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« Los pasos de los poetasLos poderosos ladrones »

Las dificultades del hombre

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Las dificultades del hombre

José Domingo Díaz, el cronista de la otra parte, que había permanecido refugiado en Curazao desde que Bolívar reconquistó Caracas al término de la Campaña Admirable, regresó a su ciudad el 19 de septiembre de 1814. En su crónica ignora por completo las matanzas y los saqueos perpetrados por los hombres de Boves. Ignora el asesinato del Conde de La Granja y su amigo Juan José Marcano, ignora el que hasta las familias realistas tuvieron que esconderse y parapetearse y pedir protección a la iglesia, porque los llaneros de Boves querían asesinar a todos los blancos. Apenas, unas páginas después de narrar su regreso a la ciudad, cuenta que “Una mano perversa (quizá movida por los mismos sediciosos) había tramado en el ejército la más feroz conspiración en favor de las castas, cuyas ramificaciones se extendían por todas las provincias. La fortuna la descubrió por la deserción de algunos centenares de soldados armados, que marchaban a todos los pueblos para ejecutar el asesinato universal de los blancos. La actividad del General Morales en obrar contra los sediciosos y en comunicar los avisos a todas partes, cortó de raíz un mal tan peligroso. La mayor parte de los perversos fue debidamente castigada y con su ejemplo afianzada sólidamente la subordinación”. Esa práctica de querer torcer los hechos no era nueva entonces, ni lo es hoy. Para Díaz, Caracas “No era el mismo pueblo que yo había dejado antes. Sobre aquellos montones de escombros que había formado el terremoto, sólo reinaba la desolación. Un año de los furores del Bárbaro había completado la destrucción. No se veían sino ruinas nuevas en medio de antiguas ruinas”. En su apasionamiento, trata de disimular que buena parte de esas ruinas eran absolutamente nuevas, y creadas por las fuerzas del verdadero bárbaro, José Tomás Boves, a quien unas páginas más adelante, al hablar de su muerte, describe así: “el hombre más valiente del mundo entero, el más desinteresado de todos los hombres, el que en todas sus acciones no tuvo más objeto que el servicio de S. M. y el castigo de sus enemigos, el terror de Bolívar y de toda la sedición y uno de los europeos más dignos por estos caracteres de este nombre inapreciable”. Otra vez mutatis mutandi ese elogio desproporcionado recuerda los de los seguidores incondicionales de Hitler o de Stalin o de Hoxa o de Mao o de Fidel Castro o de Pol Pot o de Hugo Chávez, al hablar de sus ídolos, a pesar de las realidades terribles e innegables que los condenan. Sin embargo, en una nota a pie de página, seguramente agregada después de escrito el texto, Díaz reconoce que “Su guerra y los medios de ejecutarla fueron en verdad terribles; pero él lo creyó necesario para castigar y contener la felicidad de aquellos tigres sedientos de sangre española. La experiencia confirmó que no se engañaba; y si él hubiese vivido, jamás Bolívar habría vuelto a nuestra patria. Su terror habría hecho desaparecer todas sus aspiraciones”.

En cuanto a Bolívar, sí volvió a Venezuela y terminó triunfando, a pesar de las dificultades. Había logrado escapar a Jamaica, en donde escribió su famosa Carta que demuestra su certero conocimiento del mundo en que vivía. Luego intentó entrar, como Miranda, por Ocumare de la Costa, y le fue muy mal. Pero, más como político que como militar, tuvo una victoria importantísima en Margarita, luego de que Arismendi reconquistara la isla para la república. Don Simón fue reconocido como jefe por todas las facciones, y como tal reemprendió el camino que lo llevaría a esa victoria.

Mientras Bolívar pasaba todo tipo de trabajo y huía de Venezuela, empezaba poco a poco a destacarse en la región llanera José Antonio Páez, que había tenido que ir a parar a las montañas andinas, en donde estuvo algún tiempo con Rafael Urdaneta, que se preparaba a ir hacia Nueva Granada con la reserva que después se usaría para recuperar la patria. Páez no acompañó a Urdaneta, según cuenta en su Autobiografía, a causa de una injusticia que contra él cometió un oficial de apellido Chávez que “dispuso quitarme el caballo que yo montaba para dárselo a otro oficial, injusticia que resistí no obstante que al fin hube de ceder por obediencia militar. Disgustado, sin embargo, resolví separarme y poner en práctica la resolución que había tomado en Mérida de irme a los llanos de Casanare, para ver si desde allí podía emprender operaciones contra Venezuela, apoderándome del territorio del Apure y de los mismos hombres que habían destruido a los patriotas bajo las órdenes de Boves, Ceballos y Yáñez. Todos aquellos a quienes comuniqué mi proyecto, creían que era poco menos que delirio, pues no veían posibilidad ninguna de que los llaneros, que tan entusiastas se habían mostrado por la causa del rey de España y que tanto se habían comprometido en la lucha contra los patriotas, cambiasen de opinión y se decidiesen a defender la causa de éstos, siendo al mismo tiempo muy difícil vencerlos en los encuentros que necesariamente había que tener con ellos, superiores como eran en número y en caballos”. Ello quiere decir que la injusticia de un mediocre oficial de apellido Chávez fue lo que determinó en buena parte el porvenir, en la medida en que la creciente importancia de Páez y su influencia en los llaneros fue un factor primordial en todo lo que sucedió después, como la separación de Venezuela de Colombia; o sea, esa injusticia fue en buena parte el detonante del fracaso de las ideas de Miranda y del porvenir del paraíso burlado.

En realidad, Venezuela estaba muy lejos de la calma. Cuando la había, era tensa y se sabía que en cualquier momento volvería a estallar el incendio. En cualquier lugar renacerían las llamas que no se había apagado, sino que se habían escondido. Zaraza, Arismendi, Páez y muchos otros cuyos nombres no alcanzaron a entrar en los libros de la historia actuaban, cada uno por su cuenta, pero todos con el mismo fin de recuperar la patria que los llaneros de Boves les habían arrebatado. Hacia el Norte, frente a la isla de Coche, un hecho parece haber sido una premonición nada tranquilizadora para el ejército que invadía Venezuela: el navío San Pedro, que era la nave insignia de la flota de Pablo Morillo, estalló accidentalmente el 25 de abril de 1815, y con él murieron cerca de 900 soldados españoles, casi todos veteranos de las guerras napoleónicas. También perdieron los españoles el vestuario, cerca de medio millón de pesos y buena parte de su parque, aparte de la serenidad de Morillo, que desde ese instante cambió de rumbo y se dedicó a sembrar el terror. Tal como Bolívar, unos años después daría un giro de ciento ochenta grados y terminaría alentando todo lo contrario de lo que sembró. Mal, muy mal, empezaba aquella pretendida repetición de la aventura de Cristóbal Colón.

Bolívar, luego de su Carta de Jamaica, de padecer el intento de asesinato en su contra y de fracasar en Ocumare, pasó por varios puntos de la costa, siempre a punto de fracasar definitivamente y debió escapar de nuevo hacia el Caribe. En una carta que dirige a uno de sus protectores de ese tiempo, fechada el 16 de noviembre de 1816, da cuenta de que Mariño ha vuelto a ocupar Cumaná y Piar Barcelona, y Margarita está perfectamente libre. Al día siguiente partió de nuevo hacia la patria, y el 28 de diciembre, día de los inocentes, desembarcó en Margarita, desde donde escribió una substancial carta a Mariño recordándole todo lo que habían pasado juntos y cómo debían estar de acuerdo para echar definitivamente a los españoles. Tres días después llegó a Barcelona. El 5 de enero de 1817 fue inexplicablemente derrotado en Clarines y su estrella estuvo a punto de apagarse en el agua salada, mientras que lejos de allí, en Mucuritas, en el Llano, Páez derrotaba a Miguel de la Torre y Sebastián de la Calzada. Bolívar más bien parecía correr en una corriente salvaje, río abajo, y a punto de ahogarse. Era, como él mismo lo dijo, el hombre de las dificultades. Empezaba su terrible enfrentamiento con Piar, que terminó con el fusilamiento del extraño personaje curazoleño, guaireño y oriental. Fue en ese tiempo cuando Bolívar, acompañado apenas por quince oficiales y sus ayudantes, emprendió aquella maravillosa aventura de ir de Barcelona hacia el Orinoco, que tan verdaderamente importante resultó para su vida, que durante el viaje estuvo más de una vez en auténtico peligro.

En una de esas ocasiones tuvo que apelar a un truco parecido a los de Páez, cuando inventó un ejército repartiendo falsas órdenes a falsos oficiales y soldados que debían protagonizar falsas cargas a diestra y siniestra y que lograron crear un miedo cierto, nada falso, entre los enemigos.

El 3 de abril de 1817 los ojos del caraqueño se toparon por fin con el bello horizonte de agua que, al otro lado, es la Guayana. O, como lo dijo en buena prosa Manuel Alfredo Rodríguez, “la mirada fulgurante de Bolívar penetra la reverberación del Orinoco y avista la costa guayanesa”. (Bolívar en Guayana, 3ª. Edición aumentada, Editorial Cejota, Caracas, Venezuela)

También fue en esos días cuando el coronel realista Juan Aldama atacó Barcelona y civiles y militares republicanos se refugiaron en el convento de San Francisco, en donde fueron masacrados el 7 de abril de 1817. El convento se conoce hoy como “Casa Fuerte de Barcelona”, y a Bolívar se le acusó de permitir la matanza.

Y en abril de 1817, sobre una de las enormes lajas que parecen sólidas lagunas negras a poca distancia del enorme río, Bolívar se encontró con Piar, con Manuel Carlos Piar, que tenía cuarenta y tres años y aún no podía sospechar que muy pronto sería fusilado, en lo que se convirtió en el prólogo de una de las mayores tragedias de la vida del Libertador.

Poco después, en mayo, se produjo otro de los hechos que deja muy mal parado a Bolívar, cuando, no se sabe si por sus órdenes o por una muy mala interpretación de sus palabras, fueron asesinados en la zona de las misiones de Guayana varios misioneros catalanes. Originalmente eran treinta y cinco capuchinos y cinco enfermeros. De ellos, treinta monjes y cuatro enfermeros cayeron en poder de los republicanos. Ocho sacerdotes y dos enfermeros murieron de viruelas, y veintidós capuchinos y dos enfermeros fueron pasados por las armas, a orillas del Caroní, en un acto espantoso el 7 de mayo de 1817, y sus cuerpos fueron lanzados al río (citado por Lino Duarte Level, en “Cuadros de la Historia Militar y Civil de Venezuela”, Biblioteca Ayacucho, Editorial América, Madrid, España, 1917). Los defensores de Bolívar insisten en que el coronel Jacinto Lara interpretó mal un comentario del Libertador, pero haya sido o no ordenado por Bolívar, el hecho mancha en forma indeleble la historia de Bolívar. Y la de Venezuela.

En todo caso, era ya la hora de Bolívar, pero también la de José Antonio Páez.

Capítulos Publicados:
La niña mopribunda

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre

 

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