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« Un sermón por VenezuelaWilliam Alvarado:
“CANTO DESDE CHIQUITO PARA NO DEJARLE ESPACIO AL OLVIDO” »

Heredarás los vientos

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Heredarás los vientos

Guzmán Blanco no quiso correr riesgo alguno. En 1874 había hecho cambiar la Constitución para que el período presidencial durara sólo dos años, tras los cuales él pensaba retornar a la silla. Su plan era muy sencillo. Ido él, dejaría en la silla presidencial a alguien que no le hiciese sombra y estuviera dispuesto a devolvérsela cuando él se hiciera nombrar presidente de nuevo. Él llegó al poder en 27 de abril de 1870 por la vía de las armas, se hizo elegir por una “asamblea de plenipotenciarios” el 22 de julio de ese mismo año, y el 27 de abril del 73, cuando ya llevaba tres en la silla, se hizo elegir mediante sufragio “universal” de varones, en donde, tal como en los tiempos de Páez y de Soublette y de los Monagas, los varones que votaban eran amigos del gobierno o se llevaban un buen planazo, cuando no un tiro. Entre abril del 73 y febrero del 77 (que fue cuando se completó el llamado Septenio), Guzmán colocó en posición de ensayo, es decir, sentó en la silla como encargados, a Francisco Linares Alcántara, Jacinto Gutiérrez, Diego Bautista Urbaneja, hijo, Manuel Gil y Joaquín Crespo. Entre ellos estaba el sucesor. Es muy posible que el favorito fuese Urbaneja, primo de Ana Teresa Ibarra, la esposa de Guzmán Blanco. Pero el tercer matrimonio de ese posible favorito se interpuso en el camino. Manuel Alfredo Rodríguez, en El Capitolio de Caracas, un Siglo de Historia de Venezuela (Ediciones del Congreso de la República, Caracas, Venezuela, 1974) nos cuenta que “Hubo un momento en que la guerra estuvo a punto de tomar un matiz religioso de tipo carlista a consecuencia del conflicto inicialmente planteado entre el ‘Premier’ Diego Bautista Urbaneja h. –’el doctor’ por antonomasia del guzmancismo– y el Arzobispo de Caracas y de Venezuela Monseñor Guevara y Lira. La crisis estalló cuando el Arzobispo condicionó la celebración de un Te Deum conmemorativo de la batalla de Guama a la concesión de ‘una franca y perfecta amnistía’. Asuntos personales y de conciencia se movían, sin embargo, tras la querella de los jerarcas. El prelado se había negado a casar al Ministro con su hijastra y obligándoles a celebrar un matrimonio civil en el extranjero. En tal virtud Monseñor Guevara consideraba que Urbaneja vivía en concubinato en la ocasión del Jueves Santo de 1868 había preferido echarse al cuello la llave del Monumento antes de colocársela al entonces gobernador del Distrito Federal y representante del gobierno del Presidente Falcón en la ceremonia de la Catedral de Caracas. El pleito culminó con la deportación del prelado (28-IX-1870), la conversión de la disputa entre el Estado y la Iglesia y la iniciación de un proceso de sometimiento de la Iglesia Católica al Poder Civil, sumamente parecido al ‘Kulturkampf’ o lucha por la cultura suscitado simultáneamente por Bismarck en el novísimo Imperio Alemán.” La catedral de Caracas se convierte en epicentro de un terremoto político, por el cual llegó a temerse un cisma religioso en el país, algo nada imposible, puesto que en le intriga intervenían Guzmán, que se sentía emperador, Urbaneja Alayón, que se sentía premier y en pleno lío se casó en terceras nupcias con Margarita Sanderson Rubio, hija de Juana Margarita Rubio, que fue su segunda esposa, y de Jaime Roberto Sanderson, difunto prócer, el Obispo Guevara y Lira, de recia personalidad, etcétera. Los temores (reforzados por hechos como el de que Guzmán Blanco, a pesar de ya estar casado desde 1867, se casó civilmente con su misma esposa el 14 de febrero de 1874) tenían una base cierta, tan cierta, que, en 1876, el Congreso, bajo la presidencia de Antonio Leocadio Guzmán, aprobó la propuesta del ejecutivo de crear una Iglesia Católica Venezolana, separada de Roma, en la que los feligreses “elegirían” los obispos y tendrían otros derechos. El Vaticano optó, a la larga, por no apoyar con demasiado énfasis al Arzobispo que defendía sus intereses. Guevara y Lira, refugiado aún en la isla de Trinidad y convencido de que la razón lo asistía, debe haber sufrido una fuerte desilusión cuando fue forzado a renunciar por orden del Sumo Pontífice. De inmediato, entre Guzmán y el Delegado Apostólico, Roque Cocchia, eligieron nuevo Arzobispo, que fue el doctor José Antonio Ponte. Esa fue una de las causas fundamentales de que el barcelonés-caraqueño Urbaneja tuviese que ceder el delfinato al turmereño y orillero Francisco Linares Alcántara. No es difícil ver que la soberbia y la megalomanía de los caudillos operaba de la misma forma en la década de 1870 y en la del año 2000 de la era Cristiana. Cristiana a pesar de los “brillantes” caudillos venezolanos.
Francisco Linares Alcántara, en cuanto a su nombre, es un caso único. Nosotros, a diferencia de la mayoría de los europeos, usamos como primer apellido el del padre y como segundo el de la madre. Linares Alcántara hizo lo contrario. Él era Francisco Linares, hijo de Francisco de Paula Alcántara y de Trinidad Linares, que no estaban casados cuando él nació en Turmero el 13 de abril de 1835. Y cuando su padre lo reconoció y le exigió que usara su apellido, el mozo se lo puso de segundo. El reconocimiento había llegado tarde. A los veintiún años se hizo soldado en el bando contrario a Zamora que estaba alzado. Luego se haría liberal monaguero, para después ser federalista y finalmente guzmancista, aunque siempre alcantarista. En 1854 fue diputado al congreso por Aragua y durante el Septenio fue uno de los posibles delfines del hombre fuerte. En realidad, su suerte se decidió por causas nimias. Guzmán pensó seriamente en él como su sucesor, pero tuvo serias dudas cuando se dio cuenta de que sus enemigos se acercaban a Alcántara y Alcántara no los rechazaba. La intervención de Ana Teresa Ibarra Urbaneja de Guzmán Blanco inclinó la balanza en favor de Alcántara. Aunque también intervino el hecho de que el posible rival de Alcántara en las elecciones, Hermenegildo G. Zavarce, gobernador de Coro, tuvo que ser llevado a Macuto gravemente enfermo. La campaña fue muy agresiva y partidarios de uno y otro se mataron entre sí a granel. Al final ganó Linares Alcántara, y a Zavarce le dieron una fortuna “por sus servicios a la patria”, como para que ciertos rumores pudiesen crecer y multiplicarse.
El 2 de marzo de 1877 se juramentó Alcántara, y casi desde el comienzo de su gobierno empezó a hacerse sospechoso ante Guzmán Blanco. Alcántara manifestó en un discurso su disposición de apertura, que fue considerada por los áulicos del guzmancismo como una declaración de su voluntad de actuar por su cuenta y sin atender a los deseos del amo.
Ello se acentuó con el Decreto de la Paz, del 24 de mayo del 77, que permitía el retorno a Venezuela de todos los exiliados políticos, entre ellos monseñor Guevara y Lira, la decisión de tumbar las estatuas que de Guzmán que el propio Guzmán se hizo poner frente al antiguo convento de San Francisco y en el Calvario, y una propuesta del presidente para que se dictara una amnistía y se soltara a los presos de Guzmán. Más grave aún fue la propuesta de revisar las leyes guzmancistas contra la iglesia. No hay duda de que el corto gobierno de Linares Alcántara fue una reacción contra Guzmán y un claro intento de Linares de desplazar a Guzmán del poder y ponerse él. Linares, como para dejar claro lo que quería, se hizo llamar el “Gran Demócrata”, título que se opondría al de “Ilustre Americano”, y sus partidarios llamaban a Guzmán sacrílego, ladrón, malhechor y otras lindezas, sin que el gobierno moviera una paja para impedir tamaños desaguisados. El 9 de mayo del 77 Guzmán se fue del país como ministro plenipotenciario ante varios países europeos, cargo al que renunciaría poco después de llegar a París, desde donde, por correspondencia, empezó a organizar su retorno. Pero la reacción antiguzmancista crecía, alentada por los partidarios de Linares Alcántara, dispuestos a convertir a su jefe en nuevo amo absoluto del país, para lo cual pidieron que se regresara a la Constitución de 1864, que permitiría al presidente estar cuatro años en la silla. Cada día parecía más evidente la intención continuista de Alcántara, pero un viaje decidió otra cosa: Linares, camino de La Guaira, se sintió mal. Una fuerte infección bronquial lo obligó a guardar cama y, lejos de mejorar, murió el 30 de noviembre de 1878, a los cincuenta y tres años. En un intento por lograr el equilibrio, la Asamblea Nacional Constituyente eligió como Primer Designado, que de hecho sería Presidente, a José Gregorio Valera, medio hermano del difunto, y Segundo Designado al general Gregorio Cedeño, antiguo carpintero y comerciante, guzmancista de uña en el rabo. Pero no lo consiguieron. Cedeño, a instancias de su facción, se negó a viajar a Caracas a juramentarse y el 29 de diciembre de 1878 lanzó un manifiesto en el que proclamaba la autonomía de Carabobo y desconocía en gobierno de Caracas. Era la Revolución Reivindicadora, que buscaba poner las cosas en su lugar. No querían los reivindicadores el desorden que los alcantaristas habían propiciado, y una vez triunfantes, llamaron al general Antonio Guzmán Blanco para que viniera a poner orden. Guzmán regresó a Venezuela y fue proclamado Director Supremo. Poco después se encargó de nuevo de la Presidencia para iniciar el Quinquenio. Nombró a Cedeño Ministro de Guerra y Marina, pero Cedeño sufría de visiones y sufría delirios, por lo que renunció. Trece años después murió en Valencia, enajenado mental, mientras su jefe seguía pidiendo y consiguiendo los aplausos de la patria.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos

 

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