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A diez años de Denzil Romero
por Roberto J. LOVERA DE SOLANos hemos reunido esta tarde no para llorar a Denzil Romero a los diez años de su deceso, acaecido en Caracas (marzo 7, 1999), sino para celebrar su vida, su escritura y el gran prodigio de su talento que hizo siempre una gran celebración la lectura de sus obras. Nuestra intervención se referirá a dos tópicos: el sentido de uno de sus libro póstumos, el “Diario de Montpellier” (Prólogo: Luis Barrera Linares. Caracas. Fedupel, 2002. 280 p.) y en segundo lugar para hacer algunas observaciones, en la parte final de nuestra peroración, de algunos hechos que hay que tener en cuenta al leerlo, para mejor y más hondamente hacer una lectura de su escribir, sobre cuando estaba tuvo que con el cultivo de la historia que en sus libros de ficción tuvo un sesgo particularísimo.
Su segundo libro de sus últimos tiempos fue su novela “Recurrencia equinoccinal” (Madrid-Berlín: Iberoamericana, 2002), a punto a aparecer en edición venezolana, a través de la editorial Equinoccio. En esta novela trata sobre las personalidad del descubridor científico de la naturaleza venezolana: el barón germano Alejandro de Humboldt (1769-1859), cuya vida dio al novelista materia para realizar una recreación de lo que él gustaba denominar lo épico latinoamericano.
EL INICIO
Denzil Romero inició su obra el 10 de enero de 1977 con la publicación de su relato “El hombre contra el hombre”. (Caracas: El Gusano de Luz, 1977. 29 p.), ficción que ahora encabeza sus “Cuentos completos”. (Mérida: El otro, el mismo, 2002. 560 p.), su “difícil narrativa breve” (p.7) como lo dice Víctor Bravo al prologarla, sin dejar de citar a José Lezama Lima (1910-1977), en la primera línea de “La expresión americana” (1957) “sólo lo difícil es estimulante” (“El reino de la imagen”. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1981, p. 369). Obra enigmática la que nos legó Romero, en la cual hay novelas de valor perenne como “La tragedia del Generalísimo” (Barcelona: Argos Vergara, 1983. 387 p.) o “La esposa del doctor Thorne” (Barcelona: Tusquets, 1988. 212 p.) o un libro decisivo, un clásico, de nuestro cuento en el siglo XX como lo es “El invencionero” (prólogo: Manuel Bermudez. Caracas: Monte Ávila Editores, 1982. 127 p.). Por eso hizo suya, en su “Diario de Montpellier”, su concepción: “La cultura se aproxima más a la coherencia y armonía de lo que se sabe y se práctica” (p.119).
Continuación:
LA ESCRITURA AUTOBIOGRAFICA
Al fallecer hacía pocas semanas que Denzil Romero había hecho circular la última de sus novelas “Para seguir el vagavagar” (Caracas: Monte Avila Editores,1999. 292 p.), también dedicada a su personaje favorito, don Francisco de Miranda (1750-1816), sobre él quien quiso escribir a todo lo largo de su vida, ya que su “tragedia” sobre el Precursor, como un drama la concibió, fue para él un proyecto de vida, como nos lo confesó un día.
Bella contribución a un territorio poco cultivado por nuestros escritores, la prosa autobiográfica, es lo que encontramos en el libro que nos dejó sin publicar aquel día Denzil Romero al morir. Nos referimos a su “Diario de Montpellier”, memorial que cierra su hechizadora obra.
Pero vayamos a su “Diario de Montpellier”. No es muy grande, se ha dicho pocas veces, la literatura autobiográfica entre nosotros ha sido escasamente cultivada, pese a tener al menos cuatro grandes obras: el “Diario” (1771-1792) de Miranda, que fue de grande inspiración para Denzil Romero. El “Diario” de don Francisco, escrito casi diariamente entre 1771 y 1792, no fue editado hasta 1929, llena los primeros cuatro tomos del “Archivo del General Miranda”. (Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1929-1950. 24 vols) y puede leerse hoy a lo largo de los primeros diez tomos de su “Colombeia” (Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República,1978-2007. 20 vols), el “Diario” de este caraqueño impar es obra tan singular que es el mayor escrito en prosa escrito por un venezolano a lo largo de toda la época colonial. Le siguen, el “Diario de un desterrado” (Caracas: Ediciones del Cuatricentenario de Caracas,1966. 393 p.) de Valentín Espinal (1803-1866), nuestro primer impresor y editor, y los cuatro tomos del “Diario de mi vida” de Rufino Blanco Fombona (1874-1944), escritos entre 1901 y 1930, que este inició en varios de los textos de sus “Por los caminos del mundo” (Madrid: Mundo Latino, 1926. 312 p.) y dio entera carnadura en “Diario de mi vida”, “La novela de dos años”, 1904-1905 (Madrid: Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1929. 359 p.), “Camino de imperfección” (Madrid: Editorial América, 1933. 381 p.), “Dos años y medio de inquietud” (Caracas: Impresores Unidos,1942. 302 p. ) y “Viéndome vivir” (Caracas: UCAB, 1998. XXX, 200 p.). Al Diario de Blanco Fombona siguen las “Memorias de un venezolano de la decadencia” (Bogotá: Editorial Colombia, 1927. 2 vols) de José Rafael Pocaterra (1889-1955) y “Regreso de tres mundos” (México: Fondo de Cultura Económica,1959. 145 p.) la autobiografía de Mariano Picón Salas (1901-1965). Y además poseamos varios muy destacados epistolarios como el de Simón Bolívar (1783-1830), el de Pedro Emilio Coll (1872-1947) y el de Teresa de la Parra (1889-1936).
Por lo advertido es que cualquier libro en este género escrito por un venezolano es bienvenido. Pese a esto, a la cual se suma ahora esta obra póstuma de Denzil Romero, cualquier volumen es gratamente leído. Sean unas memorias, una autobiografía o una colección de cartas. Este al que ahora nos referimos recoge las vivencias y visiones tenidas por Denzil Romero durante el tiempo en que fue docente, ya en el ocaso de su vida, en la Universidad francesa de Montpellier en el sur de esa nación, las tierras de los Cátaros, considerados herejes por la Iglesia en la Edad Media, perseguidos y muertos, pero vivas sus concepciones hoy en día porque las “ideas no se degüellan” como advirtió el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa (1902-1993).
Pese a lo dicho tiene este género una hermosa, pero corta, tradición entre nosotros. Práctica que nos ha dado varios libros fundamentales a los cuales nos hemos referido, los cuales se pueden leer y releer con pasión. Género que han cultivado en nuestras letras más contemporáneas escritores como Laureano Vallenilla Planchart (1912-1973) en su “Escrito de memoria” (París: Editorial Land Grandemange, 1961. 478 p.), Argenis Rodríguez (1935-2000) en los varios tomos de sus “Memorias” (Caracas: Domingo Fuentes, 1972-1973. 2 vols) o Angela Zago en “Aquí no ha pasado nada” (Caracas: Síntesis Dos mil,1972. 205 p.) y “Sobreviví a mi madre” (Caracas: WARP,1997. 230 p.), aunque el volumen “Existe la vida” (Caracas: Planeta, 1989. 121 p.) es en cierta forma apendicular de los dos anteriores. Y también hay que mirarlos dentro de este género los libros semi novelados Víctor Manuel Rivas (1909-1965) “La cola del huracán” (Madrid: Coculsa, 1968. 646 p.) y el don Mario Briceño Iragorry (1897-1958) “Los Riberas” (Madrid: Ediciones Independencia,1957. 494 p.). No tocamos aquí las novelas y cuentos autobiográficos porque su espacio de contemplación es otro por ser definidas ficciones y requieren otros parámetros para su examen crítico.
Este “Diario de Montpellier” de Romero es registro de sensaciones, recuerdos, visiones, rememoraciones, memoria de su amor por su esposa Maritza, registro de lecturas (tal la relativa de Guy de Maupassant (1850-1893), cuyos cuentos considera “inmejorables” en la p. 70), con datos de mucho interés para el estudio de su obra creadora, sobre todo en aquellos pasajes en los cuales responde a las preguntas que sobre la misma le hace la mexicana Alduina Preciado. Pero aquí se encontrarán también sus memorias de los placeres de la mesa y de la fantasía erótica; a veces el texto es muestra de sus ejercicios literarios, tal el titulado “París, comienzos de siglo” (p.53-54).
Sobre el por qué escribió este sabroso volumen, redactado en inmejorable prosa, nos confiesa Romero que fue obligado a hacerlo por aquello que miraban sus ojos en tierras extranjeras, de allí que anote: “Los ojos no se sacian; devoran árboles y ensueños, horizontes y gentes” (p. 62). Sobre su por qué escribe que formó parte de sus actividades de cada día durante aquel lluvioso otoño, “leer, escribir en el Diario… que comencé a llevar desde mi llegada a esta ciudad” (p.74) fue aquella escritura tarea suya de aquellos días además de enseñar sobre letras latinoamericanas. Por ello apunta también: “Adelanto la escritura del Diario. Lo escribo a mano, en un cuaderno de tapas azules, especialmente adquirido a tal efecto. Sólo después que tengo la página del día lista, la transcribo y almaceno en la computadora. Quiero escribirlo a mano, de principio a fin. Quiero recuperar el hábito de la manuscriturar” (p.96), ello hecho en la bella letra que Romero poseía. Por ello un día consigna: ”yo me dediqué a manuscribir en el Diario” (p.165), “El Microsoft Word se encargó de los demás. Aunque escribo todos los días, debo admitir que había perdido la escritura en su acepción primigenia y más noble… Gracias a mi “Diario de Montpellier”, la estoy recuperando” (p.97). Sabe que se dirige a “futuros inciertos lectores” (p.98) por ello se interroga: “¿Por qué un Diario? ¿Para qué un Diario?… ¿A quién podría interesar esa relación de hechos triviales?… Quizá valga creer que uno escribe un Diario para aprisionar los recuerdos y poder evocarlos mejor, tiempo más tarde, libre de apremios y sin riesgo de haberlos perdido totalmente” (p.203), aquí coincide con iguales que preguntas que en su diario se hizo Blanco Fombona (“Viéndome vivir”, p. 5). Y sobre el género que cultiva escribe “y la literatura confesional… Aprehensión del momento. Simple relación de acontecimientos. Fijación del recuerdo. Introspección más o menos profunda. Confirmación del yo” (p.207).
Entre las entradas de este “Diario de Montpellier” encontramos algunos tópicos en los cuales nos gustaría detenernos. Tales aquellos sitios en los cuales se refiere Denzil Romero a su vida, a sus escribires, al cuento, a la novela, al cultivo suyo de la novela histórica, a la presencia de la historia en varias de sus novelas, a su vida propia, a su cultivo del barroquismo y a un mal venezolano que le angustia, “lamentablemente los venezolanos somos chauvinistas al revés… no nos queremos entre nosotros mismos” (p.25). xxx
Sobre su vida este “Diario de Montpellier” está repleto de evocaciones autobiográficas y de datos sobre su nacimiento, crecimiento, formación, amores, su especial sensibilidad sobre todo frente al arte, el cual le hacía llegar hasta las lágrimas (p.30), sus ciudades amadas como Praga o Caracas, con su Ávila “siempre portentoso” (p.36).
Sobre sus obras anota variadas cosas. A Francisco de Miranda, alrededor del cual escribió tres de sus novelas, lo denomina “mi personaje por excelencia” (p.27).
Sobre el uso de la fantasía acota: “Todo será cuestión de abrir el grifo de la fantasía” (p. 35), “Mi imaginación se ha desperezado. Ella, la imaginación, siempre me ha servido de recurso salvador. Cuando todo resuma pesar, de ella mana júbilo; me acompaña, me alboroza, me libera y me lleva a emprender cualquier audacia. ¡La imaginación y el lenguaje!… También soy dueño de un lenguaje portentoso con el que puede inventar y expresar el mundo en el cual quiero moverme” (p. 55).
Enjundiosas son sus reflexiones sobre el cuento, género en cuyo cultivo descolló, “Imposible no tener en cuenta al Maupassant cuentista, si él, con Anton Chejov (1860-1904), Edgar Allan Poe (1809-1849) y Horacio Quiroga (1878-1937), forma el cuarteto principal de los maestros universales del género… Fueron muchos los días de mi adolescencia que dediqué a la lectura de Maupassant… Me deslumbraba su poder de observación, ese saber hurgar hasta en los detalles más insignificantes, sus descripciones minuciosas, la sencillez y fineza con que delineaba a los personajes… su capacidad de persuasión, su economía de medios, la perfección artística de sus textos, aunque breves capaces de desarrollar historias complejas y desentrañar pasiones profundas. Algo denso, unido, con peso mineral y luz aislada en el extremo de la noche” (p. 70).
Sobre la novela y el arte de escribirlas subraya “pareciera que un novelista es un ser que tiene el raro privilegio de inventar historias partiendo de mínimas referencias reales; que puede, mejor que ningún otro hacedor de literatura, combinar la experimentación con la fuerza de la tradición, la ruptura hacia el futuro con el rescate apasionado de ciertas esencias ancestrales… El novelista sabe…hundirse en el pasado para elevarse hasta el provenir más imprevisto; sabe combinar lo objetivo con lo subjetivo, y crear un mundo de conflictos y sintonías entre ambos espacios. El sabe… colectivizar su tiempo interior e interiorizar el tiempo colectivo” (p. 106).
Sobre la presencia de la historia en la mayoría sus novelas acota “Para mí, la historia es un pretexto, un tema literario…al entrar en el marco de mi trabajo se deshacen para integrarse en una comixtura nueva” (p. 102), por ello llama a Miranda “mi personaje” (p. 102), “Si, es él, o mejor: un poco él. Pero también es un personaje que va más allá que se sale de la historia… que vive en el Nueva York actual” (p. 103), “Aunque en muchas de mis novelas usan el tema histórico como tal pretexto, no creo que sea un novelista exclusivamente histórico… toda novela es un resultado que representa y contiene mucho más que la mera adición de sus factores” (p. 103), “uso la historia como pretexto para infundiar mis invenciones, para invencionar mis infundios” (p. 110).
Pero como Miranda fue un héroe, así lo considera, apunta: “Los Héroes… son los que logran sobreponerse a la mediocridad del entorno; los que se imponen al respeto de los extraños con esfuerzos de proezas y actos extraordinarios; los que después de muertos, despiertan las loas de los poetas” (p. 105).
Pese a considerar a la historia un pretexto en su obra narrativa en otra entrada del “Diario de Montpellier”, al visitar Avignon, la ciudad de los Papas medievales que allí residieron en el siglo XIII (1309-1378), no pudo dejar de confesar: “Definitivamente, soy un animal histórico. Igual me pasa en los otros lugares donde la historia se arremansa como agua detenida” (p.255).
Y sobre la constancia del barroco en su prosa dice “En mí el barroquismo obedece a una razón natural. Amo la profusión. Amo la hipérbole. Amo la abundancia. Gozo el desbordamiento expresivo” (p.121).
Pero al cerrar el “Diario de Montpellier” podemos preguntarnos porque llamó Denzil Romero “novela” a este sabroso cotidiano recuento. Quizá porque su diario registro nos muestra una sucesión de hechos o porque todo en el vida siempre es ficción, e incluso puede ser tragicomedia o singularidad personal. También pudo Denzil Romero denominar novela a su diario en el sentido que es siempre novela una serie de hechos interesantes de la vida real que parecen ficciones.
UNA OBSERVACIÓN BÁSICA
No podemos negar que Denzil Romero fue como creador un narrador de excepción. Por ello sembró de forma indeleble lo que dejó plantado en nuestra literatura, que creemos es imperecedero, el panorama narrativo de los veinte y dos años (1977-1999) en los cuales publicó su obra es imposible examinarlo y comprenderlo sin sus libros, sin sus novelas y sus narraciones cortas. Ya hemos citado sus libros mayores, los que siempre nos acompañaran. Pero hay que decir también que si el período de su acción literaria fue corto, desde el opúsculo “El hombre contra el hombre”, desde su primer libro “Infundios” (Caracas: Síntesis Dosmil, 1978. 186 p.) hasta “Para seguir el vagavagar” fue breve, apenas dos decenios, siempre que se lee a Denzil Romero se comprende que él siempre fue escritor, que escribió y reescribió por años y que sólo cuando estuvo seguro de que sus dones podían ser conocidos los hizo aparecer en público. Todo ello fue señal de una vocación literaria de especial relieve. Por ello su obra fue tan celebrada siempre. Y lo seguirá siendo, sobre todo para los lectores que se asomen a su obra sin prejuicios, quienes se dejen llevar por lo que se le va contando en ella.
Por ello queremos para terminar tocar dos tópicos que son fundamentales para una exacta comprensión de sus ficciones.
Ya ha sido reconocido, por el estudioso norteamericano Seymour Menton (1927), autoridad indisputada en la comprensión del cuento y la novela latinoamericana, el lugar destacado que ocupa Denzil Romero en lo que el erudito neoyorkino denomina la “nueva novela histórica de la América Latina”, que para él se inició en 1979 y que en su libro él atrapó hasta 1992. Y lo hizo precisamente a través de “La tragedia del generalísimo”, “Gran tour”, “La esposa del doctor Thorne” y “La Carujada” de Denzil Romero, de “Boves, el Urogallo”, “En la casa del pez que escupe el agua”, “La luna de Fausto”, “Manuel Piar, caudillo de dos colores”, “Los cuatro reyes de la baraja” de Francisco Herrera Luque (1927-1991), de “Lope de Aguire, príncipe de la libertad” y “La piedra que era Cristo” de Miguel Otero Silva (1908-1985), “La isla de Robinson” y “La visita en el tiempo” de Arturo Uslar Pietri (1906-2001), “El Gran dispensador” de Manuel Trujillo (1925-2006), “Yo Bolívar, Rey” de Caupolicán Ovalles (1935-2001), “Solitaria/solidaria” de Laura Antillano (1950), “La noche de Abel” de [es:Eduardo Casanova] (1939) y otras tres bastante menores que no citamos porque sus valores son escasos, todo ello llevó a Menton a examinar este interesante y hondo proceso en su obra “La nueva novela histórica latinoamericana”,1979-1992 (México: Fondo de Cultura Económica, 1993. 311 p.). Entre nosotros ese proceso ha tenido al menos dos estudios: el de Alexis Márquez Rodríguez: “Historia y ficción en la novela venezolana” (Caracas: Monte Ávila Editores, 1991. 257 p.) y el de Luz Marina Rivas: “La novela intrahistórica: tres miradas femeninas de la historia venezolana”. (Valencia: Universidad de Carabobo, 2000.284 p.).
Ahora con relación a Denzil Romero hay que preguntarse, ante la mayoría de sus novelas, si él fue un novelista histórico, anti histórico o incluso contra-histórico. Esto es fundamental. Denzil Romero fue un novelista anti-histórico, contra histórico. Lo advertimos porque si bien él estudió siempre bien la historia, la verdadera, la que se hace con documentos, que es la llamada “casta” por Fustel de Coulanges (1830-1889), pero cuando él tomaba la historia para relatarla en sus ficciones la deshacía, la contradecía, la presentada de otra forma. Fue esta su forma de reinventar la historia, poniendo ante nosotros no lo que sucedió sino lo que pudo suceder. Así hay que interpretar las páginas memorables de “La tragedia del generalísimo”. Y también sus “Amores, pasiones y vicios de la Gran Catalina” (Caracas: Grijalbo, 1995. 326 p.) y “Para seguir el vagavabagar”. En la reseñas que escribimos sobre ambos libros explicamos con más detalle lo que aquí describimos (“Denzil Romero: la desfiguración narrativa”,El Universal: diciembre 19, 1995; “Para seguir el vagavagar”, El Globo: marzo 11,1999). Pese a ello siempre “Amores, pasiones y vicios de la Gran Catalina” aunque mucho nos interesó, como todo lo concebido por su autor, nos pareció un libro escrito con descuido, quizá con celeridad, con demasiado azoro, casi irritado, quizá sufriendo, por lo cual no fue un logro estilístico como siempre lo eran sus libros, flaqueza esta rara en Denzil Romero escritor soberbio siempre que tomaba la pluma entre sus manos para manuscribir, como consignó un día (“Diario de Montellepier”, p. 96).
Y ello también nos debe llamar a comprender que en si bien en los primeros capítulos de “La esposa de doctor Thorne”, una novela bella y diestramente creada, aparece la figura Manuelita Sáenz (1797-1856) a medida que la narración se desarrolla el personaje real se va convirtiendo en criatura totalmente inventada, así esa mujer que vive todas las instancias del erotismo ya no es Manuelita sino un ser de ficción engendrado por la invencionera y calenturienta imaginación de Denzil Romero. Y por ello no puede acusársele de ser, como lo dijo el historiador Alfonzo Rumazo González (1903-2002), gran biógrafo pero hombre amargado y venenoso, quien calificó a Denzil Romero de ser un libelista que escribió contra Manuelita. No fue tampoco Denzil Romero el “porno detractor” de la amante del Libertador que dijo José Rivas Rivas (“Carta de Manuela Sáenz a su porno detractor”. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1990. 146 p.), ni se le puede increpar por haber mutado supuestamente la historia. No. Lo que encontramos en su novela es un ser fabulado, inventado, inexistente en la realidad. Sólo vivo en las ensoñaciones y fantasías eróticas del narrador. Y, además, no se ha dicho como se debiera, “La esposa del doctor Thorne” es una aclimatación caribeña de la novela libertina del siglo XVIII, cosa que nos hace comprenderla aun más, poder penetrar en su extraña. Sólo un hombre de la pasmosa erudición de Denzil Romero pudo entrar en este ámbito, por cierto nunca repetido dentro de la novela que tiene como tema a la sexualidad.
Pero claro el éxito y el escándalo que propició la aparición de “La esposa de doctor Thorne”, “la Manuelita” como llamaba a su suertudo libro su autor, incitó todas las envidias que siempre persiguen entre nosotros a todos los que triunfan, sobre todo internacionalmente: “La esposa del doctor Thorne” obtuvo en España el premio de novela erótica de la Editorial Tusquets y fue impresa en la serie “La sonrisa vertical”, y ya lo sabemos: solo el pubis femenino sonríe de abajo hacia arriba, razón del título de la serie puesto por el erotólogo hispano Luis García Berlanga. Pero la suerte siguió porque los ejemplares comenzaron a agotarse uno tras otro, y a sucederse sus ediciones desde su presentación en Caracas, en la sede del Ateneo de Caracas, la noche del 14 de abril de 1988, en donde por la generosidad de Leonardo Milla (1942-2008) fuimos invitados a tomar la palabra aquel día junto con el también erotómano Rubén Monasterios. Y entonces la novela se hizo más célebre por la polémica que se desató, controversia harto divertida, bien documentada por Luis Barrera Linares en su libro “La negación del rostro”. (Caracas: Monte Ávila Editores, 2005, p. 218-222), y por un hecho superior, que siempre pervivirá, además de ser “La esposa de doctor Thorne” la primera gran novela erótica de las letras venezolanas, sino en que en ella estriba un hecho diríamos que ecuménico: es una ficción no sólo certeramente construida, redactada en bella prosa insuperable, sino que es a la vez un libro de un día y para todos los días, ello dados los dones artísticos que Denzil Romero convocó al invencionarla porque es novela perfecta sin duda alguna, basta examinarla sin prejuicios, y sin miedo a la sexualidad, para comprenderlo. Y decimos sin temor al erotismo porque en “La esposa del doctor Thorne” no sucede nada que todas las parejas no hayan hecho en la intimidad de sus lechos. Pero dio miedo lo que Denzil Romero contó a los reprimidos, los mismos que condenaron en su día “El último tango en París” (1972), la gran película de Bernardo Bertolucchi en donde lo único nuevo que sucedía era que por primera vez una cámara había entrado en la habitación en la que dos amantes se encontraban para ayuntarse. Pero lo que pervivirá siempre de “La esposa del doctor Thorne”, más allá de su asunto central, son las inmensa lucidez de los poderes creadores convocados por su autor en las hojas de su libro. Y es esa potestad lo que le ha permitido a Denzil Romero influir en los creadores que han venido después, cosa que acabamos de oír en la observación que hemos escuchado a Gisela Cappellin según la cual la novela de Denzil Romero la influyó en la escritura de su poemario “Psicalipsis”. (Caracas: Ex Libris, 2007. 67 p.), la palabra de su título quiere decir picardía erótica, según la real definidora.
Y así hay que considerar también otro asunto: el uso que hizo Denzil Romero de ciertos documentos a la hora de fabular sus novelas. Por ello no se le puede acusar de haber saqueado las “Memorias” (París: Typographie Chamerot,1892. 5 vols) de Juan Bautista Boussingault (1802-1887) en la parte de su relato sobre Manuelita Sáenz porque este novelista nuestro lo que hizo en primera instancia fue recrearlo, escribir a partir de él. Y en un segundo momento contradecirlo, base de la novela anti-histórica que practicó, cosa que podemos deducir incluso de varios de los pasajes del “Diario de Montpellier” que hemos citado antes.
Por cierto la misma parte de las memorias del científico galo Bousssingault, sobre todo el relato relativo a Manuelita, fueron publicadas en Caracas en 1948 y mandadas a incinerar en 1949 por el ministro de Educación de la época, Augusto Mijares (1897-1979). Este folleto, del cual el doctor Edgar Sanabria (1911-1989) logró ponerse en un ejemplar y preservarlo fue rescatado y editado por José Agustín Catalá en un volumen en los años setenta (“Memorias”. Caracas: José Agustín Catalá Editor, 1974. VIII, 315 p.). Pudo hacerlo el editor ganareño gracias al ejemplar que el abogado, político y expresidente Sanabria conservó por años en una caja fuerte en la Banco Venezolano de Crédito. Al publicar Catalá los fragmentos prohibidos de las “Memorias de Boussingault” se demostró que lo que había que haber hecho en 1949 no era mandar a destruir el libro sino encargar a un historiador una edición crítica, anotando a pie de página cada una de las falacias históricas halladas, esto lo conversamos con el propio don Augusto a quien por aquella decisión molestaron tantos durante mucho tiempo.
Pese a ello creemos que lo que escandalizó entonces fue el procaz relato sobre Manuelita que trae el francés, y lo hizo, así lo hemos pensado cada vez que lo repasamos, para zaherir a Manuelita, mujer libre siempre, de costumbres sexuales muy avanzadas por su época, por haberse enamorado Boussingault de ella y no poder pretenderla porque aquella inquietante mujer era la compañera del presidente de la República, es decir del general Bolívar. Así se simple. Y eso a pesar de que el relato del científico galo nos permite comprender hechos de los cuales el único testimonio que conocemos es precisamente ese. Pero el tiempo ha pasado, nuestra conciencia histórica ha madurado, la compresión de los sucesos de la sexualidad es la propia de nuestro tiempo, así para nada es incompresible a los ojos de hoy la liberada Manuelita. Este polémico fragmento está plenamente incorporado hoy al conocimiento histórico gracias a una antología sobre nuestras mujeres en el siglo XIX compilada por Inés Quintero, se recogen allí testimonios sobre nuestras mujeres de aquel tiempo pero debidas, ¡ay!, a hombres (ver “Mirar tras la ventana”. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1998. 171 p.). Y ello pese a hay que hay escritos redactados por ellas mismas durante esa centuria.
Recrear los papeles del pasado, contradecirlos, es lo que hallamos en general en las novelas de Denzil Romero, incluso en una muy cercana a los hechos como es “La Carujada” (Caracas: Planeta, 1990.579 p.), cuyo estilo “exuberante y neo barroco” ha sido elogiado por el profesor Menton (“La nueva novela histórica de la América Latina”, p. 163, nota 9). Una buena muestra de lo que hacía Denzil Romero al desarrollar sus novelas, sobre todo las relativas a Miranda, es comparar lo que nuestro Precursor consignaba sobre su “Diario” y aquello que a partir sus anotaciones recrea Denzil Romero, es decir, vuelve a crear fantaseando a partir de aquello, desde aquello.
Y distinto a recrear es lo relativo a las citas intertextuales, que están en el rico vientre de la novela contemporánea. Esto fue lo que por hizo por ejemplo Uslar Pietri al partir de la “Relación verdadera de todo lo que sucedió en la jornada de Omagua y Dorado”… (Madrid: Imprenta de M. Ginesta, 1881. XLVII, 192 p.) de Francisco Vázquez, la mejor memoria relativa a la expedición del tirano Lope de Aguirre (c1511-1561), para recrearla en su novela “El Camino de El Dorado” (Buenos Aires: Editorial Losada,1947. 315 p.). Y es distinto hacer citas intertextuales, que tanto divierten a los lectores cultos de estos días, quienes se distraen buscando las obras de donde provienen esas referencias porque las citas intertextuales, bien definidas por el búlgaro Szvetan Todorov (1939), se insertan en las ficciones sin comillas. Explica Todorov sobre este interesante punto: “Así ocurre con el discurso mismo, que lejos de ser una unidad cerrada, siquiera sea sobre su propio trabajo, es trabajado por otros textos, “todo texto es absorción y transformación de una multiplicidad de otros textos”, atravesado por el suplemento sin reserva y la oposición superada de la intertextualidad” (“Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje”. México: Siglo XXI Editores, 1974, p. 400). Por no saber, o no conocer, esta noción es por lo que fue mal interpretada entre nosotros la novela del maestro Uslar Pietri “La visita en el tiempo”, la cual está llena de citas intertextuales que aquí fueron consideradas por un supuesto crítico, persona nada formada, como fragmentos productos de un plagio lo cual no era así. Pero en España, en cuyo siglo XVI se desarrolla ese libro, para nada dejó de entenderse esto, se comprendió tan bien que fue otorgado a su autor el premio “Príncipe de Asturias de las Letras”, el segundo gran premio que otorga cada año aquella monarquía.
DENZIL EN EL CIELO
Cerramos aquí: nos ha llenado de alegría que se nos haya convocado a participar en esta fiesta del espíritu y de la invención literaria. Y sobre todo para celebrar la escritura de Denzil Romero, creador destacado pero también uno de los hombres más afectuosos que hemos conocido. Y con quien, por sus virtudes como hombre de letras, pudimos sostener un largo diálogo entre crítico y creador a lo largo de mucho tiempo. Siempre fue usual entre nosotros reunirnos para discutir cada una de las reseñas de cada uno de sus libros que publicamos, opiniones con las cuales no siempre él estaba de acuerdo, sobre todo en el caso de su novela “Entrego los demonios” (Caracas: Alfadil, 1986. 238 p.), novela que de su lectura hecha por nosotros discrepó aunque sin bajarse de la calidez del diálogo intelectual. Aquellos paliques no nos hicieron desdecirnos de lo que pensábamos pero si nos permitieron penetrar más hondo en la rica sensibilidad de aquel venezolano sin duda singular, nacido en Aragua de Barcelona, Anzoategui (julio 24,1938). Y fue por ello que permanecimos tantas horas al lado de sus restos y cargamos después su féretro hasta las puertas de la funeraria Vallés. A nuestro lado caminó aquella tarde el poeta Caupolicán Ovalles y cuando dejamos la urna para ser llevada a sembrarse en la tierra madre nos dijo “ahora sí, vale, este es el final”. Pero olvidó el querido Caupolicán que a los escritores sucede lo contrario: no desaparecen, olvidamos que murieron porque siempre nos queda el tesoro sus libros para repasarlos una y otra vez. Así fue lo que hizo aquel invencionero creador infundios que fue Denzil Romero. Amén.
(Palabras leídas en el acto que en homenaje a Denzil Romero organizó la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del martes 21 de julio de 2009. El encuentro fue coordinado por el académico Manuel Bermúdez quien tomó la palabra junto a nosotros, Luis Barrera Linares, Krina Ber, Marisol Marrero, Eduardo Liendo, Gisela Cappellin y Carlos Pacheco).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
5 comentarios
El "señor" Roberto J. Lovera de Sola desconoce la historia americana. Fabular no es adulterar procazmente como lo hace Denzil Romero en su "La esposa del Dr. Thorne". Hay que respetar y sobre todo hay que tener más nivel y no calificar al mayor biógrafo de América, Alfonso Rumazo González, como "hombre amargado y venenoso"... Es evidente que no conoció a mi gran abuelo, el ser más encantador y gentil de todos. En sus palabras textuales, al leer su pseudo estudio y su comentario acerca de él, Alfonso Rumazo González habría dicho: "Permítame que me sonría". ¿Acaso ser irónico es ser venenoso? Bienvenido ese veneno maravilloso, propio de mentes superiores!!!
17-10-2009
Mi estimada Solange: estoy leyendo en este momento en Inernet tu comentario sobre mi trabajo sobre Denzil Romero aparecido en estos días en la página de Litranova.
En tu mensaje dices:
El "señor" Roberto J. Lovera de Sola desconoce la historia americana. Fabular no es adulterar procazmente como lo hace Denzil Romero en su "La esposa del Dr. Thorne". Hay que respetar y sobre todo hay que tener más nivel y no calificar al mayor biógrafo de América, Alfonso Rumazo González, como "hombre amargado y venenoso"... Es evidente que no conoció a mi gran abuelo, el ser más encantador y gentil de todos. En sus palabras textuales, al leer su pseudo estudio y su comentario acerca de él, Alfonso Rumazo González habría dicho: "Permítame que me sonría". ¿Acaso ser irónico es ser venenoso? Bienvenido ese veneno maravilloso, propio de mentes superiores!
Solange Alazamora Rumazo.
Mi respuesta es la siguiente:
Me refiero primero a los aspectos personales. Cuando digo que el profesor Rumazo era un “hombre amargado y venenoso” lo que hago es constatar una realidad vivida: así fue él conmigo, pese a ser yo un muy buen conocedor de sus obras, sobre todo de las biografías.
Y el fue así conmigo primero al considerarme “persona inicua”, así se lo comunicó personalmente a mi papá, por haber discrepado yo, con mi respeto habitual, de ciertas opiniones sostenidas por su hija Lupe en su libro Rol beligerante, cuyo título era de hecho un llamado a la polémica. Es propio de un crítica tanto analizar, su primera misión, como discrepar. Fui yo entonces el que reí volterianamente porque aquello no tenía sentido. Supongo que tu eres hija de la inefable doña Lupe.
Pese a ello seguí leyéndolo y en una oportunidad, como Director de Publicaciones de Fundarte, insistí varias veces con él para que el fuera quien presentara un libro sobre Simón Rodríguez que se había editado bajo mi cuidado. Fue imposible. Siempre se negó. Pese a que la invitación le fue formulada por mí por ser uno de los biógrafos de don Simón, si bien no el primero.
En cuanto a lo que afirmas que el profesor Rumazo es el “mayor biógrafo de América” no lo creo, hay varios otros tan buenos como él. Tal, por ejemplo, el uruguayo Emir Rodríguez Monegal, biógrafo de Horacio Quiroga, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y nuestro Andrés Bello. Pero ello no le quita ni valor ni brillo a la hecho por Rumazo: su estilo fue siempre primoroso y sus dotes de investigador bien demostradas en sus varios libros. Pero creo, que una nieta de Rumazo, no puede sostener una opinión crítica porque el amor le impide el juicio crítico, solo le permite el elogio de quien consideras por el trato familiar sain duda:”el ser más encantador y gentil de todos”. Así debió serlo contigo. Era para él la época de “enietecerse”.
En cuanto a mi trabajo sobre Denzil Romero debo decirte que cuando apareció la bella novela de aquel y se hizo presente la inquisición bolivariana ante ella en el Ecuador se publicó un libro, a la sombra de tu abuelo, en el que para mi sorpresa se incluyó, sin pedirme autorización alguna (y sin pagar los derechos respectivos) el juicio que sobre aquel gran libro yo publiqué en El Nacional, palabras que había leído en la presentación de la novela en el Ateneo de Caracas.
Y el libro, tu comentario vuelve a decírmelo, implica que para nada aún se ha comprendido en ciertos medios lo que Denzil Romero se propuso hacer al concebir aquella narración impar. Pocos se han dado cuenta que re-imaginó la historia, como lo digo en el texto que leíste, espero que con mensura, la desfiguró, porque esa su manera de trabajar la novela histórica para él, era su modo de alumbrar la anti-historia. El personaje de La esposa del doctor Thorne al comienzo es Manuelita pero se va desdibujando por el arte del narrador y convirtiéndose en una criatura de ficción que ya no es Manuelita sino un ser de la imaginación, una mujer que vive todas las instancias del erotismo. Y nunca hay la procacidad que tu le encuentras, quizá por faltarte la experiencia sexual que se adquiere con los años y con el vivir. Así, a mi entender, que es el de un solo lector y crítico, es como debe ser entendida esta novela que ha pervivido a través de las décadas.
Pero a quien desee saber quien fue la Manuelita de la historia debe leer el libro de tu abuelo y la obra de Victor Von Hagen (Las cuatro estaciones de Manuela), quien tuvo la suerte de encontrar más documentación a aquella que pudo ver tu abuelo quien en este caso fue el pionero al tratar la vida de Manuelita.
En tu carta, que no es un texto crítico sino más bien una diatriba, basada en que tenemos ideas distintas sobre la personalidad de tu abuelo, a quien me tocó sufrir porque, pese a haberlo leído desde la adolescencia, nunca pude acercármele intelectualmente, como lo hice con todos los escritores mayores venezolanos de quienes recibí hondo estímulo para mis propias tareas, y entre los cuales se encontraba más de un probado amigo suyo como el doctor Salcedo Bastardo.
Tú me acusas de no conocer la historia de América Latina: no puedes haber concebido mayor dislate: si no la conociera como la conozco, tengo más de medio siglo estudiándola, no podría comprender la fascinante personalidad de Manuelita.
Dices que “fabular no es adulterar”. En verdad fabular es adulterar con la imaginación, concepción que hallarás expresada en cualquier manual de Crítica Literaria y en cualquier estudio elemental sobre el género novelístico. También se fabula cuando se crea literatura dentro de cualquier género. Y sin imaginación es imposible también la comprensión de las obras literarias, que es el oficio propio del crítico.
ELLA SERA NIETA DE ESE SEÑOR, PERO ES UNA IGNORANTE.SIGA HACIA ADELANTE AMIGO...AUNQUE LOS PERROS LADREN.
FELICITACIONES.
Edgar Moreno Uribe
*Periodista cultural de la Cadena Capriles, crítico teatral.
Interesante lectura y elegante discusión. Los que hemos leído la novela de Romero sabemos que esa no era Manuelita. Pero quien tiene la verdadera historia de esa mujer. A mi entender nadie. Quizás el doctor Thorme y Bolívar. También me leí la del profesor Rumazo, para acercarme en su historia a la verdad. Hasta luego
Mayte Navarro
(Periodista de El Universal)
Señor Lovera:Su respuesta indudablemente provocadora no ha producido sin embargo en mi tal efecto. Y no lo ha hecho porque me parece increíble que un crítico se fije y luego deslinde lo que llama posiciones personales de las otras, profesionales. Yo en cambio tengo el derecho de hacer un mélange. No soy ni escritora, ni crítica literaria, pero sí gran lectora y humanista. Soy la que ha trabajado con mi madre en las reediciones de Alfonso Rumazo González y en el manejo de su archivo. Mis títulos universitarios, uno de ellos Cum Laude, son otros. ¿Pero usted? Usted tiene su “método” tanto como lo tuvo Descartes. Y es ese “método”, su método, el que Ud. sigue para contestarme. Dice que tuvo que “sufrir” a mi abuelo –son sus palabras– y yo en cambio recibir sus atenciones; él, según usted, estaba en la época de “ennietecerse”. Por otra parte mi madre, Lupe Rumazo, es la “inefable”. Creo que debemos dejar de lado los adjetivos y las posiciones tomadas. Es decir tomadas por usted. Veo en todo caso que su respuesta fue inmediata y escrita con algo de nerviosismo.
En cuanto a Denzil Romero usted corta mi frase y lo hace calculadamente. Yo digo que “fabular no es adulterar procazmente”. Una cosa es “fabular no es adulterar” y otra “adulterar procazmente”. Es el adjetivo el que define en este caso. Así su lección sobre la fabulación en todos los géneros está por demás.
No soy yo sola la que juzga que “La esposa del doctor Thorne” sea inmoral. Son otros escritores –hombres todos y adultos– los que así la definen. Sabía usted que Denzil Romero le pidió perdón a Lupe Rumazo por haber denigrado de Manuela Sáenz. Quiso darle la mano y ella se la dejó tendida. Algo seguramente que a usted le parecerá quizás “inefable” de parte de ella. ¿No es así como la define? Pero es que usted está muy lejos de “Las morales de la historia”, libro importantísimo de Todorov.
En relación a su desconocimiento de la historia americana también usted desfigura. Usted puede afirmar que conoce mucho de historia de América Latina pero indudablemente ignora realmente quién fue Manuela Sáenz y Manuela Sáenz es personaje definitorio de la Historia de América Latina. Y por eso mismo me parece algo realmente increíble que a Manuela, la de “La esposa del doctor Thorne” le adjudique Ud. mutaciones para justificar de esa manera la arbitraria “creación” –si así se la puede absurdamente llamar– que de ella hizo Denzil Romero, la procacidad con que la trató. Eso es lealtad de su parte; lealtad que es por usted nombrada como alumbramiento de la anti-historia, creación de seres de la ficción, etc., etc. Esas son nada más las “trampas de la fe”.
Es un despropósito decir que el amor de nieta obnubile el juicio, tanto como es un sofisma que usted ataque a Alfonso Rumazo González por las razones dudosas que señala: según su teoría, sí se puede ofender pero no se puede admirar. Usted puede no considerar a Alfonso Rumazo González el “mayor biógrafo de América”. Lo sostienen Vicente Lecuna, Claude Fell, Giuseppe Bellini, Leopoldo Zea y muchos más. La UNESCO acaba de incorporar sus biografías a su Colección Archivos.
Usted califica a Alfonso Rumazo González de “hombre amargado y venenoso” ahora que no está físicamente con nosotros. ¿Se lo dijo usted alguna vez cuando vivía; lo escribió usted entonces? No, entiendo que no. Aprovecha la ocasión de una audición pública a la que él no puede asistir. Eso sí habla elocuentemente de usted.
Solange Alzamora Rumazo
PD: Acabo de leer el muy inteligente y quijotesco comentario del señor E. A. Moreno Uribe. Le recomiendo que averigue primero quien es "ese señor" - Alfonso Rumazo González - para que se ilustre un poco y no sea el señor Uribe el ignorante o ignaro.










ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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