de Eduardo Casanova
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« El hermanitoEduardo Casanova - CUARTETO EN SOL: TODAS LAS MUERTES »

DIAZ SANCHEZ CUATRO DECADAS DESPUES

por Roberto J. Lovera De Sola
“El poderoso creador y paciente escritor…
el hombre que venía casi de la nada
y que a golpes de coraje y de corazón,
en abierta lucha contra la adversidad
y apenas con la ayuda ajena,
se había abierto con decoro un sitio
de primer orden en la inteligencia venezolana”.
Oscar Sambrano Urdaneta.

LA EVOCACION DE ESTA TARDE:

“Honrar, honra” escribió José Martí (1853-1895). Para hacerlo sobre una de las figuras más entrañables de Venezuela nos hemos reunido. Y no podemos olvidar hoy dos cosas que sucedieron la tarde que llevamos sus cenizas a sembrarse en la tierra madre, nosotros éramos apenas un jovencito aspirante a escritor de apenas veinte y dos años, a quien don Ramón al conocer sus primeros escorzos había estimulado. Llegamos al Cementerio General del Sur. Alrededor de la tumba comenzó a llover en el mismo instante en que el humanista Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) tomó la palabra. Dijo el maestro de las “Candideces”, “Estamos trayendo aquí a uno de los hijos de la pródiga democracia social venezolana. Un hombre que surgió de los más pobre de su pueblo de Puerto Cabello y que por su tesón, por el estudio, por su capacidad para escribir y su sentido comprensivo del ser venezolano, sirvió a su país con el afecto con que lo amó, con su pluma con que la sirvió, con su entera imaginación que la que iluminó, mirando su pasado para entender su presente. Y siempre con la entereza de su carácter que le permitió alzarse desde aquel niño porteño cuya familia tenía escasos recursos hasta el gran maestro que fue cuando creó las grandes palabras con las que nos enriqueció. Por ello hasta el cielo llora por él en este atardecer”.
Quisiéramos poder recoger ahora otra vez las palabras peroradas por aquel tan pródigo hombre de letras, quien también se encumbró con sacrificio y llegó a ser lo que fue, persona venida también del lejano horizonte de la provincia. Que Cándido, el que se hizo bueno leyendo de don Antonio Machado (1875-1939), nos inspire ahora.

ISABELITA

Pero no podemos empezar sin evocar también a Isabelita Jiménez Arráiz, más que la esposa la compañera de todos los sueños de don Ramón. Mujer valiente y de arrojo fue ella. Antes de conocer a Díaz Sánchez, dentro de los sucesos de la “Semana de Estudiante, de 1928, en la que también tuvo papel protagónico su hermano José Tomás (1904-1981), le tocó a aquella hidalga mujer, a quien mucho tratamos y mucho quisimos, actuar cuando ya los estudiantes estaban presos por decisión de don Juan Bisonte. Un domingo entró corajuda en la iglesia de San Francisco, sin pedir permiso se subió al púlpito y desde él, con aquella forma tan suya de actuar, arengó a los feligreses presentes y dirigió la oración “por nuestros estudiantes presos”.
A los pocos años conoció a Díaz Sánchez, y ambos divorciados, se casaron. Y allí fue siempre para aquel su gran estímulo cuando en silencio trabajaba en sus obras. Y cuando sus libros aparecían, muchos de ellos, tal era nuestra situación intelectual, impresos en ediciones pagadas del propio bolsillo de Díaz Sánchez, era precisamente Isabelita la que salía a distribuirlos en las librerías y a venderlos a todos aquellos que lo desearan leer. Fue pues la celosa guardiana del marido, de aquel hombre de excepción. Todavía la recordamos en el velorio poniendo en el féretro, donde yacía el amado compañero, ejemplares de cada uno de sus libros para que se fuera el cielo con ellos. Por ello no es imposible comenzar a hablar hoy sin mencionar a la tenaz Isabelita, la que muerto el esposo siguió promoviendo su obra, logrando que se hicieran todas las reediciones que circularon desde 1968 hasta el año de su deceso. Esta mujer hay que contarla entre nuestras féminas luchadoras contemporáneas. Y ella es uno de los ejemplos, junto con María Teresa Castillo (1908) o Antonia Palacios (1904-2001), de la presencia de la mujer en los días del veinte ocho, cuando las tres, y muchas otras, apoyaron a la hora del sacrificio a hermanos y novios.

ESTE ENCUENTRO

Y ahora enumeremos las razones de este encuentro. Quizá sobran porque a altas figuras como Díaz Sánchez siempre hay que estudiarlas y siempre examinarlas. Pero el año 2003 se cumplió el centenario del nacimiento de don Ramón. En el pasado 2008 los cuarenta años de su deceso, en Caracas. Y en el 2010 se cumplirán sesenta años de la publicación de sus obras claves: su esplendida novela “Cumboto” y su magistral biografía “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, libros ambos fundamentales de la venezolanidad. Auque lo que decimos teniendo en cuenta que Díaz Sánchez es siempre uno de nuestros mayores escritores e historiadores del siglo XX. Y uno de los grandes testigos de nuestro siglo ya que fue de los primeros en avizorar, en su novela “Mene” (1936), la significación del petróleo en nuestro vivir, al observar surgir en ella tanto la menecracia y el oro negro existencial. Petróleo es una de las tres palabras con las que se puede escribir la historia de nuestra economía. Las otras dos son Cacao y Café. Es Díaz Sánchez figura notable, ayer, hoy y mañana, de las letras y pensamiento venezolano.
El profesor Manuel Bermúdez al escoger el nombre para este encuentro quiso subrayar el sentido ético de la política que le dio don Ramón al sustrato más profundo de su biografía de los dos Guzmanes, padre e hijo. Sintió, y con él estamos, que el poder, el gobernar, debía hacerse como una práctica de la vocación de servicio, cuya esencia estriba en escuchar a la gente. Los que se sirven del poder como aquellos dos hombres, lo que quieren sólo “poder, poder y más poder” se equivocan y llevan a sus pueblos por los caminos extraviados. Sólo los políticos dispuestos a servir son los que valen, cosa que las multitudes democráticas de este país y otros sitios están intuyendo en el presidente norteamericano Barack Obama. Este es el sentido del foro de esta tarde.

EL HOMBRE:

Ramón Díaz Sánchez fue uno de los principales escritores contemporáneos de nuestro país. Trataremos aquí de hacer luz, gracias a la lectura de su obra, sobre aquello que movió a Díaz Sánchez a lo largo de casi medio siglo de acción intelectual, ya que su primera publicación en forma de libro “Los impecables” (Puerto Cabello: spi, 1923. 10 p.) data de los años veinte del siglo XX y su parábola como creador la cerró cuarenta y cinco años mas tarde, en 1967, cuando dio a la luz tanto su biografía “El caraqueño” (Caracas: Edición Especial del Círculo Musical, 1967. 135 p.) como sus “Obras selectas”. (Caracas: Edime, 1967. 1547 p.). Póstumos fueron “El Líbano: una historia de hombres y pueblos” (Caracas: Ediciones de la Colonia Libanesa, 1969. 465 p.) y “La historia y sus historias” (Caracas: Panapo, 1989. 291 p.).
Como lo anotó Asdrúbal González en su libro sobre este escritor a Díaz Sánchez lo inspiró a todo lo largo de su vida una honda ambición de saber. Su aventura vital la entendemos cuando nos acercamos a su escribir y descubrimos cómo logró realizar aquella ansia de conocer. Nos daremos entonces cuenta qué fue aquello que impulsó a Díaz Sánchez a todo lo largo de su vida, comprenderemos como al darse cuenta de aquello que debería ser, la conciencia de su vocación, lo empujó a realizarse. Nada lo detuvo en la puesta en práctica de su ideal. Así podemos vislumbrar, como lo indica González, que la elipse de Díaz Sánchez fue, al contrario de lo indica la palabra, “una línea ascendente, vertical y hacia el infinito (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber” Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1984, p. 91). Es decir fue una órbita, una espiral, una amplia parábola.
Para entender a un escritor de la importancia del autor de “Guzmán, elipse de una ambición de poder” (Caracas: Ministerio de Educación, 1950. 609 p.), con la cual obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1951), o de “Cumboto” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1950. 248 p.) es necesario ir hilvanando sus memorias, sus recuerdos, aquello que consignó en el pórtico de sus “Obras selectas” o en las evocaciones que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) como ahora lo veremos. Es esta la única manera de presentar su peripecia.
Y si seguimos al protagonista en su rememoración lo encontraremos de niño deambulando por las calles de su pueblo natal Puerto Cabello, Carabobo, donde vio la luz (agosto 14,1903). Es allí donde creció, donde se hizo hombre, donde tomó su sendero vital. Es allí donde se hizo el “estudiante perpetuo” que dice su biógrafo (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 30). Allí fue donde publicó su primer libro en 1923. Ese mismo año se trasladó al Zulia. Allí actuó. Participó en política. Entre 1928-30 estuvo preso por razones políticas junto a sus compañeros del grupo “Seremos”. Si bien volvió al puerto en 1930, donde se casó por vez primera con Rosa Flores, pronto retornó al Zulia. Allí va a tomar fuerza tanto el pensador, el cual se expresó por vez primera a través del ensayo Cam. (Maracaibo: El País, 1932. 39 p.), como el inventor de ficciones. De esa etapa es la primeras de sus novelas “Mene” (Caracas: Cooperativa de Artes Gráficas, 1936. 136 p.).
En 1936 pasó a Caracas. Aquí casó por segunda vez. Lo hizo con Isabel Jiménez Arráiz. Aquí escribió sus libros fundamentales: el “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, su silueta de Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884) y su vástago Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), cara y cruz de una misma moneda, que González considera “la mejor biografía escrita en Venezuela” (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 60). Aquí concibió “Cumboto”, su principal libro de ficción. En Caracas trabajó al unísono tanto en el campo del ensayo, de la historia o de la biografía al alimón con la composición de sus invenciones narrativas o teatrales. Entre estas últimas se destaca su drama “La casa” (Caracas: Ediciones Reflejos, 1957. 32 p.). En ello le llevó la vida. La parca se le presentó súbitamente, estaba prendiendo su automóvil para dirigirse al trabajo. Ello acaeció en Caracas (noviembre 8, 1968).

EL TESTAMENTO:

Siempre se siente la ausencia de Díaz Sánchez y no cabe duda que la mejor manera de recordarle es volviendo a leer sus novelas y cuentos, sus ensayos y biografías. Todo lo que un escritor tiene que decir se encuentra en su obra, por ella pervive siempre, la única forma de comprender su mensaje es volver a él una y otra vez.
Quisiéramos llamar la atención sobre una serie de trabajos que publicó Díaz Sánchez en los días finales de su vivir. Varios de ellos apenas conocidos o entrevistos por la crítica.
Meses antes de su deceso entraron en circulación sus “Obras selectas”. El prólogo que escribió para ellas, quince meses antes de su deceso (julio 5,1967), puede ser tenido como su testamento. Se trata de una larga confesión autobiográfica en la que como en pocos lugares se definió así mismo y explicó las diversas motivaciones de la obra por él escrita en el decurso de su vida.
En ese breve ensayo comenzó Díaz Sánchez por decir que su vida hasta ese momento podía definirse como “cuarenta años de aprendizaje” (p. 9) y que su experiencia vital podía dividirse en tres etapas y de la misma forma su actividad como escritor. Esos ciclos vitales habían transcurrido así: “la primera, incipiente, se desenvuelve en terruño nativo”, frente a la costa, en Puerto Cabello; “la segunda en tierras del Zulia y de preferencia en la región petrolera sacudida en aquellos momentos por el espasmo de un redescubrimiento brutal” (p. 9); la tercera la había pasado en Caracas y en esas mismas páginas denomina a esta etapa “la revelación de Caracas” (p. 9).
Esos tres períodos se han reflejado en su obra. El mismo insiste en señalar que “Cumboto” y “Borburata” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1960. 274 p.) son novelas surgidas de la primera época y son evocadoras “de los tiempos a la orilla del mar” (p. 9), que “Mene” es la novela del surgimiento del petróleo, que el “Guzmán, elipse de una ambición de poder” corresponde a la etapa caraqueña de su hacer.
Más adelante hace unas observaciones sobre sus libros al anotar que “No sería de extrañar que el lector avisado advirtiese en mi labor literaria, junto con la irregularidad de estilo, ciertas ondulaciones del pensamiento. Ello es consecuencia de la ondulación de la propia vida, es decir de la peripecia del choque violento entre el espíritu y la carne” (p. 9) porque “mi irrupción en el campo de las letras fue como la del toro que salta a la plaza impulsado por la simple voluntad de embestir” (p. 9).
Más adelante señala cuál fue su programa vital: “El mío fue sencillo y sincero: seguir amando lo creado en su doble valoración espiritual y biológica; detestar la demagogia sin disimulos y ocultaciones; preferir la soledad a la compañía de los falsos apóstoles, de los payasos del circo y de los bellacos que fingen rendir culto al espíritu para dar satisfacción a sus vientres. En una palabra: conservar el valor de ser antipático” (p. 10).
En estas notas definió Díaz Sánchez como nunca lo había hecho su posición personal ante las letras y ante la historia. Y es interesante ver con calma la aventura intelectual de este hombre. Merece detenerse en algunas cosas dichas para valorar a fondo: la primera que salta a la vista fue el hecho de que Díaz Sánchez fue un testigo angustiado de la Venezuela cuya economía cambió bajo el impulso de aquella riqueza que nos ha traído “tanto don como daño” (Aníbal R. Martínez) y cuyas mutaciones se reflejan en los diversos aspectos de nuestra cultura. De allí la verdad de “Mene”, donde contó, en un lenguaje sencillo pero directo, lo que sucedía en la zona petrolera. Su preocupación continuó, de allí las largas especulaciones que aparecen en “Casandra” (Caracas: Ediciones Hortus, 1957. 417 p.), novela publicada muchos veinte años después de “Mene”. Sin embargo la influencia del petróleo en la vida venezolana y las transformaciones que la explotación monopolista del petróleo trajo a nuestro país le angustiaron de veras. En ese mismo prólogo escribió “junto a la economía petrolera nos llegó el pragmatismo norteamericano y todo quedó desnaturalizado y mostrenco: el arte, la universidad, las relaciones humanas, el amor, la política. A esto se debe a que en la actualidad los venezolanos transitemos un solo camino, eso sí, muy bien asfaltado, hacia el horizonte de la cultura” (p. 13); pensaba a su vez que los intelectuales de nuestro país tenían la obligación de levantar su voz en contra de esta situación. Pero insistía que no se trataba de denunciar el suceder sino de señalar soluciones o nuevos caminos frente al fenómeno. Apunta “aunque la mayoría de nuestras gentes no se den cuenta de ello, éste es el más grave de los problemas venezolanos de nuestros tiempos” (p.13). Estas graves admoniciones, estas angustiadas palabras de este escritor, que nunca se desligó de nuestra realidad concreta, no deberían haber pasado por debajo de la mesa. Venezuela tiene que plantearse este tipo de problemas entre los cuales está lo que va a ser en el futuro, donde va a ir su cultura que tiene quinientos años de arraigo, que procede de otras formas diversas de la anglosajona. Y esto le preocupaba a Díaz Sánchez, historiador de nuestra cultura.
Otras observaciones no menos importantes en ese prólogo fue su particular preocupación sobre el destino de nuestro idioma (p. 11). También señala el por qué de su interés por ciertos temas y por qué no le interesan otros (p. 12).
Al final se abría para él una cuarta etapa vital que denominó la del “exorcismo de los fantasmas o la lucha contra las máscaras”, a su edad, en la plenitud de sus facultades y de sus dones intelectuales, con aliento juvenil, prometía seguir peleando tras la verdad. Sentía la necesidad de seguir escribiendo en la soledad, que es el único sitio en que puede hacer un intelectual en un país como el nuestro; se obligaba a seguir estudiando la influencia del petróleo en nuestra sociedad.
En las notas autobiográficas, escritas tres años antes de su partida (Caracas: Febrero 13, 1965), que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) creemos que está la esencia de su legado.
Y especialmente en dos pasajes en aquel escrito que deseamos citar. En el primero de ellos, tras contar las diversas aventuras de su vivir y la formación personal que se dio así mismo, porque niño pobre solo pudo culminar la primaria, pero nunca dejó de prepararse porque entre otras cosas en aquella casa de pocos recursos de sus padres encontró los libros, porque ambos, el papá y la mamá, eran lectores impenitentes que pronto contagiaron al hijo. Por ello pudo confiar en aquella libreta de anotaciones escritas a mano: “Todas estas peripecias fueron para mi provechosas. Me depararon un aprendizaje profundo. En San Carlos había hecho el bachillerato; en Cumaná hice el doctorado en humanidades. Solo que sin grados, títulos ni diplomas. Leyendo, estudiando, meditando hasta que me dolían la cabeza y el corazón” (p. 30). Así la cárcel, el Castillo San Carlos, en medio del Lago de Maracaibo, del que habla y el confinamiento en Cumaná por razones políticas a la caída de Medida Angarita, por el delito de pensar distinto, fueron momentos de grande aprendizaje, de muchas lecturas y escritura, porque él nunca dejó de estudiar, prepararse, solo con los libros.
Pero el remate de aquel escrito no puede ser mejor, no tiene perdida. Allí está su manda, codicilo lleno de vida que deberían aprenderse de memoria las nuevas generaciones de jóvenes venezolanos. Leemos allí: “No he hecho promesas que no haya cumplido. He sido discutido, negado, vilipendiado. Pero creo tener razón para estar contento. Mi labor, hasta aquí, ha sido la de un estudiante a destajo, la vida de un aprendiz de la ciencia del mundo. Mi panorama interior ha cambiado constantemente pero sin torcer mi concepto ético. Creo que la moral juega un papel de primera clase en el arte, en el pensamiento y en la historia. Hay quienes piensan que no, que se puede ser un pillo y a la vez un buen escritor o un buen gobernante. Hay quienes creen que se nace predestinado y que se puede engañar impunemente a las gentes. La crisis de nuestro tiempo tiene su origen en este falso concepto. Esta crisis es el desenlace de una lucha multisecular: la lucha de clases” (p. 31).
Esto explica por qué nos hemos reunido en esta tarde, siempre para celebrar su vida creadora.

(Palabras leídas en el foro que en homenaje a Ramón Díaz Sánchez organizó la Fundación Francisco Herrera Luque, la tarde del miércoles 12 de Agosto de 2009 en el cual participamos junto a los escritores Guillermo Morón y Asdrúbal González).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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