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En la alegría del Infierno
por Eduardo CasanovaEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
En la alegría del Infierno
Ido Julián Castro hay momentos de indecisión, surge un gobierno provisorio por unas horas, asume el poder Pedro Gual como Primer Designado y, finalmente, se hace cargo del gobierno Manuel Felipe Tovar, que era Vicepresidente de la República y que luego será elegido presidente constitucional para el período 1860-1864.
Se da de nuevo la paradoja de que los principales enemigos del gobernantes son los que debían ser sus partidarios. Páez, a través de su testaferro Pedro José Rojas, se convierte en el más encarnizado enemigo de Tovar, mientras la guerra civil invade como una terrible enfermedad todo el país. Los militares, por su parte, conspiran abiertamente contra el poder civil y hablan de una “dictadura ilustrada”. Tovar, que hace un esfuerzo sobrehumano por mantenerse apegado a las leyes y buscar el oxígeno civilizador, nombra a Páez comandante del ejército, cargo que ocupa hasta que renuncia el 19 de mayo del 61. Al día siguiente el presidente Tovar decide renunciar para que su nombre “no sirva de pretexto a la prolongación de la guerra” y se va definitivamente del país. Morirá en París a los sesenta y tres años, pues nació en Caracas el 1º de enero de 1803 y murió el 21 de febrero de 1866. En otro ambiente habría sido un excelente gobernante, civilizado y civilizador, pero en aquella selva que le tocó vivir, difícilmente podría haber pasado de domador de hipopótamos, látigo en mano, y nunca quiso asumir ese papel.
El 20 de mayo de 1861 Pedro Gual sustituyó en la presidencia a Manuel Felipe de Tovar y, en un esfuerzo más o menos inútil por complacer a Páez, nombró a Ángel Quintero ministro de Relaciones Interiores y a Carlos Soublette de Guerra, tras lo cual Páez aceptó de nuevo la comandancia del ejército para combatir a sus fieros enemigos, los federalistas. Y para conspirar.
A don Pedro Gual, sobrino de Manuel Gual, caraqueño, nacido el 17 de enero de 1783, parecería que el destino lo condenó a formar parte de la historia, pero no de la gloria. Cuando su tío Manuel y José María España intentaron derrocar al gobierno colonial y crear una república independiente, en 1797, el adolescente Pedro Gual conoció el horror de la persecución política inhumana. Sin embargo, logró seguir estudios en la Universidad de Caracas y convertirse en abogado en 1808, el año de la Conspiración de los Mantuanos. Trabajó entonces en el bufete de Felipe Fermín Paúl, el hermano prudente y camaleón de Coto Paúl y aprendió a hablar y escribir el francés y el inglés. En 1809, como era sospechoso por su apellido, el joven abogado temió por su seguridad personal y consiguió que se le autorizara a ir a la isla de Trinidad a practicar su profesión. A raíz del 19 de abril regresó a Caracas y cuando Francisco de Miranda (que se había carteado con José Ignacio y Manuel Gual, el padre y el tío) volvió a Caracas, convirtió a Pedro en su secretario personal en Venezuela. A la caída de la primera república consiguió guarecerse en un buque inglés el mismo día en que Miranda era arrestado. Se refugió en Nueva York y en Washington y viajó a Cartagena de Indias en 1813. Allí se inició su relación política y personal con Bolívar. En 1815 era agente diplomático de Cartagena en Estados Unidos, en donde permaneció hasta 1820. En 1821 fue gobernador de la provincia de Cartagena. Luego sería ministro de Relaciones Exteriores de Colombia y después factor principal del Congreso de Panamá. Al separarse Venezuela y Ecuador de la nación formada por Bolívar, Gual se quedó en Bogotá, en donde colaboró con Daniel Florencio O’Leary como recopilador de los documentos que aparecen en las “Memorias”. Entre 1837 y 1842 vivió en Europa en misiones diplomáticas de Ecuador, y en 1847 resolvió regresar a Caracas, en donde, once años después, se vio involucrado en política activa, lo cual se hace aún más extraño cuando se piensa que ya tenía setenta y cinco años de edad. A los setenta y siete fue elegido Vicepresidente de la república, que ya estaba sumida en plena Guerra Federal. Y cuando se convirtió en Presidente tenía ya setenta y ocho años y debió enfrentar a los que, por su pasado, debería haber apoyado. Tantas contradicciones y situaciones extrañas no podían llevar a un final feliz: Gual fue tumbado por un golpe de estado el 29 de agosto de 1861, y cuando fue arrestado por un tal Pedro Echezuría, indignado le dijo: “¡Tan joven y ya traidor! ¡Con hijos y tener que legarles un crimen… Lástima me da usted, señor!…” Fue exilado a Guayaquil, en donde murió, el 6 de mayo de 1862, a los setenta y nueve años.
Páez se quitó la careta y mandó la institucionalidad a donde algún tiempo después se iría el padre Padilla (párroco de Petare que luego de un sermón acusatorio reconoció que no podía hacer nada por su feligresía y remató diciendo que “se iba a la mierda”, y se fue en mula con rumbo desconocido) y tras un brevísimo y confuso interinato en el que su “hombre de paja”, Ángel Quintero, pensó que podía asumir el poder pero se dio cuenta de que el jefe lo buscaba y optó por asilarse (y alejarse de Páez de por vida), el veterano caudillo se convirtió en dictador sin disimulo y empezó por desatar una auténtica persecución contra Juan Vicente González y otros conservadores de nota que se declararon antidictatoriales. El viejo macho ya no hacía el más mínimo esfuerzo por encubrir su ambición personal y su pasión desmedida por el poder, que había tenido que esconder mientras vivió Bolívar y porque se portó con Bolívar como se portó.
En realidad, bien puede decirse que la paz aparente de Páez y de Soublette no fue otra cosa que el período que necesitaba la guerra para recuperar su energía. Páez y Soublette gobernaron un país que estaba realmente traumatizado por la violencia, que quería la paz a toda costa, que aceptaba cualquier cosa para no volver a escuchar los cañones y las cabalgatas de los soldados. Pero es también un país que había perdido a sus mejores hombres, bien muertos, como Bolívar, Sucre y Miranda, o exilados voluntariamente como Andrés Bello y Simón Rodríguez, y que había quedado en manos de los peores: los caudillos militares ávidos de poder y los civiles que pudieron enriquecerse durante la guerra. Y en cierta forma, los militares que recibieron tierras en premio por sus actuaciones, se convirtieron en la gran clase terrateniente, en tanto que los comerciantes que usaron la guerra para hacer fortuna, se establecieron en las ciudades. Así empezaron a definirse los dos campos: terratenientes que eran liberales, y comerciantes que eran conservadores. En un ambiente de oportunismo y confusión, no era ilógico que los enemigos de ese importante núcleo centralista buscaran el federalismo, la descentralización, como bandera. Y la debilidad de lo que podría llamarse ideología de uno y otro bando quedó más que demostrada cuando Antonio Leocadio Guzmán, sin asomo de vergüenza, dijo en el congreso en 1867: “No sé de dónde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la federación, cuando no sabe ni lo que esta palabra significa. Esa idea salió de mí y de otros que nos dijimos: Supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la constitución con el nombre de federal, invoquemos nosotros esa idea; ¡porque si los contrarios, señores, hubieran dicho FEDERACIÓN, nosotros hubiéramos dicho CENTRALISMO!”…
En medio de ese mundo de confusión e inmadurez, el país estaba otra vez en guerra a pesar de que una guerra había destruido dos o tres generaciones anteriores. Quizá porque estaba condenado a seguir de generación en generación, hundiéndose en su propio cieno.
A los hipopótamos reumáticos se sumaban, exultantes, los elefantes resfriados.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
2 comentarios
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Cínica y paladina declaración la de Antonio Leocadio Guzmán. Frase que resume la impostura de las clases políticas que debieron construir instituciones sólidas e independientes. Se crearon Ciudades sin ciudadanos (como apuntara alguna vez Samuel Robinson ó Rodríguez) y los militares pasaron de héroes (independentistas) a simples ladrones del poder y el porvenir de una nación, que no solidificó sino que más bien continuó como materia acuosa (fangosa) y no pocas veces gaseosa. Un país de desmanes y de abusos constitucionales ó no. Todo cabe , todo vale, todo sirve. Ese es el reto y la estructura deformada a desmontar.










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