de Eduardo Casanova
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« García Márquez: verdades y mentiras, periodismo y ficción
DE NOTICIA DE UN SECUESTRO A GERALD MARTIN Y ENRIQUE KRAUZE
(Entrevista/ Juego)
Breve y agradecida respuesta a Eduardo Mayobre »

El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude

Como para burlarse de la historia, especialmente de la Guerra de Independencia, la batalla decisiva de la Revolución Reivindicadora fue nada menos que en La Victoria, y el 13 de febrero (de 1879), un día después del aniversario de la verdadera Batalla de La Victoria, los “reivindicadores” entraron triunfantes a Caracas, en tanto que el proclamado “Director Supremo” llegó a Puerto Cabello apenas ocho días después (21/02/1879) y el 25 arribó a La Guaira a recibir los homenajes y aclamaciones que le habían organizado en el camino, mientras sus más connotados enemigos, Nicanor Bolet Peraza y León Colina entre ellos, salían a la velocidad del rayo del país, por si las moscas. A Caracas entró en la tarde del mismo 25 y se encargó del mando. El 26 lanzó a los cinco vientos una pomposa proclama en la que anunciaba la llamada Constitución Suiza, que de suiza no tenía sino el apodo, y el hecho de contar con un “Consejo Federal". Cacareaba que sustituiría “el derecho político de la Confederación Helvética al Derecho Público de los Estados Unidos de la América del Norte que hasta ahora nos ha servido de norma sin el buen éxito alcanzado por nuestro modelo”. Apenas dos días después convocó un congreso de plenipotenciarios de los estados, otra vez “notables”, escogidos, por supuesto, a dedo y entre sus partidarios, para “legalizar” su gabinete y emprender las reformas que trajo en su portafolio.
El tal congreso se reunió un mes después, el 27 de abril de 1879, y lo único que hizo fue restaurar la Constitución de 1864, designar “oficialmente” a Guzmán Blanco como presidente provisional, anular las medidas antiguzmancistas del gobierno anterior y escuchar servilmente una perorata del jefe sobre las reformas que proponía.
Entonces, el Ilustre Americano, golpeados sus enemigos y demostrado que era él quien mandaba, tomó de nuevo su barco y se regresó a Europa, dejando en la silla a don Diego Bautista Urbaneja Alayón de quien sabía que, por aquello del tejado de vidrio y el rabo de paja, no se iba a atrever a volar por su cuenta.
El frágil encargado cumplió a la perfección las instrucciones del sólido jefe, convocó a dóciles elecciones y le entregó de nuevo el dúctil timón al invicto caudillo el 1º de diciembre, como para que pasara feliz Navidad y próspero, muy próspero año nuevo. Y en mayo, el día 5 (1880), los diputados votaron unánimemente por el general y doctor Antonio Guzmán Blanco, que se convirtió de nuevo en presidente constitucional de la república de Venezuela, y ¡guay de quien se quejara! Ahora sí que el Déspota Ilustrado no iba a tolerar que alguien tuviera ideas propias, que eran peligrosas por naturaleza.
Creo que estaría de más contar que la “Constitución Suiza” fue aprobada sin chistar por los mansos parlamentarios en abril de 1881. Según ella, el presidente duraría dos años en funciones y sería elegido por el Consejo Federal, cuyos miembros, tal como los congresantes, durarían en funciones cuatro años. El voto no sería secreto, sino público y firmado, como para que los jefes supieran a quién había que apretarle las clavijas por donde más le doliera por haber votado en contra. Se iniciaba ya en forma clara y evidente el reflujo en materia de federalismo, pues se le quitaban atribuciones a los estados y se creaba, aparte de la Corte Suprema, una Corte de Casación.
Como era y seguiría siendo el estilo de esas extrañas y hasta mágicas dictaduras latinoamericanas, el segundo gobierno de Guzmán Blanco se disfrazó siempre de legalista, trató de hacer creer fuera de las fronteras que todo provenía de la sagrada voluntad popular y dedicó lo mejor de su esfuerzo a las obras públicas. Inició la construcción del ferrocarril Caracas-La Guaira y continuó la del que unía a Puerto Cabello con Valencia, en ambos casos con contratos leoninos de nada menos que noventa y nueve años. También desarrolló el telégrafo, lo cual no sólo beneficiaría el comercio, sino las operaciones militares contra los enemigos del gobierno. Y para demostrar que era un hijo agradecido, el presidente Guzmán dispuso que se erigiera una estatua de su padre, en 1883, en lo que se llamaría, en honor al periódico de Antonio Leocadio, plaza El Venezolano, en San Jacinto. También repuso sus famosas estatuas, el Saludante y el Manganzón y se hizo colmar de honores, de nuevo, acentuando lo que hoy se llama el “culto a la personalidad”.
Asimismo estaría de más contar que Guzmán Blanco aceptó “a regañadientes” su postulación y elección como presidente de la república para el período 1882-1884.
Es el tiempo de la llegada del teléfono a Venezuela y del Centenario de Simón Bolívar. Lo más sensacional es la iluminación eléctrica, proveniente de una pequeña planta a vapor que es propiedad de Carlos Palacios, pariente de Bolívar. Es igualmente el tiempo en que se instala la Academia de la Lengua y Guzmán dice unos cuantos disparates, que motivan la Refutación y mentís. Algunas reflexiones sobre el discurso inaugural de la Academia correspondiente, de Víctor Antonio Zerpa, que debió publicar en Curazao en 1884, exilado por atreverse a decir que Guzmán Blanco no era infalible.
Y no lo era, especialmente en aquello de sus herederos y sucesores, aunque inicialmente parecería que no se equivocó entonces al elegir, como su nuevo sucesor, al general Joaquín Crespo, caudillo tropical de segunda categoría, pero también uno de los personajes más interesantes de la pequeña historia de Venezuela.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude

 

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