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Para un balance de la Democracia de 1958
por Roberto J. Lovera De SolaESTE DIA
Han sido tales los sucesos que hemos visto sucederse en la última década que el país democrático, el que se opone a la militarada en el poder, debió volver a su historia e interrogarla para poder así hacer luz en tan confuso panorama como el que vivimos. Es por ello que hemos calificado a este tiempo la hora de la introspección nacional. La intervención que sigue desea ser un nuevo jalón en esta meditación. Pero hecha como nos lo pidió Augusto Mijares (1897-1979) cuando se refirió a que los venezolanos tenemos “La necesidad de estudiarnos sin disimular nuestras culpas, pero también sin exagerarlas” (“Lo afirmativo venezolano”. Caracas: Dimensiones, 1980, p.339). Y sobre todo la necesidad que tenemos, creemos que cada día, de que nuestro vicio colectivo más practicado, el cual nos ha impedido vernos tal cual somos y entender nuestros logros colectivos. Eso es el que Manuel Caballero ha llamado “la autodenigración nacional” (“Polémicas y otras formas de escritura”. Caracas: Alfa, 2008, p.153) o el propio don Augusto de detener la persistencia “ hasta extremos grotescos aquella manía de auto-acusación” (“Lo afirmativo venezolano”, p.310).
PARA ABRIR
Una observación previa: nos proponemos exponer la esencia, o el esquema para el estudio, de lo sucedido en Venezuela en los cuarenta años del proceso democrático cerrado en las elecciones del 6 de Diciembre de 1998 de las cuales se cumplen hoy once años, que son el mismo onceno de la presencia de Hugo Chávez en el poder. Nadie antes, solo nuestros grandes dictadores como Antonio Guzmán Blanco (1829-1899) o Juan Vicente Gómez (1857-1935), han estado tanto tiempo en el poder.
Pero para entrar en nuestro tema debemos señalar que nos llamamos a este período “Cuarta República”, como se ha propalado desde 1999, porque tal período no existe en nuestro devenir, no hay tal “Cuarta República”. Este es una etiqueta política dada por el chavismo a los regímenes que los antecedieron. Denominación puesta para denigrar de un proceso tan importante en nuestra experiencia colectiva. Cuarta República es término tan denigrante como el epíteto de “conservador” puesto por Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884) a los que encabezaron los gobiernos más creadores que tuvo Venezuela en el siglo XIX. Gobiernos verdaderamente liberales y progresistas. Pero el nombre tuvo suerte hasta el punto de que al estudiar esos primeros diez y siete años (1830-1847) José Gil Fortoul (1861-1943), en su Historia constitucional de Venezuela (3ra.ed. Caracas: Librería Las Novedades, 1942. 3 vols) los denominó “oligarquía conservadora”. En verdad fueron los días del “gobierno deliberativo” como con mayor propiedad los bautizó Augusto Mijares (La evolución política de Venezuela. 5ª. ed. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 2004, p.103-124). Así no hubo la tal Cuarta República como en verdad tan poco hubo ni Primera, ni Segunda, ni Tercera: estos son términos utilizados por los historiadores para delimitar los espacios de tiempo a ser examinados por ellos.
En verdad lo único que sucedió a partir del 23 de Enero de 1958, y o hasta el 6 de Diciembre de 1998, triunfo electoral de Chávez, o el 2 de Febrero de 1999, toma de posesión del mismo oficial. Lo que hubo desde el 23 de Enero de 1958 fue que el país retomó el hilo democrático.
PARA ESTE ESTUDIO
Todo el proceso que vamos a mirar (Enero 23, 1958-Diciembre 6, 1998 o Febrero 2, 1999) puede ser visto ahora al menos a través del libro de Manuel Caballero: “La gestación de Hugo Chávez” (Madrid: Catarata, 2000), obra al cual su editor madrileño le cambió el título, por razones comerciales, debió titularse con su subtítulo “40 años de luces y sombras en la democracia venezolana”. El otro es el del político socialcristiano Ramón Guillermo Aveledo: “La 4ta.República”. (Caracas: Editorial Libros Marcados, 2007. 299 p.) donde los hitos y logros del período están señalados, el de Ramón Escovar Salom: “Los demonios de la democracia”. (Caracas: Los Libros de El Nacional, 2006. 370 p.) y algunas observaciones sobre el por qué de la crisis de aquel sistema que aparecen en sus “Memorias de ida y vuelta”. (Caracas: Los Libros de El Nacional, 2007.416 p.) e incluso muchas de las acotaciones que aparecen en el largo diálogo de Ramón Hernández con Germán Carrera Damas (“El asedio inúti”l. Caracas: Editorial Los Libros Marcados, 2009. 236 p.) donde es evidente, desde su título, como ha perdido su tiempo Chávez al querer defenestrar la democracia.
DEMOCRACIA SIEMPRE
Para entender lo que significa este período hay que tener en cuenta que Democracia siempre hubo en Venezuela y está arraigada a la psiquis de los venezolanos que lo somos porque tal conducta más allá del ordenamiento constitucional hasta arraigado en nuestra psiquis. Los venezolanos siempre hemos sido un pueblo democrático y tolerante.
Lo hemos sido desde la decisiones de 1810 y 1811, momento de nuestra primera Constitución, de cuyos principios pendemos aún; desde la Constitución de 1858 que terminó con el sistema censitario de elección y aprobó el votó universal directo y secreto utilizado dos años más tarde para elegir a Manuel Felipe Tovar (1803-1866); desde el 18 de Agosto de 1863, día del “Decreto de Garantías”, donde está expresadas las bases de lo que debe ser una democracia y, ya en el siglo XX, a los cincuenta y siete días de la muerte del general Gómez, con la gran manifestación del 14 de Febrero de 1936 en la cual participaron todos los adultos, hombres y mujeres, que vivían en Caracas aquel día. Con razón ha propuesto Manuel Caballero llamado Día de la Democracia (“Revolución, reacción y revolución”. Caracas: Alfadil, 2002, p.195-198).
Y democracia tuvimos desde el 23 de Enero de 1958, día de su reinstalación. Y la continuaremos teniendo. Lo que entró en crisis en 1977, ya veremos por qué, no fue la democracia sino el sistema de administración del Estado. La gente confundió entonces, y es lamentable, la democracia, que no dejó de estar, con la crisis de un pésimo Estado administrador. Y se fue por el atajo de creer que un militar pondría orden en el desorden. Y ya sabemos que ha pasado.
LAS CUATRO DECADAS
Tenemos la necesidad de comprender estas cuatro décadas, pero dejando de lado la autodenigración nacional, que es lo que nos ha impedido comprender ese período de logros indiscutibles y de legítimo progreso para el país.
Así la expresión, que tanto se repite hoy, “éramos felices y no lo sabíamos” es válida y gráfica. Por ello hay que comprender que políticamente esos cuarenta años nos dieron: cuatro décadas de estabilidad política dentro el régimen político más largo de nuestra historia, un tiempo más largo que el paecismo, el guzmancismo y el gomecismo.
Pero hay más: ”donde no hay proyecto no hay mérito” dijo don Simón Rodríguez (1769-1854). Y la democracia de 1958 lo tuvo: el proyecto democrático delineado por Rómulo Betancourt (1908-1981) desde su exilio bajo el gomecismo: desde el “Plan de Barranquilla” (Marzo 22, 1931) y más delineado aun su columna “Economía y finanzas” del diario caraqueño “Ahora”, que redactó entre 1937-1939. Al proyecto se sumó pronto el socialcristianismo, con Rafael Caldera a la cabeza, quienes tenían los mismos deseos democráticos para el país. Así si Betancourt expuso su programa desde el exilio (1928-1936) y a su regreso. Caldera expuso, antes de cumplir los veinte años, en dos artículos publicados en “El Universal”, lo que debía ser la política social del país (“Los grandes problemas nacionales: Enero 15 y ”Preparando el mañana”: Enero 22, 1936), que en su caso cuajó al ser coautor de la Ley del Trabajo (Abril 28, 1936), en la larga exposición que constituyó su “Derecho del trabajo” (Caracas: Tipografía La Nación, 1939.XXIX,867 p.) y sus exposiciones como las que están en sus “Reflexiones de La Rábida” (Barcelona: Seix Barral, 1976. 112 p.) o en Los causahabientes (Caracas: Panapo, 1999. 203 p.).
Betancourt y Caldera se encontraron por vez primera en mayo de 1945, luego vino el entendimiento y la convicción del propio Betancourt que el nuevo régimen iniciado tras los hechos del 18 de Octubre de 1945 requería de un partido de oposición. Así fue. Ambos terminaron siendo los fundadores de dos partidos de masas, fundamentales en el período democrático. Luego vino en la reunión en Nueya York el 23 de Enero de 1958 de ambos y Jóvito Villalba (1908-1989), de allí salió lo que sería el “Pacto de Punto Fijo”. En la reunión neoyorkina estuvieron presentes también el expresidente Eleazar López Contreras (1883-1973) y el industrial Eugenio Mendoza Goiticoa (1906-1979).
Betancourt formó un partido policlasista, siguió exponiendo sus ideas a través de numerosos trabajos, que están en sus libros. De hecho Venezuela: política y petróleo (México: Fondo de Cultura Económica, 1956.887 p.) es el más extenso análisis concebido por un Presidente venezolano de la realidad del país. También, el presidente López Contreras, otro intelectual, escribió los suyos. Los otros expresidentes escribieron sus memorias, tal la Autobiografía (1867) de Páez o la de Guzmán Blanco, aun inédita u hojas de polémica y combate. Pero libros orgánicos para interpretar la realidad nacional, concebidos como unidades, solo López, Betancourt y Caldera, también este último tratadista de su concepción política en su “Especificidad de la democracia cristiana”. (7ª.ed.Caracas: Dimensiones, 1979. 140 p.).
Si para los cuarenta años de democracia el “Pacto de Punto Fijo” (Octubre 31, 1958) es esencia, su proyecto fue luego vaciado en la Constitución de 1961, la de más larga vigencia en nuestra historia, fundamental tanto como la de 1811 como la de 1830.
Agente fundamental de todo ese período, y de la Venezuela del siglo XX, ha sido el petróleo, “el rey petróleo” (Domingo Alberto Rangel” que nos trajo “tanto don como daño” (Aníbal R. Martínez). “Don” porque ha sido esencial en la construcción de la nación: nos permitió su edificación del país moderno. Pero “daño” porque el país se desbarrancó desde 1974: cuando la decisión de 1973 de subir sus precios era para ofrecer la plataforma de desarrollo y no para llevarnos a la corrupción. Pero no supimos o no pudimos manejar el llamado “efecto Venezuela” como denominó Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979) a la súper abundancia de recursos.
Hay otra característica, que no se señala, en la elite de 1958: el entralazamiento entre “intelligentzia” y política: Betancourt, Caldera, Luis Beltrán Prieto Figueroa (1902-1993), Gonzalo Barrios (1902-1993), Ramón Escobar Salom (1926-2008) o Enrique Tejera París (1909) son buen ejemplo de la interacción entre la formación para la acción y el propio dominio de la preparación intelectual. Demostraron que la función política no podía estar alejada de la formación constante, que no se podía gobernar sin estar preparados para ello, sin un estudio constantes de sucesos, de hechos, de cambios, máxime con la rotunda transformación operada en todos los órdenes del vivir universal durante la década del sesenta, en la que apareció incluso la pastilla anti conceptiva y cambiar costumbres y hasta se reinventó la ética del vivir. Sin formación hay que decirlo no se puede gobernar, menos sin conocer la historia. Es eso lo que se define con el concepto sociológico de “intelligentzia”.
Piénsese sino, cuando nos asomamos a estos hombres, que el régimen de 1958 cayó de las manos del más impreparado de los presidentes. Un político de inteligencia natural, con suerte (que lo abandonó un día para siempre) pero que no escuchaba a nadie. Menos a las voces prudentes. Rechazaba los consejos desciendo a los interlocutores que lo que le hacían era incordiarlo. Y entonces lo cercó el anillo de la adulancia que no le permitió ver correctamente el suceder. Nos referimos a Carlos Andrés Pérez.
Los gobiernos instalados desde1958, no solo fueron democráticos sino tolerantes, tanto que Gonzalo Barrios, otro más de aquella elite de políticos cultos, todos grandes lectores, llegó a decirle en una carta a Manuel Caballero que “los adversarios son los amigos que no conocemos”.
LOGROS
Estamos muy cerca del período 1958-1998 para poder arribar a completas conclusiones, todavía todo es apenas solo aproximación. Pero hay que anotar entre los logros los siguientes: restauración de la República Liberal Democrática, convivencia política entre los políticos de diversas tendencias, lucha contra los que se opusieron, con armas en la mano a aquel proyecto: los militares golpistas y la izquierda marxista, los guerrilleros, que no supieron leer el libro de nuestra realidad. Era imposible imponer una dictadura marxista, copiada de la Cuba castrista, en un país que acaba de recuperar la democracia y es más: no podía triunfar una guerrilla rural en un país en pleno proceso de urbanización, cuyo centro eran las ciudades. No convencieron a nadie. Cuando dieron la consigna de abstención en las elecciones de 1963 todos votaron por elegir a los candidatos democráticos. Raúl Leoni (1905-1972) triunfó.
El período fue de constantes logros institucionales, la educación se masificó. Los precios del petróleo dominaban pero hubo logros como subida de los precios en 1973, nacionalización en 1976 y creación de Pedevesa, que logró llegar a ser una de las grandes empresas multinacionales del mundo, la novena. Detrás de ella estuvo uno de los grandes civilizadores contemporáneos de Venezuela: el general Rafael Alfonzo Ravard (1919-2006).
Pero por sobre todo hubo democracia y práctica de los derechos humanos. Y el país fue madurando hasta cierto punto, no todo lo que debía por eso se equivocó en 1992, al aplaudir el “por ahora”, y sobre todo en 1998 al votar por Chávez.
Llegó a haber incluso un camino abierto en ese período hacia la concertación de las decisiones, como lo pidió Caldera en sus “Reflexiones de La Rábida” (p.82).
No era aquella democracia el mejor de los mundos posibles pero el más acertado que podíamos tener, al que habíamos arribado después de muchas búsquedas, e incluso de sueños. Ese régimen es el que nos haría arribar, modificándolo cuando fuera necesario, no alterándolo y resolviendo paulatinamente sus problemas un camino hacia un país mejor.
Y tal fue el significado de nuestro proceso que fuimos la democracia más antigua del continente porque la democracia revivió en Venezuela en 1936, y la dictadura de los años cincuenta fue un paréntesis en que los logros sociales no se perdieron. Así fuimos una democracia más longeva que la de Costa Rica, iniciada en 1948. Y ello por la mexicana no puede ser considerada tal: fue la dictadura de un partido, el PRI. Y nuestra democracia fue tan fecunda que nuestro “Pacto de Punto Fijo” fue fundamental tanto en los “Pactos de La Moncloa” (Octubre 25, 1977) de la recién nacida democracia española como a la hora de vertebrar de nuevo la democracia chilena: vencido el dictador en el Plebiscito (Octubre 5, 1988). ¡Imagínense los hijos que dio nuestra democracia de 1958!
PERO
Pero vino la vicisitud, subieron los precios del petróleo y vino la erosión. Caldera al final de su primera presidencia dejó al país rico en recursos económicos, producto de sus decisiones. Siempre se ha dicho que los precios de nuestro oro negro subieron como consecuencia de la guerra del Yon Kiupur (Octubre 10-Noviembre 11, 1973) cuando en verdad subieron como consecuencia de la política petrolera desarrollada por el presidente Caldera con su ministro Hugo Pérez La Salvia. En verdad antes de la decisión de la elevación del 50% del precio (Octubre 26, 1973) hubo aumentos el 2 de Junio, el 27 de Julio y el 28 de Septiembre. Sólo que las fechas de la guerra y de la decisión venezolana coincidieron y nadie se ha tomado el trabajo de revisar los hechos con atención a través de la documentación y la prensa de aquellos meses finales de 1973, días que alteraron el destino de Venezuela. De allí en adelante todo dependería de la forma como los cuantiosos nuevos recursos fueran utilizados. Al inicio de 1974 Venezuela era prácticamente el único país latinoamericano, y del Tercer Mundo, que podía asegurar su desarrolló. Para quien tomó el poder el 11 de Marzo de 1974 no supo guiar la nave del Estado, pese a que ya graves voces prudentes, Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979) y Manuel Egaña (1900-1985) habían hablado en los meses anteriores, llamando la atención sobre la necesidad de planificar los gastos que se harían en el futuro, Egaña. En la incapacidad de absorber tan altos recursos por la economía del país, Pérez Alfonzo.
Y vino la erosión, bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, se presentó el agente, viejo en los anales venezolanos, tan antiguo que nos venía del régimen español: la corrupción. Analizarla es obligación de cualquier historiador. Es una variable de ese período que debe ser examinada tanto como una segunda que también se presentó: el deterioro del país, desde el político, el institucional e incluso el territorial, que se inició entonces.
Para analizar la corrupción, que sigue indetenible, contamos con la documentación organizada por la historiadora y politóloga Ruth Capriles Méndez y su equipo de investigación en el “Diccionario de la corrupción en Venezuela” (Caracas: Consorcio de Ediciones Capriles, 1989-92. 3 vols.). Arroja esta obra la presencia de numerosos delitos y sobre todo un balance apocalíptico: a la corrupción fueron a dar hasta 1992: 19.700.000.000 millones de dólares. Muchos de estos dolos fueron denunciados, algunos juzgados, pero la mayoría, son numerosísimos, quedaron en la más absoluta impunidad, el resquebrajamiento ético de la política vino por ese camino. Y surgió un nuevo actor en nuestro país: el denunciólogo. Se hizo ante esto verdad otra vez la frase del historiador Ramón J. Velásquez: “lo viejo es la corrupción, lo nuevo es la democracia”.
Pero en medio de esto el 31 de Diciembre de 1977 al sacar las cuentas fiscales del año se descubrió contablemente es hecho: no había habido superávit fiscal, eso era la primera vez que ello sucedía desde la muerte del general Gómez. Y sucedía en el momento en que el país tenía la mayor suma de recursos económicos que había tenido en toda su historia. Dice Manuel Caballero: “se comienzan a sentir los primeros síntomas del agotamiento del modelo económico y social, y cuando, por primera vez, desde 1936, comienza a producirse un deterioro en el nivel de vida de los venezolanos, pese a la plétora de petrodólares” (“La gestación de Hugo Chávez”, p.166), ”el país parece volteado hacia atrás, e, incapaz de dejar de soñar en los años dorados” anota el mismo analista en el mismo libro suyos que hemos citado antes (p.166).
Para nosotros, en aquella grave hora del 31 de Diciembre de 1977, a nuestro entender cayó la democracia de 1958, porque son los problemas económicos los que engendran las crisis políticas, piénsese sino en la Alemania de la República Weimar (1919-1933) cuyas crisis final, empujada por la situación económica, dio paso al nazismo.
En el suceder de 1977 el presidente Pérez, el responsable, actuó “sin sabiduría de estadista y de un modo atolondrado e inmaduro” como indica Escovar Salom, testigo de excepción entonces (“Memorias de ida y vuelta”, p.302).
La deuda externa se acrecentó, surgió la inflación y comenzamos a andar, por falta también de previsión hacia el “viernes negro” (Febrero 18, 1983).
Pero la crisis comenzó a tener otros frentes: frente al espectáculo de la corrupción la gente íntegra abandonó la gestión pública.
Y comenzó la erosión de los partidos políticos: perdieron sus ideales y doctrinas, se convierte en agrupaciones de puro pragmatismo, ya para ganar elecciones, ya para hacer negocios, porque después de AD bajo Luis Herrera Campíns (1925-2007) también Copie se entregó a la corrupción.
Y desde los gobiernos que siguieron no se gobernó más, no se hizo presente la consigna: “prever para proveer” sin la cual es imposible gobernar.
En crisis, sin que la clase política diera ejemplo de lo que exigía a los ciudadanos, se presentó Caracazo (Febrero 27, 1989), el segundo régimen de Pérez quedó sin piso alguno. El paquete económico, pese a tener cierto sentido, fue adversado por el país.
Con toda la información de la conspiración en la mano el presidente no hizo caso, su megalomanía se lo impidió. Se fue de viaje a Suiza. El 4 de 1992 se produjo el golpe.
Más tarde las acusaciones de corrupción hechas al propio presidente terminaron con su gobierno. Fue suspendido, juzgado y detenido.
El país llamó como salvadores a dos de sus más ancianos y veteranos políticos, Ramón J. Velásquez y Rafael Caldera, quienes actuaron dentro de graves dificultades, muchas, difíciles de analizar con detenimiento aun hoy por su cercanía. Pero pasado el tiempo necesario se comprenderán los por qué de sus acciones.
El final fue que ”La democracia se perdió en manos de la inacción, de la indiferencia, de la frivolidad para mirar el escenario crítico que se tenía ante la vista y que fue haciéndose crecientemente presente desde 1977”, como acotó Escovar Salom (“Memorias de ida y vuelta”, p.270).
Como sigue siendo necesarios analizar las razones de la caída del régimen de 1958, creemos que por su propio peso y por imprevisión, citamos las principales rezones de sus males anotadas precisamente por Escovar Salom en su iluminador libro “Los extravíos de la democracia”, autentico libro coyuntural, quizá el mejor, junto con el de Manuel Caballero, como reflexión de todo este acaecer.
Apunta Escobar que las razones de la caída del régimen son: “El sistema político se fue anquilosando y tal vez envejeciendo. Algunos componentes de esta situación podrían enumerarse: 1) no se desarrolló institucionalmente la Constitución (1961). Se dejaron de aprobar las leyes que la completaran; 2) la pereza judicial impidió que se desarrollara la jurisprudencia. La Corte Suprema de Justicia la mayor parte del tiempo careció de liderazgo intelectual y de presencia activa para estimular las bases éticas de la legalidad; 3) los partidos políticos, los gremios y los sindicatos impidieron el funcionamiento normal de las instituciones;4) Se pensó que la salud de la democracia dependía solamente de la normalidad de los calendarios electorales y de la sucesión ordenada del poder;5) los modelos de sustitución de importaciones, la anarquía poblacional, la urbanización anárquica, alteraron la relación de la ciudad con el territorio; 6) no hubo lo que Montesquieu denominó la administración de las cosas; la infraestructura y el equipamiento se fueron agotando sin renovación ni mantenimiento. Los servicios públicos colapsaron hasta llegar al paroxismo de la incompetencia; 7) no hubo una política de población. El más grande acierto de los años cuarenta y cincuenta fue la inmigración europea; 8) La corrupción se hizo conspicua y ubicua haciendo que la democracia y las instituciones perdieran prestigio especialmente el poder judicial penetrado por el gangsterismo profesional tribal con respaldo político; 9) parálisis de la circulación intergeneracional, crisis de renovación, oxigenación y ventilación; 10) destrucción del Estado por incompetencia y corrupción. La constitución se quedó sola sin el Estado. (“Los extravíos de la democracia”, p.32-33).
Y así llegamos a 1998. Anota el mismo Escovar: “la controversia de 1998 fue la confrontación entre un liderazgo fatigado y sin iniciativa histórica y una proposición emergente cuyo galope venía desde muy lejos, puesto que se nutría del acervo del partido más antiguo de la historia nacional: el partido militar y autoritario” (“Los extravíos de la democracia”, p.35).
En 1998, año final del régimen iniciado en 1958, se impuso el analfabetismo político, la salida mágica, la gente se confundió, en medio de desesperación, ya anotada por nosotros, por poner fin a una mala administración pero clausurando el sistema político. Y el problema estaba en lo primero: en la pésima motorización del Estado, no en régimen, en verdad que los males de la democracia se corrigen con más democracia, radicalizándola, como lo propusimos nosotros mismos cuando el régimen arribaba a sus veinte años y ya las graves señales se veían, más para quien en ese momento vivía en el exterior y observaba con angustia lo que sucedía en Venezuela (ver nuestro “La Venedemocracia”, El Nacional: Octubre 23, 1978).
En aquella hora de las elecciones de 1998 el país no supo escoger, nadie, o muy pocos, analizaron lo que ya se observaba: nacería un régimen fascista y militarista, tomarían el poder los ayatolas del ejército, como los llamó el general Carlos Julio Peñaloza la noche del golpe cuando habló a través de Venevisión, él era, aquel día, uno de los pocos, no el único, que sabía quien era Chávez y su gente.
Lo que venía, desde aquel 6 de Diciembre de 1998, estaba claro para agudos analistas, se puede comprobar en una obra que publicó Manuel Caballero ese mismo año (“Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil”. Caracas: El Centauro Ediciones, 1998. 173 p.). Y por ello tenemos lo que tenemos por nuestra propia colectiva culpa.
Y para cerrar hay que decir que el régimen de 1958 es ya historia. No volverá ni retornará como lo desean los dinosaurios de ese período. Y especialmente porque la historia no se repite. Lo que surgirá cuando concluya el régimen de Chávez, ese será un día porque el poder no dura para siempre, será una nueva situación que soñamos democrática. Aunque lo puede venir también es una fuerte dictadura que ponga orden y reoriente el país. Como lo hizo Gómez desde 1908. Una autocracia que nos sirva de expiación de todos los errores colectivos que todos hemos cometido, incluso los que nunca hemos votado por Chávez y condenado el golpe de 1992, firmando con nuestro propio nombre y apellido. Pero la gran equivocación de celebrar el “por ahora” y elegir a Chávez lo pagaremos los venezolanos: un error del calibre del cometido solo se logra curar a través de la acción de una generación entera, veinte y cinco años.
Tal las meditaciones políticas, empapadas de historia venezolana, que pueden hacerse este mediodía en que se cumplen once años del inicio del gobierno de Chávez. En Venezuela hasta hora los que más habían gobernado eran nuestros grandes dictadores: Guzmán Blanco y Gómez. Que un presidente, siempre haciendo triquiñuelas, esté en el gobierno once años después de su elección es una rara excepción, hasta la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1914-2001) sólo logró remontar un quinquenio (1953-1958).
(Exposición hecha para cerrar el foro realizado en la Galería de D’Museo, Las Mercedes Caracas, convocado por la Fundación Venezuela Positiva la mañana del domingo 6 de Diciembre de 2009. Intervinieron también Nora Bustamante, Domingo Irwin, María Teresa Romero, Luis Alberto Butto, José Amando Mejía, Manuel Felipe Sierra, Rafael Durán y Carlos Alarico Gómez. Fue moderador: Heraclio Atencio Bello).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
1 comentario
Leyendo este escrito, no puedo menos que pensar que, de alguna manera, los latinoamericanos tenemos historias parecidas.Nos robaron las oportunidades. Y siempe desde el mismo lugar.
Y, casi siempre, a travès de polìticos corruptos y vendepatrias.
Que distinto serìa, si nos dièsemos cuenta que no hay que dividirnos, que el enemigo, està afuera.
Serìa distinto, sin duda.
Saludos, su link està listo.










ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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