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Tiempo de bostezos
por Eduardo CasanovaEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Tiempo de bostezos
Juan Crisóstomo Falcón nació en un hato de su padre, en el estado que hoy se llama Falcón, el 27 de enero de 1820. Tal como Zamora, no fue combatiente de la Independencia ni nada que se le parezca. Simplemente, no podía serlo. Hijo de José Ildefonso Falcón y de Josefa Zavarce, era, como Monagas, perteneciente a la clase de los blancos de provincia, casi mantuanos, y no como Páez y Zamora, que eran blancos de orilla. Recibió esmerada educación en el Colegio Nacional de Coro y, como muchos jóvenes de su tiempo, luego de pasar algún tiempo dedicado a la administración de sus tierras, entró a la carrera militar. Su primera acción bélica fue en la Sierra que está al Sur de Coro, en Taratara, el 6 de abril de 1848, en defensa del gobierno de José Tadeo Monagas. Participó en muchas acciones bélicas, entre ellas algunas en contra de las fuerzas de Páez, y luego de ser comandante de armas de Maracaibo, en 1853, a los treinta y tres años, fue ascendido a general de brigada después de haber sido trasladado a Coro como comandante de armas. En esa condición se batió contra los enemigos de José Gregorio Monagas que se alzaron en armas en su región. En 1855 estuvo entre los que apoyaron los motines contra los judíos en Coro. A los treinta y siete años ascendió a general de división y se casó con Luisa Isabel Pachano Muñoz, hija de grandes terratenientes establecidos en el puerto de La Vela, cerca de Coro. Poco después, cuando el 5 de marzo del 38 se alzó Julián Castro contra José Tadeo Monagas, Falcón no fue parte de la conspiración, pero tampoco defendió al gobierno depuesto. No obstante, el nuevo régimen no lo veía con buenos ojos, y pronto tanto él como su cuñado Ezequiel Zamora fueron agredidos por el sector oficial, por lo que ambos salieron al exilio. Falcón, luego de pasar por las Antillas holandesas, se estableció en Saint Thomas, desde donde armó una red de enemigos del gobierno venezolano que terminó considerándolo cabeza de la futura insurrección. Y cuando la insurrección se materializó con el Grito de Federación y la acción armada de Zamora, Falcón esperó prudentemente, fue a Curazao a gestionar compras de armas y el 24 de julio de 1859 desembarcó en Palma Sola, entre Morón y Puerto Cabello. Al tocar tierra venezolana hizo público un manifiesto y designó a Wenceslao Casado jefe del estado mayor. De allí partió en campaña, tomó Barquisimeto y luego se encontró con Zamora y estuvo en Santa Inés y en San Carlos, en donde murió su cuñado. Allí asumió el mando, tanto civil como militar, de las fuerzas federalistas. El 17 de febrero de 1860 se produjo la segunda y última verdadera batalla de esa extraña Guerra Larga o Guerra Federal, en el Rincón de Coplé, al Norte de San Fernando de Apure. Falcón había llegado allí luego de tomar San Carlos con muchas dificultades y dirigirse a Valencia. El 20 de enero se detuvo en Tinaquillo y mandó un emisario a pedir la rendición al general León de Febres Cordero, jefe centralista en Valencia. El enviado federalista se pasó de bando e informó a Febres Cordero que Falcón tenía muy pocas municiones, por lo que el centralista salió de Valencia a enfrentar a su oponente, que el 24 optó por replegarse para hacer contacto con las fuerzas del general Juan Antonio Sotillo, con quien se encontró en Tinaco. Pero Sotillo tampoco tenía parque. Falcón ordenó una serie de movimientos poco acertados para trasladar las operaciones a los llanos de Guárico. Contaba con 5.400 hombres, que bien han podido derrotar a los de Febres Cordero, pero optó por rehuir el combate. Luego de un fallido intento de tomar Calabozo, Falcón siguió rumbo a Apure, en donde pensaba recolectar ganado para pasarlo a Nueva Granada y venderlo, y con el dinero obtenido comprar pertrechos. Las fuerzas gubernamentales de San Fernando impidieron el paso de los federalistas, que tuvieron que enfrentar a los de Febres Cordero en el Rincón de Coplé, en donde se produjo la victoria de los centralistas. Sin embargo, Febres Cordero no persiguió al enemigo derrotado, cuyas fuerzas quedaron prácticamente intactas. Falcón, luego de la derrota, dividió su ejército en cuatro cuerpos, que pronto fueron neutralizados por su enemigo. Falcón, acompañado por Antonio Guzmán Blanco, hijo de Antonio Leocadio Guzmán, salió de Venezuela rumbo a Nueva Granada (Bogotá y Cartagena) y a las islas del Caribe. A partir de entonces los federalistas se organizaron en guerrillas que a la larga, luego de que Falcón y Guzmán reingresaron al país por Coro, obligaron al gobierno a pactar y, virtualmente, capitular mediante el Tratado de Coche negociado por Pedro José Rojas, el hombre de confianza de Páez, y Antonio Guzmán Blanco, el hombre de confianza de Falcón, y firmado el 23 de abril de 1863.
El tratado, que fue discutido a puerta cerrada, venía a acabar con aquella guerra amorfa e indefinida en la que, en definitiva, sólo había perdedores. Disponía la convocatoria de una asamblea nacional de ochenta miembros, elegidos la mitad por Páez y la otra mitad por Falcón. Páez renunciaría ante la asamblea y la asamblea nombraría un ejecutivo transitorio. Disponía también el cese de hostilidades, la prohibición de reclutamientos y la formación de brigadas para conservar el orden público. Rojas y Guzmán Blanco cobraron buen dinero como honorarios profesionales, lo cual ha dado pie a muchos comentaristas para hablar de corrupción, pero, en rigor, no había entonces ningún impedimento, ni legal ni moral, para que lo hicieran.
Páez se fue definitivamente de Venezuela, rumbo a los Estados Unidos, después de resignar el mando ante la asamblea, como estaba previsto, el 17 de junio de 1863. Nunca más retornaría a su país, salvo en su ataúd. Vivirá en Estados Unidos, recorrerá buena parte de América del Sur, recibirá honores y homenajes, pero ya no tendrá mando. Una sola vez parecerá que puede regresar al país, cuando recibe una carta de Guzmán Blanco a mediados de 1872, pero el 6 de mayo de 1873 perdió, definitivamente, su última batalla en Nueva York. Su cuerpo sí volvería a Venezuela en 1888, a quedarse en el Panteón Nacional. Doña Dominga murió en Caracas el 12 de diciembre de 1875 en medio de la mayor pobreza. Los bienes suyos y de su marido se habían esfumado en intentos revolucionarios o se habían malgastado en Valencia, en tiempos muy malos para ella.
El mismo día en que Páez entregó el mando (17 de junio de 1863) asumió la presidencia Juan Crisóstomo Falcón, que no mostró muchas ganas de gobernar, y mucho menos de vivir en la capital, por lo que delegó continuamente el poder. En definitiva, el tiempo de gobierno del mariscal Falcón no se diferencia en casi nada de los de los anteriores, salvo por su ausencia casi permanente de la capital. Hay esfuerzos por aplicar aquello de la federación que se estrellan contra la realidad. Entre tanto, la figura de su hombre de confianza, Antonio Guzmán Blanco, va creciendo. Tal como el descontento. Se alzan Luciano Mendoza, Martín Sanabria, Guillermo Tell Villegas, José Elías Rodríguez, Pedro Ezequiel Rojas, Luis Level de Goda, conservadores y liberales por igual. También en el congreso crece la oposición. Hasta que Falcón renuncia y entrega el mando el 30 de abril de 1868 al general Manuel Ezequiel Bruzual, ministro de Guerra y Marina. Inútil gesto, porque en julio se alzaron los Monagas y todo volvió a lo de siempre. El 26 de julio de 1868 el viejo general José Tadeo Monagas creyó que había hecho retroceder el reloj de la historia, pero no pudo hacer que el suyo marchara en reversa. Luego de seis años de exilio (entre 1858 y 1864) había retornado al país y pronto vio reunirse en torno a él a muchos de los descontentos con el gobierno de Falcón. Se levantó en armas en la llamada “Revolución Azul” y tras una dura batalla desplazó al sucesor legal de Falcón y se convirtió en presidente de facto. Como era de esperarse, convocó a unas “elecciones” con la idea de ser salvador de la patria y candidato, pero una pulmonía se encargó de recordarle que ya no estaba para esas maromas, y murió el 18 de noviembre de 1868, tres meses y unos días después de su último golpe. Gobiernan o tratan de gobernar varios personajes, entre quienes destacan Domingo Monagas, hijo de José Gregorio, y José Ruperto Monagas, hijo de José Tadeo. Se plantea casi un pleito dinástico y sucesoral que se resuelve en favor de José Ruperto, por lo cual Domingo se retira ofendido a Oriente, de donde regresará alzado contra los azules en la fuerza de Guzmán Blanco. Luego de muchas peripecias, que incluyen su participación en la “Revolución Libertadora”, muere a los sesenta y dos años, en septiembre de 1902. Por su parte, José Ruperto, el hijo de José Tadeo, es elegido el 20 de febrero de 1869, como “primer designado” para ocupar la presidencia hasta las “elecciones”. En realidad ni siquiera alcanza a gobernar. Parte en campaña para tratar de dominar el alzamiento de Venancio Pulgar, presidente del estado Zulia, y deja encargado a Guillermo Tell Villegas.
Ese proceso me hace recordar cuando, en una época en la que me dio por estudiar la historia de Roma, traté de entender aquello de que Maximiano combatió a Máximo y a Babino pero fue asesinado y sustituido por Gordiano, quien a su vez también fue asesinado y sustituido por Filipo el Árabe que fue eliminado por Decio, quien gobernó por dos años hasta que fue derrocado y sustituido por Galo, eliminado al poco tiempo para que fuera emperador Valerio, que cayó prisionero y fue sustituido por su hijo Galieno, muerto durante una peste y sucedido por Domicio Aureliano, el “Restitutor”, asesinado también y sustituido por Tácito, descendiente de un historiador y a que los seis meses creyó entrar en la historia por haber muerto en su cama, tranquilamente y fue seguido por Probo, quien a su vez también murió asesinado pero fue sucedido por Diocleciano, el último verdadero emperador de Roma, aunque el que figura como último, por una broma deliciosa de la historia (que aprovechó muy bien el suizo Friedrich Dürrenmatt) fue Rómulo Augústulo. Ruego que se me disculpe esta digresión que nos aleja tanto de nuestra historia, pero nadie puede negarme que el tiempo que precedió a Guzmán, además de ser fastidiosísimo, se presta a la caricatura. Y al bostezo.
Y es que a los hipopótamos y los elefantes se sumaron los rinocerontes, que estaban todos gotosos.
Sólo las mentes lógicas de Eugenio Ionesco y Franz Kafka podrían narrar con alguna sensatez ese período de la historia de Venezuela. En el que las serpientes se picaban entre sí y se iban quedando muertas por los caminos. Para muestra, un botón: en las pretendidas elecciones del 70 el último Monagas, José Ruperto, parece favorecido por los escrutinios, pero el congreso no lo ratifica en medio de una anarquía total de la que resulta vencedor, y no precisamente por elecciones sino por otro alzamiento militar de liberales contra liberales, el hombre que desde entonces y casi hasta el final del siglo va a dominar, por comisión u omisión, la política venezolana: Antonio Guzmán Blanco.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
1 comentario
Estimado amigo Casanova. Leyendo el rocambolesco acontecer de esos años de Revoluciones azules y de diversos colores y matices, no se puede negar la razón al Precursor cuando calificó de bochinche lo que hacíamos (y hacemos). Guzmán Blanco, si bien organizó financieramente al país, y transformó arquitectónicamente buena parte de la capital , tampoco hizo nada por crear instituciones sólidas, esas que impiden abusos y tropelías. Así se llegó hasta a los andinos, y se prosiguió mucho más allá del 45.Saludos. José Alberto Medina Molero










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