momento nos gratificará por las gracias de su estilo. En el segundo caso diríamos que es el entrañable, el que si bien estudia la materia nos comunica el amor, siempre en bello estilo, de forma preciosa, sobre nuestro tema. Según esto el libro de cabecera, el obligatorio, sobre Caracas creemos que es y será siempre la Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela de don José de Oviedo y Baños (1671-1738), el cual si bien sólo toca al siglo XVI y fue impreso en el XVIII (1723) es imposible soslayar, es fascinante por su prosa, el mejor ejemplo del género barroco que tuvimos en nuestra literatura en esa época en la cual nuestros libros fueron rarezas, escasos y porque su descripción de Caracas es de una extremada belleza, tanto que los caraqueños nos la sabemos de memoria desde los bancos de la escuela primaria. Es aquella que comienza con las palabras: ”En un hermoso valle, tan fértil como alegre y tan ameno como deleitable”. Recomendamos hoy leerla y consultarla a través de su edición crítica hecha por la “Biblioteca Ayacucho” de donde proviene nuestra cita (ed. 1992, p.232). Así esta Historia…es el libro insustituible, el ícono de la bibliografía caraqueña. Y en cinco sentidos: por el arte con el que fue redactada, por su significación dentro de nuestra historiografía, porque puede ser perfectamente gustado y analizado desde el punto de vista literario, por ser uno de los pocos libros escritos en nuestro país en el siglo XVIII, editado en Madrid por no existir en Caracas imprenta. No la tendríamos hasta 1808, cuando se imprimió la Gaceta de Caracas. Y en quinto lugar porque su segunda parte, que debía tratar sobre el siglo XVII, desapareció, seguramente destruida por los mantuanos para que no se conocieran sus tropelías que sin duda don José debió examinar en ella. La desaparición del segundo tomo de esta Historia… ha sido ampliamente estudiada por historiadores y hombres de letras. Ello también fue lo que dio lugar, desde donde se espiga, una de las novelas caraqueñas arquetípicas: “Los amos del valle” (1979) de Francisco Herrera Luque (1927-1991). Este segundo tomo al que nos referimos ha sido intensamente buscado a través de los últimos dos siglos por pesquisidores y documentalistas en archivos y bibliotecas venezolanas y del exterior. Incluso un investigador nuestro siguió, en el invierno 1979-1980, en diversas bibliotecas y colecciones de manuscritos de los Estados Unidos la pista del tomo segundo de la Historia a partir de una observación, aportada por Guillermo Morón (Escrito en la pared, ed. 1970, t. II, p.112), según la cual el biógrafo, Francisco Javier Lazcano (1760), el hermano jesuita del historiador, Juan Antonio de Oviedo (1610-1757), había poseído en México un ejemplar manuscrito de la segunda parte de la Historia de Caracas escrita por su tato. Sobre la indagatoria a la cual nos referimos, hecha por nosotros en trece ciudades de la unión americana, consultar ”Sobre la segunda parte de la ‘Historia’ de Oviedo y Baños” (Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, n/ 253, 1981, p. 165-202).
Y, claro, desde Oviedo y Baños han pasado los siglos. Hoy además de leer ese libro clave debemos también seguir otros pocos, e indispensables volúmenes, como lo son desde el punto de vista histórico: La ciudad de los techos rojos (1947) de Enrique Bernardo Núñez (1895-1964), cronista de la ciudad por largo tiempo (1945-1950, 1953-1964), amante de su pasado e historiador seguidor del dato preciso y el documento exacto. La prosa de La ciudad de los techos rojos es la que sólo podía haber escrito un maestro del estilo como lo fue Núñez. Seguiríamos con Caracas: origen y trayectoria de una ciudad (1967) de José Antonio de Armas Chitty (1908-1995) donde toda la evolución de la urbe está; el de Guillermo Meneses (1911-1978): El libro de Caracas (1967) la mejor forma que encontró este caraqueño singular de dejar su testimonio citadino; el de Luis Alfredo Pratlong Bonicel (1888-1986), el hermano Nectario María: Historia de la conquista y fundación de Caracas (1967) quien bebió para armarla de los mejores infolios que conservan los archivos españoles; el de aquel poeta considerado el más puramente caraqueño, Aquiles Nazoa (1926-1976), cosa que nos hizo ver en su íntima Caracas física y espiritual (1967). Pero no podemos dejar de mencionar aquí ni la breve y sustanciosa Historia de Caracas (1983) de Tomás Polanco Alcantara (1927-2002) que él concibió como un boceto para el estudio de su devenir o las Caraqueñerias, crónicas de un amor por Caracas (2003) de Rubén Monasterios (1938), nativo del puerto de La Guaira y por ello tan caraqueño como los nacidos en el valle donde fundó Diego de Losada (1511-1569) la ciudad (julio 25, 1567), día de Santiago Apóstol, patrono de España.
Pero nuestra respuesta no estaría completa sino citáramos varias obras literarias hondamente caraqueñas, escritas por sus hijos e hijas más dilectos, tal en la poesía, entre otras, “El Arauco” o el fragmento (tomado de sus Borradores de poesía, 1962), que se inicia con el verso:”Suele a Caracas la estación lluviosa” de don Andrés Bello (1781-1965); “Vuelta a la patria” (de Estrofas, 1877) de Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892) o los sonetos “Las églogas del Ávila” de Manuel Díaz Rodríguez (1870-1927) que están en su libro póstumo Entre las colinas en flor (1935) entre otros. Tradición poética que no se ha roto porque en estos días la podemos encontrar en muchos poemas de Rafael Arraiz Lucca (1959) quien escribe sus versos desde la perspectiva de Caracas, cuya luz lo ha inspirado muchas veces, bastaría para ello explorar su antología El abandono y la vigilia (1992) y en los metros que a la ciudad dedica Yolanda Pantin (1954) en su poemario País (2007), que es un breviario de la venezolanidad.
La ciudad la miran sus nativos desde muy atrás, desde el inicio de nuestra novela, como lo vemos en Ídolos rotos (1899) de Díaz Rodríguez; en El último Solar (1920), desde su segunda edición (1930) titulado Reinaldo Solar, del maestro Rómulo Gallegos (1884-1969); en Ifigenia (1924) donde está la Caracas del gomecismo, como lo acotó otra caraqueña por su vividuras Elisa Lerner (nació en Valencia, hija de la fecunda inmigración) con agudeza (En el entretanto, ed. 2000, p.73) y en Las Memorias de mama Blanca (1929), aquí sus aledaños cercanos, de Teresa de la Parra (1889-1936); la Caracas todavía pueblo grande, la de la generación de 1928, en El falso cuaderno de Narciso Espejo (1952) de Guillermo Meneses. Y la llamamos apenas poblado porque en 1936 apenas tenía 160.000 habitantes. Debemos leer Los alegres desahuciados (1948) de Andrés Mariño Palacio (1927-1965) donde está la Caracas de los años cuarenta y la urbe ya contemporánea, arribada ya al millón de habitantes (octubre 5, 1955), en Los pequeños seres (1959) y La mala vida (1968) de Salvador Garmendia (1928-2001) en cuyos libros se inicia nuestra novela verdaderamente urbana; en País portátil (1969) de Adriano González León (1931-2008) cuya parte citadina sucede en Caracas, aunque la había anticipado en su estremecedor texto Asfalto infierno (1962); la ciudad grata del este, de La Florida, en los setenta en Piedra de mar (1968) de Francisco Massiani, uno de los grandes espíritus caraqueños después de los maestros de nuestra prosa de ficción. Le sigue Francisco Herrera Luque al mirar su pasado colonial en Los amos del valle o su vivir contemporáneo en En la casa del pez que escupe el agua (1975). Herrera Luque fue un escritor a quien siempre inspiró Caracas, el ser caraqueño, por ello todas sus novelas están escritas, incluso las que no suceden en Caracas, desde la perspectiva de la tradición oral de los viejos caraqueños que él recibió de sus mayores.
Otras visiones de Caracas más cercanas en le tiempo contemporáneo están en novelas de Ana Teresa Torres (1945) como El exilio del tiempo (1990, mucho más completa en su edición de 2005), Doña Inés contra el olvido (1992) o la dolida Nocturama (2006).
Y hay muchos registros en los libros de la última generación de creadores, la que hemos denominado “de 1998”, todos, ellos y ellas, bordeando los cuarenta, cuyas ficciones, al menos en varias novelas, suceden en Caracas, o cerca de ella, como la de Alberto Barrera Tyszka (1960) La enfermedad (2006) en donde está la aventura de dos almas íntimamente relacionadas por el afecto que confluyen en la última hora de vida en nuestra urbe; Oscar Marcano (1958) en Punto de Sutura (2007) cerca del mar cercano o La última vez (2007) de Héctor Bujanda (1968), en la cual vemos toda la podredumbre citadina de los noventa.
Y el número de nuestros cuentos que suceden en Caracas son tantos que es difícil decidirse por este o por aquel, aunque la ciudad marginal y pobre de los setenta está tan bien delineada por Arturo Uslar Pietri (1906-2001) en “Cuando yo sea grande”, ya en 1972 (verlo en Los ganadores,1980) y la urbe de los noctámbulos por el Guillermo Meneses de “El Duque” (de Diez cuentos,1968) o el singular relato de Salvador Garmendia, de 1976, El inquieto anacobero (El regreso, 2004) en donde está la Caracas de los años cincuenta. Y siempre está Caracas en los cuatros libros de narraciones breves de Francisco Massiani, gran amador de Caracas, de sus predios de Sabana Grande, de La Florida, el barrio de Chapellín y del mar cercano. En un lugar del este de Caracas sucede su mejor cuento, el entrañable: “Un regalo para Julia” (de Las primeras hojas de la noche, 1970) en el cual se juntan adolescencia, amor y ciudad.
En teatro, con ser tan amplia y larga la tradición caraqueña, nos quedaremos hoy con aquel sabroso monólogo de José Gabriel Núñez (1937) que América Alonso llevó a escena, en los días del Cuatricentenario (1967), en forma inolvidable y espléndida. Nos referimos a Adiós pues, Caracas, así titulado por el concejal, hombre de gran cultura y nuestro maestro dentro del humanismo cristiano Eduardo Tamayo Gascue. Todo lo que los caraqueños recordamos y sentimos sobre nuestra ciudad está consignado en sus parlamentos.
Pero también son insustituibles las páginas de los ensayistas: tal la carta del Libertador, el primer caraqueño (1783-1830), a su tío y padrino Esteban Palacios (1767-1830) desde el Perú (julio 10, 1825) con razón llamada, por Luis Correa (1886-1940), “La elegía del Cuzco”; las páginas de Arturo Uslar Pietri: ”Caracas de Venezuela” (de Tierra venezolana, 1953), “Visión de Caracas” (de En busca del nuevo mundo,1969) o “El cuatricentenario de Caracas” (de Oraciones para despertar, 1967); la Caracas de los cuarenta y cincuenta evocada con nostalgia en las Crónicas ginecológicas (1984) y en Carriel para una fiesta (1997), originalmente Carriel número cinco (1983), de Elisa Lerner (1932).
Y ahora se nos cuela un merideño, de hondas vivencias caraqueñas, cuyas hojas sobre la ciudad son imposibles de dejar de citar, de leer y de releer una y otra vez. Nos referimos a Mariano Picón Salas (1901-1965) y a sus estampas: ”Litografía del septenio”, “Caracas 1920”, “Perfil de Caracas 1945” y “Caracas 1957” todas ahora en la edición de 1988 de su Suma de Venezuela.
El magnífico ser, William Niño Araque, quien organiza el evento para el cual han sido pergeñadas estas líneas nos pregunta cuáles de las obras que hemos citado tenemos en nuestra biblioteca. Pregunta difícil de contestar para un crítico literario que tiene repletas sus estanterías, que prácticamente vive en una biblioteca entre cuyos veinte mil volúmenes están todos los libros que llenan sus pasiones, que responden a sus preguntas, obras, casi todas, reunidas para el estudio de lo que es nuestra esencia: ser venezolano, estudiar su geografía espiritual del país a través de sus obras literarias e históricas. Están también las raíces y fundamentos de América Latina en las obras de sus creadores, pensadores, historiadores y ensayistas. Pero en estos tramos está también toda la esencia de la cultura occidental a través también de sus letras, desde los griegos, y de todo su pasado y presente a través de la memoria colectiva registrada en los libros. Así los tomos citados están junto a nosotros, han sido muy leídos, frecuentados y manoseados a través de mucho tiempo. Pero no debe olvidar tampoco nuestro hábil preguntador, inquisidor en el buen sentido que le da Jorge Luis Borges (1899-1986), algo que tiene que ver con nuestro oficio y lo cual respondió tan bien el maestro Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) al escribir: ”Los críticos somos insaciables y ese enorme libro me prometía alimento para muchos días y muchas noches” (Narradores de esta América. Montevideo: Alfa,1969, t. I, p.342). Eso siempre nos sucede, los críticos somos siempre “ratones de biblioteca”, “bibliotecas ambulantes”.
Terminamos: hay varias cuartillas insustituibles, para leerlas cada vez que pensemos en Caracas, cada vez que la contemplemos desde la cima de El Ávila, o desde Galipán, parados sobre nuestro monte amado y mirando al mar porque alcor y piélago forman parte del ser caraqueño: el primer folio es sin duda la descripción de Oviedo y Baños, la segunda es la “Visión de Caracas” de Uslar Pietri y las terceras son de Guillermo Meneses, constituyen las dos hojas finales de El Libro de Caracas donde nos muestra lo que secretamente somos los caraqueños, los aquí nacidos, los que sentimos y miramos al mundo desde la perspectiva de Caracas.
Caracas significa tanto para sus hijos que su mayor figura intelectual, don Andrés Bello, escribió a su hermano Carlos desde Santiago de Chile (febrero 17, 1846):
”En mi vejez, repaso con un placer indecible todas las memorias de mi Patria (recuerdo los ríos, las quebradas y hasta los árboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida). Cuántas veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo pasarme otra vez por sus calles, buscando en ella los edificios conocidos y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen… ¡Daría la mitad de lo que me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, por arrodillarme sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas¡.Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas desde el camino de La Guaira. ¿Quién me hubiera dicho que en efecto era la última?. ¡Cuántos preciosos recuerdos me sugiere este templo y sus cercanías, teatro de mi infancia, de mis primeros estudios, de mis primeras y más caras afecciones¡. Allí está la casa en que nacimos y jugamos con su patio y corral, con sus granados y naranjos. Y ahora ¿qué es de todo esto?” (Epistolario, t. II, p.116-117).
Galipán:
Septiembre 9, 2007
1 comentario
excelente texto este; buena idea difundirlo, Eduardo, gracias. Saludos!










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