de Eduardo Casanova
Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

Buscar

También puede buscar a través de:

Búsqueda personalizada

Publicidad

Recomendaciones

Este blog se visualiza mejor en los navegadores:

Firefox 3

Opera web browser - download

Internet Explorer 7

¿Quién está en línea?

  • Usuarios invitados: 35

powered by b2evolution free blog software

¡AVISO IMPORTANTE!

Para facilidad de nuestros lectores, a LITERANOVA también se le puede llegar a través de los Links literanova.net y literanova.info

Ultimos Comentarios

Google FriendConnect

Artículos Recientes

Medallitas

Bitacoras.com

BloGalaxia

Unión de Bloggers Hispanos

Blogarama - The Blog Directory

Books Blogs - BlogCatalog Blog Directory

Wikio – Top Blogs – Literatura

Directory of Literature Blogs

The House Of Blogs, directorio de blogs

http://www.wikio.es

Submit your website to 20 Search Engines - FREE with ineedhits!

« Ante el Bicentenario de la Independencia: Antecedentes del Pronunciamiento de 1810Mensaje para el tiempo: Política y Placer »

En la cumbre de la guerra y de la paz

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

En la cumbre de la guerra y de la paz

Bien podría decirse que la amistad entre Bolívar y Sucre, que fue fundamental para el éxito de Bolívar y, sobre todo, para la humanización de la guerra, se inició, como no es infrecuente, con un malentendido. Daniel Florencio O’Leary, el escocés que tanto ha servido de fuente de información acerca del Libertador, cuenta que después de que Zea sin tener facultad para ello, le ascendió (a Sucre) a general de brigada, el Libertador se disgustó mucho; y aconteció que bajando el Orinoco después de la batalla de Boyacá, encontró una flechera que remontaba el río. Al ponerse al habla las dos embarcaciones, preguntó Bolívar: “¿Quién va en esa flechera?”. “El general Sucre”, le contestaron. “No hay tal general”, replicó en tono enojado y ordenó que atracaran a tierra ambas flecheras. Entonces Sucre le explicó que aunque había sido nombrado general, porque tal vez sus servicios lo merecieran, nunca había pensado aceptar el grado sin el beneplácito del general Bolívar. Comprendió éste al punto el reproche, presentó sus excusas y desde entonces fueron amigos los dos hombres que más contribuyeron a dar la libertad a la América del Sur. Un simple acto de soberbia de Bolívar, típico de los que se sienten superiores a los demás, que Sucre supo desarmar, no sin cierto orgullo, pero, en todo caso, con mucha dignidad.
El 17 de diciembre de 1819 Simón Bolívar fue designado en propiedad Presidente de Colombia. La elección se hizo por unanimidad. Francisco Antonio Zea fue electo Vicepresidente por mayoría de votos, Francisco de Paula Santander fue nombrado Vicepresidente para Cundinamarca y Juan Germán Roscio Vicepresidente para Venezuela. Roscio lograba, por fin, el premio que se merecía.
1820 fue un año, inicialmente, casi de indefiniciones, pero de repente se convirtió en una de las etapas más fructíferas de la vida de aquella república que ya no podía ser calificada de niña. Ni siquiera era aceptable llamarla adolescente. Era ya una persona joven y llena de vida, conducida con habilidad por aquellos que estaban al frente de sus asuntos. En general, no había demasiada actividad. Quizás los españoles esperaban refuerzos que nunca llegaron. Páez estaba inactivo por la falta de acción de los españoles en la zona de Barinas. Bermúdez se preparaba a entrar a la región de Caracas. Sucre cumplía una misión más bien técnica y compraba armas para el ejército. Y poco después pasó a ser encargado del ministerio de guerra por enfermedad de su titular. Luego fue designado Jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador. Apenas tenía veinticinco años de edad. Maracaibo seguía en poder de los godos, y los patriotas no pudieron aprovechar del todo las victorias que obtuvieron en su región a causa de un alzamiento de un grupo de ingleses mercenarios que combatían en el lado venezolano. Urdaneta esperaba en los Andes. Los Andes que Bolívar volvió a remontar. En marzo pasó por Bogotá, que empezaba a enamorarlo, pero apenas estuvo algo más de dos semanas que le sirvieron para proclamar la existencia del nuevo país que unía a los habitantes de Cundinamarca y Venezuela. Pasó de regreso por Cúcuta, donde se enteró de todo lo que había estado ocurriendo poco antes en España, en donde el pronunciamiento del oficial Rafael del Riego y Núñez, impidió el paso de 10.000 nuevos españoles a América, lo cual significó un verdadero respiro para los americanos. De los negocios de España –le escribió a Santander desde San Cristóbal el 1º de mayo de 1820– estoy muy contento, porque nuestra causa se ha decidido en el tribunal de Quiroga. Nos mandaban 10.000 enemigos, y ellos, por una filantropía muy natural, no quisieron hacer la guerra a muerte, sino la guerra a vida; pues bien sabían que allá podían salvarse, y acá no. Hay en esa afirmación un claro toque de humor caraqueño. Y en esos días ya empezaba a sentirse claramente el enfrentamiento entre Santander y Páez, que reventará menos de diez años después.
Sin mayores aspavientos, los republicanos habían ocupado todo el territorio andino, lo que hoy son los estados Táchira, Mérida y Trujillo. Y, de repente, los españoles, los godos, pidieron una tregua y anunciaron que estaban dispuestos a negociar un armisticio, lo que bien podía significar el fin de la guerra en territorio venezolano.
En contra de la opinión de la mayoría de sus oficiales, Simón Bolívar aceptó la propuesta española, con la condición expresa de que España reconociera a Colombia como estado soberano e independiente. Luego de un paréntesis de indefinición, que parece haber sido el signo de los primeros meses de aquel año, se iniciaron las conversaciones. Morillo nombró negociadores al santanderino Francisco González de Linares, aquel de la rebelión a comienzos de la Independencia, al mantuano Juan Rodríguez del Toro, el que tanto se quejó de Miranda y a la caída de la primera república se pasó al enemigo, y al coronel Ramón Correa, el yerno de Miyares y de la nodriza de Bolívar y que enfrentó al Libertador en el comienzo de la Campaña Admirable. Era más una delegación más de la Caracas ocupada que de la Provincia de Venezuela leal al Rey. Y Bolívar, por su parte, designó al que ya se había convertido en su oficial predilecto, el general cumanés Antonio José de Sucre, al barinés Pedro Briceño Méndez, secretario de guerra y Marina y de quien también tenía una excelente opinión, y a su secretario, el caraqueño José Gabriel Pérez, hombre de su máxima confianza. Ese trío, hasta por el simple hecho del lugar de nacimiento de cada uno, sí representaba a toda Venezuela. Y las negociaciones fueron un éxito radical. Primero se ocuparon de definir el territorio que se reconocía a cada parte, y luego negociaron el Tratado de regularización de la guerra, que es un ejemplo de humanidad no superado hasta ahora. Y del que Sucre anunció a Bolívar que sería tan generoso y humano como usted lo desea. Y, en efecto, fue lo más generoso y humano que ha conocido el mundo hasta hoy.
El Tratado resultante allí fue, fundamentalmente, obra de Sucre, que era la personalidad dominante entre los seis que se dedicaron a poner sobre papel aquellas ideas que harían el increíble milagro de convertir aquella guerra, que hasta entonces había sido un conjunto de barbaridades, en la contienda más civilizada y hasta humana que haya conocido la historia universal. Y tuvo Bolívar toda la razón del mundo a afirmar en el Resumen sucinto de la vida del general Sucre, reproducido en el tomo de Cartas a Sucre recopiladas y publicadas por Daniel Florencio O’Leary, en las páginas que van de 11 a 19, que el Tratado de regularización de la guerra es digno del alma del General Sucre; la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron; él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra: él será eterno como el nombre del vencedor de Ayacucho!!…
El Tratado empieza manifestando “el horror con que ven (los gobiernos de España y Colombia) la guerra de exterminio que ha devastado hasta ahora estos territorios", y declara en el artículo 1º, que la guerra entre España y Colombia se hará como la hacen los pueblos civilizados, siempre que no se opongan las prácticas de ellos a algunos de los artículos del presente Tratado, que debe ser la primera y más inviolable regla de ambos gobiernos. Y luego de varios artículos más o menos convencionales, en el 4º hay algo especialísimo: Los militares o dependientes de un ejército que se aprehendan heridos o enfermos, en los hospitales o fuera de ellos, no serán prisioneros de guerra, y tendrán libertad para restituirse a las banderas a que pertenezcan, luego que se hayan restablecido. Interesándose tan vivamente la humanidad en favor de estos desgraciados que se han sacrificado a su patria y a su gobierno, deberán ser tratados con doble consideración y respeto que los prisioneros de guerra, y se les prestará, por lo menos, la misma asistencia, cuidados y alivios que a los heridos y enfermos del ejército que los tenga en su poder. Hoy en día, casi doscientos años después y luego de varias guerras, no se ha llegado en el mundo a ese grado de civilización. También, en su Artículo 6º, el Tratado ordenaba que no se considerase a nadie espía, que es algo a lo que tampoco se ha llegado todavía en el resto de la humanidad. Y en el artículo 7º estableció que, Originándose esta guerra de la diferencia de opiniones; hallándose ligados con vínculos y relaciones muy estrechas los individuos que han combatido encarnizadamente por las dos causas; y deseando economizar la sangre, cuanto sea posible, se establece que los militares o empleados que, habiendo antes servido a cualquiera de los dos gobiernos, hayan desertado de sus banderas, y se aprehendan bajo las del otro, no pueden ser castigados con pena capital. Lo mismo se entenderá con respecto a los conspiradores y desafectos de una y otra parte. Los que participaron en aquellas conversaciones se adelantaron cinco o seis siglos a su tiempo.
Los artículos restantes no tienen nada especial, salvo el 11º: Los habitantes de los pueblos que alternativamente se ocuparen por las armas de ambos gobiernos serán altamente respetados, gozarán de una extensa y absoluta libertad y seguridad, sean cual fueren o hayan sido sus opiniones, destinos, servicios y conducta con respecto a las partes beligerantes. Algo que se convierte en uno de los mayores monumentos a la generosidad. El general Pablo Morillo merece también reconocimiento por aceptar tal grado de filantropía, aunque es evidente que estaba al borde del precipicio y obligado a aceptar lo que los contrarios quisieran proponer.
Y en este terreno hay que considerar un elemento importantísimo: Sucre y Bolívar, al contrario que Morillo, estaban en plan de vencedores y, por lo tanto, podían imponer lo que quisieran, y optaron por imponer la piedad. En el caso de Sucre eso bien podría estar más allá de la simple comprensión humana: las hordas realistas asesinaron a buena parte de su familia y el general Morillo había hecho asesinar a dos de los hermanos del futuro Mariscal de Ayacucho. Otro habría tratado de vengar su sangre. Bolívar, porque entendió que sólo así podía imponerse, había demostrado ser un caudillo feroz, capaz de vivir la guerra a muerte, y, en cierta forma, le debía al porvenir lo que pagó en Santa Ana. Pero Antonio José de Sucre no participó en el festín de la crueldad, y en cambio, al imponer aquellas ideas que aun hoy deben admirar por su humanidad, es obvio que se dejó llevar por su naturaleza, por su condición de ser humano superior.
Y en cuanto al armisticio, que también fue un tema dirigido magistralmente por Sucre, como lo prueba la correspondencia que se ha conservado, no fue otra cosa que una hábil colocación de piezas para el asalto final, que sería en la sabana de Carabobo unos meses después.
La firma de los documentos, como para cerrar definitivamente aquel ciclo de barbarie que se había iniciado en 1813, tuvo lugar en la casa de don Jacobo Roth, en la ciudad de Trujillo. La misma en la que el Libertador había firmado la proclamación de la guerra a muerte. El círculo se cerraba.
Terminados con éxito los deberes, los dos hombres que se habían venido combatiendo con saña desde varios años atrás, cedieron a sus condiciones de seres humanos y decidieron conocerse mutuamente. Ello ocurrió en Santa Ana, una bellísima aldea que está montada en la fila de la montaña como si fuera una silla de montar, a poca distancia de Boconó y no lejos de Trujillo. Ya Morillo les había dicho a los delegados venezolanos que quería conocer personalmente al general Bolívar, y Bolívar había aceptado la propuesta de muy buen grado. El encuentro su produjo el 17 de noviembre de 1820.
Morillo esperó en el lugar, con cierta solemnidad, a Bolívar, que llegó sin escolta y montado en su simple mula, por lo que Morillo comentó: muy pequeña creía yo mi guardia para aventurarme hasta aquí; pero mi antiguo enemigo me ha vencido en generosidad, y ordenó el retiro de los húsares que lo acompañaban. Obsérvese que habla de “antiguo enemigo” y que le reconoce la victoria, una honrosa victoria en eso de ser generoso. Debe haber sido un espectáculo estupendo, aquello de un general español en uniforme de gala y con el pecho lleno de condecoraciones, abrazándose con un Bolívar de civil, que no era precisamente un titán en lo físico, pero que con aquella actitud hizo avergonzar al otro. Ambos se dieron ese hermoso abrazo que debería servir de ejemplo a quienes tienen la desgracia de enfrentarse en una guerra, y durmieron bajo el mismo techo esa noche, luego de conversar grandemente e intercambiar recuerdos y anécdotas del tiempo que acababan de cerrar para siempre.
Poco después, el 17 de diciembre de 1820, don Pablo Morillo se despedía definitivamente de las tierras americanas y de los soldados del rey, no sin dejar constancia de su admiración por Simón Bolívar. Quedaba al mando Miguel de la Torre, que sería el conductor de las fuerzas españolas derrotadas en Carabobo, unos meses después. A Don Miguel de la Torre, Conde de Torre-Pando, nunca le fue demasiado bien frente a los venezolanos. Nacido en Bernales, en España, en 1786, hizo carrera militar en la Guerra de Independencia contra las fuerzas napoleónicas, y viajó a Indias en la expedición de Pablo Morillo. Fue derrotado más de una vez por Páez y le tocó perder Guayana frente a Piar y Bolívar. Cuando se fue de Venezuela se convirtió en capitán general de Puerto Rico, desde donde intentó revivir a los realistas que habían quedado aplastados después de Carabobo, en donde él fue el derrotado. No lo consiguió. Murió en Madrid en 1843, sin recuperarse anímicamente de su derrota en tierras venezolanas, en donde en realidad jamás logró pasar de segundo de Morillo.
En su Autobiografía, Páez señala varios errores graves cometidos por los realistas, muy especialmente por Pablo Morillo, en su fracasada campaña en tierras del nuevo mundo. Uno de ellos fue, según Páez, el haber dividido su ejército después de la acción de Mucuritas, para enviar una parte a Margarita, a donde se fue el propio Morillo, y otra a Guayana, a donde envió a su segundo, el general Miguel de la Torre. En efecto, el descuido de los españoles que permitió todo lo que ocurrió en Guayana fue algo que les costó carísimo, no sólo en Venezuela, sino también en Nueva Granada y, a la larga, en toda la América del Sur. También critica Páez a Morillo el acuartelamiento de invierno y, sobre todo, la pretensión de que podría el español destrozar el ejército del llanero “con la idea de acorralar a los insurgentes en Guayana,” y señala que en aquel espacio de nada le valía la superioridad numérica frente al conocimiento que Páez y los suyos tenían de su medio, lo cual demuestra la importancia que tuvo en realidad el que Páez sustituyera a Boves como caudillo de los llaneros, que fue, en definitiva, el factor más importante entre los que decidieron aquella guerra, igualado solamente por el hecho de que Páez, aunque fuese a regañadientes, aceptara subordinarse a Bolívar.
Entretanto, lejos de allí, Guayaquil pasaba a ser parte de Colombia. El sueño de Miranda empezaba a ser una auténtica realidad, y era Bolívar, el mismo que tanto contribuyó a la desgracia del generalísimo, el que lo conseguía. Eran tiempos de alegría. Tiempos de júbilo.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz

 

Add to Google

Todavía no hay reacciones

Dejar un comentario


Su dirección de correo no será mostrada en este sitio.

Su URL será mostrada.
(Los saltos de línea serán <br />)
(Nombre, correo y página web)
(Permitir a los usuarios contactarle a través de un formulario de mensajes (su correo no será mostrado.))
Esta es una imagen captcha. Es usada para prevenir accesos masivos por parte de robots.
Por favor, ingrese los caracteres de la imagen de arriba. (No distingue mayúsculas/minúsculas)