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Como suele ocurrir en momentos de crisis, la mayoría de los venezolanos creía que el jefe, Bolívar, no sabía nada de lo que ocurría en aquellos tiempos de confusión, y le cargaban la culpa a Francisco de Paula Santander, que se había convertido en una especie de pararrayos. Lo que decían era que Bolívar debía acercarse a su país, a ver lo que ocurría, a enterarse sin filtros de lo que estaba pasando. Páez, en particular, hacía un serio esfuerzo por atraerse a Bolívar, y le escribió varias veces pintándole un cuadro sombrío y quejándose de la truculencia de los abogados y de las trampas que se hacían para torcer las elecciones. A los valientes que han formado esta república –le escribió no sin amargura a Bolívar el 1º de octubre de 1825– se les niega ya lo que las leyes conceden a las últimas clases del estado. En Caracas se disputó el voto del ejército en las elecciones parroquiales, lo mismo que en Puerto Cabello; en Valencia y Maracaibo se eludió por aquellos medios que sabe usar la superchería. Yo pude haber usado la fuerza para ello, pero no quise dar este argumento más a la intriga, porque todo esto es parcial y debe curarse con otra cosa que remedie el todo. Los curiales pretenden reducirnos a la condición de esclavos y esto no se puede sufrir ni lo permite en honor y menos la seguridad del país, que aún no ha transigido con sus enemigos exteriores. Nuestro ejército se acabará pronto si no se tajan las justas causas de su descontento, y estoy bien seguro que, en caso de guerra, los señores letrados y mercaderes apelarán como siempre a la fuga, o se compondrán con el enemigo, y los pobres militares irán a recibir nuevos balazos para proporcionar empleos y fortuna a los que actualmente los están vejando. Muchos afirman que Páez propuso que se apelara a una solución al estilo Bonaparte, algo parecido a lo que hicieron los “primeros hombres de la revolución” con Bonaparte y lo que hizo Bonaparte con ellos para “salvar la patria.” Páez, en sus escritos, lo niega y es imposible saber si miente o no. Lo que sí es cierto es que alguien quería tentar a Bolívar, como se quiso tentar a Julio César en su momento.
Bolívar reaccionó con cierta brusquedad a la propuesta, y el mismo día en que recibió la carta en la que se le proponía aquello, el 6 de marzo de 1826, respondió desde Lima: Ni Colombia es Francia ni yo Napoleón. En Francia se piensa mucho y se sabe más todavía, la populación es homogénea, y además la guerra la ponía al borde del precipicio. No había otra república grande que la francesa y la Francia había sido siempre un reino. El gobierno republicano se había desacreditado y abatido hasta entrar en un abismo de execración. Los monstruos que dirigían la Francia eran igualmente crueles e ineptos. Napoleón era grande y único, y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de esto. Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar a César; aun menos a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano. Por tanto, es imposible degradarlo. Páez, en su Autobiografía, niega haber escrito lo que escribió y haber recibido la carta de Bolívar.
La situación en toda Colombia era confusa. Nueva Granada parecía territorio de Santander, que manifestaba una clara antipatía hacia Páez y hacia los venezolanos, incluido Bolívar, y Venezuela era territorio de Páez, que manifestaba antipatía hacia Santander y los reinosos. Santander se alejaba de Bolívar, y en Venezuela había quienes se enfrentaban a Páez en nombre de Bolívar. Bolívar, al enterarse de todo lo que ocurría en Venezuela, en donde las adhesiones a Páez eran casi unánimes, le escribió a Santander una carta en la que le informaba que había hecho escuerzos para que en Venezuela “las cosas queden como están”, y aseguraba que los enviados de Páez, Diego Bautista Urbaneja, que en Cariaco había dado pruebas de no estar cerca de Bolívar, y el coronel Ibarra, que sí podía considerarse cercano al Libertador, le habían garantizado que Páez “no daría un paso adelante y esperaría inalterablemente mi intervención.”
La vuelta de Bolívar a Bogotá fue vista inicialmente como el atisbo de solución de lo que ocurría en Venezuela. Páez emitió una proclama en la que decía: Cesaron nuestros males: el Libertador desde el centro del Perú oyó nuestros clamores, y ha volado a nuestro socorro: su corazón venezolano todo, y todo caraqueño, os trae la grandeza de su nombre, la inmensidad de sus servicios y todo el poder de su influjo por prendas de su ternura, de vuestra seguridad y de vuestra unión: se desprendió de la dictadura con que el reconocimiento exigía sus servicios en un país lejano, desde el instante en que su suelo patrio le llamó para su consuelo como un ciudadano. Nuestro hermano, nuestro amigo, se acerca a nosotros abiertos los brazos para estrecharnos en su corazón: el hijo más ilustre de la patria, de la gloria de Venezuela, el primer héroe por sus hazañas en los campos de batalla, vuelve con el amor más puro a ver a sus antiguos compañeros de armas y los lugares en donde están los monumentos de su gloria: él viene para nuestra dicha, no para destruir la autoridad civil y militar que ha recibido de los pueblos, sino para ayudarnos con sus consejos, con su sabiduría y consumada experiencia a perfeccionar la obra de las reformas.
¿No sabía Páez que Bolívar se había enamorado de Bogotá y de Manuelita Sáenz? ¿No sabían Páez y los venezolanos que Bolívar consideraba en ese momento mucho más importante su trabajo en el Sur que los problemas que le estaban dando los venezolanos? ¿Y no podría Bolívar imaginarse que el dilema que se le planteaba no tenía solución? Si favorecía a los venezolanos, se enfurecerían los neogranadinos, y si favorecía a los neogranadinos, perdería el amor de los venezolanos. Es entonces cuando debería haber dicho aquello de “¿Cómo saldré yo de este laberinto?”
No fue capaz, en ese momento, de reconocer los síntomas, los indicios que le habrían permitido no errar como erró. Algo que ha debido alertarlo y ponerlo a la defensiva fue el caso de Leonardo Infante, el que cuando el atentado del Paso de los Toros le dio a Bolívar el caballo de Rafael López con el que Bolívar pudo escapar y salvarse. El coronel Infante, nació en 1798 en Chaguaramal, junto al río Aragua (de Maturín), y a los catorce años se enroló en las guerrillas independentistas. Era mestizo y analfabeto, y peleó en muchísimos sitios, como las Queseras del Medio, Pantano de Vargas y Boyacá. Inválido, se estableció en Bogotá, y en 1824 lo acusaron de haber matado a su vecino, el teniente Francisco Perdomo. El juicio duró dos años y, aunque no pudieron probar nada en su contra, lo condenaron a muerte, y se dijo que Santander había ejercido toda su influencia para lograr la condena. En trance de morir, juró que era inocente, y Santander, muy alterado después del fusilamiento, que fue el 26 de marzo de 1826 en la Plaza Mayor, se presentó a caballo en el sitio y arengó a las tropas, dándole al hecho una importancia exagerada. El venezolano Miguel Peña, presidente de la Corte que conoció la apelación del caso, se negó a firmar la sentencia y, por influencia de Santander, fue destituido. Es imposible desconocer que el Poder Ejecutivo, es decir, Santander, intervenía descaradamente en los asuntos del Poder Judicial. Peña, sin duda por su actitud en el caso Infante, poco después fue acusado de enriquecimiento ilícito, escapó de Bogotá y al volver a Venezuela se acercó a Páez y tuvo una actuación importante en la disolución de la Gran Colombia y en la caída vertical de Simón Bolívar y de sus partidarios en Venezuela. Bolívar no se dio cuenta del alcance de todos esos incidentes, y en una de sus decisiones más desacertadas y que más daño le han hecho a esos pueblos que había libertado, optó por tratar de apagar el fuego en Caracas, quizás para ganar tiempo. Y para ganar tiempo entró en aquellos primeros días de enero de 1827 a un Limbo, quizás con la esperanza de volver al cielo.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
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