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« El gran apagón de ChávezTarde o temprano »

¡Viva el Mocho Andrade!

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

¡Viva el Mocho Andrade!

De nuevo hay que pensar en lo que dijo Kierkegaard. Hoy se ve todo tan claro, tan cristalino, tan palmario, que es casi inexplicable que haya sido como fue. Pero fue. En primer lugar, es casi imposible explicarse el empeño de Crespo en imponer la candidatura de Ignacio Andrade. Quizá la única explicación plausible es el espejismo de que Andrade sí haría para él lo que él hizo para Guzmán y así tendría Crespo asegurado otro período en la silla. Pero eso no parece suficiente.
Ignacio Andrade nació en Mérida a fines de 1836, no era, como se dijo con fines electorales, colombiano. Su padre fue el general José Escolástico Andrade, el zuliano que fue edecán de Sucre en Bolivia y luego tuvo destacada actuación en buena parte antifederalista, en la política venezolana. Su madre, Juana Troconis, pertenecía a una distinguida familia merideña. Su carrera política antes de ser candidato a la presidencia no fue nada notable ni definida. Siendo ya un hombre maduro (46 años) fue presidente del estado Falcón en tiempos de Guzmán y de Crespo. Luego sería senador por el mismo estado, gobernador del Distrito Federal al imponerse Crespo con su revolución legalista, ministro de Instrucción Pública con Crespo y, también con Crespo, presidente del Estado Miranda, que era el más importante del país. Y fue entonces cuando se convirtió en el candidato de Crespo, contra viento y marea.
Es mucho lo que se ha dicho para tratar de explicar la actitud de Crespo. Pero hay que tener en cuenta que todo eso se ha dicho hacia atrás en términos de Kierkegaard, o sea, cuando ya había pasado todo lo que pasó. En la Venezuela crespista había plena libertad de prensa, y también política. No se le había hecho caso a Guzmán ni a Amengual, y la elección presidencial no se iba a hacer entre liberales, ni mucho menos entre liberales amarillos. El gobierno tenía que afrontar el hecho de que habría candidatos verdaderamente enemigos del régimen, como lo fue el general José Manuel Hernández, el Mocho Hernández, que fue la causa eficiente de todo lo que pasó. Pero es que los liberales se empeñaron en pelearse entre ellos, o se negaron a unirse. Por un lado iba Rojas Paúl, por otro Juan Francisco Castillo y por otro Andrade. Los dos primeros eran liberales y el tercero era impuesto por el jefe de los liberales. Y los no liberales también estaban divididos, pero eran demasiado desiguales entre sí sus candidatos como para que esa división tuviese consecuencias serias. Uno era el general y poeta Pedro Arismendi Brito, siempre centralista y nada liberal, y el otro era el Mocho Hernández, godo de alma aunque no quiso titularse de conservador, sino de “liberal nacionalista”. Las características de los cinco candidatos movieron al ingenio del doctor Federico Urbano a crear un juego de palabras, según el cual, en esas elecciones, el Mocho Hernández tenía las masas, Ignacio Andrade (oficialista) las mesas, Rojas Paúl (católico practicante) las misas, Juan Francisco Castillo (que tenía fama de buenmozo) las mozas, Arismendi Brito, (que además de general era poeta) las musas.
El apasionado escritor colombiano José María Vargas Vila, que fue secretario privado de Crespo, afirma que el jefe “legalista” le dio en una sola conversación tres explicaciones para su apoyo a Andrade: A usted no le gusta Andrade, ¿verdad? –le habría comentado– Voy a decirle por qué me decido por él. De los tres candidatos que hay: Castillo es tonto, con el poquito de suelta que le he dado, quiere ya hacer lo que los cabros chiquitos, como dijo Alcántara de Andueza; Tosta García es un gran liberal, pero tiene mucho talento, sabe mucho de política, es el candidato de Guzmán Blanco y como tiene tanto prestigio en el partido, no tiene necesidad de nadie para gobernar; hará una política propia. En cambio, Andrade no da temor. Esa es la primera explicación, que no necesita comentarios. La segunda y la tercera son: Vea: Andrade es colombiano y eso no se lo perdonan los venezolanos; y como se ha hecho venezolano, eso no se lo perdonan los colombianos; fue conservador y eso no se lo perdonan los liberales; y como se ha hecho liberal, eso no se lo perdonan los conservadores. Así, no teniendo patria, ni partido propio, no puede apoyarse en nada ni en nadie y no cuenta sino conmigo. Además, ese hombre no ha mandado nunca, no ha hecho sino obedecer y está ya viejo para aprender a mandar: Necesita quien lo mande. Además de que Andrade no era colombiano, y eso lo sabía muy bien Crespo, el pretendido diálogo está escrito cuando Crespo ya no podía ni confirmarlo ni negarlo, y recoge planteamientos que circularon profusamente por el país y que bien podrían ser simples consejas. Pero eso sí, consejas que se apoyaban en algo que parecería incuestionable: Crespo estaba convencido de que la candidatura de Andrade favorecía sus planes futuros. Y en eso también se equivocó.
Para entender lo que pasó entonces, aun cuando sea hacia atrás, hay que tener en cuenta que el general Joaquín Crespo en ningún momento se preocupó por la posibilidad de que el Mocho Hernández pudiese representar una amenaza para sus planes. Como dijo el general Antonio Paredes, “Crespo consideraba a Hernández muy adocenado, incapaz de llevar a cabo nada de importancia” (Cómo llegó Cipriano Castro al poder, Ediciones Garrido, Caracas, 1954). Solía llamarlo “culo de hierro” y burlarse de él en público. Aún así, está claro que se dio cuenta de que por razones que no podía explicarse, Hernández tenía cada vez más apoyo popular. Por eso, Crespo tomó las decisiones más equivocadas de su vida, muy poco antes de que su vida terminara.
El 1º de septiembre de 1897 fueron las elecciones presidenciales. Por vez primera en la historia había habido una verdadera campaña electoral para conquistar votos populares. El propio Crespo asistió a concentraciones, tanto de su candidato, Andrade, como del rival principal, Hernández. Se cuenta que luego de una del Mocho, a la que fue sin hacerse ver, sus ministros y otros áulicos trataron de engañarlo diciéndole que no había sido nada exitosa, y él les respondió: “No es verdad yo también fui; allí estaba todo Caracas y no por amor a ellos sino por odio a mí.” Los áulicos son idénticos a los que en 1999 o el 2008 rodean al jefe, aunque se pueda dudar del realismo de Crespo que en su fuero interno debe haber sabido que su candidato estaba perdido, pero no podía imaginarse que con aquel engaño iba derecho a su muerte. Y casi a la del país. Los crespistas, tal como los chavistas entre 1999 y 2006, hicieron un fraude en tres niveles: Impidieron votar a los que no eran sus partidarios, alteraron los resultados en donde no pudieron evitar el voto de sus enemigos, e inventaron unas cifras para sustituir las reales.
Cuenta Vicente Lecuna que “Llegado el día de las elecciones, el primero de setiembre de 1897, las plazas públicas amanecieron llenas de hombres de los campos traídos por los comisarios y jefes civiles, cada uno con su cobija de calar y un machete. El procedimiento de la recluta no era nuevo: Lo había usado Monagas el 24 de enero llenando la víspera los caminos inmediatos a la capital de los hombres de esta clase, y Guzmán Blanco y otros presidentes lo usaron en diversas ocasiones, especialmente para llenar las barras del Congreso.
“El honorable hombre público doctor Juan José Abreu nos ha referido que él presenció la organización de estas bandas en el pueblo de San Antonio de los Altos. El general Víctor Rodríguez llegó solo al pueblo la antevíspera de las elecciones, llamó al jefe civil y a los comisarios y en pocas horas éstos recogieron a los ciudadanos, cada uno armado de su machete, y convenientemente racionados fueron conducidos a la capital. Lo mismo se hizo en todos los alrededores de Caracas, y se dio el caso de que uno de esos grupos, procedente del Tuy, que había oído las prédicas nacionalistas, cuando recibía la orden de gritar “Viva Andrade”, gritaba maquinalmente “Viva el Mocho Andrade”.
En el momento de la elección todos estos hombres del campo llevaban el machete debajo de la cobija. Hernández trató de entrar con sus amigos a la plaza Candelaria, a cuya parroquia pertenecía, y no pudo porque los hombres del campo la ocupaban toda. Entonces, levantando la cobija de uno de aquellos hombres y dirigiéndose al jefe civil, general Antonio Ramos, le dijo: ‘General Ramos, conste que estos hombres son del campo y están armados de machete’. Idéntico espectáculo se vio en las otras plazas de la capital y en algunas ciudades. En el resto del país, donde el ciudadano independiente inspira menos respeto, los procedimientos fueron todavía más sencillos. En Puerto cabello, por ejemplo, los nacionalistas admirablemente bien organizados por Angel María López, idealista tan puro, activo y constante como Hernández, acudieron en gran número a las plazas públicas, pero no se dejaron ver las autoridades civiles y sin estar éstas presentes, según reciente ley, los electores no podían designar quien los precediese. Poco después las autoridades publicaron el resultado favorable a Andrade y decían cínicamente que los andradistas habían asistido a las plazas en la madrugada.”
(Citado por R.A. Rondón Márquez).
“Las elecciones se celebran el 1º de septiembre de 1897 y constituyen un impúdico escamoteo de la voluntad popular. Los sitios de votación son ocupados por gente del Gobierno y se impide a los electores acercarse a las urnas para consignar el voto. El escrutinio oficial asigna 406.610 votos al Gral. Andrade, 2.203 a José Manuel Hernández y a repartirse unos 493 restantes entre otro veinticinco candidatos", narra Manuel Alfredo Rodríguez. Esos usos fueron comunes en Venezuela a lo largo del Siglo XIX y durante la primera mitad y un poco más del Siglo XX y renacieron al empezar el siglo XXI.
El general José Manuel Hernández, llamado El Mocho, fue uno de los personajes más fascinantes de la política venezolana de fines del Siglo XIX y comienzos del XX. Hijo de un carpintero canario que se estableció en San Juan, en Caracas, José Manuel Hernández nació en1853. A los 17 años, en una “batalla” de las de ese tiempo, en Paracotos, le cortaron dos dedos, de un machetazo, mientras guerreaba contra Guzmán Blanco, en agosto de 1870. Allí nació el apodo que lo haría famoso. Escaldado de la guerra volvió a la carpintería cuando murió su padre, pero el gusanito de la política le corroe el seso. Opositor de poca monta del gobierno de Guzmán Blanco, conoce pronto los rigores de la prisión y del exilio, que lo lleva a ejercer su oficio de carpintero en varias islas del Caribe y de panadero en Cuba. Como Bolívar, se casa y enviuda al poco tiempo. Va naciendo la leyenda de El Mocho Hernández, que tiene mucho del deseo popular de encontrar un caudillo que represente a los humildes frente a los desmanes del Ilustre Americano y el desprecio que por el pueblo sienten los políticos. Como se ve, no es ese un fenómeno nuevo en 1996 o 1997. Esa beatificación espontánea empieza cristalizar cuando El Mocho, movido por su espíritu aventurero, se instala en El Callao a buscar oro, y a la vuelta de poco tiempo se convierte en el “líder” de los mineros en la búsqueda de reivindicaciones y se enfrenta al gobernador Pedro Vicente Mijares. Defiende entonces la idea de que el llamado Territorio Yuruari se integre (o se reintegre) al estado Bolívar. Pronto deja los coladores, el mercurio y las piquetas para entregarse de nuevo a la política. En 1888 se convierte en Jefe Civil y Militar del departamento Roscio del Territorio Yuruari, posición a la que renuncia al poco tiempo para dedicarse del todo a la recién fundada “Sociedad Liberal Democrática", que a pesar del nombre, se opone al Partido Liberal. La decisión del Presidente Juan Pablo Rojas Paúl, durante la reacción contra Guzmán Blanco, de reintegrar el Yuruari a Bolívar y destituir a Mijares hace de El Mocho un verdadero caudillo regional en la zona de Guayana. Hernández es nombrado Inspector de Obras Públicas de Yuruari y Presidente de la Junta de Fomento que dirige la carretera de El Callao a San Félix. Pronto renuncia también a esos cargos y gana la representación de Yuruari ante el congreso, triunfo que le es arrebatado por el Presidente Raimundo Andueza Palacio, que en su política de poner a su gente a toda costa para garantizarse el cambio de Constitución impone a José Martínez Mayz, por lo cual El Mocho viaja a Caracas y consigue que sea anulada la elección por fraude. Como resultado de su acción es apresado en Ciudad Bolívar. Permanece encerrado entre septiembre de 1891 y febrero de 1892. Por toda la región de Guayana su leyenda ha crecido y se le considera el defensor más firme de los derechos del pueblo. Ante la presión popular sale en libertad bajo fianza y sin perder un minuto se dedica a organizar fuerzas para apoyar al general Joaquín Crespo en la Revolución Legalista y derrocar a Andueza Palacio. El 19 de agosto de 1892, El Mocho Hernández había tomado el poder de la sección Guayana del Estado Bolívar, como cabeza de la Revolución Legalista. Es Jefe Civil y Militar de la sección hasta diciembre. Pero él, aunque no se ha sentado en la silla, tiene también sus planes, que no contemplan ser segundo de nadie. Deja la función gubernamental y logra que lo elijan Diputado por el Estado Bermúdez (que comprendía los actuales estados Sucre, Anzoátegui y Monagas), y empieza, ya no solamente en El Callao o en Guayana, sino en el Oriente y en Caracas, el proceso de su creciente popularidad, que hace que hasta Crespo se fije en él y se distancie para evitar segundos que quieren ser primeros. Debe viajar a Nueva York por un juicio planteado allá en su contra por el norteamericano George F. Underhill, por daños causados por el traspaso de un contrato en Ciudad Bolívar, juicio que Hernández gana, como gana una experiencia que lo deja deslumbrado: Asiste a una campaña electoral norteamericana, con sus banderolas y sus desfiles y sus meetings desde vagones de tren o desde plataformas en torno a las cuales hay verdaderas fiestas de color y música. Es una novedad que bien puede llevarse a Venezuela. Se ha organizado aquí un nuevo partido que, para variar, se dice liberal aunque está formado en su mayoría por conservadores. Es el Partido Liberal Nacionalista, fundado por Alejandro Urbaneja, que ya había intentado organizar partidos un par de veces. Pero ahora lo logra. Lo acompaña la juventud dorada. Felipe Aguerrevere, Santiago Aguerrevere, Ricardo Castillo Chapellín, Guillermo Delgado Palacios, Eloy Escobar, Pablo Godoy Fonseca, Oscar Larrazábal, Vicente Lecuna, David Lobo, Tomás Michelena Díaz, Jorge Nevett, Miguel Páez Pumar, Pedro Manuel Ruiz, Luis Soriano, Cristóbal Soublette, Luis Ugueto, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, Casimiro Vegas, Nicomedes Zuloaga. Ni siquiera en 1946, cuando nació Copei en torno a Rafael Caldera o en 1964, cuando se fundó en torno a Arturo Uslar Pietri el Frente Nacional Democrático que duró una elección de mariposa, se ha visto un partido con tal concentración de gente de “buena cuna". En el interior fue parecido. Pedro Manuel Arcaya en Coro, Zoilo Vidal en Guayana, José de Jesús Arocha y Eudoro López en Valencia, los Barreto y los Lima en San Carlos. Su plataforma, aún hoy, sería atractiva para muchos: Hablan de gobierno de la Ley, supresión del peculado, vigencia plena de las garantías constitucionales, elección por voto universal, directo y secreto, transparencia en el manejo de la cosa pública, eliminación de privilegios. Y para colmo El Mocho Hernández aplica por vez primera esos sistemas que vio en los Estados Unidos. Un meeting en la Plaza Henry Clay marca un hito en la historia política venezolana: Es la primera verdadera manifestación de política electoral de masas que se produce en el país. Muchos años después, Arturo Uslar Pietri será el primero en usar la televisión como medio de campaña y logrará sacudir los cimientos del sistema político venezolano, y luego aparecerán las campañas totales, con fabricación de imagen y uso de planes que abarcan todo lo relativo a la comunicación social, cuyo primer beneficiario fue Carlos Andrés Pérez en 1973. La campaña de El Mocho Hernández fue la que empezó el proceso. Y fue exitosa. A lo novedoso del planteamiento se sumaba la personalidad del candidato, simpático y tenido generalmente por honrado en un país en el que los políticos ya eran unos pillos redomados y se enriquecían descaradamente. Su mensaje, como se dice ahora, caló muy hondo en el pueblo, que lo apoyó masivamente y sin avaricia. Pero intervino entonces el veneno de la ambición. El general José Manuel Hernández fue despojado de manera vergonzosa de su triunfo. Ni siquiera hoy se ve un descaro de ese tamaño en las trampas electorales. El Mocho, a pesar de haber visto lo que significaba un proceso cívico, hizo un retroceso en su propio enfoque de la política y apeló a los antiguos sistemas. Se alzó. Entró en el terreno ajeno, que los otros dominaban mejor que él. Lo único que consiguió fue quitar del escenario al caudillo tradicional del momento, Joaquín Crespo, que murió en la Mata Carmelera, en el estado Cojedes, el 16 de abril de 1898. Pero Hernández no aprovechó el momento. Se quedó estático. Y su equivocación subsiste en el tiempo. Su falta de acción permite que casi todas las facciones liberales se unan, y que se les agregue todo aquel que se haya asustado ante la posibilidad de que cambie el sistema de hacer política y se convierta en algo mucho más complicado que reunir una montonera, conseguirse un bachiller que redacte una proclama y alzarse en armas. Hernández, que mantiene el apoyo de su pueblo, podría haber avanzado en plan de triunfo hacia Caracas. Todo tipo de gente se le une. Entre ellos un inmigrante italiano de Valencia, cuyo hijo, Vicente Gerbasi (que nacerá diez y seis años después) lo inmortalizará en un poema. El Mocho, así como demostró ser el primer maestro de la política electoral venezolana, es un desastre en táctica, estrategia y todo lo que suene a artes militares. El general Ramón Guerra se encargará de capturarlo y encerrarlo en La Rotunda. Es un triunfo pírrico. Desde los lados del Táchira se les viene una tormenta que ninguno de ellos presiente, y que hará, justamente, lo que El Mocho Hernández no supo hacer. Entre los que quedan presos al ser derrotado El Mocho Hernández, está el joven inmigrante Juan Bautista Gerbasi, que pronto irá a Canoabo, derrotado, pero resuelto a triunfar en su empeño por hacerse una nueva vida, aquí en Venezuela. Años después volverá por poco tiempo, a Vibonati, en la Bahía de Policastro, únicamente a buscar a la novia que lo está esperando, porque ya ha hecho fortuna y hasta exporta café. Por ventura para la poesía, en Canoabo nacerá, en 1913, Vicente Gerbasi.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!

 

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