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Antonio José de Sucre, el Abel de América (según Simón Bolívar), el más notable genio militar del continente y, sin embargo, el mayor amante de la paz y el más noble de todos los hombres que combatieron por la Independencia de la América española, nació en Cumaná el 3 de febrero de 1795. Apenas dieciocho años después de la integración de Cumaná y Caracas, que hasta entonces habían sido entidades distintas. Cumaná, que fue la primera ciudad fundada por los españoles en el continente americano, había sido hasta 1777 capital de una provincia diferente a la de Venezuela, y desde esa fecha se convirtió en cabeza de una parte de la provincia de Venezuela, lo cual tuvo algunas secuelas cuando se inició la Guerra de Independencia, en 1811.
A diferencia de casi todas las familias de los que participaron en esa guerra, los Sucre no eran españoles ni vascos o canarios, sino de origen francés. El primer Sucre llegado a Cumaná no fue tampoco un segundón ni un aventurero, sino un alto funcionario del gobierno español, nacido en Flandes pero con ascendientes españoles por parte de madre. Se llamaba Carlos de Sucre y Pardo, y venía de ser gobernador y capitán general de Santiago de Cuba cuando llegó a las costas cumanesas en 1733. Ya hombre maduro y con años de experiencia como gobernante, traía a su esposa y su pequeño hijo, Antonio de Sucre Pardo y Trelles, que había nacido en Santiago de Cuba, y también a diferencia de la gran mayoría de los enviados por la corte, no regresó a Europa al terminar su mandato, sino que se quedó en el Nuevo Mundo, para fortuna de los americanos. Al momento de nacer su bisnieto, nada anunciaba lo trágico que iba a ser el tiempo de los Sucre de Cumaná. Al contrario, toda la provincia de Venezuela pasaba por una etapa de prosperidad y tranquilidad que no permitía suponer lo que después fue.
Poco o nada se sabe de la infancia y primera juventud de Antonio José, salvo que fue uno de los muchos hijos del coronel Vicente de Sucre y Urbaneja y de María Manuela de Alcalá, que murió cuando Antonio José tenía siete años (su padre se casó de nuevo con una prima hermana de su difunta esposa, con quien tuvo varios hijos más), y que cuando todavía era un niño fue enviado con su hermano Pedro a Caracas, al cuidado de su tío materno, el cura Antonio Patricio de Alcalá, a estudiar en la escuela de Ingeniería Militar que dirigía el español José Mires. Antes de cumplir los quince años, el adolescente Sucre integró, junto con su hermano y otros jóvenes cumaneses, la Compañía de Húsares Nobles de Fernando Séptimo.
Cuando Caracas, el 19 de abril de 1810, inició el proceso de Independencia, Cumaná la siguió sin dudas, y la cabeza del movimiento independentista cumanés fue el coronel Vicente de Sucre, padre de Antonio José (que obtuvo entonces el grado de subteniente de Milicias Regladas de Infantería, ratificado poco después por las autoridades de Caracas). El oficial militar tenía apenas quince años. En 1811 se convirtió en Comandante de Ingenieros en la isla de Margarita, y en 1812, ya ascendido a teniente, firmó en Barcelona un documento de apoyo a la Independencia, a raíz de la reacción realista de Monteverde y el alzamiento de los esclavos de origen africano en Barlovento. Algunos autores aseguran que, como oficial académico, sirvió a las órdenes de Francisco de Miranda en los agónicos momentos en que el caraqueño asumió la defensa de la primera república, pero es algo que no está comprobado. Como tampoco está comprobado que estuviera entre los hombres que, comandados por Santiago Mariño partieron de la isla de Chacachacare en los primeros días de 1813 para reconquistar Venezuela, mientras que por el otro extremo del país hacía lo mismo Simón Bolívar en la llamada Campaña Admirable. Se sabe que después de la caída de la primera república regresó a Cumaná y obtuvo un pasaporte que le fue otorgado por el gobernador Emeterio Ureña, realista, que era amigo de su familia, pero no hay ninguna constancia de que lo haya utilizado para ir, como se ha dicho, a Trinidad. En todo caso, su nombre no figura entre los que invadieron el Oriente desde el islote de Chacachacare, pero sí aparece como edecán de Santiago Mariño en aquella campaña que retomó la zona este del país para las armas de la Independencia. Como tal, estuvo en los valles de Aragua, en la integración de las fuerzas orientales con las centrales, cuando la Guerra de Independencia llegó a su peor punto para los republicanos, en 1814, año en que fue fusilado su hermano Pedro en La Victoria, y en Cumaná su casa fue asaltada por las hordas de Boves, que asesinaron a su hermana Magdalena, a su madrastra y a otros parientes suyos. Al año siguiente, luego de participar activamente en varias acciones en Tierra Firme, se vio obligado a escapar desde Margarita, donde habían desembarcado las fuerzas españolas de Pablo Morillo, y fue a tener a Cartagena de Indias. En Cartagena, el joven oficial cumanés padeció inmensamente junto con todos los republicanos que, debido al sitio impuesto por los españoles, se vieron obligados a comer caballos, burros y hasta ratas. De aquel trance sólo unos pocos lograron salir (entre ellos Sucre), cuando pudieron reventar el bloqueo con unas pocas naves de poco calado en una desesperada salida dirigida por José Francisco Bermúdez. Con respecto a las actividades del Sucre en aquellos días, Lino de Pombo señaló especialmente los trabajos que tanto él como Sucre pasaron, durante el sitio, para proteger a los españoles de los insultos y los deseos de venganza de los americanos. La nobleza de Antonio José de Sucre, cuya familia había sido diezmada por los españoles, queda allí plenamente demostrada. Pombo describió a Sucre, en los siguientes términos: un joven venezolano de nariz bien perfilada, tez blanca y cabellos negros, ojo observador, talla mediana y pocas carnes, modales finos, taciturno y modesto. Luego de escapar de Cartagena, a fines de 1815 Sucre llegó a Haití, y al regresar a Venezuela se produjo uno de los incidentes más interesantes de su vida: Cuando atravesaba la Boca del Dragón, que es el estrecho que separa a Trinidad de Venezuela, y cuyas aguas son muy peligrosas por la agitadas, la piragua en la que iba naufragó y todos los que lo acompañaban se ahogaron, entre ellos el hermano de su madrastra, que era su primo segundo. Luego de pasar una noche aferrado a la piragua, que se había volteado, en la madrugada se encontró el baúl que había pertenecido a su pariente, y con un remo pudo flotar hasta que fue rescatado por dos marineros margariteños, Francisco Javier Gómez y Santiago Calderón, y de esa manera casi milagrosa logró llegar hasta las costas de Chacachacare y regresar a Trinidad.
Al volver a Tierra Firme, fue ascendido a coronel y designado Jefe del Estado Mayor por Santiago Mariño. Tenía apenas veintiún años. Y a los veintidós fue nombrado gobernador de la provincia de Cumaná. Luego del Congreso de Cariaco, que fue el 8 de mayo de 1817 y pretendió desconocer la autoridad de Bolívar, Sucre renunció al cargo de gobernador y viajó a Guayana, a ponerse a las órdenes del Libertador. Ese mismo año, el 16 de octubre, fue el fusilamiento de Manuel Piar, que pretendía alentar una “guerra de colores”, para horror de Bolívar. Ya Sucre se contaba decididamente entre los seguidores del caraqueño, que lo destinó a actuar junto con Bermúdez, como una forma de neutralizar la influencia de Mariño. En agosto de 1819 Sucre fue ascendido por el vicepresidente, Francisco Antonio Zea, a general de brigada, ascenso que Bolívar no aprobó, pero que ratificó en febrero de 1820. Inmediatamente el general cumanés recibió la comisión de comprar armas en el Caribe, que cumplió a cabalidad, y poco después ejerció el ministerio de guerra y Marina. Y una de las mayores pruebas de confianza que pudo darle el Libertador fue la de ponerlo al frente de los que negociarían, en Trujillo, el Armisticio y el Tratado de Regularización de la guerra entre venezolanos y españoles, que acabaría con la llamada guerra a Muerte, que se firmó en noviembre, y es uno de los más grandes monumentos a los derechos humanos que ha conocido la humanidad, ni siquiera igualado en el siglo XX o en el XXI por las naciones más civilizadas del planeta. No mucho tiempo después, el Libertador Simón Bolívar, en un extraño texto, única biografía por él compuesta, que fue la de su joven lugarteniente Antonio José de Sucre, que estaba vivo y nada haría suponer que no lo estaría por muchos años más, declaró que el Tratado de regularización de la guerra era obra de Sucre, de la benignidad de Sucre, del genio de Sucre, y que sería un monumento a la piedad, eterno como el nombre de Sucre.
Pero los días del héroe cumanés ya estaban contados. Al terminar con la batalla de Carabobo (24 de junio de 1821) la campaña de Independencia venezolana Bolívar destinó a Sucre, que había sido el autor del plan de esa batalla, a conquistar definitivamente la Independencia de los pueblos del Sur de Colombia. Y ese fue el camino que llevó al cumanés a encontrarse con la muerte, después de su triunfo impecable en el volcán de Pichincha y de haber derrotado del todo a los españoles en Ayacucho, en el actual Perú, de haber gobernado sabiamente a Bolivia, que fue su creación, de haberse retirado a la vida privada, de haber derrotado el intento peruano de invadir a Colombia (la Gran Colombia) y de haber hecho el último e inútil esfuerzo por salvar a Colombia (la Gran Colombia) a comienzos de 1830. En junio de ese año fue asesinado en las selvas umbrías de Berruecos mientras regresaba a Quito, de nuevo convertido en ciudadano particular, por los enemigos de Bolívar, que ya agonizaba en su camino hacia el mar. Bolívar, poco después de enterarse de la muerte de Sucre le escribió a Flores: El inmaculado Sucre no ha podido escaparse de las acechanzas de estos monstruos. Yo no sé que causa ha dado este general para que atentaran contra su vida, cuando ha sido más liberal y más generoso que cuantos héroes han figurado en los anales de la fortuna, y cuando era demasiado severo hasta con los amigos que no participaban enteramente de sus sentimientos. Yo pienso que la mira de este crimen ha sido privar a la patria de un sucesor mío y dejar a Vd. en el Sur solo en la arena, para que todos los golpes y todos los conatos se dirijan únicamente a Vd. Destruido que Vd. sea, conquistarán el país con los pastusos y patianos, y los infernales serán los conquistadores de ese buen país que tanto amo. Poco antes, en Cartagena, al enterarse de lo ocurrido, había exclamado: ¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre de Abel!…
Venezuela y la América libre, sin saberlo, acababan de perder a su único santo verdadero.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
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