| « 4 escenas del teatro de lo absurdo | El negocio verdadero » |
Mancho Roo
por Eduardo CasanovaHerman Roo Gómez, “Mancho” Roo, acaba de irse hacia esas regiones que a todos nos gustaría saber cómo son, pero no podemos. Nadie regresa a contarnos cómo son. Muchas veces he tratado de imaginar cómo son y no logro pasar de especulaciones que, diez minutos después, me parecen absurdas. Ya Mancho debe saber cómo son. Ya debe haberlas comprendido. Su inteligencia, simplemente extraordinaria, de una sola mirada las descifró. Se encontró con el Viti Méndez (o Vitis, que era el apodo oficial de Alberto Méndez Arocha, aunque creo que nadie pronunciaba esa “ese” final) otro ser de inteligencia especial, que se fue también hace poco, y deben estar intercambiado ideas y experiencias. Ambos fueron ingenieros y ambos se especializaron en lo eléctrico. Y ambos fueron humanistas, interesados en todo lo que convierte al ser humano en un ser muy especial. A Mancho lo conocí hace por lo menos cincuenta y cinco años, en una Caracas que, como diría Jorge Manrique, “fue mejor”. Su gusto por la buena música, la buena literatura y la vida plena nos hizo amigos, a pesar de que nos separaban cuatro años de vida en una etapa en la que cuatro años de vida parecen un abismo insalvable. Era Mancho el amigo más cercano de Carlos Armando Figueredo, que no mucho después se convirtió en mi cuñado, además de mi amigo. Fue también compañero de estudios de Pablo Casanova, mi primo, otro ingeniero de inteligencia nada común y también aficionado a la buena música, la buena literatura y la vida plena. En 1984, cuando Ignacio Iribarren Borges me designó Director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) y me permitió escoger a los miembros de la directiva, uno de los primeros que llamé fue a Mancho y, para mi fortuna, aceptó. Muchos fueron sus aportes, no sólo como directivo del Celarg, sino como miembro de la Directiva de la Fundación Celarg, que junto con Isaac J. Pardo (a quien llamaba “tío Saco”) y otros valiosísimos intelectuales de nuestro tiempo, integró para poner en marcha aquella iniciativa que había recibido, entre otras, la responsabilidad de inaugurar la Casa de Rómulo Gallegos. Allí verifiqué que la inteligencia, bien usada, es una bendición. Hoy lamento hasta las lágrimas la ausencia definitiva de un amigo, de un buen amigo, aunque supongo que ya debe haber descubierto la más importante de todas las verdades, y eso debe tenerlo feliz.
4 comentarios
De verdad que ha sido una sorpresa muy ingrata la noticia de la muerte de Mancho Roo. Tampoco supe que Viti también murió. Es un dolor duplicado por a ambos los quise con gran afecto y respeto. Mancho Roo fue, como lo dice Eduardo, una persona especial: culta, humanista y sencillo. Alberto Viti Méndez estuvo también cerca de mí por razones de trabajo. Tuve experiencias notables con élNada puede decirse ante el gran suceso (el único que importa) de la muerte. Ya otros, por siglos, lo han tratado de explicar, pero yo me quedo con el dolor de su lejanía.
Alejo Urdaneta
gracias por tus lindas palabras primo azul!! varios nombres tan familiares en tus palabras, tantos afectos y guayabos! un abrazote!
Siento mucho lo de Mancho y lo de Viti que tampoco lo supe a tiempo personajes referencia para los que venimos despues. Inspirador tu texto. Un abrazo. Ani
Conoci a Mancho desde hace mas de treinta 30 anos. Tengo un recuerdo imborrable de nuestros trabajos en el Orinoco. Navegamos el rio Orinoco por semanas en varios viajes magicos e inolvidables. Hablamos mucho del pais que el tanto quizo y siempre llegaba a una reflexion optimista sobre el futuro de la tierra de gracia. Ingeniero y humanista inigualable. Amigo entranable.Dejaste huella.










Ultimos Comentarios