| « El limbo y el laberinto | Cuando se miente de veras » |
Diccionario de la Novelita Vaquera
por Alberto HERNÁNDEZ** Un escritor, con apellido de signo de puntuación, presentó hace algunos años en la condal Barcelona, un libro de registros, donde los protagonistas se caen a plomo en todas las páginas.
** Entre tiros y balas, Javier Coma, el autor del controversial y curioso tomo, nos acerca a aquellas lecturas en las que Marcial La Fuente Estefanía nos hundía en prescindibles historias, puestas en relieve en las películas italianas del spaghetti western, en las que Clint Eastwood no era ni la sombra del actorazo que es hoy.
Bajo la luna del bombillo, Marcial Lafuente Estefanía enhebra una historia de disparos, caballos, reses y búfalos de una tierra convertida en la perfecta ficción del otrora lector de novelitas vaqueras. En el autobús, en la portería de vigilancia de alguna empresa, en las colas de los viejos cines, en las primeras de los bancos y del Seguro Social, o en la cama mientras llegaba el sueño y la mañana.
La historia continúa en el pasado. O viene de lejos. Claro, no fueron lo españoles de los tiempos del franquismo los creadores de este género, pero cómo usaron seudónimos o nombres en inglés para salírsele a la persecución, a la censura. Como embarcaron, en una suerte de escenografía literaria a quienes de adolescentes viajamos, no sólo con las novelitas del Oeste sino también con los suplementos o comics donde bandidos y “muchachos” (no debemos dejar fuera al “sheriff”) nos regalaban un imaginario lleno de hipérboles.
El escritor evoca la altura de su último héroe de un metro noventa de estatura, ojos azules y pelo amarillo, bajo la inclemencia del desierto de California.
Cierto, hace años dejamos las novelitas vaqueras, abandonadas en la entrada de todos los cines Tropical de nuestro país, cuando nos vimos atrapados por la televisión o por esos malvados de la empresa editorial, quienes nos quitaron la fácil diversión del western de Tucson-Arizona y nos entregaron las páginas de Gallegos, García Márquez, Donoso, Sábato, Borges, Cortázar, Garmendia, Liendo, Volpi, entre otros de esos tantos pistoleros de historias más complicadas y extensas y de obligada lectura universitaria. Cuánta falta nos hace el olor literario a pólvora, a bosta de ganado, a sudor de bandido bajo el inclemente sol del oeste americano. Y que no nos acusen de nada malo, porque todos, hasta los más desmedidos comandantes de nuestra guerrilla de los sesenta pasaron por las armas de ese ya olvidado entretenimiento, que nos llegó gracias a la Gracia del Generalísimo Francisco Franco, Dios tenga entre los tizones de una novelita de terror, de esas que Bruguera también nos hiciera llegar con tanta experticia.
Historia clásica
Pero ahora (escribo esta nota en 1992) me revuelco en la tumba de sus personajes de la mano de Javier Coma, un escritor español quien no sé si le hace honor a la gula o al buen uso de ese signo de puntuación que nos ayuda a respirar, que separa enumeraciones o disparos, caballos, pistoleros, cananas, doncellas, héroes y bandidos con el rostro atravesado por alguna bala. O cortada por el navajazo de un indio Navajo.
Fue en la condal Barcelona, la de Serrat y Caballé, la de Dalí, la de Vila-Matas y Eduardo Moga donde vio la luz este Diccionario del Western Clásico, publicado por Plaza & Janés en 1992 y luego en 1999 por Planeta, en el que el autor estudia la filmografía de este género que tantos adeptos conservó y dejó en la nostalgia a toda una generación que aún siente el polvo de un caballo tras el polvo de otro caballo que lleva a un bandido enhorquetado hacia una frontera, que puede ser la nuestra, la ya olvidada.
La novela del oeste americano tiene su origen en el siglo XIX en Estados Unidos. El autor, considerado el padre del género, fue James Fenimore Cooper, el creador de El último de los mohicanos (1826). Posteriormente, Washington Irving escribió Western Journal, en 1832. pero se discute que el verdadero iniciador del género fue Owen Wister, autor de El virginiano, 1902.
Otros autores que han dejado huella son Zane Grey, de quien se dice también iniciador clásico de este mundo vaquero. No obstante, se le critica el retratismo, como virtud y defecto, toda vez que era un autor recargado. Se le tilda de ser un escritor de novelas aburridas, cursi y tan descriptivo que se compara con Proust.
En España, el ya nombrado Marcial Lafuente Estefanía, quien forma parte de la larga lista de escritores ibéricos que se dedicaron a este género. Casi todos usaron seudónimos, entre ellos Francisco González Ledezma, quien firmaba como Silver Kane. Llegó a obtener un premio Planeta con la obra Crónica sentimental en rojo, en 1948. Otro de los famosos, José Mallorquí, llenó un espacio muy importante durante los años de auge de las novelas del oeste, entre 1930 y 1970.
Para Rafael de Francisco López, crítico español, esta género forma parte del “patrimonio emocional” de una época.
El autor del Diccionario del Western Clásico (Plaza & Janés, 1992), Javier Coma, nació en Barcelona en 1939, dueño de una larga lista de títulos sobre los comics, cine, caza de brujas y demás yerbas.
Con o sin disparos
Con o sin disparos…, digo, sin palabras, porque desde el cine mudo hasta la década de los años 70, este Coma, Xavier, para más datos catalanes, registró todos los rollos de películas y los armados por sus protagonistas a punta de pistolas, pieles rojas, diligencias asaltadas, mujeres perseguidas y cantinas abarrotadas de matones. Y de esta manera, sin dejar de mirar por encima del hombro para evitar la provocación de Jesse James, Javier Coma plasmó unos 400 términos westerianos, que tiene que ver con películas, actores, actrices, directores, realizadores, fotógrafos, compositores, productores, extras y otros elementos directos o referenciales como la historia y el concepto del género de las balas y los muertos y los heridos y los bandidos y los asaltos a trenes y los “sheriffs” y los Marshall Dillon y los Bat Masterson y los que se olvidan porque Juan Charrasqueao no entra en el “casting”, pero a la fama que los mexicanos impusieron en el decadente cine de nuestra América pistolera. Y que quede asentado, porque Coma lo aclaró, hasta ahora son vaqueros gringos: rubios, grandotes, de pelo amarillo y Colt 45.
La búsqueda del tiro
En el momento del disparo, Marcial Lafuente Estefanía terminó la página 80 y se echó un palo de whisky español (que no sabemos a qué sabe). Imaginamos que es muy malo.
Y entonces, el señor Javier Coma abrió la ventana de la diligencia y miró con alegría que cinco anexos, dos de ellos inéditos para su tiempo, se sumaron al Diccionario de Tiros y Caras Pálidas: una cronología, estrenos en la península (por supuesto, con doblaje donde las eses se confunden con majas, jolines y demás baturros del diario devenir callejero en boca de Clint Eastwood, quien por cierto forma parte del llamado “western crepuscular”. Así, Kirk Douglas lanza una maldición en andaluz en el momento de recibir un tiro cerca del hígado de tomar escocés. Se trata de una relación de novelas desde 1929 hasta 1972 (sin incluir las de Marcial) adaptadas y de las versiones cinematográficas.
Ni paella ni spaghetti
Las balas de las películas italianas suenan como balines sobre un latón. O más bien como piedras contra un plato vacío de “spaghetti”, de allí, digo yo, más allá de que los italianos, entre ellos Leone, se hayan encargado de realizar y vender este producto filmado el Almería y, por ende, de sospechosa calidad. La “paella western”, llena de coños, jolines, joderes, saliva y turrones en boca de Raquel Welch, Barba Streisand, Lee Majors. Si John Ford hablara español…¡madre santa¡
Otros diccionarios
El señor Coma, que no tiene punto y aparte uy menos final hasta ahora, es autor de muchísimas más obras, entre las que caben mencionar Diccionario del cine negro, Diccionario de los comics, la edad de oro, así como el Diccionario de filmes míticos.
Un experto en diccionarios que no deja pasar por debajo del mostrador del saloon mientras en la cantina se desarrolla un tiroteo, expresiones, situaciones y títulos cércanosla género.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.










ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Ultimos Comentarios