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El Gran Arquitecto del Universo
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
El Gran Arquitecto del Universo
Antonio Guzmán Blanco es uno de los dos o tres personajes más interesantes de la pequeña historia que empezó a funcionar a partir de la Independencia. Un auténtico caudillo tropical, con manía de constructor, muy parecido a otros caudillos y jefecitos de Hispanoamérica. Pero también un excelente administrador y hombre de visión como pocos. Con él desaparece definitivamente de la escena el mundo de los próceres de la Independencia, que se convierte en un inmenso fresco, lejano y alto, al que se apela no por méritos propios, sino para tratar de hacerlos.
Era un hombre excepcionalmente inteligente, y fue el primer caudillo civil de Venezuela, aunque usara el título de general. Debió afrontar, en una época en la que todavía las cuestiones de abolengo se tomaban muy en cuenta, un pasado lleno de lunares. Su abuelo, Antonio de Mata Guzmán, oficial español, liberal, nacido en Jaén (España) en 1769, llegó al país en 1799 con el gobernador y capitán general Manuel Guevara y Vasconcelos cuando empezaba ya a descomponerse definitivamente el poder español en Venezuela. En 1810, con el grado de capitán, sirvió a las órdenes de la Junta establecida el 19 de abril, pero en octubre participó en la conspiración de los españoles acaudillada por Francisco, Manuel y José González de Linares, con quienes compartió la prisión. Tras las rejas legitimó a sus dos hijos, Antonio Leocadio y Juana, al casarse con la madre de ellos, Agueda García, a quien apodaban, según contaban mucho tiempo después los disminuidos mantuanos, la Tiñosa. En 1812, encerrado en el Castillo de Puerto Cabello, el capitán estuvo entre los que encabezaron una nueva sublevación contra la República, y específicamente contra el entonces coronel Simón Bolívar. Quedó como segundo comandante de la plaza y de allí en adelante se dedicó a combatir a los republicanos con las armas. En 1815 fue ascendido a teniente-coronel. En 1816 fue el encargado de trasladar a Caracas a la heroína Luisa Cáceres de Arismendi cuando la internaron en el convento que el nieto haría demoler años más tarde. En 1821 fue designado Teniente de Rey en la gobernación y capitanía general de Venezuela, es decir, segundo en autoridad de los españoles, y como tal debió defender a Caracas contra las fuerzas de Bermúdez. Luego de Carabobo, se fue a vivir a Puerto Rico con su segunda esposa y los tres hijos que con ella tuvo. En Santa Cruz de Bayamón, en la isla que todavía conservaban los españoles, murió en 1828. En noviembre de 1801, en un tiempo que se complicaba cada vez más, había nacido su hijo Antonio Leocadio, el niño, destinado a figurar en la mínima y complicada historia de Venezuela como un hombre que no pudo llegar a las alturas. A los 11 años fue enviado a España para que no padeciera los rigores de la guerra que ya se apoderaban de Venezuela. Recibió educación de preceptores abiertamente liberales y regresó a Caracas un par de años después de la batalla de Carabobo (y de la partida de su padre). Tenía apenas veintidós años cuando se dedicó a la política. Llevaba en el alma una fuerte carga de natural resentimiento. No podía exhibir algo parecido a abolengo ni nada parecido a gloria militar, pero sí una inteligencia excepcional acompañada por una clara falta de escrúpulos. Peligrosa combinación, sin duda. Enfrentó el militarismo que dominaba al país después de tantos años de guerra y fue encarcelado por Páez en 1824. Sus críticas al neogranadino Santander, Vicepresidente de la Gran Colombia, lo hicieron muy popular en Venezuela y le ganaron el aprecio de Páez, quien lo envió en misión ante Bolívar, que estaba en Perú. Allí se ganó también la confianza y la amistad de Bolívar, lo cual no obstó para que se contara entre los conspiradores de La Cosiata. Ocupó altos cargos en los gobiernos venezolanos hasta que estalló, en 1835, la Revolución de las Reformas, ante la cual su actitud fue tan ambigua que el Presidente Vargas lo alejó del poder. Volvería a un cargo público llamado por Páez en 1839, pero no por mucho tiempo: a los nueve meses fue destituido. Fundó entonces la Sociedad Liberal de Caracas y dirigió el periódico El Venezolano, órgano de los liberales. Desde allí, con las armas de la demagogia y una gran habilidad para crear apodos, lemas y formas variadas de agresión por la palabra, arremetió contra Páez y los conservadores, y en buena parte sus escritos constituyeron la base del Partido Liberal, la primera agrupación de masas que conoció el país fuera del Ejército Libertador. Fue uno de los primeros en usar el término “oligarca”, que después reivindicaría Gil Fortoul, para referirse a los gobiernos de su tiempo. A causa de unos versos de Rafael Arvelo, protagonizó un juicio incoado en su contra, por difamación, por el Director del Banco Nacional de Venezuela, Juan Pérez, que le valió a Guzmán un triunfo público al ser sacado del tribunal por una multitud que lo paseó en hombros por las calles de Caracas. En 1846 promovió su candidatura presidencial, y por su participación en un intento revolucionario, casi socialista, fue condenado a muerte, en marzo del 47. La pena de muerte fue conmutada por el nuevo Presidente, José Tadeo Monagas, por el exilio vitalicio, hasta que en enero de 1848, por la ruptura entre Monagas y Páez, fue indultado. En 1849 fue Ministro del Interior y Justicia y luego Vicepresidente de la República. En 1851 aspiró a la Presidencia, pero los Monagas lo derrotaron fácilmente y José Gregorio Monagas obtuvo el cargo por 203 votos frente a 65 de Guzmán. De 1853 a 1858 actuó como diplomático en Sudamérica y en Estados Unidos. Después apoyó el derrocamiento de los Monagas, pero volvió a sus trincheras de periodista y la emprendió contra Julián Castro, que lo expulsó a Trinidad. Desde el exterior vio la Guerra Federal (1859-63), así como el ascenso de su hijo, Antonio Guzmán Blanco, cuya carrera política ya se asomaba con fuerza en los horizontes venezolanos. En Colombia fundó otro periódico, El Colombiano, dedicado a difundir las tesis liberales y la idea de la reconstrucción de la Gran Colombia. Fue diputado por el Departamento del Cauca a la Convención de Río Negro. En 1863 volvió a Caracas; luego a Lima de nuevo como Ministro Plenipotenciario; en el 64 estaba en Caracas, incorporado al Congreso Constituyente de la Federación, que presidió. Después volverá a Perú y pasará a Inglaterra en misión oficial relacionada con la deuda pública venezolana. En 1868, luego de haberse reincorporado a Congreso y hacer otro viaje a Europa, es exilado a Curazao por el gobierno de la Revolución Azul, pero el 70 vuelve, cuando su hijo Antonio se pone en la presidencia con la Revolución de Abril. Ha llegado el turno a su heredero, que opaca la estrella de su padre aunque lo colma de honores. En 1884 Antonio Leocadio Guzmán se convirtió en uno de los primeros huéspedes del Panteón Nacional que creó su hijo en donde estuvo la Iglesia de la Trinidad. En la tierra quedaba su fruto: Antonio Guzmán Blanco, otro medio-mantuano o mantuano a medias, destinado a ocupar un lugar protagónico en nuestra historia.
El Ilustre Americano debe haber pasado una infancia agitada y desconcertante. Los saltos de su padre, el saberse nieto de un oficial que combatió contra Bolívar, sin imaginarse (el oficial realista) que con el tiempo iba a ser pariente cercano de sus descendientes, el oír los cuentos que corrían acerca de las hermanas de su abuela, las Nueve Musas, cuentos que alentaban los enemigos de Bolívar y del liberalismo y que se repetían en las iglesias y en los salones por igual; ser el hijo de una mantuana de ilustre linaje que, un tanto preñada, se casó con un político apasionado que más de una vez había cambiado de bando, y a quien sin piedad y con la fuerza de su pluma atacaban hombres como Juan Vicente González, sin escatimarle epítetos, debe haber sido una escuela nada fácil, pero que a la vez puede haberle sido más útil para lo que fue después su carrera, que la de don Feliciano Montenegro y Colón, en la que inició sus estudios. En 1848, cuando no había cumplido todavía los veinte años (nació el 20 de febrero de 1829), ingresó al servicio exterior venezolano, como Jefe de Sección. Paralelamente estudiaba derecho (en 1856 recibió el título de Licenciado y al año siguiente el de Abogado). Era a la vez masón y miembro de la Sociedad de María. Relacionado con todo el mundo político de su tiempo. Quiso casarse con Luisa Teresa Giuseppi, nieta del general José Tadeo Monagas, pero no pudo vencer la barrera de la oposición de todos los Monagas, que no querían en la familia a un nieto de La Tiñosa. Salió de Venezuela, no precisamente al exilio sino como Cónsul de Venezuela en Filadelfia, de donde pasó a Nueva York. Luego será Secretario de la Legación de Venezuela en los Estados Unidos de América. En 1858, al caer los Monagas, regresa a Venezuela. Su padre es exilado junto con otros liberales por el nuevo gobernante, el general Julián Castro, y él mismo es acusado de participar en La Galipanada, el movimiento liberal que debía producirse el 16 de agosto de 1858 para traer al país al general Juan Crisóstomo Falcón y que fue vencido en el Cerro del Ávila, cerca de Galipán, por su pariente, Carlos Soublette. A pesar de que fue absuelto en el juicio, el gobierno decidió expulsarlo del país, y de poco valieron sus protestas y que se escondiera: fue capturado y expatriado, con lo cual se inició su carrera hacia la Presidencia de la República. Se unió a los revolucionarios de Zamora y Falcón, en las Antillas. No participó en la primera invasión, pero fue enviado a Caracas a mantener conversaciones sobre la amnistía propuesta por Julián Castro. El 24 de julio de 1859 Guzmán Blanco acompañaba a Falcón en su desembarco por Palma Sola, cerca de Morón y Puerto Cabello. El Licenciado Antonio Guzmán Blanco actuaba como Auditor General del Ejército. Poco después era teniente-coronel y hasta participaba en acciones bélicas. Como coronel actuó en la Batalla de Santa Inés, la única victoria importante de los federalistas en una guerra sin batallas, y el 10 de enero de 1860 se encontraba a pocos pasos del general Ezequiel Zamora en el momento de su muerte, cerca de la torre de la iglesia de San Carlos, en Cojedes. Luego de la derrota de Coplé (segunda y última batalla de la Guerra Larga, el 17 de febrero del 60), huyó junto con Falcón hacia Bogotá. De allí se dirigieron a Cartagena y desde ahí se embarcaron a la isla de Saint Thomas. En julio de 1861 el coronel Antonio Guzmán Blanco, Secretario General de la Expedición Militar, desembarcó cerca de Coro. Empezaban tiempos mejores. Ya convertido en general, acompañó a Falcón al Campo de Carabobo a la conferencia de paz propuesta por el general Páez, que había asumido la dictadura en Caracas. Allí conferenció activamente con Pedro José Rojas, Secretario General del Gobierno de Caracas, sin que se obtuviera ningún resultado. En 1862 ya el general Guzmán Blanco era definitivamente caudillo federalista y uno de los principales consejeros políticos de Falcón. El 20 de septiembre de 1862, desde Guatire, anunció que asumía la dirección general de la guerra en los estados Carabobo, Guárico, Aragua y Caracas, y a la acción militar sumó la de persuasión, cuando escribió a numerosas personalidades de Caracas, como Fermín Toro, sugiriéndoles que contribuyeran con su prestigio para derrocar al dictador José Antonio Páez. Después de varias acciones en las que se acercaba a la capital, y cuando dispuso sus tropas para tomarla por asalto, recibió un mensaje que lo llevó a la Hacienda Coche, entre El Valle y San Antonio de los Altos, a sostener conversaciones de paz con Pedro José Rojas. El 24 de abril de 1863 firmó el “Tratado de Coche", que entraría en vigencia el 22 de mayo. Ya la cumbre estaba ante sus ojos y Caracas lo vio desfilar al frente de las tropas triunfantes. Era un hombre orgulloso, de apenas treinta y cuatro años de edad, consciente de su relación con Bolívar y con los más encumbrados mantuanos criollos, pero también de que su padre fue hijo natural de un oficial enemigo de la Independencia y de una mujer que las mantuanas no habrían recibido a gusto en sus salones. Poco después fue proclamado por la Asamblea, reunida en La Victoria, Vicepresidente de Venezuela, casi que con derecho a sucesión, como los prelados que pronto enfrentaría. El 25 de julio del 63 fue designado Ministro de Relaciones Exteriores y viajó a Europa a contratar un empréstito, por el cual, por cierto, cobró una comisión en efectivo nada desdeñable, que declaró abiertamente como lícita. En noviembre, de nuevo en Caracas, presidió la Asamblea Nacional Constituyente, ante la cual renunció a su cargo de Vicepresidente. En febrero del 64 fue designado por el Presidente Falcón Ministro Plenipotenciario ante las cortes de Madrid, París y Londres, pero no era un exilio dorado, sino parte de su camino a la cumbre. Conoció entonces al Emperador Napoleón III y la Emperatriz Victoria Eugenia, y un mundo que le fascinó y lo hizo imaginarse el Gran Arquitecto del Universo. El 3 de noviembre estaba de regreso en Caracas, con sus sueños y sus contradicciones. Bonaparte, al fin y al cabo, era un corso de no muy noble origen y llegó a ser Emperador de Francia y a emparentarse con los reyes de antiquísimas casas, cuyos ascendientes alguna vez fueron también guerreros de ignotos antepasados. Y el sobrino de Napoleón era también Emperador. Caracas podía convertirse en la Nueva París. La luz de nuestra América. Y de repente, Falcón lo encargó de la Presidencia. Era la voz del destino que resonaba de nuevo en sus oídos. Conoció entonces a Ana Teresa Ibarra Urbaneja, hija del general Andrés Ibarra Toro, edecán del Libertador, y de Anastasia Urbaneja Barbas, hija del prócer Diego Bautista Urbaneja. Al casarse con ella será pariente cercano de los Toro y de los Sucre y muchísimas de las familias mantuanas de Venezuela. En marzo del 65, cuando Juan Crisóstomo Falcón fue nombrado Presidente Constitucional de los Estados Unidos de Venezuela, Antonio Guzmán Blanco se convirtió en Primer Designado, cargo equivalente al de los antiguos Vicepresidentes, y que sustituía al Presidente durante sus ausencias, que en el caso de Falcón serían notables. A partir de 1866 es también Comandante en Jefe del Ejército. La mesa está lista. Viajará de nuevo, polemizará, se hará notar, y el 13 de junio de 1867, en la Catedral, se celebraría su matrimonio con Ana Teresa Ibarra, boda que bendijo el Arzobispo de Caracas, Monseñor Silvestre Guevara y Lira, a quien el novio de ese día se enfrentará violentamente poco después. A fines del 67 Guzmán se empieza a distanciar abiertamente de Falcón, al oponerse a que sea reelecto. Sin embargo, Falcón lo nombra de nuevo Ministro Plenipotenciario en Europa. Recorre entonces, casi como Miranda, media Europa, y aprovecha para depositar parte de su inmensa fortuna en bancos del viejo mundo. En Venezuela triunfa la Revolución Azul y Falcón pasa al exilio. José Tadeo Monagas ejerce la Presidencia. Guzmán Blanco regresa al país en septiembre del 68, y junto con su padre organiza una Unión Liberal y funda un periódico con el mismo nombre para preparar su retorno al poder. El 14 de agosto del 69 los Azules atacan con piedras y palos, y otros proyectiles bastante más fétidos, la casa de Guzmán, que ha organizado una fiesta. La violencia domina la noche y Guzmán Blanco, indignado, se asila en la Legación de Estados Unidos (su padre en la de Brasil). De allí, a Curazao, como a empezar de nuevo. El 14 de febrero desembarca en Curamichate (estado Falcón) e inicia una campaña que termina con su triunfo en Caracas el 27 de abril de 1870. Desde entonces hasta 1888 dominará, con uno que otro altibajo, la escena política del país. Primero será el Septenio (1870-1877), después el Quinquenio (1879-1884) y por último el Bienio (1886-1888), que en realidad duró poco menos de un año. Caracas no será, a partir de entonces, la misma. Murió en París el 28 de julio de 1899. Tenía setenta años, y la muerte le economizó el saber que su ciudad, lejos de convertirse en el París de América y la capital de la inmensa república soñada por Bolívar, caería en manos de un personaje a quien él, como buen político, conocedor (y manipulador) de hombres que era, jamás habría dejado ascender del cargo de gobernador de la Sección Táchira del Gran Estado de los Andes: Cipriano Castro.
Guzmán Blanco presidió uno de los períodos de bonanza del país, y gracias a eso y a su capacidad pudo transformar la capital. Fue, como casi todos los dictadores latinoamericanos un gran constructor. Hizo ferrocarriles, avenidas, paseos, caminos y hasta dos famosos monumentos que se dedicó a sí mismo: El Saludante y el Manganzón, erigidos en dos de los más divertidos actos de inmodestia y arrogancia que haya conocido Venezuela. Según don Bartolomé López de Ceballos, el “bautizo” de las dos estatuas se debió al ingenio de una dama caraqueña, doña Dolores Soublette, viuda de Hernáiz (Ana Mercedes Pérez, Entre el cuento y la historia – 50 años de Periodismo. Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, Venezuela, ¿1984?). Un decreto del Congreso, del 3 de abril de 1873, ordenó que se erigiera la estatua en lo que se llamaría, naturalmente, la Plaza Guzmán Blanco, frente al antiguo Convento de San Francisco. Fue entonces, también, cuando el mal gusto acabó con la fachada colonial del Convento, logro perpetrado por el arquitecto del régimen, Juan Hurtado Manrique (Ver: Gasparini, Graziano, en: Gasparini, Graziano y Juan Pedro Posani, Caracas a través de su Arquitectura, Fundación Fina Gómez, Caracas, Venezuela, 1969). Para Uslar Pietri “Hasta los Monagas, la pobreza del país lo salva de las tentaciones del mal gusto. Con Guzmán Blanco las cosas empiezan a cambiar. Guzmán conoce una de las Europas de peor gusto. La de la Inglaterra victoriana y de la Francia del Segundo Imperio. De allí trae la inclinación a las imitaciones pomposas. Del falso gótico, el falso pompeyano y el falso corintio. En un país de ladrillo y tapia, quiere disfrazar el ladrillo con yeso. De allí la fachada de la Universidad con su fraudulento gótico de confitería y la no menos objetable del Capitolio con su cariátides de yeso y sus capiteles de hojalata” (“El mal gusto en Caracas”, en: Crónica de Caracas, Nº 11, Julio-Septiembre de 1952, Caracas, Venezuela). La cursilería militar de Pérez Jiménez sería la guinda de esa torta.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo










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