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La Campaña Deleznable

por Eduardo Casanova

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Campaña Deleznable

La marcha de Cipriano Castro desde la frontera entre Colombia y Venezuela hasta Caracas probó dos cosas: que aquel pequeño hombre de Capacho era el más sortario del mundo, y que Venezuela estaba en estado de descomposición.
Sus errores y disparates deberían haberlo anulado desde el comienzo de aquella locura, pero los errores y los disparates de sus contrarios los compensaron con creces.
Dicho de otra manera: buena parte de la suerte de Castro no fue otra cosa que la incapacidad de Andrade y de quienes podrían haberlo detenido a tiempo. Por ejemplo, cuando Castro se apareció en el Táchira en la madrugada del 23 de mayo del 99, seguido apenas por sesenta hombres, casi todos oficiales, según la información que da el general Antonio Paredes, “había cincuenta hombres en San Antonio, cerca de la frontera, al mando del general Leopoldo Sarría, y hasta sesenta Mausers y algunas cajas de cápsulas en el parque. En San Cristóbal, capital de la Sección Táchira, a veintiuna millas de distancia hacia el interior, el general Juan Pablo Peñaloza tenía un parque de alguna consideración, que había ocultado cuando Andrade en sus desconfianzas había querido dejar inerme la localidad, pero sólo había cincuenta soldados como custodios de un presidido, y de consiguiente no podía disponerse de ellos para defensa de la plaza. En Mérida, capital del Estado, a ciento cincuenta millas de allí, el general Espíritu Santo Morales, tenía una guarnición de cien hombres y algunos Mausers y cápsulas en el parque, y en Trujillo, tercera Sección del Estado, a noventa millas de Mérida y doscientos cuarenta de San Cristóbal, había una guarnición de cincuenta hombres dependientes del general Rafael González Pacheco y unos pocos Mausers y cápsulas en el cuartel. Esa era la situación militar: Trescientos hombres distribuidos en cuatro guarniciones a grandes distancias, sin ninguna conexión entre ellos.” En pocas palabras, Andrade se había preparado su propia trampa.
Aun así, Castro no supo aprovechar aquella ventaja. Al enterarse de que San Cristóbal no había sido tomada por sus partidarios, como estaba previsto, no se dirigió a hacerlo él, sino que empezó a revolotear por los alrededores durante doce días, con apenas una acción contra un mínimo grupo de defensores del gobierno en la que capturó al general Sarría, con lo que le dio tiempo a Peñaloza a preparar la defensa que habría sido imposible de otra manera.
Enterado de que el presidente del Estado, Espíritu Santo Morales, se acercaba, dejó en Táriba a Juan Vicente Gómez y subió hacia el páramo de El Zumbador a esperar a su viejo enemigo, que casi lo derrota el 11 de junio, a no ser por una intervención a última hora y providencial de “Miguelón” Contreras, que obligó a Morales a una retirada improvisada y a dejar en el campo muchos prisioneros y un buen parque. En julio se presentó el general Antonio Fernández, personaje semibárbaro que muchas veces humilló a Mérida “con sus sargentones bárbaros, con aquellos negros de machete terciado insoportable para el racismo local” (Mariano Picón Salas, Los días de Cipriano Castro (Historia venezolana del 1900), Ediciones Garrido, Caracas, Venezuela, 1953), al frente de fuerzas del ejército nacional y se estableció en San Juan de Colón, mientras Castro, desde las alturas de Borotá, observaba la noble ciudad de San Cristóbal en donde esperaba, fortificado y atrincherado, el general Peñaloza. Casi dos meses llevaba Castro en tierra venezolana y todo le había salido bien, por pura suerte. Ahora se dio cuenta de que Fernández no pensaba atacarlo a pesar de que comandaba fuerzas mucho mayores y mejores que las del “revolucionario”. Parece obvio que Andrade no tenía quien quisiese batirse por él o por su causa. De hecho, hoy se sabe que el poco feliz presidente de la república todos los días le enviaba telegramas a Fernández conminándolo a que entrara en acción, sin encontrar otra respuesta que la nada. El 24 de julio Fernández avanzó hasta Michelena, más cerca de San Cristóbal y de Borotá. Tres días después se produce una acción que Paredes califica de “la escena más ridícula que pueda imaginarse,” y es que los dos jefes, a distancia, ponen a sus fuerzas a dispararse a ciegas en las montañas de Cordero, como si fueran dos boxeadores lanzándose puñetazos a diez pasos cada uno del otro. Tres días después Castro se retira sin que aquella grotesca batalla tenga consecuencia alguna. Fernández, a quien se ha unido Peñaloza, en vez de perseguir a Castro, que se había refugiado en Capacho casi sin parque, fue a celebrar su “victoria” en el oasis de San Cristóbal.
Castro pensaba escapar hacia Colombia, pero la inacción de Fernández lo hizo tomar una resolución insólita: Iría, como Bolívar, hacia Caracas. Entendió que los hombres del gobierno no defenderían al régimen, y así nació aquella caricatura de la Campaña Admirable del Libertador.
En 1892 Cipriano Castro, partidario de Andueza y del continuismo, derrotó a los trujillanos que al mando de Eliseo Araujo fueron a combatirlo en nombre del “legalismo”, y no conforme con eso, también batió a Espíritu Santo Morales y a Esteban Chalbaud Cardona, con lo cual su fama se regó por toda la cordillera andina, y para colmo siguió su marcha hacia el Norte y tomó la ciudad de Mérida. Desde allí propuso la idea de seguir hacia Caracas, idea que al parecer horrorizó hasta al propio presidente Andueza, que pidió a sus colaboradores en la zona que convencieran a Castro de no seguir adelante. Pero esta vez no estaba defendiendo a otro sino imponiéndose él, y el 3 de agosto de 1899 aquel extrañísimo ejército que prácticamente no había conocido la victoria, se puso en marcha hacia Caracas. En La Grita, con ventaja de cinco a uno, atacó e inutilizó al general Rafael González Pacheco, que se dirigía a reforzar al inmóvil Fernández. De allí siguió a Mérida, capital del Estado, que se le rindió sin un solo tiro y le proporcionó descanso y dinero. Luego pasó lo mismo en Valera, aunque en Mérida algunos de sus hombres habían desertado. El general Leopoldo Baptista no defendió en lo más mínimo la plaza. Del 22 al 26 de agosto estuvo en Carora, sin que se le hiciera resistencia alguna. El 27, en la aldea de Parapara, su vanguardia se topó con la de las fuerzas del gobierno, al mando del general Elías Torres Aular, y se produjo otra escena de película cómica: Los del gobierno, al ver a los de la “revolución”, echaron a correr como almas que el diablo llevaba y dejaron hasta un cañón Krupp en el campo no precisamente de batalla. Y, sin embargo, le informaron a Andrade que habían derrotado a Castro, por lo que el pobre presidente, al enterarse de la verdad, perdió la poca fe que tenía en sus militares.
“Lo que Castro llevaba –cuenta Paredes– no tenía la menor apariencia de ejército. Marchaban las tropas en pequeños grupos, con largos intervalos, sin formación ni orden de ninguna especie. Mezclados con los soldados iban mujeres y niños en gran número, a pie, en burros y en todas partes se veían estos cuadrúpedos con cargas de varias formas y tamaños. Muchos oficiales subalternos iban también montados en ellos, en enjalmas, o en pelo, otros en mulas o caballos con toda clase de aperos improvisados”.
Basta ver las fotos que se conservan de aquella montonera para darse cuenta de que Paredes no exagera, aunque quizá sí lo haga al afirmar que los generales que debían haberlos dispersado y no lo hicieron “eran sencillamente unos miserables, dignos de ser fusilados por la espalda, por cobardes o por traidores, o por ambas cosas a la vez.”
La realidad es que a Castro lo dejaron transitar sin problemas por dondequiera que fue pasando. Los hombres de Andrade no tenían la más mínima voluntad de defenderse, y el propio Andrade estaba, según Paredes, “en un estado de atonía.”

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable

 

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