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Abajo el Continuismo... Viva la legalidad...

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…

El caso de Raimundo Andueza Palacio es realmente extraordinario: quedó como un simple ambicioso por hacer abiertamente lo que todos hacían con disimulo. La historia la ha castigado con cierta dureza, que tampoco es para tanto, vamos.
Sobrino nieto de Manuel Palacio Fajardo, el médico y abogado barinés (1784-1819) que fue ministro de Relaciones Exteriores de Bolívar, Andueza Palacio nació en Guanare el 6 de febrero de 1843 y en realidad debió su fortuna política a un braguetazo, pues aunque había sido nada menos que secretario de Juan Crisóstomo Falcón en 1866 (cuando tenía veintitrés años) y secretario del Concejo de Caracas un par de años después, su carrera política se vio beneficiada por haberse casado en 1872 con Isabel González Esteves, cuya prima hermana, Belén Esteves, era la esposa de Francisco Linares Alcántara, hombre que, como vimos, tenía vocación y fuerza de poder. Dos años después de su matrimonio se convirtió en abogado y doctor en derecho. Paralelamente fue diputado por Aragua (la tierra en donde Linares Alcántara era el toro dominante), presidente del Congreso, y, sobre todo, el esposo de la prima hermana y muy amiga de la esposa del Presidente, de quien Andueza fue Ministro de Relaciones Exteriores y Encargado de la Presidencia (nepotismo, primo de la vieja y noble endogamia). Al morir de repente su primo (además de protector y precursor en aquello del continuismo) político Francisco Linares Alcántara y producirse la Revolución Reivindicadora, que triunfa al unírsele Crespo y trae al país de nuevo a Guzmán Blanco, Andueza vive un breve exilio (1878), pero en 1879 está de nuevo en el ajo, es Ministro de Hacienda, Senador, etcétera, y, lo más importante, se convierte en Presidente de la República, elegido para suceder a Juan Pablo Rojas Paúl, durante cuyo bienio, como ya vimos, se produjo la reacción definitiva contra Guzmán Blanco y el destrozo de sus estatuas y sus propiedades. Al ser nombrado, en marzo del 90, Andueza le enviará a su íntimo amigo Manuel Modesto Gallegos, a Maracay, cuenta Manuel Alfredo Rodríguez, un telegrama en el que le decía: “Querido Coronel: Me subí por la botella, he sido elegido Presidente de la República. Vente.” También nos cuenta Rodríguez que fue Andueza el inventor de la expresión “se le enfrió el guarapo” al referirse a alguien que perdió el valor en un momento dado. Años después, Venezuela tendrá otro Presidente llanero y amigo de los refranes, nacido y criado no lejos de Guanare. Andueza, de acuerdo a la Constitución vigente, sería Presidente por dos años, pero sus planes eran otros. Guzmán Blanco ya no contaba sino como un lejano y anacrónico consejero de algunos, Francisco Linares Alcántara estaba muerto, y el árbitro real de la política era Crespo, que, zamarro, se mantenía alejado y “equidistante". Rojas Paúl aspiraba a manejar a Andueza y lograr que le cuidara la silla y lo ayudara a volver. Definitivamente, es cosa de brujería.
Andueza consiguió el apoyo de muchos guzmancistas y antiguzmancistas y godos, y, para colmo, su gobierno coincidió con un período de bonanza mejor aún que el que acompañó a Rojas Paúl. El precio del café repuntó, y con él, la situación del país. En su primer gabinete estaban Sebastián Casañas, Marco Antonio Saluzzo, Julio Sarría, Eduardo Blanco, José Tadeo Monagas (hijo), Juan Francisco Bustillos y Neptalí Urdaneta. De ellos el hombre de poder era Casañas, a quien apodaban, no sin sorna “Canciller de Hierro” y aspiraba a sustituir a Andueza, tal como Crespo a Guzmán y el propio Andueza a Rojas Paúl. Y Rojas Paúl, que aspiraba a seguir siendo el Guzmán de Andueza, se dio cuenta de que Andueza no lo quería como Guzmán y optó por exilarse en La Habana.
La obra de gobierno de Andueza fue nula. En parte porque la bonanza la usó para sus planes políticos y en parte porque el tiempo en que estuvo al frente del gobierno fue muy corto. De lo que no hay duda es de que Andueza, que desde los veintidós años había estado muy cerca del poder, tenía aspiraciones. Desde el comienzo de su bienio empezó a repartir dádivas y subvenciones para crearse su clientela política y desplazar a Crespo. Necesitaba, por lo menos, dos tercios del congreso para modificar la Constitución luego de llamar a una Asamblea Constituyente. Y a pesar de los regalos y las maniobras, no logró la mayoría. Se dejó ver las intenciones y el país, tal como el congreso, se dividió en “continuistas", que apoyaban a Andueza, y “legalistas", que lo adversaban. Hay argumentos de peso y los hay del más claro tinte oportunista. En verdad, la llamada Constitución “suiza” tiene mucho de disparate. Argucias y silogismos se suceden. Pero ya todo el mundo sabe lo que quiere Andueza. Lo que todavía ignoran es si está dispuesto a pagar el precio de lo que quiere. El general Manuel Modesto Gallegos sirve de intermediario ante Crespo, y debe transmitir un mensaje que hubiera bastado para quitarle a cualquiera, que no hubiese alojado en su alma el veneno de la ambición, las ideas raras de la cabeza: “el doctor Andueza –le dice Crespo a Gallegos– ha tratado de engañarlo, pues su conducta no deja dudas de que lleva el camino del continuismo, y si así fuere yo le haré la guerra.” Gallegos es portador de un segundo mensaje que tendría que haberle quitado del todo la idea a Andueza y no lo hizo: el caudillo guanareño y ex-candidato presidencial, general Ovidio María Abreu, después de que la Legislatura de Zamora le negó apoyo al continuismo de Andueza, emplazado por Gallegos le responde: “Mi contestación es muy sencilla, pues si Raimundo faltando a sus ofrecimientos de ayudar mi candidatura, no los cumple, y va al continuismo, lo que no creo, porque no lo supongo tan loco para tamaña aventura; entonces me encuentro desligado de él y estoy en capacidad con los elementos del Estado, de reconocer al general Crespo como Jefe de la Revolución.” Andueza, por obra de la inoculación de la silla, ha perdido las perspectivas. Cuando Gallegos, que sabe bien lo que se les viene encima, le informa acerca de la negativa de los legisladores de Zamora y le hace saber que la mayoría de los hombres públicos de aquélla, que es la región del propio Andueza, se oponen a sus planes ("sin expresarle nombres, porque eso hubiera sido la conducta de un delator,” aclara Manuel Alfredo Rodríguez), en vez de ver al camarada que lo aconseja, ve al antagonista que quién sabe con qué intenciones viene a tratar de imponérsele: “Tú lo que pretendes –le contesta– es que yo le entregue el Poder a Crespo, y eso no lo puedo hacer porque mis amigos no me lo permiten.” Como si no se hubiera convertido su interlocutor en su único amigo, aunque el veneno en supositorio que parece tener la silla presidencial le impidiera enterarse.
Andueza y sus acólitos se sienten fuertes. A Manuel Antonio Matos, que, preocupado por la economía, le advierte que sus propósitos continuistas causarán una guerra, le responde: “No lo crea, don Manuel, ya en este país ni los gallos pelean: Hay que traerlos de Puerto Rico”. Deben haber peleado las gallinas, porque poco después estalló la guerra.
Allí nos encontramos una de las pruebas de que Guzmán Blanco había perdido contacto con la realidad: a sus amigos les recomienda enfáticamente que apoyen la maniobra de Andueza y se opongan con toda su fuerza a todo lo que haga Crespo.
Decidido y bajo los efectos terribles del veneno de la ambición, Andueza enfrenta con decisión a todo lo que se le opone. Expulsa del país a Rojas Paúl, a quien prácticamente había invitado a regresar a mediados del 91. En vista de que la presencia de su predecesor se le convierte en incómoda, le ofrece la representación diplomática ante España o ante Inglaterra, y como no acepta, sin más miramientos emite una orden de expulsión a fines de septiembre. Ya como una medida desesperada, decidió impedir que el congreso se reuniera y el 14 de marzo del 92 lanza un manifiesto en el que afirma que se ha quedado en la silla para enfrentar una conspiración de un grupo de tránsfugas liberales que se ha aliado a antiguos oligarcas para hacerle daño a los verdaderos liberales. Y sin mayor disimulo, como tiempo antes que él lo hiciera Páez, Andueza da un golpe de estado. Crespo, que estaba a la espera en su hato de El Totumo, en Guárico, al saber que Andueza no entregó el poder el 20 de febrero de 1892, le declaró la guerra al gobierno. Como dice R. A. Rondón Márquez en su libro Crespo y la revolución legalista (Ediciones de la Contraloría, Caracas, Venezuela, 1973) “henos aquí ante una de las más divertidas paradojas de nuestra paradojal historia: una revolución ‘legalista’ ante un gobierno ‘revolucionario’.” Empezaba la Revolución Legalista, el come back de Joaquín Crespo. No vale la pena adentrarse en el juego de equivocaciones que desde ese momento se produjo. Quizá lo más importante que de ello salió fue la música de los legalistas, que produjeron estupendas canciones. Entre ellas se destaca la que debe haber sido su himno, cuyo texto tiene rima interior y un juego de formas bastante interesante. En la década de los sesenta, cuando muchos jóvenes creyeron que habría una auténtica revolución, su música y su letra volvieron a escucharse junto con algunas canciones revolucionarias clásicas. Se trata de la que dice: Ya Venezuela no quiere guerra / porque esta tierra se va a arruinar / generales / coroneles / y bribones / que no quieren trabajar. // Bandera tricolor que en Venezuela está, / abajo el continuismo, viva la legalidad…
Es un texto que refleja el rechazo social a la violencia, al abuso, a las reclutas, a los robos en nombre de la guerra, al militarismo y a la guerra en general, que tendría una importancia capital apenas siete años después como elemento que facilitaría el triunfo casi disparatado de una aventura “revolucionaria” que prometía “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, y tampoco cumpliría.
Andueza envió a Casañas a combatir a Crespo, y ni Casañas se atrevió a combatir a Crespo ni Crespo se atrevió a enfrentar a Casañas. Ramón Guerra, conservador de uña en el rabo, le ofreció sus servicios a Andueza, pero algún genio burócrata no lo dejó ni hablar con el presidente, y el general, ofendido a muerte, se pasó de bando y se convirtió en el jefe militar de la revolución. Al regresar Casañas a Caracas fue destituido, y las bazas castrenses de Andueza, Julio Sarría y Domingo Monagas le hicieron saber que no lo seguirían apoyando, las manifestaciones contra el gobierno se hacen cada vez más violentas y el frustrado continuista debió dejar el país a toda carrera, rumbo a Martinica (regresará en 1898 y hasta será ministro de Relaciones Exteriores con Cipriano Castro, hasta pocos días antes de su muerte, que fue en agosto de 1900). El encargado de la presidencia, el viejo Guillermo Tell Villegas, también huyó, tras lo cual se encargó su sobrino, Guillermo Tell Villegas Pulido (2 de septiembre de 1892), que contaba con la promesa de Domingo Monagas de apoyarlo como ministro de Guerra, pero Monagas prefirió quedarse en Oriente a esperar que todo se aclarara. Después de una confusa acción militar en los Colorados, cerca de Los Teques, y de que doña Jacinta demostrara su valor y sirviera prácticamente de jefa de la revolución en Caracas, Crespo entró a una capital que no tenía ya gobierno, y en donde el populacho saqueaba las casas de los derrotados. La ciudad se salvó de un verdadero desastre porque sobre ella cayó ese 6 de octubre de 1892 una tormenta como pocas se han visto en el bellísimo valle. Cuando el 7 entraron las tropas de Crespo a Caracas, en la mañana, todavía llovía.
Salvada por la lluvia, Caracas recibió con cautela al vencedor. “Bastante satisfecho se sentiría, aun cuando había ascendido por sobre una gran charca de sangre, al ver cumplidos los anhelos que cuatro años antes había visto defraudados, cuando creyó que por haberle conservado la ‘silla’ intocada a su ‘compadre’ Guzmán Blanco, éste se la devolvería del mismo modo, y por no haberlo obtenido se lanzó a la aventura de la insurrección con la mala suerte de caer prisionero en el mar. Luego aprendió la lección y supo esperar, como si hubiera tenido el convencimiento de que sus mismos adversarios le presentarían la oportunidad, como en efecto sucedió”, comenta Rondón Márquez con relación al 7 de octubre de 1892. Pero en verdad, Crespo no había aprendido lección alguna. Nadie la aprende. Bien podría haber dicho ahora, y con toda propiedad el filósofo danés Søren Kierkegaard que la historia sólo se entiende hacia atrás, pero hay que vivirla hacia adelante.
Tampoco vale la pena llenarse de bostezos con el gobierno de Joaquín Crespo, otro de los menos felices de la historia de Venezuela. Basta con entender que con él y sus consecuencias se inició el proceso que llevaría a los casi cincuenta años de dictadura discontinua pero homogénea que debió padecer el país.
Con el nombre del “general” Ignacio Andrade como evidente sucesor, Crespo arrancó mal, con unos “juicios de responsabilidad civil” y el embargo de los bienes de Andueza y sus colaboradores, un total de trescientas sesenta y tantas personalidades, con lo que, simplemente sembró el terror y creó una auténtica industria de influencias y perdones, en la que, con la mayor buena fe participó doña Jacinta en defensa de los que consideraba sus amigos. Como era de imaginarse, pronto se ablandaría la medida, cuando el 14 de marzo del 93 sólo quedaron incluidos en ella “los ciudadanos que dentro del lapso comprendido entre el 14 de marzo y el 7 de octubre de 1892 desempeñaron los cargos de Presidente de la República, Ministros del Despacho, Presidentes de estado, Delegados Nacionales y militares que mandaron cuerpos del Ejército activo.” Es decir, se castiga a quien haya ocupado un cargo, independientemente de su actuación o de su opinión. Y, además, se excluye toda posibilidad de resarcir a quien haya sido víctima de una injusticia, lo cual, de paso, inaugura claramente la tendencia a presumir la culpabilidad en Venezuela.
Sin embargo, el propio Joaquín Crespo se encargó de “desfacer” aquel entuerto cuando propuso a la Asamblea recién instalada, el 4 de mayo de 1893, una amnistía total, en lo cual hay que ver la mano de misia Jacinta. La amnistía total se impuso, a pesar de la terca oposición del Mocho Hernández y de Antonio Aranguren, representante del Zulia.
El 21 de junio del 93 quedó sancionada la nueva Constitución, más o menos copiada de la de 1864 y, después de tumbar a Andueza porque lo quería, se volvió al período presidencial de cuatro años. El presidente sería elegido por votación popular de varones, directa y secreta. Hubo otras disposiciones transitorias y se estableció que las elecciones para presidente, congreso nacional y asambleas legislativas se harían el 1º de diciembre y el período de cuatro años empezaría el 28 de febrero de 1894.
A pesar de todo, Joaquín Crespo es uno de los personajes más simpáticos de la fauna política venezolana. Campechano y abierto, por lo menos no fue tan intelectualmente deshonesto como la mayoría de los que han puesto sus posaderas y sus ambiciones en el poder. Es muy conocida la anécdota según la cual don Vicente Amengual se habría hecho perdonar su participación en el continuismo diciéndole a Crespo que gracias a eso él (Crespo) había llegado nuevamente al poder. Don Joaquín, que no era nada rencoroso, se rió de la ocurrencia y no se distanció del viejo liberal, pero tampoco le dio mucha confianza. Quizá por ello no aceptó la iniciativa de Amengual de reunificar el partido liberal bajo la conducción del caudillo aragüeño. Crespo afirmaba que era el presidente y debía ser imparcial. Un grupo de conservadores formó un partido republicano-liberal que adoptó la bandera tricolor, amarillo, azul y rojo, en tanto que otros formaron un movimiento que usaba la bandera blanca, que fue la de Crespo en campaña. Los amarillos, por su parte, no se quedaron quietos y hasta hicieron que el ejército adoptara su bandera, que fue bendecida en la catedral mediante un hecho de astucia, que llevó a tricolores y blancos a no concurrir a las elecciones de diciembre en las que, para que no hubiese sorpresa alguna, resultó vencedor el presidente Joaquín Crespo.
No el 1º sino el 14 de marzo tomó posesión Crespo de la presidencia constitucional del país. Catorce días después un terremoto mató a casi cuatrocientas personas y dejó grandes pérdidas materiales en Los Andes. La situación económica mundial había dado un vuelco desfavorable y el nuevo gobierno se vio en serios apuros, que se agravaron por el pago de favores electorales por parte del presidente. Y para rematar, Crespo sacó del cajón de los recuerdos la vieja práctica de imponer a la fuerza a sus candidatos a cargos que debían ser llenados por las autoridades estadales y municipales, con lo cual se ganó no pocas antipatías. Quizá el caso más notable, como señala Rondón Márquez, fue el de José Félix Mora, caudillo de los negros de Morón y Alpargatón, que Crespo impuso a la fuerza como presidente del estado Carabobo. En su tiempo se dijo que era para vengarse de los valencianos, y el caso es que le enajenó la buena voluntad de la mayoría de los carabobeños.
Los enemigos del gobierno, Julio Sarría, Nicanor Bolet Peraza y Lino Duarte Level en Nueva York, Andueza Palacio en París y un grupo dirigido por Rojas Paúl en Curazao, conspiraban abiertamente y buscaban prosélitos. Trataron todos de que Guzmán Blanco aceptara la jefatura, pero el caudillo estaba cansado y prefería los placeres de la vida mundana en París, por lo que delegó en su concuñado Manuel Antonio Matos. Crespo, sabedor de aquello, neutralizó a Matos invitándolo a formar parte del gobierno, y Matos aceptó. Los pretendidos revolucionarios se indignaron con Matos y cayeron en la más divertida de las divisiones, mientras Crespo se frotaba las manos, inauguraba el ferrocarril Caracas-Valencia y preparaba su propia versión del continuismo.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…

 

2 comentarios

El Gaucho SantillànMuy buena historia. Y excelentemente narrada.

Saludos
28.12.09 @ 09:26
Comentario De: Héctor Luna [Visitante]
Héctor Luna
Buenas tardes.

Excelente el libro, don Eduardo, pero me cuesta leerlo en pantalla y lo desearía completo ¿Dónde consigo el libro completo? ¿Acaso en un sólo PDF o en una librería?

Reciba los saludos de un lector de su blog.
29.12.09 @ 11:48

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