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Peor que el Infierno
por Eduardo CasanovaEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Peor que el Infierno
La Guerra Federal o Guerra Larga de Venezuela es una de las contiendas más estrambóticas de la historia. Significó un retroceso terrible para un país que ya había llegado tarde al mundo, que apenas había empezado a superar ese atraso, hijo del atraso y de la guerra independentista con el trabajo de José María Vargas y sus pocos seguidores, y que de repente se encontró en un infierno que no se merecía. En ella sólo hubo dos batallas propiamente dichas: la primera, la de Santa Inés, la ganaron los federalistas, que ganarían la guerra, y la segunda, la de Coplé, la ganaron los centralistas, que la perderían. Hacia el final, los centralistas dominaban casi todo el territorio y parecían destinados al triunfo, mientras que los federalistas apenas se sostenían, sus principales hombres estaban exilados y, sin embargo, triunfaron. Quizá lo más notable de ella fue su música, sus canciones, que circularon por todo el continente. Fue “federal” porque los enemigos de los que la ganaron se dijeron centralistas, y a pesar del nombre de larga o de Guerra de los Cinco Años, como guerra propiamente dicha duró apenas un año, tras el cual los que tres años después la ganaron, apenas actuaban en guerrillas, estaban perdidos y hasta en el exilio. Casi no fue, pues, ni guerra, ni federal, ni larga, aunque sí absurda y terrible. En fin, eso no lo entiende nadie.
Empezó formalmente el domingo 20 de febrero de 1859, cuando el comandante Tirso Salaverría, al frente de cuarenta hombres, asaltó y tomó el cuartel de Coro y lanzó el Grito de la Federación. El martes 22 desembarcaría en La vela Ezequiel Zamora, y ya el país estaba en guerra otra vez.
Los dos hombres más importantes de ese terrible capítulo de la vida venezolana fueron Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón, cuñados, aliados y enemigos, cercanos y distantes, casi contrastantes, pero decisivos para el rumbo del país en su momento. Ambos caudillos menores y de poca monta, sin formación intelectual notable. Ezequiel Zamora, tal como Páez, era un blanco de orilla. Hijo de Alejandro Zamora y Paula Correa, propietarios rurales radicados en Cúa, no lejos de Caracas, nació el 1º de febrero de 1817, en plena Guerra de Independencia. Entre sus antepasados inmediatos hubo por igual realistas e independentistas. Apenas pudo estudiar lo elemental en su pueblo natal, pero al terminar la contienda sus padres lo enviaron a Caracas, a la casa de su hermana Carlota, que se había casado con el alsaciano Johann Caspers, llegado a Venezuela luego de la caída de Napoleón I. En Caracas, Zamora fue alumno de la escuela lancasteriana establecida por el Libertador, pero también recibió información de primera mano de su cuñado europeo acerca de los movimientos revolucionarios que se habían ido armando en el viejo continente, con lo cual, desde muy joven, se interesó en las causas populares. Recibió también la influencia del abogado Juan Manuel García, hombre de ideas adelantadas para su tiempo. Con ese equipaje viajó al interior y se estableció en Villa de Cura, en donde montó una bodega que prosperó rápidamente y le dio fama de serio y trabajador. Ramificó sus negocios hacia lugares distantes, como Cúa, Calabozo y hasta Apure, y por donde quiera iba haciendo fama de comerciante eficiente y honesto, lo cual lo ayudó mucho cuando decidió iniciarse en política como uno de los fundadores del partido liberal en la Villa. En su pulpería se leía y se comentaba la prensa liberal que, a imitación de El Venezolano se publicaba en el interior, y también, aunque con el natural atraso, el propio periódico de Antonio Leocadio Guzmán que era el portavoz del partido. En 1846 se lanzó como candidato a “elector” por el cantón de Villa de Cura y fue arbitrariamente vetado. Ante el abuso de poder que se manifestaba en su caso y en muchos otros, el liberalismo se movió con fuerza, y cuando se organizó una entrevista entre Antonio Leocadio Guzmán y José Antonio Páez, Zamora estaría entre los acompañantes del jefe liberal. La entrevista no se llevó a cabo y Zamora se hizo notar por su exaltado llamamiento a guerrear contra los godos. Llamamiento que se materializó cuando se levantó en armas el 7 de septiembre de ese mismo año en Guambra, con las consignas “desaparición de los godos”, “tierra y hombres libres” y “respeto al campesino”. A los treinta años ya se había ganado el título de “General del pueblo soberano”. Pronto fue reconocido como jefe por varios caudillos populares, como Francisco José Rangel, Zoilo Medrado y José de Jesús González, a quien llamaban “el Agachado”. Cayó preso en 1847 y fue condenado a muerte, pero logró fugarse, y el presidente Monagas le conmutó la pena por servicio militar en las fuerzas armadas, que lo llevó a combatir a los paecistas alzados. Demostró entonces capacidad de mando y habilidad innata para la milicia. Luego de varias acciones exitosas, le correspondió llevar preso al general José Antonio Páez y a su hijo Ramón de Valencia a Caracas el 2 de septiembre de 1849. El derrotado califica en su Autobiografía a Zamora y sus hombres de “mal intencionados”, y cuenta que la gente lo insultaba en el camino: “y si el político de alguna población enviaba á la cárcel al ébrio (sic) que vociferaba aquellas amenazas, Zamora lo hacía soltar á nombre del pueblo soberano y mandaba á sus soldados que repitiesen aquel grito”, cuenta lleno de amargura Páez. Después Zamora será jefe de varias plazas militares y en 1854, a los treinta y siete años, fue ascendido a general de brigada. Y a los treinta y nueve (1856) se casó con Estefanía Falcón, viuda con quien había convivido algún tiempo en Guayana, hermana de Juan Crisóstomo Falcón, el otro personaje importante de la Guerra Federal. Fue una boda por todo lo alto, oficiada en Macuto por el obispo de Caracas, Silvestre Guevara y Lira, y auspiciada por doña Luisa Oriach de Monagas, esposa del presidente de la república, que actuó como testigo. Parecería que el mozo de Villa de Cura estaba amansado, y por influencia de su esposa se retiraba de la vida pública y se mudaba a Coro, a administrar las tierras que ella había aportado al matrimonio, que no eran nada deleznables.
Pero ese cuadro idílico no podía durar mucho. Cuando el 5 de marzo de 1858 se alzó en Valencia Julián Castro y tumbó a José Tadeo Monagas, los godos no creyeron que el revoltoso Zamora pudiese quedarse quieto, y sin consideración alguna lo arrestaron y lo enviaron al exilio en la cercana isla de Curazao, en donde el hombre, ofendido y molesto, decidió que era hora de volver al mundanal ruïdo y se dedicó a tomar contacto con todo aquel que pudiera favorecer un movimiento liberal en contra de los godos que se habían apoderado del gobierno. Su cuñado Falcón hacía lo mismo desde Saint Thomas, y consiguió que los corianos, al proclamar la federación, lo reconocieran como jefe. Zamora estaba más cerca y fue por eso por lo que desembarcó en La Vela, tierra de la familia Falcón, el martes 22 de febrero de 1859, dos días después de que Tirso Salaverría lanzara a los cuatro vientos su grito de guerra, su Grito de la Federación.
Empieza entonces, sin que nadie lo sepa, una pequeña guerra dentro de la gran guerra. Zamora no es sólo un hombre que sabe ganarse a las masas, es, además de caudillo tropical, un militar disciplinado y serio, tal como fue serio y honrado como comerciante, y luego de constituir a Coro como estado federal y organizar el gobierno provisional de Venezuela (25 de febrero de 1859), emprende una campaña victoriosa rumbo al centro del país. En marzo ganó un combate importante en El Palito, cerca de Puerto Cabello, y sólo tres días después tomó San Felipe y creó el estado Yaracuy, luego pasó a Yaritagua y Cabudare en una especie de marcha triunfal. Los próceres José Asunción Silva, José Escolástico Andrade y León de Febres Cordero fracasaron ante el avance indetenible de la nueva generación. Era la Venezuela que no peleó contra España, frente a la Venezuela que se desangró en la Guerra de Independencia, y la nueva derrota con facilidad a la vieja. Zamora, indetenible, dobló hacia el Sur y tomó Araure el 5 de abril de 1859. No pudo conquistar Guanare y siguió rumbo a Barinas, en donde el 14 de junio recibió el título de “Valiente Ciudadano” y constituyó otro estado federal. Se detuvo entonces a reorganizar sus fuerzas para enfrentar en forma contundente al ejército centralista y emprender de nuevo la marcha, ahora hacia Caracas. Ese enfrentamiento tuvo lugar en Santa Inés el 10 de diciembre de 1859. La batalla fue en la margen derecha del río Santo Domingo, en el actual Estado Barinas. Zamora enfrentó al general Pedro Etanislao Ramos. El plan de Zamora fue el de replegarse e ir entregando posiciones al enemigo hasta que, mediante un fuerte contraataque a cargo de sus reservas, los federalistas pusieran en fuga a los centralistas. Zamora dispuso tres líneas sucesivas, una en el caserío La Palma, a cargo de los coroneles Jesús María Hernández y León Colina, la segunda, menos de un kilómetro más atrás, a cargo del general Ignacio Ortiz, y la tercera, al mando del general Pedro Aranguren, en tanto que en poblado de Santa Inés se estableció la reserva. El plan de Zamora se cumplió a cabalidad y poco antes de la medianoche del 10 al 11 de diciembre el general Ramos ordenó la retirada de sus fuerzas, que en la madrugada fueron perseguidas y dispersadas por las de Zamora.
Ahora el camino parecía libre. Como en una película de Hollywood, el valiente y gallardo vencedor iría al frente de sus tropas, que entonarían canciones marciales, hasta conquistar el poder. Pero no fue así. Camino a Caracas decide tomar la plaza de San Carlos, capital del estado Cojedes, y esa decisión le costó la vida. El Valiente Ciudadano murió sin darse cuenta el 10 de enero de 1860, prácticamente en brazos de Antonio Guzmán Blanco y muy cerca de su cuñado Falcón, los dos que más ganaban con su muerte. Y con él murió la revolución que iba a hacer, si es que la iba a hacer. Aun cuando en esa brillante campaña que lo llevó a la muerte, ni antes, en realidad no dijo nada que hiciera pensar en una verdadera revolución. La posible revolución zamorana es más bien una invención muy posterior e interesada de la historiografía marxista venezolana. Como sin duda era un hombre honrado y fiel a sí mismo, es posible que, llegado al poder, quisiera en verdad repartir las tierras, combatir la explotación del hombre por el hombre, y, como Bolívar, adelantar el tiempo. Como también es muy posible que se hubiera limitado a disfrutar de los placeres del poder como lo hicieron los que actuaron antes que él y después de él. Pero en realidad, ese 10 de enero la política volvió a ser la misma de siempre, y el gran beneficiario de aquel disparo no fue otro que el cuñado de Zamora, Juan Crisóstomo Falcón.
Todo terminaría en algo peor que el infierno: en el aburrimiento.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
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De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
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Las Nueve Musas
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De Masones y Papisos
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Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
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La Carta sobre la mesa
La niña muerta
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Un Bolívar, ida y vuelta
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La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
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El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
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El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
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Peor que el Infierno










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