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Glosas sobre Federico Vegas como ensayista
por Roberto J. Lovera De Sola“Y hablo del caos en las ciudades que, pese a su desorden, generalmente construyen el paisaje que nos acompañará toda la vida”.
Boris Izaguirre
Pese a ser casi imposible, ni lejanamente, poder competir con las palabras que hemos escuchado a Oscar Tenreiro sobre Federico Vegas el arquitecto, que consideramos no se puede desligar del narrador, porque ambos son sus puntos de mira vitales, nosotros quisiéramos añadir unas observaciones sobre la significación literaria de algunos escritos suyos, sobre todo lo que se encuentran en esa precioso tomo de ensayos que es “La ciudad y el deseo” (Caracas: Fundación Bigott, 2007. 238 p.) y sobre su fascinación, que compartimos, por todo lo relacionado con el tema de la ciudad, más en nuestro caso, con lo que hemos denominado, en algunos de nuestros apuntes de lector, la ciudad interior.
Pero antes queremos decir unas palabras sobre un libro de Federico Vegas en cuyo encanto caímos al leerlo. Es “Pueblos” (Caracas: Fundación Polar, 1984. 155 p.), y esto sin quitarle un ápice a “La Vega, una casa colonial” (Prólogo: Arturo Uslar Pietri. Caracas: Armitano, 1988. 170 p.), que tenemos vivísima por haberla repasado hace pocas semanas cuando nos solicitaron una semblanza de uno de sus dueños: aquel gran señor caraqueño llamado Manuel Felipe Tovar (1803-1866), uno de nuestros “grandes cacaos”, el primer presidente elegido, en 1860, por votación directa de todos los venezolanos.
Creemos que lo que suscitó nuestra querencia por “Pueblos” es que a través de sus páginas Federico Vegas nos hizo viajar hacia la Venezuela profunda, la más entrañable, por en su libro nos mostró los últimos rasgos del país interiorano en proceso de desaparición, por lo que leer ese libro, o releerlo, es como hacer un bello ejercicio de nostalgia.
Esos pueblos, todos aquellos lugares en donde viven menos de dos mil personas, si miramos desde el Oriente al Occidente de nuestro país, siguiendo el mapa que está en el volumen, son: el que está en el archipiélago de Los Roques; en la isla de Margarita: Guayacán, Pedro González, Tacarigua y La Guardia; en el estado Sucre: Unare, San Juan de Las Galdonas, Morro de Puerto Santo, Araya y Manicuare, donde murió el poeta Cruz Salmerón Acosta (1892-1929) consumido por el mal de Lázaro; en Anzoátegui: Píritu, Guanepe, Clarines, San Lorenzo, Aragua de Barcelona; en Guárico: Ortiz, donde sucede la novela “Casas muertas” de Miguel Otero Silva (1908-1985), tan cara a Federico Vegas que la usó una de sus líneas para titular una de sus novelas, El Pao, San Francisco de Tiznados, donde nació Juan Germán Roscio (1763-1821), que ya no existe porque fue anegado en la construcción de la represa del Guárico (y con lo cual Roscio debe ser el único prócer que no tiene estatua en su pueblo, ni casa natal), El Sombrero, El Rastro; en la península de Paraguaná: Pueblo Nuevo, Sebastopol, Casa de Carlos Hurtado, Santa Ana y Jadacaquiva; todavía en Falcón Mitare, Catapatrida, Agua Clara, San Luis de la Sierra, Casigua, Pedregal; Quisiro, Piedra Grande, los Puertos de Altagracia y Agua Larga en el Zulia; Quibor y Barbacoas en Lara; los muchos pueblos de Trujillo: Carache, San Isidro de Ceuta, Torococo, La Ceiba, Santa Ana, San Lázaro, Niquitao, Jajó, Las Mesitas; Torondoy, Tuñame, Piñango y los de la Sierra Nevada de Mérida: El Morro, San José, Pueblo Nuevo del Sur, Mucuquí, Mucutuy, Aricagua, Mucuchachí y Canagua.
Ahora vayamos brevemente a “La ciudad y el deseo”, siempre con la idea de la cuartilla que prometimos para esta tarde para no impedir con nuestro empecinamiento literario la reflexión sobre el arquitecto Vegas, motivo del palabreo de hoy. Pero, debemos señalarlo, después de recorrer, con nunca turbada emoción, “La ciudad y el deseo” nos dimos cuenta que este libro Federico Vegas había escrito varios magníficos ensayos, algunos de los cuales algún día habrá que incluirlos en la antología de este género. Ensayos, porque lo son con toda propiedad, porque no pasan de ser “confesiones y asombros” (p. 55) como él mismo anota, sitio en donde siempre se posa la mirada del ensayista. Pero cuando escribe: “Este ha sido mi lema, hablar sólo de lo que me gusta” (p. 69): ¿y es que acaso esta no es una de las mejores definiciones del ensayo que pueden darse? O, y es complementario, no se sale del perigeo del ensayo, en estos trazos: “confieso que jamás seré parcial; son amores viejos y saboreadas preferencias las que llevo a cuestas” (p. 212). Y, claro, al redactar sus textos, después de pensar en sus asuntos, siempre la acompañan “las estimulantes dudas” (p. 75), como a Michel de Montaigne (1533-1592), el padre del género allá en el siglo XVI. De allí esta confidencia suya: ”una reflexión solo es contemporánea cuando establece un lazo entre el pasado y el futuro” (p. 103), aunque no hay que olvidar que si bien, él lo dice también, citando a otro arquitecto, “El pasado nos da lecciones, pero no todas las respuestas” (p. 55).
Y ya en su asunto predominante, en el impecable texto “El príncipe verde” nos confía: ”convertir una realidad pasajera en una fantasía perdurable, un sueño individual en una ofrenda pública; transfigurar una vida romántica es una obra singular” (p. 61) es su deseo.
Y aunque a Federico Vegas, como a todos los caraqueños raigales de hoy, los natos y netos que decía el gran Caremis, le duele lo feo que ve en su ciudad, en esta tan amada en la que estamos, cerca del pie del Ávila, Federico Vegas en estos esbozos busca siempre lo bello, porque como dice esta es una necesidad, algo “capaz de calmar y descansar el ojo” (p. 185). Por ello piensa que la arquitectura debe ser hecha como un acto de seducción (p. 30), un llamado a vivir en un lugar hermoso (y plácido, añadimos), como aquella descripción de la casa que desea le construya un arquitecto amigo el protagonista de su bellísimo cuento “Marcelino”. Esto le dijo: “Techos altos.
Puertas también altas, para que no le mochen el aura a quien llega.
A las brisas hay que permitirles entrada y salida.
Un buen árbol al poniente que apacigüe el sol de la tarde.
Aleros generosos para que no haga falta cerrar las ventanas cuando arrecie la lluvia.
Nada de esos frisos carrasposos que arañan a los niños cuando corren por el jardín.
Ningún escalón. Recuerda que ésta será una casa para borrachos que llegan de la playa encandilados” (“La carpa y otros cuentos”. Caracas: Alfaguara, 2008, p. 184).
Y lo negro que ve le duele porque sabe que “una ciudad mezquina, ruin, grosera y vil no puede generar una sociedad civil, generosa, sociable, atenta y urbana” (p. 165).
Y la ciudad es también el sitio del deseo, del ayuntamiento de los cuerpos. De allí aquellas meditaciones sobre urbe y eros que aparecen en “La ciudad y el deseo” que son no solo incitantes y bellas sino certeras. Tal cuando se refiere a los coitodromos de la metrópolis (p. 27), como él dice, a los que añadiríamos, los besódromos que hay por allí, sobre todo el de la Cota Mil. Pero esto tiene que ver con la casa porque no hubo erotismo, lo ha indicado con su agudeza permanente Manuel Caballero, “Es en la casa donde nace entonces la poesía amatoria; es en la casa donde nace el erotismo” (“El desorden de los refugiados”. Caracas: Alfadil, 2004, p. 239). Y ello fue así hasta que se hizo la primera casa y para construirla se necesitaba un arquitecto.
Pero nosotros insistiríamos también, al leer “La ciudad y el deseo”, subrayar aquellos pasajes en los cuales su autor menciona el significado del trópico (p. 40 y 55), nuestro mar Caribe y por ende nuestra caribiñedad (p. 54), demasiado poco recalcada pese a ser nuestra esencia, casi ontológica. Igual es su elogio de los años cincuenta: “La década de los cincuenta hoy parece tan lejana y maravillosa como el Barroco o el Gótico; con una sustancial diferencia: parece tener algo de futuro perdido, de cultura extraviada. Ciertamente es enigmático el que un pasado tan reciente hoy tenga sabor a utopía” (p. 107). Y esto porque en todas sus cogitaciones Federico Vegas nunca deja de ser arquitecto, ser sensible, como los de su gremio. Y ello porque “la sensualidad visual es inmensurable, es decir, siempre parcial e insatisfecha” (p. 216) porque siempre hay que continuar viendo, moviendo el “ojo que mira” que dijo Juan Calzadilla.
Tal un puñadito de reflexiones que se pueden hacer ante este libro de Federico Vegas.
(Texto leído en la sede de la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del jueves 3 de Septiembre de 2009).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
2 comentarios
Excelente y meticulosa descripción de pasajes que incitan a correr a la librería para compartir tanto gozo, felicitaciones,Rafael

Es peculiar amanecer en otra ciudad, abrir soñolienta la ventana del computador y encontrar retratada "la ciudad y el deseo" que acabas de dejar...caes en cuenta de que siempre te acompañan.
...a las brisas hay que permiterles entrada y salida, volar hacia un buen árbol al poniente que apacigue el sol de la tarde, meciéndole -meneándole- sus hojas. (¡con tal de que no se conviertan en una ventolera hurracanada como la de días pasados!).










ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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