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El limbo y el laberinto
por Eduardo CasanovaEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
II
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
El limbo y el laberinto
Al Simón Bolívar que volvió a Caracas en los primeros días de 1827 bien podría apodársele “el Deseado”, “el Esperado”, “el Anhelado”, títulos que nunca auguran nada bueno. La gente juraba que llegaría a solucionar, como por arte de magia, todos los problemas por los que atravesaba Venezuela, como la inseguridad, el hambre, la miseria y, sobre todo, la división.
Y no empezó mal. El lunes 1º de enero de 1827 el Libertador desembarcó en Puerto Cabello, luego de haber pasado por Maracaibo y por Coro, y emitió un decreto de pacificación, en el que declaraba el pleno olvido de los actos que pudieran considerarse de rebelión contra la autoridad central (Bogotá) y reconocía a Páez como Jefe Civil y Militar de Venezuela, y además anunciaba una Convención Constituyente, o sea casi todo lo que Páez aspiraba; Páez, por su parte, reconoció públicamente la autoridad de Bolívar como Presidente de la república de Colombia, con lo cual frenaba toda tendencia secesionista, lo que era de especial importancia en aquel momento.
El segundo miércoles de enero de 1827, el 10, cerca de las dos de la tarde la gente de Antímano vio llegar al Libertador con su séquito. Venía de Puerto Cabello y había pasado en su recorrido por varios de los lugares de sus grandes proezas. De los Valles de Aragua salió por Tejerías e hizo el mismo camino que Diego de Losada, Pozo de Rosas, San Pedro, Las Adjuntas, Antímano. Curiosamente, el camino, que sobrevivió hasta el siglo XX, pasó a llamarse “el Camino del Libertador”. Los miembros del Concejo de Caracas lo esperaron en el Paradero de San Juan, junto con representantes de la Universidad, el Colegio de Abogados, las comunidades religiosas, las colonias extranjeras, cada una con su bandera, las fuerzas armadas y, por supuesto, el pueblo de su ciudad natal. Luego de recibir el saludo de las representaciones oficiales, fue abrazado por su amigo norteamericano Jacob Idler, que le ofreció una carroza; el Libertador se montó en el vehículo con el general José Antonio Páez, que parecía el más feliz y contento de todos los que estaban ese día en la ciudad. Recorrieron la Calle Real de San Juan hasta llegar al Reducto, de allí a la esquina de Cipreses y de la esquina de Cipreses a la Catedral, en donde se ofició un solemne Te Deum.
Y con un clima fresco, pero ya no frío, Simón Bolívar entró de nuevo a su casa de las Gradillas, la misma en la que había recibido a Francisco de Miranda. Una casa que el petróleo derribó sin que quedara en su lugar ni siquiera un recuerdo. Muchas cosas habían cambiado desde el tiempo en que la conoció Miranda, y había en la ciudad demasiadas ruinas y demasiado luto. Los arcos de palmas y sauces que decoraban la ciudad trataban de disimular las cicatrices, y por donde quiera se veían gallardetes, cintas tricolores y retratos del Libertador que las familias habían colocado en las ventanas de sus casas. Pabellones, banderas y letreros alusivos completaban la decoración de la ciudad que con verdadera emoción daba la bienvenida al su mejor hijo, el que logró darles la Independencia.
Le gente se había concentrado en la plaza y en la calle para verlo, para saludarlo, para vitorearlo. Era la solución de todos sus problemas. Era el héroe que regresaba a su ciudad con las manos llenas de promesas de una felicidad que no se había visto allí desde hacía ya demasiado tiempo. En el interior de la casona de las Gradillas lo esperaban seis lindas muchachas caraqueñas que le entregaron seis cintas de raso, cada una con una palabra: Valor, Probidad, Liberalidad, Prudencia, Generosidad, Constancia. El libertador las repartió: la de Valor fue para el general José Antonio Páez, la de Probidad para el doctor Cristóbal Mendoza, la que decía Liberalidad fue para su viejo amigo Francisco Rodríguez del Toro, a quien realmente apreciaba a pesar de sus saltos de talanquera, la de Prudencia para Sir Robert Ker Porter, el representante de la Gran Bretaña en Caracas, la de Generosidad la destinó a los Concejales caraqueños que con tanto afecto habían organizado aquellas manifestaciones con que fue recibido en su ciudad natal, y la que tenía la palabra Constancia se la reservó para él. En la calle, como barra, bullía la gente llamándolo por su nombre y varias veces debió salir a saludar a sus paisanos, a compartir la emoción del momento. Páez participaba sinceramente de aquella alegría. “Todos aclamaban llenos de júbilo al Primogénito de la Fortuna, al Creador de tres Repúblicas, al Genio de la guerra y de la Paz que desde el templo del Sol venía armado con la oliva a dar otra vez vida a la patria”, cuenta emocionado el llanero en su Autobiografía.
La ciudad que recibía a su mejor ciudadano, en realidad, la había pasado muy mal. En 1812 tenía unos cincuenta mil habitantes, en 1816 no llegaban a veinte mil, y en 1825, dos años antes de la última visita de Bolívar, según el Anuario de Caracas, eran apenas veintinueve mil cuatrocientos ochenta y seis, de manera que cuando Bolívar regresó en 1827 encontró una ciudad que había perdido el cuarenta por ciento de su población. Sólo en 1870 volverá Caracas a tener las cincuenta mil almas que, según el barón de Humboldt, contaba al comenzar la guerra, en 1812. Una parte de la disminución se debió al terremoto de marzo de 1812, pero las pérdidas por la guerra, tanto en muertos como en emigrados, fueron muchísimo mayores que las debidas a causas naturales.
Pero no era sólo Caracas. Toda Venezuela estaba arruinada. En la provincia de Barinas –cuenta Gil Fortoul–, la producción de tabaco bajó de 28.000 quintales a poco más de 3.000; y una sola casa, Ackers y Huizi, monopolizaba las cosechas, comprándolas a bajo precio. Ni adelantaba tampoco el cultivo del café. Solamente los productores de añil extendían sus haciendas, animados por los altos precios. En 1828 el Intendente Pedro Briceño Méndez escribe: “El mal principal de nuestra agricultura está en que ningún hacendado tiene nada, y para haber de coger su cosecha o limpiar su hacienda, toma créditos a interés muy subido, habiendo llegado a pagar hasta el 15% mensual. De aquí viene que todo el provecho pasa al usurero, y el país continúa arruinándose, porque nadie puede sembrar un árbol más.
Y el más importante de los que recibieron a Bolívar en 1827, José Antonio Páez, había consolidado extraordinariamente su prestigio en Carabobo. Un año antes había dejado a su legítima esposa, Dominga Ortiz por la apureña Barbarita Nieves, que no llegaba a los veinte años y era “trigueña, con hermosos ojos y cabello azabache", según Ker Porter, el de la Prudencia, y vivía con ella en Valencia. Y en Valencia, Páez había caído también bajo el influjo de Miguel Peña. Sobre ese tema, dice J. A. de Armas Chitty en Caracas, Origen y Trayectoria de una Ciudad, (Tomo I, Fundación Creole, Caracas, Venezuela, 1957): El caudillo sabe que Peña conoce a fondo a Santander y demás integrantes de la política de Bogotá y por eso le utiliza, y Peña se deja llevar como impulsado ciegamente por un oscuro destino. Caudillo y jurista se entendían y sabían a la vez que entre sus manos tenían algo explosivo, algo que podían normar a su antojo. Si prudente es la palabra de Santander en su carta a Páez, prudente y humana, sabia, no podrá decirse lo mismo de su actitud designando a Escalona para reemplazar a Páez, habiendo tenido aquél diferencias con el caudillo. A lo menos, Páez tenía que apreciar que en esto había algo más que un simple reemplazo y que la sugestión del Vicepresidente para que se presentara ante el Senado, era una fórmula. Y aquí es donde Peña actúa con pleno dominio, y con Peña un grupo de antiguos realistas que ya se acomoda al clima republicano. Y si a Peña le sobra habilidad para la intriga, a Páez le falta grandeza. En vez de acatar lo dispuesto por el Senado, acepta la sugestión del cabildo valenciano y de la tropa y se pone de nuevo al frente de ésta. Si contra la Constitución de Cúcuta hubo reservas en Caracas y un sentimiento casi unánime aglutina esfuerzos, con Páez, ya desbocado, con Peña y demás instigadores, la idea separatista cobra impulso. Sería, por cierto, Miguel Peña el encargado de accionar el mecanismo para matar a Bolívar, cuando en 1830 impuso la idea de que Venezuela no negociaría nada mientras el Libertador pisara tierra Colombiana.
La visita de Bolívar a Caracas se convirtió en una gran reconciliación, en un encuentro que prometía acabar con el mundo de intrigas que envenenaba a Caracas y a Bogotá. Y a Bolívar. Fue entonces cuando le cantaron aquello de Salud a Bolívar / que en carro triunfal / desde el Cuzco torna / al suelo natal… y otras cursilerías parecidas a las del Gloria al Bravo Pueblo. Banquetes, discursos, desfiles, reencuentros, homenajes, que poco a poco fueron bajando de tono, como si todos se acostumbraran de nuevo a verse todos los días, o como si poco a poco los caraqueños empezaran a darse cuenta de que Bolívar no les iba a proporcionar la solución mágica que de él esperaban.
Bolívar, seguro de que la presencia en Venezuela y Nueva Granada de miles de soldados desocupados, muchos de ellos obligados a ser asaltantes de caminos, pensó, y así se lo dijo a Páez, que podría organizarse un gran ejército y llevarlo a Cuba para independizarla de España. Hasta llegó a pensar que, una vez obtenida la libertad de Cuba, ese gran ejército podría atravesar el océano y auxiliar en España al partido liberal. La Conquista al revés. Pero la realpolitik se le atravesó, como siempre, inclemente y matasueños: los Estados Unidos no aceptarían que Cuba se independizara así no más: Cuba para los norteamericanos, parecía ser el slogan del gobierno norteamericano, lo cual es algo que le ha costado demasiado caro al pueblo cubano.
Y fue también un mazazo de la realpolitik lo que ocurrió en el Perú en esos días, cuando en Lima la Tercera División Auxiliar de Colombia, comandada por el neogranadino José Bustamante, se alzó contra Bolívar, y Santander y su gente, en Bogotá, aprobaron y aplaudieron la conducta de Bustamante, que fue ascendido a coronel. Bolívar, al enterarse, le escribió desde Caracas el 26 de mayo de 1827 a José Fernández de Madrid: Antes de ahora creía que convenía un gobierno concentrado que mandase a Colombia, y como me hallaba comprometido a salvarla de los españoles, lo dije al Congreso de Angostura en el discurso que le hice en el año 19. En nada más me he metido durante mi vida mi propósito por una circunstancia extraordinaria. Colombia se hallaba dividida por el espíritu de reforma. De Venezuela me ofrecían la corona; muchos pueblos querían federación: Guayaquil me la pidió. Santander pretendía sostener la constitución; entonces indiqué muy ligeramente que transáramos las diferencias adoptando mis ideas políticas presentadas a Bolivia con las modificaciones que se juzgaran propias. En efecto, mi proyecto para Bolivia reune la monarquía liberal con la república más libre; y por más que parezca erróneo y lo sea en realidad, yo no tengo la culpa en pensar de este modo, lo peor de todo es que mi error se obstina hasta imaginar que no somos capaces de mantener repúblicas, digo más, ni gobiernos constitucionales. La historia lo dirá.
Apenas salí del Perú, que se perdió, y el Sur de Colombia está muy comprometido, porque la división traidora estaba empeñada en conquistar aquella parte de la república. Se dice que el autor es Santander y oficiales granadinos los actores. López Méndez viene de jefe supremo del Sur. El gobierno del Perú se ha prestado a todo por salir de esos facciosos perversos. La constitución boliviana era muy popular en el Perú, y tan solamente cuatro locos como Vidaurre y López Méndez con los comandantes Bustamante estruir.
Es de suponer que la carta decía “con los comandantes Bustamante y la quieren destruir". Fue un aldabonazo claro, y Bolívar se dio cuenta de que el peligro no le llegaba desde Venezuela, sino desde Bogotá. ¿Por qué no supo reaccionar como era debido, puesto que veía que podía contar con la gente de Caracas y de Venezuela? Creyó que su deber era regresar al Sur, al Perú, volver a aquellos escenarios lejanos y abandonar estos. Simplemente, se equivocó. Dejó plantada a la novia en la puerta de la iglesia. Mató el amor que era su única esperanza. Y entró en el laberinto del que ya no podría salir jamás.
Poco antes de irse definitivamente de Caracas, el Libertador le dejó a Venezuela su mejor regalo: el 24 de junio promulgó el decreto en el que se creó la Universidad Central de Venezuela, orientada y dirigida por uno de los hombres más eminentes de aquel tiempo, José María Vargas. Trataba así de retomar el camino que inició Baltasar de los Reyes Marrero, camino que fue interrumpido por el oscurantismo, pero que dio sus frutos nada menos que en Bello, Roscio y hasta Miranda y Bolívar, y especialmente en Vargas. Camino que se vio cortado por el gran incendio de la guerra, pero que ese 24 de junio volvía a abrirse, aunque muchas cosas se cerraran a la vez.
Y ya hacia el final de su visita a Caracas, posiblemente cansado de todos aquellos homenajes, Bolívar se mudó a la Quinta Anauco, que unos treinta años antes había construido en pleno campo el antiguo marqués del Toro, don Francisco, hábil en cambios de postura como pocos (hoy es el Museo Colonial de Caracas, en San Bernardino, y una de las pocas casas coloniales que se conservan en buen estado en la ciudad).
Poco después asistió en la Plaza de la Candelaria a una fiesta popular en su honor, acompañado por Páez, que era músico y disfrutó enormemente su parte de las canciones que en honor de ambos se habían compuesto para la ocasión.
Y el 5 de julio fue el fin de aquel reencuentro, de aquellos días de luna de miel tardía y a la larga contraproducente: casi sin recordar la importancia de esa fecha, Bolívar dejó para siempre su ciudad natal sin haber solucionado en realidad nada, sin haber hecho otra cosa que crear una falsa ilusión y destrozarla de un plumazo. Poco después se daría cuenta de que ni había impedido lo inevitable ni había evitado lo inimpedible. A costa de un gran sacrificio había atrasado unos meses lo que finalmente ocurrió. Había tenido a un paso de sus ojos la respuesta apropiada, pero la dejó escapar, y eso le costó varias vidas. La de Colombia, la de los pueblos que todavía son pueblos pobres, y la suya.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto










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