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María Antonia Frías, mi amiga
por Eduardo CasanovaEra el 7 de octubre de 1941 cuando nació María Antonia Frías. Y era el carnaval de 1956 cuando la conocí. Yo tenía dieciséis años y ella apenas catorce. Nos hicimos amigos de inmediato. María Antonia era una niña prodigio, una pianista que anunciaba el renacimiento de los días de Teresita Carreño, y yo un melómano obsesivo y compulsivo que escuchaba música diez o doce horas diarias, y que era capaz de distinguir claramente distintas versiones de una misma obra sin error alguno. Si había oído una sonata de Beethoven en la versión de Wilhelm Kempff, la reconocería claramente y sabría que no era la de Claudio Arrau o la de Paul Badura-Skoda, cuyas versiones también reconocía claramente al oírlas (facultad que, por cierto, hoy he perdido). Nuestra amistad se potenció cuando ella estudiaba y ensayaba para un recital la Sonata Waldstein (Sonata para piano N° 21 en Do mayor de Beethoven conocida también como “Aurora”, y hacia el final del tercer movimiento (Rondó, allegreto moderato), en el comienzo de la Coda (Prestissimo Coda) cometió un error de tempo y yo se lo señalé. Quedó estupefacta al revisar la partitura y descubrir que yo tenía razón y ella se había equivocado, pero en vez de reaccionar con soberbia lo hizo con una gran honestidad, y me pidió que de ahí en adelante la ayudara cada vez que estudiara y ensayara alguna pieza, siempre y cuando, claro, yo la conociera. Allí nació una amistad inmensa y, sobre todo, pura. A pesar de ser dos adolescentes, nos convertimos en amigos íntimos, sin que en nuestra amistad se atravesara ningún otro sentimiento que la amistad propiamente dicha. Éramos parte de un grupito de muchachos que preferían reunirse a hacer música, a hablar de literatura, a conversar sobre teatro, pintura, escultura, y no a bailar ni mucho menos a beber. Allí estaban María Elena Coronil, Beatriz Gerbasi, Alonso Palacios, Antonio Padrón, Martín Toro, etcétera. Sólo pecábamos, entre chistes y veras, de petulantes, cuando nos decíamos “el ala juvenil del Sindicato de la Inteligencia” (Miguel Otero Silva, Inocente Palacios, Arturo Uslar Pietri, Carlos Eduardo Frías, Mariano Picón Salas, Alejo Carpentier, Isaac J. Pardo, Antonia Palacios, María Teresa Castillo, Josefina Juliac, y otro buen etcétera). María Antonia se fue a estudiar a Europa y nos escribimos, sin falta, todos los días. Conversábamos el uno con el otro día a día varias horas, nos hacíamos preguntas, nos respondíamos, comentábamos lo que leíamos, lo que escuchábamos lo que imaginábamos. Hablábamos de los amigos comunes, de sueños comunes, de un porvenir que no existía sino en nuestros sueños. A mis diecisiete, que eran sus quince, me vi de repente inmerso en una verdadera guerra. Luchábamos contra la dictadura de un personaje infame, un militar llamado Marcos Pérez Jiménez. Y María Antonia sufría doblemente desde Roma, o desde Viena. Sufría porque no estaba con nosotros y sufría porque temía por nosotros. Varias veces me pidió que no hiciera alguna de las cosas que hacíamos, porque el gobierno militar no tendría la más mínima compasión ni respeto y ella no quería llorar la muerte de un amigo. O la prisión. Celebramos juntos, a pesar de que el Atlántico nos separaba, la caída del dictador. Fueron tiempos de alegría, de una inmensa alegría que de pronto empezó a verse ensombrecida porque una enfermedad que entonces era invencible, la diabetes juvenil, se convirtió en enemiga personal de María Antonia. Cuando regresó de Europa todos admiramos su belleza, sin saber que en buena parte era producto de la muerte que envolvía sus facciones. Pero no era una muerte serena, sino activa y canallesca. Se encargó también de engañar a muchos de los jóvenes que habían luchado contra la dictadura, y de ofrecerles falsas luces para que también lucharan contra la democracia, a favor de una revolución universal que cantaba en tonos falsos desde falsos horizontes. Desde los muros de muchas cárceles que se fingían academias. Yo la vi llevarse a María Antonia sin un solo disparo, sin ninguna bomba. Una tarde estaba yo en el jardín de la casa de Natalia, que ya era mi novia formal, y vi llegar un rostro conocido. Era el chofer de los Frías y me contó que había tenido que hacer de detective para encontrarme. Y que María Antonia quería verme. Curiosamente estábamos a pocas cuadras, yo en la Tercera Avenida y ella en la Cuarta, en Los Palos Grandes. Yo en la parte alta, ella en la baja. Cuando la vi en aquel pequeño apartamento creí que la muerte me llevaría a mí también. Ya no era María Antonia, sino su sombra. Y apenas tres o cuatro días después volví a verla, ya muy quieta, ya serena, con los ojos muy cerrados. Antonia, su madre, al verme llegar a su casa en El Rosal, abandonó por un instante la fila protocolar del velorio y me llevó a ver a mi amiga muerta, encerrada en un cruel ataúd que no dejaría jamás escapar el porvenir que se había frustrado. Ya no habría más música. Ya no habría más alegría. Hoy el tiempo ha disipado la tristeza y, a la vez, ha consolidado aún más aquella bella amistad, aquella amistad pura, infantil, intelectual como pocas, que sigue llena de vida. Hoy María Antonia cumple sesenta y ocho años. Dentro de dos meses y cinco días yo cumpliré setenta. Nuestra amistad, pocos años menor que nosotros, es en nuestros tiempos un verdadero milagro: se ha conservado intacta. Vive.
6 comentarios
Una hermosa elegía al puro amor de la amistad juvenil. Eduardo ha mostrado en líneas pulcras el inmenso valor de la ternura que se oculta en la amistad entre jovenes idealistas.Doy mi felicitación más sentida, con la emoción de hallar en este recuerdo vivo un motivo de alegría en la nostalgia.
Alejo.
Eduardo: Gracias por compartir. San Agustin y tu, te felicito!. Gonzalo Palacios Galindo.
Bello escrito. Bella idea hablar de aquellos tiempos, de aquellos sueños. ¡Poeta!
Eduardo. Qué bello homenaje a la amistad y a tu amiga! Me ha conmovido muchísimo. Gracias por compartir con nosotros esa emoción.
Hola Eduardo:Bellísimo tu texto. Hay un dato admirable en la vida de María Antonia, no recuerdo si ella tenía 7 años, en todo caso menos de 10, tocó piano en el Teatro Municipal, fue desde entonces una extraordinaria concertista, se nos manifestó como una niña prodigio. Yo tuve la suerte de estar presente ese día, fue muy aplaudida.
Años mas tarde, sentí muchísimo su temprana muerte.
Un abrazo, María Cristina Capriles.











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