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El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
El punto más bajo y más alto del gobierno de Cipriano Castro es la Revolución Libertadora, de la que puede decirse que fue de victoria en victoria hasta la derrota final. El solo inicio de las acciones bélicas ya da mucho que pensar: el banquero, político y hasta militar Manuel Antonio Matos, casado con María Ibarra Urbaneja, hermana de Ana Teresa Ibarra Urbaneja, la esposa de Guzmán Blanco, y nacido en 1847 en una hacienda de su padre en la zona de Carabobo, fue un hombre de mérito, pero, como el general Paredes, de mala suerte. Por lo menos en cuanto a su figura histórica. Molesto con Castro luego del incidente en que los banqueros fueron exhibidos como monos de circo, y acicateado por las infaltables fuerzas ocultas de los Estados Unidos y otras potencias, se dedicó a organizar partidas de billar en su casa de Caracas o en la que tenía en Macuto, muy cerca de La Guzmania, y en ellas fue reclutando gente para su causa, muy especialmente caudillos militares derrotados, caudillos de provincia y personas ligadas a las altas finanzas, con lo que logró uno de los ejércitos más disparatados que pueda uno imaginar. Aquella “revolución” podría haber sido una más entre muchísimas, a no ser porque estaba impulsada por la General Asphalt, a través de su filial venezolana, New York and Bermudez Co., que otorgó a Matos un crédito blando de ciento cuarenta y cinco mil dólares, de los cuales éste utilizó cien mil para comprar un barco, el Ban Righ, por medio del colombiano Rodolfo de Paula, que le sirvió de testaferro. A la empresa americana se sumaron, entre otras, la Compañía Francesa del Cable Interoceánico y la alemana del Gran Ferrocarril de Venezuela, que darían apoyo logístico al movimiento. Ello, evidentemente, significa que, conscientemente o no, Matos no era otra cosa que una pieza en el juego de ajedrez de quienes se preparaban a convertir al país en parte de algún auténtico imperio. Para la operación Matos requirió la colaboración del gobierno colombiano, que hastiado de las locuras de Castro y en pago al intento de invasión por La Guajira, se prestó a decirle a los ingleses que sí eran ellos los compradores del barco, pues a las autoridades londinenses no les gustó nada aquello de que en el Victoria Dock de Londres se convirtiera un simple carguero de 1.500 t., construido para la Aberdeen Steamship Company, en buque de guerra. Así, con una tripulación bajo engaño y a cargo del capitán C.L. Willis, que tampoco sabía la verdad, el Ban Righ se hizo al agua el 21 de noviembre del año 1901, para navegar hacia Colón, en Panamá, con un toque previo en Amberes, Bélgica. En ese puerto recibió una carga de doscientas sesenta y tantas toneladas, y cuando el capitán Willis descubrió que se trataba de armas y municiones estuvo a punto de crear un incidente serio, a pesar de que De Paula le aseguró que se trataba de un cargamento comprado por el gobierno colombiano para proteger la zona del futuro Canal de Panamá. Poco después, en Fort de France, en Martinica, subieron a bordo casi seiscientos hombres entre oficiales y tropas de la revolución y el 1º de enero de 1902, en ceremonia especial, se le cambió el nombre por el de Libertador. Empezó entonces a descargar armas, municiones y hombres en diferentes puntos de la costa venezolana. A fines de enero debió llegarse hasta Cartagena de Indias, en Colombia, por una avería, y allí aprovechó para escapar el capitán Willis, que un año después publicará un folleto titulado The cruise of the Ban Righ or how I became a pirate ("El viaje del Ban Righ o cómo me convertí en pirata"). El 21 de mayo, Matos desembarcó por fin en Güiria, en el estado Sucre (extremo nororiental de Venezuela) y desde allí se desplazó en plan de conquista hacia el centro del país. Quería, posiblemente, igualar la hazaña de Castro desde la otra punta de la geografía venezolana. Pero no le fue posible. Generalmente se le presenta con guantes y ropas carísimas, protegido del Sol por una sombrilla y oteando el horizonte con un cierto gesto de bwanna en la meseta africana. Es lo que impusieron sus enemigos, pero no es justo. Debió usar la sombrilla, sí, pero por orden médica, a causa de una neuralgia que lo acosaba día y noche. De eso dio fe su yerno don Enrique Pérez Matos, en una entrevista periodística en 1983 (Ver: Pérez, Ana Mercedes, Entre el cuento y la historia – 50 años de Periodismo. Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, Venezuela, ¿1984?). Era un hombre de carácter, pero nunca llegó a dominar aquel mundo de salvajes, más acostumbrados que él a los golpes físicos, de frente o a traición. Luciano Mendoza, Antonio Fernández, Luis Loreto Lima, Domingo Monagas, Nicolás Rolando, Zoilo Vidal, Horacio Ducharne, Gregorio Segundo Riera, Amábile Solagnie, Juan Pablo Peñaloza y Rafael Montilla, el Tigre de Guaitó, fueron los generales de la nueva contienda. Todo un anacrónico museo de dinosaurios del siglo XIX que llegaron, aunque boqueando, al XX.
Castro no se equivocó: prácticamente le encargó la defensa de su gobierno a Juan Vicente Gómez, con el grado de general de División. Gómez movió cielo y tierra e hizo verdaderos milagros. Hasta resultó herido en acción. Llegó un momento en que todo parecía perdido para Castro y los suyos: sólo controlaban los Andes y Zulia, y, aunque con muchas dificultades por la presencia de guerrillas, Miranda, Aragua y Carabobo. El 5 de julio de 1902, Castro, con gran aparato y pompa, anuncia a la nación que queda encargado de la Presidencia de la República el general Juan Vicente Gómez porque él sale en campaña hacia Oriente, a dominar a los facciosos. Su expedición es un desastre y debe regresar, presuroso y con la cola prensil entre las piernas, a presentar un frente defensivo, casi desesperado, en La Victoria. Entretanto, ha soltado al Mocho Hernández, que en una nueva demostración de inconsistencia, le presta su apoyo y pierde así el que él tenía (después será Ministro Plenipotenciario en Washington, renunciará peleado, se aliará con Gómez y también se peleará, y finalmente morirá con pena y sin gloria en Estados Unidos, en agosto de 1921, a los sesenta y ocho años). En Villa de Cura, Matos y los suyos, cargados de optimismo, se preparan al asalto final. Matos llega a creer que en cualquier momento se presentará ante él alguien a cumplir el mismo papel que él cumplió con Castro en Valencia. Pero nadie llega. En La Victoria espera Castro con los suyos, Diego Bautista Ferrer, Leopoldo Baptista, Manuel Salvador Araujo, Régulo Olivares, Emilio Rivas, Pedro María Cárdenas, a quienes se une el comienzo de la batalla Juan Vicente Gómez. A pesar de que el veterano Domingo Monagas, ya en trance de morir, le aconsejó enfáticamente a Matos que no pasara por La Victoria, que hiciese un rodeo y llegara a Caracas por los Valles del Tuy porque “la culebra se mata por la cabeza” (refrán que tiempo después tendrá una gran importancia, no para Matos sino para Castro), Matos prefirió seguir el consejo de los que quedaron vivos y marchó con ánimos de liquidar las fuerzas del gobierno, quizá pensando que ocurriría lo mismo que en Tocuyito. Y ocurrió lo contrario. Veintitrés días duró el combate, que se convirtió en la más importante de todas las batallas de guerras civiles venezolanas. Y fue la derrota final de Matos. Se inició el 12 de octubre, día del descubrimiento de América y del cumpleaños de Castro, y concluyó el 3 de noviembre de 1902. Castro siguió titulándose “Presidente de la República en Campaña” y “Comandante en Jefe de los Ejércitos", sobre todo porque el 9 de diciembre de ese mismo año, quince buques ingleses y alemanes asaltaron el puerto de La Guaira, y en los próximos días tomaron también Puerto Cabello y otros puntos de la costa venezolana. El Káiser alemán tenía planes de apropiarse de la Isla de Margarita, lo cual fue impedido por presión de los Estados Unidos, pero a la larga los alemanes y sus aliados se aprovecharon de la deuda venezolana para intentar ponerse en Venezuela por otra vía. Fue entonces cuando Castro lanzó su célebre proclama en la que dijo: ¡Venezolanos!: La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria. En cambio su propio suelo, su piso político, aumentó con aquel bárbaro intento anglo-alemán al que se sumaron como aves de rapiña los italianos, seguidos por franceses, holandeses, belgas, españoles y mexicanos. Hay en el país un verdadero brote espontáneo de nacionalismo que se convierte en apoyo a Castro, con lo cual su régimen se afianza y se consolida, en tanto que sus enemigos se convierten, virtualmente, en traidores a la patria. En toda la América del Sur y buena parte de Centroamérica se producen fuertes manifestaciones de apoyo a Castro, y el gobierno argentino protesta expresamente mediante un documento que suscribe su Canciller, José María Drago, que dará nombre a una doctrina en contra del cobro de deudas por la fuerza. Una proeza venezolana es celebrada como homérica, cuando desde los viejos cañones del Castillo de San Carlos, a la entrada del Lago de Maracaibo, se averió seriamente al buque Panther de la armada alemana, que trató, junto en el Vineta, de forzar el paso. Los alemanes, en venganza, bombardearon con toda su artillería el castillo y lograron dañarlo y hasta incendiarlo parcialmente, pero no pudieron pasar. Los Estados Unidos intervienen en defensa de Venezuela y el 13 de febrero de 1903 se firma el Protocolo de Washington que pone fin al bloqueo. Matos ha escapado hacia Curazao, de donde regresa, por Tucacas, en un intento por revivir la Revolución, que llega a su final el 23 de mayo de 1903, cuando el general Juan Vicente Gómez le propina la última derrota, el 3 de junio de 1903, en Matapalo. A su paso quedan dos vencedores: Castro, que por la intervención imperialista se afianzó como presidente de la república, y Gómez, que al combatir la Revolución Libertadora se estableció como el liquidador del caudillismo en el país e inició su avance incontenible a la presidencia de la república. De ella salieron los andinos divididos en castristas y gomistas, lo cual convirtió, curiosamente, a Gómez, en el verdadero jefe de la oposición desde el poder.
Manuel Antonio Matos soportó cinco años de exilio y la confiscación de sus bienes como traidor a la patria. Una patria que no la pasa muy bien. Las orgías y los abusos del “Círculo Valenciano” del Cabito Castro, sus manejos turbios, sus locuras, despedazan su gobierno, que cae el 19 de diciembre de 1908, cuando su compadre Juan Vicente Gómez, da un golpe con apoyo de los Estados Unidos y de varias potencias extranjeras. Durante la Alborada de Gómez, que se ha convertido en el gobernante con más apoyo real de la historia, las puertas se abren de nuevo para Matos, que será Ministro de Relaciones Exteriores de 1910 a 1912 y finalmente se retirará para dedicarse exclusivamente a sus actividades de banquero y escribir, de paso, sus Memorias. Murió en París, en mayo de 1929.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!










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