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« Como embaucar a un "bravo pueblo"Chávez, el último de esa estirpe »

Duendecillo entre titanes

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Duendecillo entre titanes

La zona comprendida entre La Grita, San Juan de Colón, San Cristóbal, capital del estado Táchira de Venezuela, Rubio y Cúcuta, capital del departamento Norte de Santander, de Colombia, es una de las más bellas del Nuevo Mundo. Montañas que no son demasiado altas y se ofrecen a la vista como bellas colinas redondeadas, de un verde sereno, muchas veces cubiertas por nubes de un gris claro que también es sereno. Casas de tejas que evocan algunas partes de España. Personas con “ponchos” o “ruanas” que traen a la memoria el origen indígena de la mayoría de sus pobladores. Iglesias chatas en las que se mezclan lo español y lo indígena. Rostros con mejillas rojas que recuerdan el frío de las madrugadas, que a veces contrasta con el calor de los mediodías. Carreteras y caminos que semejan riachuelos cavados en la tierra verde. Selvas. Sabanas. Valles. Ríos y arroyuelos que se divierten fabricando cascadas. Los Andes venezolanos, especialmente la zona de Táchira, a diferencia de las tierras bajas, no tuvieron ni latifundios ni esclavos, lo cual hizo que sus habitantes vivieran de su propio trabajo, generalmente de los productos de pequeñas fincas, y tuviesen un carácter muy especial, que, tal como la riqueza material de que disfrutaban, los colocó en una situación muy distinta al resto de los venezolanos. Hacia fines del siglo XIX tenían muchas razones para sentirse la zona privilegiada del país. En ese mínimo espacio de cielo nacieron varios de los hombres destinados a tener más influencia y presencia en la Venezuela del siglo XX: Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Marcos Pérez Jiménez, Carlos Andrés Pérez y Ramón J. Velásquez, entre muchos otros.
Capacho Nuevo o Independencia (en la vía de San Cristóbal a San Antonio del Táchira) es un pequeño y bellísimo pueblo montado en la fila del cerro, justamente sobre una de las mayores fallas geológicas de la cordillera. El villorrio surgió después de que un terremoto arrasara el viejo poblado de Capacho. Su Mercado, con sus leones en las esquinas, es una construcción graciosa y la vista que lo rodea es sencillamente impresionante. A pasos de allí existió, murió y renació Capacho Viejo o Libertad, cuya iglesia tiene una característica única: es divisoria de aguas entre las cuencas del Orinoco y del Lago de Maracaibo. En ese ambiente bucólico nació, el 12 de octubre de 1858, Cipriano Castro, hijo del agricultor Carmelo Castro y de Pelagia Ruiz. Todo el que lo vio asegura que tenía rasgos aindiados y era de muy baja estatura, que es algo común entre los habitantes prehispánicos de los Andes. Estudió de niño en su pueblo y en San Cristóbal, y a los catorce años fue enviado por sus padres al seminario de Pamplona, para que siguiera la carrera religiosa que, por desgracia para el país, no siguió. En cambio dedicó su tiempo a entusiasmarse con los liberales colombianos, especialmente con el panfletario y excéntrico José María Vargas Vila, bogotano nacido en 1860 y muerto en Barcelona de España a los setenta y dos años, luego de haber hecho un poco de todo, hasta de revolucionario, y de haber vivido en Venezuela entre 1885 y 1891, cuando fue expulsado por Andueza Palacio, sólo para regresar el 92 con el triunfo de Crespo, de quien fue nada menos que secretario privado. Vivió en Nueva York como cónsul de Venezuela entre 1894 y 1898, año en el que se fue a Roma como ministro plenipotenciario de Ecuador. Regresó a Nueva York en 1903 y allí vivió hasta 1908, y de paso publicó una revista anarquista. Cónsul de Nicaragua en Madrid con residencia en París, hasta su muerte repartió su tiempo entre París, Madrid y Barcelona, en donde murió. De una excéntrica cursilería y una cursi excentricidad, tuvo gran influencia entre los jóvenes venezolanos de fines de siglo, y en uno de sus libros habló horrores del país y de su gente, lo que no le impidió aceptar una pensión que le dio el general Juan Vicente Gómez entre 1925 y 1930.
Ese sería el primer maestro político y literario del joven Cipriano Castro, que en 1873, a los quince años, dejó definitivamente el seminario y se instaló en San Cristóbal como empleado de una casa exportadora de café. Desde los diez y ocho años participó en la política regional, que en muchos casos implicaba tomar las armas. Pero lo que lo llevó a la cárcel no fue la política sino un pleito personal con el cura de Capacho, Juan Ramón Cárdenas, contra quien empuñó un revólver con las correspondientes amenazas verbales que hicieron que las autoridades lo apresaran y se lo llevaran a la capital de la sección, San Cristóbal. Seis meses pasó encerrado hasta que se escapó y fue a tener a Cúcuta (1884) en donde conoció a Zoila Rosa Martínez, la que sería su esposa. Su regreso a tierra venezolana se produjo en 1886, a los veintisiete años, con las fuerzas de Carlos Rangel Garbiras, Segundo Prato y Buenaventura Macabeo Maldonado, autonomistas, que combatían al gobernador Espíritu Santo Morales, federalista, a quien Castro derrotó en Capacho viejo, y con quien se enfrentará de nuevo cuando Morales luche en el bando legalista y Castro en el continuista en 1892. Ello implica que Castro no era liberal al llegar a la madurez. Al parecer, había dejado de serlo “por razones puramente geográficas” (Así dice Manuel Caballero En su libro Gómez, el tirano liberal, Monte Ávila Latinoamericana, C. A., 3ª edición, Caracas, Venezuela, 1994), pues los habitantes de Capacho Nuevo, bajo la tutela política de Rangel Garbiras, eran antiliberales. En 1886, en el entierro de un personaje político, conoce a Juan Vicente Gómez, que va a convertirse en su segundo, en su compadre, en su más eficiente defensor y, finalmente, en el que lo quite de la silla presidencial. En 1888, con Rangel Garbiras de presidente del Gran estado de los Andes, Castro se convierte en gobernador de la sección Táchira e inicia su carrera política y clientelar. Será diputado por el Táchira y se relacionará con Andueza Palacio, además de conocer Caracas y darse a conocer por los caraqueños como un fogoso orador. Especialmente le llama la atención al godísimo Domingo Antonio Olavarría, quien alentará su ambición al nombrarlo entre los posibles presidenciables de su tiempo. De regreso en su patria chica se hace continuista, con el apoyo de Gómez, Antonio Colmenares Pacheco y Emilio Fernández, obtiene varias victorias que le agregan cierta fama a la que ya tenía como político y llega hasta Mérida, desde donde planeaba seguir a Caracas, pero la victoria de Crespo y de la revolución lo obliga a retroceder y a exilarse en tierras colombianas. Cerca de Cúcuta, en la hacienda Bellavista, se establece con Juan Vicente Gómez como próspero vecino que lo ayudará de manera formidable. Cuando el nuevo episodio continuista, pero en el que es Crespo el que quiere forzar las cosas a su favor, Castro le envía una carta escrita en términos firmes, y al leerla, Crespo “profiere su olímpica respuesta: ‘Digan a ese hombre que es demasiado tarde para el consejo y demasiado temprano para la amenaza’.” No podía imaginarse cuán equivocado estaba.
En el último año del siglo XIX, después de siete años de exilio, y luego de haber organizado por correspondencia toda una red de partidarios que hasta llegan a pensar en lanzarlo como candidato a presidente del estado, Castro inicia su gran aventura. La excusa se la da Ignacio Andrade al poner en efecto una reforma constitucional sin esperar a que se iniciara un nuevo período, como lo establecía la Constitución cambiada. Previamente Castro había pasado por Caracas, y algún burócrata lo obligó a soportar un “plantón”, o una “amansadora”, que es como solía llamar las esperas interminables en una antesala en presidente argentino Hipólito Irigoyen. Castro se indigna, dice dos palabrotas y se va de la casa de gobierno dispuesto a volver como volvió, tras tumbar al presidente Andrade que tan descortés y desconsiderado había sido con él. Soberbia mata soberbia. Antes de iniciar su aventura había tratado de emprender una acción conjunta con Rangel Garbiras, pero no hubo acuerdo, por lo que, acompañado por Santiago Briceño Ayesterán, Emilio Fernández, Juan Vicente Gómez, Régulo Olivares, Froilán Prato y Manuel Antonio Pulido, entre otros, la noche del 22 de mayo de 1899 inició una de las más singulares aventuras de nuestra historia: La “revolución restauradora”.
Un gnomo con suerte y audacia se preparaba a conquistar un mundo de titanes.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes

 

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